La araña negra, t. 3/9

Part 4

Chapter 44,009 wordsPublic domain

Cuando aquella noche su asistente Perico recibió la orden de tener preparado para el día siguiente, a las tres de la tarde, un buen caballo, el pobre muchacho abrió los ojos desmesuradamente en señal de extrañeza, y se afirmó en su creencia de que al señorito le sucedía algo gordo. Sabía él que el capitán no era un modelo de jinetes, y no podía explicarse su repentino deseo de exhibirse en las calles de Madrid montado en un rocín de alquiler.

Pero Perico tenía la costumbre de obedecer las órdenes sin replicar, evitando a su amo preguntas superfluas, y en la tarde del día siguiente tuvo en la puerta de la calle el caballo que el capitán deseaba.

Alvarez, aunque no fuera gran jinete, presentaba sobre el caballo una figura aceptable, y al pasar por la calle de Atocha consiguió que el portero de casa de Baselga le mirara con extrañeza, como si no comprendiera el motivo por el cual un oficial de infantería se convertía en plaza montada.

La tarde entera pasó el capitán en la Castellana llevando su caballo unas veces al trote y otras al galope para distraer el tedio que de él comenzaba a apoderarse, y no vió entre la turba de paseantes un rostro amigo ni distinguió en los pelotones de elegantes jinetes a Enriqueta y su padre.

Sin duda al conde de Baselga le había dado aquel día por no salir, o la baronesa se había empeñado en llevarse a Enriqueta a alguna junta de cofradía. Total: que la fatalidad se burlaba del capitán, el cual, por ver de cerca a la linda joven, se resignaba a galopar una tarde entera (diversión que le agradaba poco), por entre una turba de elegancias imbéciles que le miraban con extrañeza y parecían preguntarse con los ojos: ¿Quién es éste?

No por esto se desalentó Alvarez; tenaz como siempre en sus propósitos, siguió alquilando un caballo todas las tardes, y con la, fatalista pasividad de un moro aguardó paseando por la Castellana la aparición de aquella mujer que parecía haber pasado tan sólo ante sus ojos para engendrar un indefinido deseo que fuese su tormento.

Una semana después, en una tarde que nada tenía de hermosa, pues el cielo estaba cubierto de plomizos celajes y soplaba un viento frío con conatos de huracán, vió Alvarez a lo lejos venir hacia él, a todo el galope de sus briosos caballos, a Enriqueta y su padre.

El capitán experimentó gran emoción, y tan turbado quedó, que por un movimiento instintivo detuvo su caballo.

Plantando su cabalgadura en el centro del paseo, vió el capitán llegar a los dos hábiles jinetes, que pasaron por su lado con la violencia de una tromba.

Estaba Alvarez en tan extraña actitud que forzosamente había de llamar la atención, y tanto el conde como su hija se fijaron en él, reconociéndolo inmediatamente.

Para Baselga aquel joven capitán no era un desconocido ni resultaba ser casual aquel encuentro en el paseo, y buena prueba de ello fué que, al pasar cerca de Esteban y reconocerlo frunció el cano entrecejo, lanzándole una mirada fría y orgullosa. Sin duda su hija la baronesa le había dado cuenta de que un capitán, cuyas señas le detallaría, asediaba a Enriqueta ejerciendo una continua persecución amorosa que se estrellaba ante el retraimiento en que vivía la joven.

Esta también se fijó en Alvarez, pero su presencia sólo le arrancó aquella mirada, mezcla de extrañeza e indiferencia, que era en ella peculiar.

El capitán, repuesto inmediatamente de su impresión, lanzó su caballo en seguimiento de los dos jinetes, y así recorrió dos veces el paseo, llamando la atención de algunos transeúntes.

Alvarez, ocupado en contemplar las espaldas de su amada y su hermoso talle lo más cerca posible, no pensaba en las conveniencias ni el disimulo que debe observarse en materia de amores y desconocía el efecto que causaban aquellas imprudencias.

