Part 4
Pretextando un viaje de inspección a sus posesiones de Castilla, para que ninguno de sus contados amigos pudiera concebir sospechas acerca del objeto de su excursión, abandonó Madrid y estuvo tres días en Gibraltar, teniendo que salir forzosamente pasado este tiempo, a causa de las indicaciones de la Policía inglesa, a quien debió llamar un tanto la atención las preguntas algo indiscretas y el examen interesado y detenido de cuantas obras fuertes pudo ver.
El viaje sólo sirvió para que el conde se indignase todavía más contra los ingleses que expulsaban a un español del suelo de su Península, y para que se convenciese de la imposibilidad de su empresa. Esto puso a Baselga de un humor endiablado, y tanto su servidumbre como su familia sufrieron por algunos días las consecuencias de aquel viaje, que les resultaba misterioso.
El apoyo prometido del padre Claudio fué en adelante su única esperanza, y esperó pacientemente a que éste le concediera el ansiado auxilio.
Tan vehemente era este deseo, que el conde, que nunca había apetecido las visitas del poderoso jesuíta, cuyo verdadero carácter creía ya conocer, las esperaba ahora con tanta impaciencia como la devota baronesa, desesperándose al ver que el padre Claudio no cumplía sus promesas.
El, tan altivo y deseoso poco antes de ir rompiendo poco a poco sus relaciones con los jesuítas, fué en busca del reverendo padre a la casa residencia de la Orden, pero en ninguna de sus visitas logró encontrar al padre Claudio. Parecía que lo había tragado la tierra o que se ocultaba intencionadamente, deseando con su ausencia excitar los deseos del conde.
Por esto la alegría de éste fué grande cuando Quirós le comunicó el recado del reverendo padre, y más aún cuando el criado le anunció su visita.
Entró el padre Claudio en el despacho, siempre sonriente y haciendo reverencias, y tras él apareció un hombrecillo moreno, de pelo rojizo, nerviosa movilidad, y una expresión en el rostro algo siniestra, que pretendía corregir con una sonrisa estúpida.
Miraba a todas partes con azoramiento no exento de curiosidad, y tuvo su vista fija algún tiempo en las vistas de Gibraltar, que adornaban el despacho del conde, diciendo después con acento atolondrado, de marcada pronunciación extranjera:
--¡Oh! Está bien; muy bien.
El padre Claudio, después de saludar a Baselga, tomó asiento con su acompañado junto a la mesa de trabajo, y con voz misteriosa preguntó:
--¿Estamos seguros aquí? ¿Podrá oirnos alguien?
--No acostumbran mis criados a escuchar tras las puertas; pero, sin embargo, tomaremos precauciones.
Y el conde, a quien le iba gustando mucho aquel misterio, por lo mismo que le presagiaba cosas muy interesantes, levantóse y salió del despacho, oyéndosele cerrar una puerta lejana y viniendo después a hacer lo mismo con la de la habitación.
--Ahora--dijo, volviendo a sentarse--, ya estamos seguros de que nadie nos oye. Diga usted cuanto quiera, padre Claudio.
Este se detuvo antes de contestar, como si saborease un golpe de efecto, y al fin dijo, dando cariñosas palmaditas en la espalda de su acompañante, que instintivamente tomaba la actitud de un perro acariciado:
--Este señor, que usted ve aquí, es el capitán Patricio O'Conell, caballero inglés que está de guarnición en Gibraltar.
Prodújose en el conde el efecto esperado por el jesuíta. En su rostro retratóse la alegría y miró cariñosamente al capitán irlandés, examinando con atención su personilla.
Baselga, a pesar de que estaba predispuesto a impresionarse favorablemente, no pudo menos de reconocer con su buen ojo de soldado que aquel hombre tenía poco de militar. Era vivaracho y desgarbado en demasía, y, además, llevaba afeitado el labio superior, demasiado grueso y prolongado, ostentando unas patillas rojas y lacias, que le daban más aire de comerciante británico injertado en mercader judío, que de capitán del bravo ejército que con Wellington se cubrió de gloria en Waterlóo.
