La araña negra, t. 3/9

Part 5

Chapter 54,010 wordsPublic domain

Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la alta sociedad, los árbitros de la moda, los que imponían la ley en materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes distinguidas cuya única ocupación consiste en sostener el legendario esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio más elegante de arrojar su dinero por la ventana.

Lo que hacía recaer con más insistencia la atención del mundo elegante sobre los condes de Baselga era el mutuo cariño que se profesaban, aquel amor tranquilo y sin límites que, por preocupaciones sociales, querían ocultar en público encubriéndolo bajo esa indiferencia galante que en la sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto, asomaba siempre a la superficie.

Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparición en el mundo elegante de Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad que no permite preocuparse de economías, María vióse envuelta en una agradable atmósfera de adoración galante. Los Baselga de aquella época, oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el último figurín de París o Londres, sintiéronse subyugados por aquella nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magníficos trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las desvergüenzas irritantes de una verdulera.

Aquella belleza que surgía pura y sencilla de una existencia hasta entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una castidad soñadora y enamorada, excitó el apetito de todos aquellos tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las difíciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que ellos aventurasen la menor declaración, ya tenían el firme propósito de entregarse tras una fingida resistencia.

La condesa María recibió a docenas las declaraciones de ardorosa pasión dichas en una forma que ella había conocido algunos años antes leyendo novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas de la aristocracia madrileña sin que al momento le deslizasen en el oído vulgares frases de amor dichas con tono melodramático, y se vió obligada a no aventurar una simple sonrisa de cortesía, so pena de que fuese considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura benevolencia.

María se mostró fuerte, y ni por un solo instante logró turbarle aquella seductora atmósfera en que se veía envuelta.

Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la sociedad en que ahora vivía, su buen sentido la hacía adivinar el fondo de brutalidad existente en aquella idolatría galante, y además, para permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.

María, al lado de esta pasión sólo sentía otra, y era el afán de brillar en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que además reúne la rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal género, ni sonrisas irónicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas de oro.

Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la hacía altamente simpática, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de aquella sociedad, cuya murmuración la respetaba instintivamente, olvidando su origen burgués; el bullir del vicio aristocrático, que salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e inexperta; pero esto era porque en público se mostraba como una estatua, fría, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser feliz y satisfecho, al hombre que había sido su primero y único amor.

Baselga no era menos feliz que su esposa. No se había engañado cuando, en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitación parisién de la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente enamorado de la hija del señor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de su amor y de la satisfacción de sus sentidos, puramente humanos, se sentía dominado por una pasión cada vez más creciente, y que era tan ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la brutal pasión sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjunción bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vínculo de un placer espasmódico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos fieras en celo.

Al establecerse Baselga en Madrid, vióse obligado a avistarse con un antiguo amigo al que no profesaba ya simpatía alguna. Era éste el padre Claudio.

Encargado el jesuíta de la administración de los bienes de Fernanda, la hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en las filas carlistas y su emigración, el conde vióse precisado a tener una entrevista con él para una entrega de cuentas puramente nominales.

Baselga, al llegar de París, se había instalado en un edificio nuevo de la calle de Atocha, que compró a buen precio, y quería vender el caserón de la calle del Arenal, que procuró no visitar, temiendo que la vista de sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa, evocara en su memoria horripilantes recuerdos.

Fernanda acababa de salir del convento donde se había educado, y vivía al lado de su madrastra, que por su edad y su carácter consideraba como a una hermana a la hija de su esposo.

Cuando Baselga recibió en su despacho la visita del padre Claudio, experimentó cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los años. Bien era verdad que su rostro no tenía la frescura natural de otros tiempos, y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de siempre. Afeites de tocador femenil devolvían a su rostro la seductora ternura de otros tiempos; su boca, de artístico contorno, sonreía tan graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguían manejando con igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su ceñidor de seda apretaba con energía el abdomen rebelde, que grotescamente aspiraba a atentar contra la gallardía de su cuerpo.

Era aquélla una revocación hecha con arte en la fachada que comenzaba a tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artístico cuidado de su persona, el padre Claudio permanecía inalterable y consecuente en su papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante, daba pábulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y de las cuales no salían bien librados aquel bello Alcibíades con sotana y los novicios de la Compañía.

La entrevista comenzó con cierta frialdad. El examen de las cuentas sólo duró algunos minutos, y cuando el conde, después de dar las gracias con ceremoniosa cortesía, comenzó a indicar lo grato que le sería quedarse solo, el jesuíta, con todo el aspecto de una persona herida en sus más caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin, instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenzó a lamentarse de la conducta observada por el conde.

Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en Madrid establecido hacía ya algunos meses, y no sólo se había cuidado de no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a su casa, le recibía con la frialdad altanera que se observa con un humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se retirase inmediatamente.

--Vamos a ver--decía el jesuíta con conmovido acento--. ¿Qué he hecho yo para que se me trate de ese modo? ¿He faltado en alguna ocasión al cariño y a la amistad que mil veces le he jurado? ¿Es que he sido traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias difíciles? Hable usted, por Dios, señor conde, pues yo soy hombre que no puede sufrir con resignación antipatías infundadas, y no quiero que me odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los más crueles tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre al que profeso un cariño fraternal.