A Enriqueta no debía disgustarle del todo aquella adoración tan audaz y despreocupada, por cuanto varias veces volvió la cabeza y miró fijamente al capitán con aire entre ofendido y risueño; pero al conde, a quien no pasaban desapercibidas tales demostraciones, no le resultaban tan gratas las continuas audacias del militar, demostrándolo con rápidas ojeadas que lanzaba al insolente.

Aún dieron otra vuelta por el paseo los dos elegantes jinetes, seguidos siempre por el amoroso apéndice. El conde esperaba que el militar se cansase de la persecución; pero en vista de su tenaz importunidad, comenzó a sentirse dominado por aquella cólera que tan terrible le hacía.

Baselga apretaba nerviosamente su latiguillo y sentía tentaciones de revolver su caballo para ir a cruzarle la cara al insolente adorador. Con menos motivo había dado en su mocedad mayores escándalos; pero ahora se encontraba en una posición que exigía en él mayor prudencia, y reprimiendo su furor que ponía pálido su rostro e inyectados sus ojos, se decidió a abandonar al paseo.

No quería que aquellos burgueses plebeyos que paseaban a pie por los andenes fijasen su atención en él y su hija en vista de la importunidad del capitán.

El conde dijo rápidamente algunas palabras a su hija, e inmediatamente abandonaron la Castellana a todo galope, pasando como exhalaciones por entre los brillantes y blasonados carruajes, de cuyo interior les dirigían amistosos saludos.

Alvarez, incorregible, y como si no comprendiese el enojo de Baselga, fué en seguimiento de éste y su hija, y no cesó en su estúpida persecución hasta que ambos jinetes desaparecieron en el portal de su casa de la calle de Atocha.

Cuando el capitán, algunas horas después, se encontró solo en su habitación, se dió exacta cuenta de lo ridículo que había estado aquella tarde y del enojo que había provocado en Enriqueta y su padre.

La más terrible desesperación se apoderó de él. Era un bruto, lo reconocía francamente, y ni a un aguador se le podía ocurrir hacer la corte de un modo tan extravagante, llamando la atención de los curiosos e irritando a la mujer amada. Enriqueta odiaría ahora a un hombre que parecía empeñado en ponerla en ridículo, y su padre, mejor que entregarle la mano de su hija, lo que haría el día en que se le presentase con tal pretensión (si es que llegaba), sería darle de bofetadas.

La ofuscación sufrida durante el paseo se había desvanecido totalmente, y la realidad martirizaba ahora el ánimo de Alvarez.

Aquella noche fué cruel, pues el peor tormento que podía experimentar el capitán era que una idea desagradable se fijase tenazmente en su memoria.

Comió poco, riñó a su asistente, cosa que muy raras veces le ocurría, y durmió mal, viéndose atormentado en los instantes que lograba ser presa del sueño por terribles pesadillas, en que aparecían grotescamente mezclados el rocín de alquiler, las furiosas miradas de Baselga, los indiferentes ojos de Enriqueta y la facha ridícula de un maldito capitán que se parecía a él como dos gotas de agua y que hacía reír con ridiculeces grotescas a toda la humanidad.

Aquella noche fué para Alvarez de las más terribles. Cuando se levantó de la cama, poco después de amanecer el día, pensó con envidia en las horribles noches pasadas en los campos marroquíes, en peligrosas escuchas, mandando un grupo de hombres rodeado de enemigos, a gran distancia del núcleo del ejército. Allí se corría el peligro de recibir a cada momento un balazo o sentir una gumía en la garganta; pero al menos se dormía bien siempre que lo permitían los moros, y no se soñaba en miradas de indignación ni en capitanes puestos en ridículo.

Al entrar Alvarez pálido y ojeroso en el cuartel, le esperaba otro tormento. Allí se encontraba el alférez Lindero, que, como de costumbre, estaba al tanto de todo lo ocurrido el día anterior y conocía con todos sus detalles la ridícula persecución llevada a cabo por el capitán "Séneca". Un "dandy" de su mismo fuste le había contado por la noche en el Casino las ridiculeces de un militar que parecía hacerle el amor a Enriqueta Baselga, y el vizconde adivinó que aquel ente extraño no podía ser otro que su amigo Alvarez.