Pero el conde estaba inclinado a verlo todo por su lado bueno, e internamente excusó al extranjero, diciéndose que en el ejército inglés, aunque había buenos mozos, también se veían figuras raquíticas y extrañas, lo que no impedía que se batieran bien cuando llegaba la ocasión.
Baselga, algo emocionado, había murmurado un cumplido, extendiendo su mano al extranjero.
--Tanto gusto en conocer a usted, señor conde--decía el capitán, con su acento extranjero, que cuidaba de extremar--. El padre Claudio me ha hablado mucho de usted y de su magnífico plan, y tantos deseos siento de ayudarle en su empresa, que he solicitado una licencia de mis jefes, pretextando deseos de conocer las principales ciudades de Andalucía, tan sólo por venir a verle.
--¡Eh! ¿Qué le parece a usted?--dijo el padre Claudio--. Le prometí ayudarle en su patriótica empresa, y aquí me tiene usted, con el socorro apetecido, pues le traigo nada menos que a uno de los más valientes oficiales del ejército inglés. El capitán O'Conell, cual buen irlandés, es ferviente católico, como nosotros, y también lo son todos los soldados irlandeses de la guarnición de Gibraltar, que pasan de ochocientos. Por esto es casi seguro que todos ellos tomarán parte en nuestra santa empresa. ¿No es así, amigo O'Conell?
--Así es, reverendo padre.
Baselga estaba entusiasmado con aquellas seguridades, y se sentía tan feliz, que hasta creía estar soñando. Aquello de poder disponer de casi la cuarta parte de las tropas del Peñón, le causaba una felicidad próxima al desvanecimiento.
Una cosa le llamaba la atención en el capitán irlandés, y era la facilidad con que se expresaba en castellano.
--¿Está usted mucho tiempo en la Península, capitán?--le preguntó--. Habla usted muy bien nuestro idioma.
--¡Oh! Es usted muy indulgente, pues conozco que lo hablo bastante mal. Estoy más de un año en Gibraltar, pero yo tengo gran afición a los idiomas, y, además, conocía desde mi niñez muchas palabras del español. Mi padre fué también militar, e hizo la guerra en España contra los franceses, a las órdenes del duque de Wellington.
Baselga, a quien preocupaba algo aquella facilidad de lenguaje, se tranquilizó, e impaciente por conocer las probabilidades de éxito de su plan, entró directamente a tratar de la conquista del Peñón, su tema favorito.
El tenía en su imaginación ultimado todo su plan. Se había procurado todo lo escrito sobre las célebres fortalezas de Gibraltar y sobre las costumbres militares en dicha plaza; había visto por sus propios ojos en el mismo teatro de operaciones todo lo que le había permitido la policía inglesa, y, para dar el golpe, únicamente necesitaba quien estuviese en combinación con él dentro de la ciudad y le ayudase en el momento decisivo. ¿Estaba conforme el capitán O'Conell en ser su auxiliar?
Llegó para el irlandés el momento de manifestar su pensamiento, que fué bien sencillo y expresado en pocas palabras. El estaba dispuesto a todo, y lo mismo que él todos los irlandeses de la guarnición. Antes que súbditos de la Gran Bretaña, eran vasallos del Papa y fervientes católicos, y, por tanto, se hallaban prontos a ejecutar las órdenes que Dios dictase por boca de sus representantes directos, los jesuítas, los cuales, al mismo tiempo, eran muy buenos amigos de San Patricio, patrón de Irlanda. Además, sentían hacia la vieja Inglaterra, su opresora, perdurables odios, y les gustaba mucho quitarle una plaza de tanta importancia como Gibraltar, creándole, de paso, un conflicto con España.
La conjuración podía contar con ochocientos soldados esforzados, fuerza con la cual bien podía intentar un golpe de mano el conde de Baselga, de cuya historia militar ya se habían enterado tanto él como sus compañeros, y especialmente de sus estupendas hazañas en la guerra carlista.
Al conde resultábale extraño que su vida militar fuese conocida de los extranjeros; pero, a pesar de esto, sentíase halagado por las lisonjas, como todo mortal, y se imaginaba ya apoderándose de Gibraltar al frente de los soldados irlandeses, que le aclamaban como caudillo invencible.