Y el padre Claudio, al hablar así, estaba realmente conmovedor. Contraía su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para dar más fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y miraba al cielo con ademán trágico.

Baselga no se conmovió con estas demostraciones. ¡A él con tales maulas! Estaba muy equivocado el jesuíta si creía que era aún el muchacho crédulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un imbécil. El había aprendido mucho; si, señor, los sucesos de su vida y, especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le habían abierto los ojos y enseñado quién era la Compañía de Jesús: una vasta asociación de canallas que bien podían ponerlos donde hubiese, con la seguridad de que sabrían con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen nada; una banda de ladrones que se introducían bajo las más traidoras formas en el seno de las familias, y durante muchos años estaban preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con una paciencia y una astucia que les envidiaría el más terrible bandido.

El conde, al hablar de este modo, se enardecía, golpeaba la mesa con furiosos puñetazos y miraba al jesuíta de tal modo que parecía querer devorarlo con los ojos. La justa indignación producida por la diabólica intriga de París, estallaba ahora con fuerza, después de haber estado reprimida durante algunos meses.

El jesuíta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna arenga algunas excusas, limitábase a mirar al techo con el ademán del que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.

Pero el conde se mostraba implacable. Lo había dicho y lo repetía; no quería conservar ninguna relación con la Compañía de Jesús, sociedad que contaba con seres tan infames como el señor García y el padre Fabián Renard, y como nadie era dueño absoluto de su voluntad, él podía escoger en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el padre Claudio ni con ningún otro individuo de la Orden.

Todo tiene su término, hasta la más tempestuosa indignación de un hombre enérgico y de carácter un tanto rudo; así es que llegó un instante en que el conde calló, y entonces el hermoso jesuíta inició la ardua tarea de sincerarse.

El no comprendía cómo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo era el conde de Baselga, decía aquellos improperios contra los representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola. ¿Acaso la corrupción liberal de Francia le había contaminado hasta el punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban autoridad al Papa y abominaban de la santa Compañía de Jesús? ¿Es que se había hecho masón?

Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonería, hacía gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que hablar de cosas repugnantes.

El conde se impacientó. El no era nada de aquello, ni le importaba tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado contra la Compañía, era porque ésta, valiéndose de intrigas miserables, había querido encerrar a su esposa en un convento de París y se había opuesto a sus amores, todo con el propósito de robar a María la fortuna que había heredado de su madre.

Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio estuvo sublime mostrándose poseído de una santa indignación, que casi le hacía semejante a aquellos mártires del primitivo cristianismo, que se enfurecían ante las blasfemias de los gentiles.

--¡Cómo!...--exclamó con gran calor--. ¿Sabe usted lo que dice? ¡La santa Compañía de Jesús mezclándose en asuntos pecuniarios y perturbando las familias con el afán de robar como usted dice! Eso es un absurdo, señor conde. Usted está perturbado por causas que yo ignoro, y hace recaer sobre una santa institución crímenes que nunca ha cometido ni cometerá. ¿Dónde ha leído usted que la Compañía se mezcle en asuntos como los que usted indica? ¿No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos podemos atender a sus múltiples necesidades y a las vastas y civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de Dios y el triunfo de la religión?

Y el padre Claudio, como si la indignación le sofocase, exhalaba con furia interminables "¡ah!" y "¡oh!" y se llevaba las manos, con ademán trágico, a los ricitos que orlaban su frente.

El bien reconocía que el conde tenía suficientes motivos para quejarse, pues no era un secreto para él lo que había ocurrido en París a la muerte del señor Avellaneda. Conocía todas las miserables intrigas del señor García y del vicario general de la Compañía en Francia, y las deploraba con toda su alma, mostrándose muy indignado por tan criminal conducta. ¿Pero era justo que se hiciese responsable a la Compañía de los crímenes de dos de sus individuos? ¿Hay en el mundo alguna institución, por santa que sea, que esté exenta del peligro de cobijar a miserables que urdan crímenes a su sombra?

El jesuíta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual había desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que deshonraban a la Compañía con sus planes ambiciosos inspirados en un egoísmo infame.

--No, señor conde. La Compañía no es responsable de las faltas de esos dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden está en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.

Y al llegar a este punto, el padre Claudio rayó a grande altura oratoria reseñando el castigo sufrido por ambos miserables. Del señor García no había que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el crimen frustrado, habíase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el nauseabundo fango del gran río.

Con el padre Fabián Renard el castigo había sido ejemplar. El general de la Orden lo había despojado de la Dirección de la Compañía en Francia, y ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufrían un tormento tan terrible como era verse recluído en una de las casas más miserables de la Orden, desempeñando los oficios más denigrantes y penosos y sirviendo de criado a los más humildes novicios. De este modo castigaba la Compañía a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a nombre de una asociación religiosa cuyos individuos habían hecho voto de pobreza. ¿Había, pues, un motivo serio para injuriarla declarándola la guerra?