¡Qué de estúpidas reconvenciones tuvo que sufrir éste, dichas con un acento paternal que movía a risa! ¡Cómo exageraba el vizconde, llevado de sus preocupaciones, la imprudencia del capitán!

Este estuvo tentado de enviar a mala parte al lindo alférez; pero a pesar de esto, acabó por hacer caso e impresionarse con sus palabras, sintiendo aumentar el disgusto que le producía su conducta del día anterior.

Tan avergonzado se mostró por esto, que se prometió internamente olvidarse de Enriqueta, y en muchos días no pasó por la calle de Atocha.

Para que aquella seductora imagen que había turbado su tranquila existencia se borrase por completo de su memoria, Alvarez apeló a todos los medios, y durante algunos días hizo, en unión de los oficiales más alegres de su regimiento, una vida de calavera.

Su asistente estuvo varias noches esperándole hasta el amanecer, y una mañana, al ver entrar a su señorito con el traje bastante desordenado, la faz algo congestionada y los ojos más brillantes que de costumbre, sospechó que el alcohol le había poseído durante algunas horas.

El capitán hizo una vida de café y de diversiones menos honestas durante algunas semanas, y al principio se complacía notando que las fugaces y continuas impresiones que aquella existencia agitada le proporcionaba, conseguían borrar de su memoria los angustiosos recuerdos; pero el mismo tenaz empeño que ponía en olvidarse de Enriqueta, era causa, sin duda, de que la imagen de ésta se reprodujese en su imaginación apenas se entregaba a la tranquilidad.

Alvarez se cansó al fin de luchar. Reconocía que era un chiquillo mimado y voluntarioso, como en la época que dormía sobre las faldas de su madre; la contrariedad y los obstáculos excitaban más sus deseos, pero él no tenía otro remedio que ser tal como le había formado su naturaleza; y, víctima de sus naturales impulsos, se reconocía impotente para sofocar aquella pasión que de él se había apoderado.

Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta y no lucharía más, pues era inútil cuanto intentase por sustraerse a tal pasión.

Alvarez se resolvió a volver a sus antiguas costumbres, y tres semanas después del día en que tan ridículamente se portó en la Castellana se dirigió a la calle de Atocha, experimentando al entrar en ella la misma zozobra del enamorado que va a hacer su primera declaración.

Los balcones del palaciego de Baselga estaban herméticamente cerrados, pero el gran portal seguía abierto, ostentándose sobre el umbral el grueso cancerbero con su capote de botones resplandecientes, tan grandes como platitos de azúcar.

Aquel can racional, que tan furibundas miradas lanzaba siempre a Alvarez, al verle esta vez sonrió con toda la expresión que podía dar de sí su boca de escarlata, desgarrándose de oreja a oreja.

El capitán pasó muy lentamente frente a la casa, fijando su mirada en todos los balcones y ventanas, con la vaga esperanza de ver asomarse a la mujer amada. Pero en los dos pisos estaba todo cerrado, y únicamente en la planta baja el portero se encargaba de demostrar que la casa no estaba deshabitada.

Alvarez se alejó pensativo, y de allí a poco volvió a pasar frente a la casa.

El portero sonrió nuevamente con aire de socarronería, y el capitán, a quien aquella clausura de balcones y ventanas había puesto de muy mal humor, se plantó cerca del portal, y atusándose la perilla nerviosamente, miró con insolencia al doméstico.

Este se puso grave. Era hombre de tranquilas costumbres y conocía que aquel militar no necesitaba de muchas excitaciones para entrar en el portal y agradecer su insolencia con unos cuantos trompis.

Aquel majestuoso vientre cubierto de paño azul experimentó la necesidad de congraciarse con el capitán, y haciendo uso de la más amable de sus sonrisas, dijo con acento humilde:

--Es inútil que el señor se incomode viniendo por aquí. Hace ocho días que el señor conde marchó con su familia a sus posesiones de Salamanca, y creo que no volverán hasta el próximo invierno.