Baselga, cada vez más entusiasmado, en vista de lo segura que era la adhesión de los irlandeses, entraba a detallar su plan, y hacía preguntas al capitán, a las que éste contestaba con su habitual precipitación.
--¿Y esos ochocientos hombres forman todos un Cuerpo?
--No, señor conde. La mayoría están en el batallón de rifles, o sea lo que allí llaman batallón de cazadores, y el resto en los otros cuerpos de la guarnición. ¡Oh! El Gobierno inglés tiene buen cuidado de esparcir a los irlandeses por todos los Cuerpos evitando que formen un regimiento completo, pues saben que éste se sublevaría inmediatamente.
--¿Y qué procedimiento cree usted mejor para dar el golpe?
--El que usted ha expuesto antes es el más aventurado, pero el más seguro. Aguardamos una noche en que entren de guardia en las principales fortificaciones una parte de los nuestros, y en que yo pueda quedarme en el castillo. Usted, al frente de los que estén libres, se apodera del gobernador de la plaza y las principales autoridades; nosotros, desde arriba, apuntamos los cañones a los cuarteles donde estén alojadas las fuerzas no comprometidas, y el hecho queda ya realizado con éxito.
--Sí; éste es el mejor plan. Además, tiene la ventaja de que las autoridades inglesas no están acostumbradas a esta clase de sucesos, y es, por tanto, más fácil pillarlas desprevenidas.
--Tiene usted razón. Las sublevaciones militares son tan desconocidas de los ingleses como populares entre los españoles.
Baselga, cada vez más entusiasmado y deseoso de ultimar su difícil plan, sacó de un cajón de su mesa un plano de Gibraltar, hecho por él mismo, con arreglo a cuanto había visto o estudiado sobre la célebre plaza. Había en él algunos claros que llenar, y deseaba que aquel inesperado y valioso compañero le ayudase a corregir errores y le ilustrase en varios puntos que le resultaban oscuros.
El conde no obtuvo lo que deseaba. El rojo capitán, con tanto aplomo como precipitación, contestaba a todas sus preguntas; pero a Baselga le pareció que muchas veces hablaba sin saber lo que decía, y únicamente por no demostrar su ignorancia.
--Este mozo--pensaba el conde--sabe menos aún que yo. Debe ser un militar ignorante, como yo lo era en mis buenos tiempos. Pero esto no importa. Me doy por satisfecho con que sea valiente y sepa hacerse dueño del Peñón, facilitándome la conquista de Gibraltar.
Baselga guardó el plano y la conversación continuó, mezclándose en ella el padre Claudio, que hasta entonces había permanecido silencioso y mirando a los dos interlocutores con la mayor atención, como si le interesara mucho su diálogo.
--Me decía el capitán, cuando veníamos aquí--dijo el jesuíta--, que sería necesario que en la empresa entrasen también algunos españoles de corazón, que no vacilaran al iniciar el movimiento.
--Sí, señor conde--añadió el irlandés--. Cincuenta o sesenta hombres decididos no estarían de más en el primer instante de nuestra santa revolución. Servirían para apoderarse de una guardia que pudiera estorbar nuestros planes, para desarmar una patrulla, o, cuando menos, para guardar la persona de usted, que es muy necesaria y no debe exponerse a caer tontamente en manos de las autoridades inglesas.
--Algo de eso había yo pensado--dijo el conde--. Efectivamente, no sería de sobra ese grupo de hombres, con el cual se aseguraba la iniciativa del movimiento.
--La cosa no es difícil. Se tienen estos hombres en La Línea, y cuando llega el día propicio para dar el golpe, se los hace entrar en Gibraltar con diversos disfraces. En cuanto a sus armas, yo me encargo de introducirlas sin que nadie se aperciba de ello.
--Lo difícil es encontrar hombres que sirvan para una comisión tan delicada.
--Difícil es. Yo, como vivo en Gibraltar, conozco mucho la gente que pulula en el campo fronterizo, contrabandistas y merodeadores, y aunque son hombres valerosos, aconsejo a usted, señor conde, que no se fíe de ellos. Son gente borracha y habladora, y contar con ellos es ir a la perdición, pues no saben guardar un secreto.