El padre Claudio mentía como un miserable al decir esto, pero sus notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas cínicas imposturas. El hermoso jesuíta conocía perfectamente la verdadera causa del suicidio del señor García, y mejor aún el motivo por qué había sido tan cruelmente castigado su compañero el padre Renard. No era la codicia de éste la causa de su castigo, sino la torpeza que había demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de María Avellaneda. El general de la Compañía no podía perdonarle el escándalo que había producido poniendo en evidencia los pérfidos trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles amenazas.

Pero el padre Claudio sabía mentir, y ni por un momento perdió su serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.

A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tenía motivos sobrados para no creer que la Compañía era ajena a aquellas miserables intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio también había tenido su parte en la conspiración contra la fortuna de su esposa. Porque si no, ¿de qué modo estaba en poder del padre Renard aquel documento comprometedor que el conde había firmado declarándose asesino de su primera esposa? ¿Cómo podía saber tan perfectamente el jefe del jesuitismo en Francia un suceso del que sólo tenían conocimiento él y el padre Claudio?

Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuíta, convencido de que con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de confundirse con aquella acusación dirigida a su amistad, mostró una ingenua extrañeza, exclamando:

--¡Cómo es eso! ¿El padre Renard conocía ese documento de que habláis, y que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible; y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabíamos que nuestro indigno hermano se hubiese valido de tal medio. ¿Me cree usted capaz de haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestándole un documento que hace ya muchos años no obra en mi poder?

Y el astuto jesuíta, mostrando siempre gran extrañeza, comenzó a hacer conjeturas acerca del medio de que se había valido su correligionario de Francia para adquirir tal documento. Lo primero fué asegurar a Baselga la imposibilidad de que la comprometedora declaración suscripta por él hubiese estado en manos del padre Fabián.

Dicho papel sólo había estado algunos días en poder del padre Claudio, el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la Orden, lo había enviado al gran archivo de Roma, de donde únicamente el general podía sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard, al amenazar a Baselga, poseía tal papel, e indudablemente, si conocía su existencia y contenido, sería por la infidelidad de algún secretario del general, cuyas revelaciones le habrían servido para sus ambiciosos planes.

El padre Claudio sabía que forjaba una novela pues aguzando su memoria podía aún recordar la fecha en que había remitido a su cofrade de París el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga, pero esto no le impedía mentir con gran serenidad y con un aspecto de beatífica honradez.

Los argumentos que empleaba para sincerarse no podían ser más convincentes. ¿Qué interés tenía él para intervenir en los asuntos de la familia Avellaneda? ¿Podía él conocer desde Madrid la existencia de una familia española en lo más apartado del barrio parisién de San Sulpicio? ¿No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a la Compañía, lo comprometiese a él abusando de su nombre para hacerle odioso a un buen amigo?

El hermoso jesuíta estaba sublime, poseído de aquella santa indignación. Sí; él lo juraba por Dios, que le veía desde el cielo, y que le castigaría si mentía; nunca había sostenido con el padre Fabián otras relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos cargos, y la primera vez que había tenido noticia de la existencia de la familia Avellaneda y su fortuna, fué al saber el segundo casamiento de Baselga y el castigo que el general de la Compañía había hecho sufrir al vicario general de Francia.

El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición en la mente del padre Claudio.

A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba convencido.

Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.

Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le conocían bien.

Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene bajo sus garras.

Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en comprender.

El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta, estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y hacerlo valer contra él.

Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.

Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció entre los dos hombres.

El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores liberales para atacar a la Orden.

El hermoso jesuíta fué desde aquel día el verdadero dueño de la casa, y reinó dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por la fuerza únicamente, pues había va perdido su antigua fe.

Ahora comprendía el conde la verdad de muchas acusaciones que se dirigían contra la Compañía. El que una vez caía en las garras del negro monstruo, era su esclavo para siempre.

VIII

Doña Fernanda.

Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la voluntad del padre Claudio era María Avellaneda.

No sentía ésta ninguna preocupación directa contra el hermoso jesuíta, pero sus gracias hacían poca mella en su ánimo, y además, recordaba siempre que le veía a su antiguo preceptor el señor García, de triste memoria.

No por esto trataba al jesuíta con despego. Bastábale conocer el gran ascendiente que éste tenía sobre su esposo para que le mostrase gran consideración; pero el padre Claudio comprendió pronto que sus relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soñadora no pasarían de una respetuosa pero fría simpatía.

La intimidad verdadera teníala el padre Claudio con Fernanda, la hija del conde de Baselga y Pepita Carrillo.

Esta había crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin otro cariño que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas sus educandas ricas o de noble familia.

El padre Claudio era el único hombre que ella había tratado en el convento, y en él depositó todos sus afectos.

Cuando, poseída del fuego de la pubertad, salió del convento para ir a habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuíta, pues encontraba en él una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha gazmoña y devota, conmovíase ante el sacerdote elocuente, benévolo y de pegajosa dulzura, y como hija de una pasión brutal y heredera de una complexión siempre hambrienta de carne viril, estremecíase de la cabeza a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que unía todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de artísticas líneas, semejante a la estatua de un atleta griego.