Y saludando ceremoniosamente, se metió en su portería con gran prisa.

Quedó Alvarez tan turbado, que ni aún se le ocurrió hacer una pregunta al portero.

Ahora sí que tendría que conformarse a no ver a Enriqueta.

El brillante astro había sufrido un eclipse.

VI

El señorito dice misa.

No tuvo tiempo Alvarez para pensar en la desaparición de Enriqueta, pues una desgracia vino a sacarle de su preocupación amorosa.

Sus parientes de Pamplona le escribieron a los pocos días notificándole que su madre estaba enferma de gravedad, y cuando ya se disponía a pedir una licencia a su coronel para trasladarse a la capital navarra, recibió un telegrama que, con el cruel laconismo propio de tales casos, le noticiaba el fallecimiento de la enferma.

El dolor que experimentó el capitán borró de su memoria todo recuerdo amoroso, y pasó mucho tiempo entregado a una cruel melancolía, pensando únicamente en aquellos padres tan rudos como bondadosos, que le creían un genio del porvenir, y que habían muerto viéndole todavía confundido entre el vulgo de los mortales.

La repentina desgracia fué muy útil para Alvarez.

El recuerdo de la madre borró el de la mujer amada, y aquel hombre, cuyo carácter sentía la necesidad de aferrar tenazmente a su memoria un recuerdo fijo y acariciarlo a todas horas, sólo se preocupó de la difunta, mostrándose en público como poseído de eterna tristeza.

Perico, que creía un deber alegrarse cuando su amo estaba contento y reproducir de igual modo su tristeza, mostrábase en esta ocasión melancólico y desalentado cuando se reunía con otro asistente; pero hay que confesar que aun llamándose en su interiormente perverso y mal corazón, se alegraba del suceso, no porque tuviese ningún resentimiento con la madre del señorito, sino porque su muerte había venido a librarle del peligro que le ofrecía una mujer desconocida, a quien el capitán parecía amar con delirio.

El único punto negro en el porvenir de Perico era la suposición de que algún día el capitán Alvarez llegase a casarse. El fiel asistente, en su cariño al señor, llegaba hasta a los sentimientos femeniles, y como si fuese una mujer temerosa de una infidelidad, experimentaba algo de celos y de rabia al pensar que algún día podía su amo casarse, rompiéndose con esto aquella unión respetuosa, pero fraternal, que entre los dos existía.

Aquel muchacho experimentaba un gozo sin límites al ver que el capitán permanecía triste e impresionado por la muerte de su madre y no se acordaba de montar a caballo ni de borronear versos, siempre dedicados a aquella desconocida Enriqueta.

Así transcurrieron algunos meses, y al hallarse en pleno verano, Alvarez comenzó a abandonar su triste vida, que le tenía reducido muchas horas en su habitación o le lanzaba a solitarios paseos.

Su asistente comenzó a notar que salía de casa con más frecuencia, que en determinadas noches se retiraba tarde, y que a pesar de su afición al "oficio", que le hacía considerar el uniforme como su vestidura eterna, salía a menudo en traje de paisano.

Esto lo consideraba Perico como muy extraño, sin poder explicarse la causa y aun aumentaban más sus sospechas las nuevas amistades que su amo parecía haber contraído.

Señores de aspecto elegante venían a aquella humilde casa de huéspedes para visitar al capitán, y algunas veces permanecían encerrados con él algunas horas hablando muy quedo.

Alvarez pasaba bastantes noches en claro, revisando papeles y escribiendo, y cuando Perico, aguijoneado por la curiosidad que en él hacía nacer la posibilidad de nuevos amoríos, examinó una mañana los documentos que tanto absorbían la atención de su amo, se encontró que eran el escalafón general de los jefes y oficiales del ejército, que el capitán revisaba con gran minuciosidad, colocando al lado de ciertos nombres señales convencionales que eran crucecitas rojas o azules.