--¿A quién buscaríamos?--murmuró el conde con expresión pensativa.
--No es difícil encontrar la gente que necesitamos--dijo el padre Claudio--. Usted, señor conde, conserva, según muchas veces me ha dicho, sus relaciones con muchos carlistas de Navarra que hicieron la guerra a sus órdenes. Estos, por lo regular, son gente dura y aguerrida, ¿no es eso?
--Se portaron bien a mis órdenes y tengo en ellos absoluta confianza.
--Perfectamente. Pues basta que usted les envíe una carta, diciéndoles que los necesita para una empresa importante (sin decirles cuál sea), para que inmediatamente vengan aquí, creyendo que van a hacer algo por el Pretendiente. ¿Está usted seguro de que le obedecerán?
--¡Oh! Segurísimo. A pesar de los años transcurridos, me quieren y respetan tanto como cuando yo era su coronel. Algunos han muerto desde entonces, pero quedan sus hijos, que me obedecerán de igual modo, pues los he favorecido a todos con mano pródiga, y es imposible que tan pronto olviden mis beneficios.
--Ya tenemos, pues, lo que deseábamos--dijo el capitán irlandés--. De entre esa gente escogerá usted cincuenta, los más fornidos y temerarios.
--Escribiré al tío Fermín, de Zumárraga, que fué sargento a mis órdenes y él se encargará del reclutamiento.
--Además, los armará usted convenientemente. Puede usted comprar cincuenta carabinas de repetición, de esas que han inventado recientemente los yanquis. Las tiene almacenadas aquí, y ya le comunicaré yo desde Gibraltar la forma más adecuada para remitírmelas, introduciéndolas sin riesgo en la plaza. Todo esto resultará tal vez un poco caro, señor conde.
--¡Bah!--repuso éste con ademanes de desprecio--. ¿Quién repara en dinero cuando se trata de una empresa tan grande y que redunda en beneficio de la Patria?
--Muy bien dicho, amigo Baselga--dijo el padre Claudio con entusiasmo--. Y, además, si el dinero faltase, aquí estoy yo, o, más bien dicho, aquí está la Orden, que, aunque pobre, contribuirá cuanto pueda a tan santa empresa.
El conde dirigió una mirada de gratitud al jesuíta.
La conversación entre los tres hombres se generalizó, y pasaron más de una hora ocupados en examinar el plan de conquista, apreciándolo hasta en sus menores detalles.
El capitán O'Conell lo aprobaba todo con entusiasmo, y mostraba a Baselga una confianza sólo comparable con la que un granadero de la célebre Guardia Imperial pudiera sentir por Napoleón.
Esto ensorberbecía al conde y atizaba aquella exaltación nerviosa de que era víctima siempre que examinaba su plan patriótico.
Sólo el padre Claudio le hacía objeciones y le oponía algunos reparos, siendo de éstos el que más molestaba al conde el empeño del jesuíta en asociar otras personas a la empresa.
--Me extraña mucho, padre Claudio--decía Baselga--, que una persona tan culta y prudente como lo es usted, se empeñe en mezclar en este asunto más personas. Recuerde usted el antiguo refrán: "Secreto de dos, lo guarda Dios". Aquí somos más de dos, y bastante es con que conozcan el plan usted, el señor O'Conell y Joaquinito Quirós. ¿Aún quiere usted que lo conozca más gente? Piense usted que de este modo el secreto puede desaparecer, y entonces, adiós las probabilidades de éxito, pues si los ingleses llegan a apercibirse de nuestros intentos, nada podrá hacerse.
A pesar de estas razones el jesuíta no se daba por vencido, y alegaba otras para demostrar la necesidad de asociar ciertas personas a la empresa.