Aquello no era cosa de amores, y esta reflexión bastó para que el asistente volviera a su antigua e impasible indiferencia, cuidándose en adelante de mezclarse en los asuntos de su amo.

A pesar de estos propósitos el muchacho no pudo evitar que le llamase profundamente la atención el aire misterioso que tenían algunas veces los nuevos amigos de su amo, así como las precauciones que tomaba éste al hacer sus salidas en ciertas noches, vistiéndose de un modo que, aunque no carecía de naturalidad, desfiguraba algo su persona.

El capitán parecía muy preocupado, pero no con la tristeza de algún tiempo antes, sino poseído de agitación febril y como desesperado de no poder atender a múltiples y apremiantes ocupaciones.

Algunos días no comía en casa, y después Perico, por conducto de otros asistentes, sabía que su señorito iba de francachela honesta con otros oficiales de distintos cuerpos de la guarnición, hablando a los postres con gran secreto, de cosas que sólo ellos conocían.

El asistente no sentía ninguna alarma, pues a él, fuera de los amoríos serios, no le atemorizaba ninguno de los compromisos en que pudiera verse su señor.

Sin embargo, una tarde llegó a interesarse seriamente en los asuntos de su amo por la forma misteriosa en que éstos fueron revelados. El capitán había salido una hora antes y el asistente rondaba la cocina, donde fregaba la maritornes gallega, cuyas exuberantes formas se complacía en pellizcar, al menor descuido, el tuno de Perico.

Sonó la campanilla de la puerta de la escalera y el asistente fué a abrir, queriendo evitar este trabajo a su adorada gallega.

Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de rasgos duros, entró en el recibimiento preguntando con aire imperioso:

--¿Está el capitán?

--Salió hace una hora. ¿Qué quiere usted?

--Yo... nada--dijo el obrero después de vacilar un buen rato.

--Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su asistente desde hace algunos años.

--Entonces--contestó el hombre después de reflexionar largo rato--, dile a tu señorito que esta noche dice misa.

Perico se quedó estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan claramente había oído. Hubo un momento en que creyó que aquel hombre era un chusco de mal género, y hasta pensó en la conveniencia de darle un soberbio coscorrón; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero, al decir tales palabras, le convenció de que se hallaba muy lejos de burlarse.

Pero el asistente, por salir de su asombro, buscó instintivamente cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello preguntó:

--¿Y a qué hora ha de decir misa?

Entonces fué al obrero a quien le tocó mostrar asombro:

--¡A qué hora ha de ser! A la de siempre. Tú dale el recado tal como yo lo digo, que al buen entendedor...

Y se fué.

Cuando el capitán volvió a la hora de la comida, su asistente le relató todo lo ocurrido con el aire más natural del mundo, como si se tratara de cosas que él tuviera olvidadas de puro sabidas.

Su amo le oyó impasible y sin pestañear, no causándole la menor impresión el que fuese invitado a decir misa el héroe que tanto se había lucido en Castillejos y en el campamento de Tetuán.

--Es una seña convenida, no hay duda--se dijo Perico, a través de cuya corteza ruda comenzaba a filtrarse la sospecha de lo que aquel misterio significaba.

Cuando su amo salió de casa a las nueve de la noche, el asistente pensó en seguirlo para averiguar la verdad que encerraban tantos secretos. Fué ésta una idea que rápidamente surgió en su pensamiento y el muchacho la puso inmediatamente en práctica sin pararse a reflexionarla.

Al verse en la calle se avergonzó de su arranque y la conciencia pareció insultarle por aquella ligereza que afeaba su fidelidad y solicitud de algunos años.

¡Espiar a su amo! ¡Quién podía aprobar tan repugnante absurdo! Además, a él no le importaban los negocios particulares del capitán, y faltaba villanamente a su deber queriendo inmiscuirse en ellos... Pero cuando tales reflexiones se hacía, su amo, que se alejaba con apresurado paso, iba ya a doblar la esquina de la calle, y él, por instintivo impulso le siguió, aunque lamentándose interiormente de ser capaz de semejante atentado.

La curiosidad, naciendo repentinamente en él, le dominaba hasta el punto de convertirlo en un autómata.

Siguiendo a su amo a bastante distancia, llegó Perico a la plaza de Santo Domingo, y entrando el capitán en una de las calles inmediatas desapareció en el sucio y mal alumbrado portal de una casa de modesta apariencia.

Allí era, sin duda, donde se presenciaba un espectáculo tan raro como era que un capitán del ejército español dijese misa.

El asistente quedó en acecho. Lo que había visto no desvanecía el misterio y deseaba atrapar algún detalle convincente que diese más luz al asunto.

No fué larga su espera. Separados por cortos intervalos de tiempo, fueron entrando en el mezquino portal una docena de personas en las cuales reconoció Perico a algunos de los señores que con aire tan misterioso visitaban a su amo, y a un comandante de otro regimiento, que era gran amigo del capitán Alvarez.

Transcurrieron algunos minutos sin que entrara ninguna otra persona, y se retiraba ya el asistente de la esquina desde donde espiaba, cuando dobló aquélla, tropezando rudamente con él un caballero de mediana estatura, moreno y nervioso, que llevaba demasiado encasquetado sobre el rostro su sombrero de copa y ceñía su levita con aire algo militar.

El caballero, al tropezar con Perico, le miró rápidamente con brillantes ojos en que se notaba cierta expresión de desconfianza, pareció dudar un breve momento y después siguió adelante, afectando indiferencia y golpeando el suelo con el bastón, hasta que desapareció en el mismo portal que los otros.

El asistente se quedó asombrado, pegado a la pared y sin ánimo ni aun para respirar. ¡Gran Dios! ¿Se habría equivocado? ¿Sería aquel hombre una visión? ¿No existiría entre él y el otro un extraño parecido? Pero no; la duda era inútil. Aquellos ojos de arrogante fiereza eran los mismos que brillaban bajo los pliegues de la bandera española en la jornada de los Castillejos; aquel rostro cetrino, enjuto y de rasgos duros y enérgicos, era el del general Prim.

Además, para desvanecer cuantas dudas pudieran ocurrírsele al asistente, acudieron a su memoria la revisión del escalafón, las misteriosas visitas y, sobre todo, las ideas políticas de su amo, que él sabía perfectamente.

Por fin conocía la verdad. El capitán conspiraba, y aquellas reuniones eran conciliábulos preparativos de una revolución.

Ya sabía él quién pagaría aquellas misas. El Gobierno.

VII

El que se entrega a la Compañía es su esclavo para siempre.

Cuando el conde de Baselga, poco tiempo después de la muerte de don Ricardo Avellaneda, se vió esposo de la hija de éste, abandonó París, y aprovechando una de las muchas amnistías concedidas por los Gobiernos del moderantismo a los emigrados carlistas, fué a establecerse en Madrid.

Su esposa, la dulce María, que en su juventud tanto había soñado con España, la patria de sus padres, ansiaba vivir en aquel país, escenario obligado de todas las relaciones poéticas y románticas que tanto la habían entusiasmado en su adolescencia.

En cuanto al conde de Baselga, no sentía menos interés por ir a vivir en la capital española. Experimentaba ese amor dominante y casi loco que sienten los emigrados por la patria a la cual no pueden volver, y a esta pasión se unía el deseo egoísta y soberbio de aparecer tras un largo eclipse en aquella ciudad, teatro de sus primeras aventuras, no pobre, envejecido y desilusionado, como la mayor parte de los que con él habían hecho la campaña carlista, sino opulento, feliz y satisfecho con la fortuna, hada malévola que en uno de sus caprichos le había hecho dueño de una respetable cantidad de millones, y de una mujer que, a pesar de su hermosura y de que podía ser su hija, le amaba con un amor tranquilo y desprovisto de violentas emociones, pero tenaz e inquebrantable.