--Desengáñese usted, señor conde--decía con expresión de superioridad--; es preciso que personas respetables, de mi mayor confianza, entren también en la aventura. Para esta clase de negocios, por muchos que seamos, nunca resultaremos bastantes. No todo ha de ser combatir y conquistar. Una vez sea usted dueño de Gibraltar, conviene que forme una Junta, o lo que hoy se llama, en lenguaje revolucionario, un Comité de patriotas, que gobierne la plaza, que entienda de todos los asuntos puramente políticos y que negocie con el Gobierno español, para que éste no tema a Inglaterra y quiera admitir el regalo que le haremos. Además, es necesario mover la opinión pública en favor nuestro, para que no se asuste ante tan estupenda conquista, que podrá traer consecuencias internacionales, y esto lo ha de hacer el tal Comité, pues usted y O'Conell no han de estar en todas partes ni ocuparse de todos los asuntos, pues bastante harán con llevar adelante la cuestión militar.
El conde, después de alguna resistencia, se rindió a las razones de su amigo, y accedió a la formación del Comité, del que sería él mismo el presidente, y el vicepresidente un médico afamado y gran patriota, amigo del padre Claudio.
Después de quedar acordes en todos los puntos, el jesuíta se levantó para retirarse, y Baselga y O'Conell se abrazaron con una efusión conmovedora. El capitán irlandés saldría aquella misma noche para Andalucía, antes que nadie pudiera apercibirse de su estancia en Madrid.
Ya no podrían verse hasta el día del golpe; pero él, por conducto del padre Claudio, le tendría al corriente de cuanto ocurriese y le avisaría la fecha en que debía llegar con sus hombres a las cercanías de Gibraltar.
El jesuíta se negó a que el conde les acompañara hasta la puerta de la escalera, y al pasar por la antesala y ver al ayuda de cámara del conde, que le saludaba reverente, dijo con afectación a su acompañante:
--Pocas horas le quedan a usted, "señor doctor", para sus asuntos, si es que quiere coger el tren de esta noche.
El criado se fijó con curiosidad en el "señor doctor", y el jesuíta, con un ligero gesto, pareció indicar que esto era lo que deseaba.
Ya estaba el padre Claudio en la escalera, cuando volvió atrás, y con aire distraído preguntó al criado:
--¿Me has dicho antes que la señora baronesa había salido?
--Sí, reverendo padre. Creo que hoy tiene reunión de cofradía en San José.
--Lo siento; quería presentarle al doctor O'Conell, ese sabio irlandés que viene conmigo.
El criado creyó de su deber hacer una profunda reverencia a aquel sabio, que le volvía las espaldas y bajaba la escalera canturreando.
En la puerta del palacio esperaba una elegante berlina, y a ella subieron los dos hombres.
Cuando el coche partió, el capitán O'Conell lanzó una carcajada sonora, que hizo temblar los vidrios de las ventanillas, y dijo a su acompañante:
--¿Eh? ¿Qué tal, reverendo padre? ¿Soy buen actor? ¿Sé desempeñar bien una farsa? De seguro que vuestra reverencia no esperaba tanto de mí.
--Has estado bien, Daniel Clark, y no desmientes que eres hijo del viejo James Clark, que en su tiendecita de Gibraltar se ha acreditado como el más astuto truhán que compra, cambia y presta a todo el mundo. Tenías un aire completo de militar inglés, y nadie hubiese dicho que te has pasado la vida regateando con los judíos del Peñón, prestando al doscientos por ciento o embarcando contrabando.
--¡Oh! Para fingir me reconozco con algunas facultades; puedo asegurarlo, aunque falte con ello a mi natural modestia.
--Ahora, truhán, lo que debes hacer es salir esta misma noche de Madrid. Vete a Gibraltar, o al infierno; lo importante es que aquí nadie se pueda fijar en ti. En ciertos negocios tiene más mérito que el trabajo el saber desaparecer a tiempo.
--Me iré; perded cuidado. El valiente capitán O'Conell toma el petate, o, si os parece mejor, el señor doctor se va. Y, a propósito, una pregunta, reverendo padre: ¿qué es eso de señor doctor?
El padre Claudio contempló el gesto de malicia con que su compañero le hacía esta pregunta, y fríamente, subrayando sus palabras con aquella sonrisa especial, tan temida por algunos, le dijo:
--Señor Clark, hay cosas que muchas veces producen al que las sabe terribles daños; por tanto, hará usted muy bien en no querer averiguar el por qué le haya yo llamado así o de otro modo. He dicho "señor doctor" porque me ha dado la gana. Ya está usted contestado; ahora, cada uno a sus negocios.
XXI
La confesión.
La Colegiata de San Isidro, a las cinco de la tarde, ofrecía el aspecto sombrío, frío y desnudo que presenta toda iglesia a la hora en que los fieles no llenan sus naves y los santos quedan en esa soledad absoluta y vacía, semejante a la de los muertos en olvidado cementerio.
No había bajo las sombrías bóvedas del templo otros vestigios de la vida exterior que los hilillos del mortecino sol, que, filtrándose por las altas y pintadas ventanas, trazaban en la pared frontera algunas tibias manchas de luz, y el zumbido que la calle de Toledo, arteria popular, siempre rebosante en vida y movimiento, lanzaba al interior del desierto templo.
En las sombras que envolvían el altar mayor y en la obscuridad de las capillas laterales, brillaban algunos cirios y lámparas, con la misma luz indecisa y tímida de las estrellas entre los nubarrones de una noche tempestuosa, y de vez en cuando, el suelo conmovíase, repercutiendo con agigantada vibración la pisada del sacristán y los acólitos, que iban de un lugar a otro, ocupados en faenas de embellecimiento y aseo.
Golpes sordos sonaban en las capillas, anunciando la "toilette" de los santos, que los dependientes de la iglesia hacían con sus zorros, sacudiendo el polvo a los mantos bordados y a las cabezas de cartón piedra, que a la mañana siguiente, rodeados de cirios y de flores, habían de recibir la oración de los fieles, arrodillados reverentemente ante ellos.
Las gastadas baldosas exhalaban perniciosa humedad donde no estaban cubiertas por una áspera estera de esparto, mugrienta y gastada por el roce continuo de pies y rodillas, y en el ambiente se respiraba ese calor pegajoso y caliente propio de los locales donde muchos respiran y es escasa la ventilación.
Sentadas en taburetes de tijera estaban cerca del altar mayor unas cuantas viejas que permanecían inmóviles, confundiendo sus perfiles en la sombra, y con todo el misterio y el aspecto tenebroso de las brujas que aguardaban a Mácbeth al borde del camino.
Cada vez que la cancela de la gran puerta se abría, anunciándolo el chirrido de sus viejos goznes y el sordo chocar de las maderas, las viejas volvían la cabeza con curiosidad, y una vez se borraba la mancha de luz que dejaba entrar la puerta entreabierta, volvían a su inmovilidad de momias y seguían en sus asientos, convencidas de que ya que nada tenían que hacer, era mejor permanecer en el templo, que ya consideraban como su propia casa.
Oyóse el ruido de un carruaje, que paró a la puerta de la iglesia y esta vez la curiosidad de las beatas fué mayor.
Abrióse la cancela y entraron dos señoras, vestidas de negro y con mantilla.
Las viejas pudieron ver bien a aquellas dos elegantes, que se persignaban en el espacio de luz que dejaba entrar la puerta, todavía abierta; pero no las conocieron.
No era extraño, pues la baronesa de Carrillo y su hermana Enriqueta visitaban muy de tarde en tarde la iglesia de San Isidro, a la que no tenían gran afición por estar enclavada en un barrio popular y ruidoso.
En cambio, el padre Claudio la tenía gran cariño; llamábale su templo, y a él hacía ir a cuantas amigas merecían el alto honor de que él las oyera en confesión. La Colegiata de San Isidro la consideraba él como una finca propia, y relataba a los allegados que le pedían el motivo de tal predilección, cómo uno de sus antecesores en la dirección de la Compañía en España, la había construido en 1561 con los legados que para tal objeto dejó la Emperatriz de Alemania doña María.
Buscando, pues, al padre Claudio iban las dos señoras a tal iglesia, y cuando se vieron envueltas por completo en las tinieblas esparcidas por las naves, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol que bañaba las calles, no pudieron distinguir lo que les rodeaba.
Enriqueta se asió a la falda de su hermana, y ésta fué avanzando con cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo desconocido.
--A la derecha--murmuraba la baronesa--, en la penúltima capilla, está el confesonario. Allí vendrá.