La América, Tomo I

Part 7

Chapter 73,967 wordsPublic domain

“Es notable--dice--que hoy no se hable ya de libertades políticas. Hace treinta años que no había un hombre bien educado que no hubiera hecho una Constitución política. Las cuestiones á la orden del día eran la naturaleza del poder real, el derecho de paz y de guerra, la iniciativa de las cámaras, la responsabilidad de los ministros y de los agentes del poder, la jurisdicción administrativa; hoy no tienen ya eco semejantes discusiones. De esta diferencia se podría dar más de una razón; pero hay una que me hiere entre todas, y es que nosotros hemos tenido tales decepciones, que ya no atribuimos más que un valor mediocre á las teorías políticas. Sentimos por instinto que con dos cámaras, la tribuna y la prensa, un pueblo será libre si el espíritu público está vivo, si la opinión es activa; pero sentimos también que los diputados y los diarios no servirán de nada á un pueblo que se abandona y que no tiene el gusto de la libertad”.

Esto dice uno de los escritores liberales más irreprochables de Europa.

Pero ¿qué significa ese abandono de las garantías políticas y esa pasión por las libertades civiles, sino un lamentable retroceso? Los grandes escritores europeos, así como los pueblos, que en otro tiempo buscaron los derechos de que están despojados en la forma de gobierno, creen hoy que pueden obtenerlos de cualquiera, de la monarquía absoluta misma, si hay una ley que se los conceda por favor.

No ven más que la fuerza, demasiado grande, del Estado absoluto, “fuerza que no existe sino á expensas de la dignidad y de la libertad del hombre”, y desde el protestante Eœtvœs hasta el católico Montalembert, desde el filósofo Humboldt hasta el publicista Laboulaye, reclaman la emancipación del individuo y de la sociedad, y la buscan, no ya en las formas representativas ni en las garantías que dan los derechos políticos, sino en un Estado que sea bastante fuerte y poderoso para concederles la paz, con tal que deje á la sociedad sus derechos y libertades civiles.

Es decir: buscan la solución del problema en la coexistencia de la monarquía actual, de la monarquía latina, que es la causa de los males que lamentan, con las libertades individuales; como si pudieran coexistir el asesino con su víctima, el vampiro con la indefensa res cuya sangre chupa. Porque la _Declaración de los derechos del hombre_ no pasó de ser un programa brillante de 1789, que la soberanía absoluta del pueblo borró con sangre, creen que la soberanía que piensan limitar en manos de los monarcas no sería también capaz de ahogar las leyes que otorgaran esos derechos. Porque todas las constituciones que han prometido esos derechos no han alcanzado á darlos creen que los darían los reyes gobernando sin la representación del pueblo que esas constituciones les obligaban á respetar. Porque las revoluciones de la libertad han fracasado en la inexperiencia y en la ignorancia de los esclavos que rompían sus cadenas para sublevarse, creen que las garantías políticas y civiles dejarían de ser una fórmula vana en manos de un poder enérgico y centralizado que tuviera hoy la condescendencia de otorgarlas, para arrepentirse mañana y revocar su concesión; creen aún que el imperio del golpe de Estado, que su Constitución de 852 es bastante elástica, como dice Laboulaye, para que se preste sin trabajo á todo lo que la opinión exige.

Esto es revolverse sin cesar en un círculo vicioso de errores, esto es desatentarse, perturbarse como el ave de los bosques que se siente atraída por la irresistible aspiración del boa que la domina desde su espantosa guarida; la monarquía los perturba y los envuelve en su pestilente aliento, sin que tan siquiera la inteligencia pueda desplegar sus poderosas alas para tomar el vuelo y escaparse.

Y ¿esa es la Europa que puede ser la maestra política de la América? ¿Sus pueblos esclavos, sus instituciones caducas, dictadas por el espíritu infernal de la fuerza, que sólo cede y transige cuando la fuerza bruta de los esclavos le inspira miedo; sus publicistas preocupados, sus políticos dominados pueden presentarnos modelos que imitar, lecciones que aprender, máximas que reverenciar? ¡Mil veces no! ¡Ay de los americanos que así se engañen! Bastante cara hemos pagado ya la inocente aspiración de buscar la luz de la política y de la moral en las tinieblas del Viejo Mundo!

¡Qué de males no nos han causado las teorías y los fascinadores errores que hemos aprendido de la Europa, creyendo que en nuestras repúblicas podían ensayarse los arbitrios á que apelaba la monarquía europea para conservarse, y los expedientes á que recurrían sus enemigos para salvarse de ella!

¡Mucho hemos padecido en cincuenta años de lucha pertinaz y sangrienta para consolidar la república democrática! Pero, ¿qué nuevo sistema se ha hecho paso jamás sin dolor? El gobierno federal y casi individual de los bárbaros no se hospedó en los dominios de Roma sino después de haber destruido á sangre y fuego la monarquía latina.

Ésta no reapareció triunfante con los reyes cristianos, sino después de una guerra atroz contra los señores feudales, y no principió á modificarse en el presente siglo, sino después de las revoluciones sangrientas que espantaron á la Europa al mismo tiempo que la América se emancipaba.

Los contemporáneos europeos que cierran la historia de sus antepasados y que enmudecen su memoria para imaginarse que no les ha costado una gota de sangre llegar á la situación en que se hallan, que aunque todavía degradante y vergonzosa es, sin embargo, mejor que la que sufrieron sus padres, vociferan contra nuestras revoluciones y nos suponen sumergidos en la barbarie y la anarquía, sin darse por entendidos de que nosotros elaboramos su porvenir y de que de nuestros sacrificios ha de resultar el triunfo del nuevo dogma político que los ha de sacar á ellos de la esclavitud. Esa injusticia nos honra.

La humanidad es constitucionalmente ingrata y desconocida. No importa. Lo que hay de cierto en el fondo de nuestra situación, que de ninguna manera es anárquica, sino convulsiva y agitada, como la de todo período de formación y de nacimiento, es que no hay día en que no conquistemos ó que no consolidemos un derecho, de esos que hoy sólo divisan en lontananza los sabios europeos, y que todavía son ignorados de sus pueblos. Las convulsiones pasan en pocos días, los despotismos á la europea que se levantan no alcanzan á respirar, y entre tanto, la libertad religiosa, la del pensamiento, la de asociación, la de enseñanza, los derechos individuales prenden aquí y allá, se hacen una realidad, sin violencia, sin causar novedad, sin que haya reyes que se espanten, y sin que las preocupaciones que nos legó la vieja Europa y que nos inspira todavía tengan aquí bastante fuerza para reaccionar con buen resultado, ni aun para atajar al derecho en su marcha triunfal, ni eclipsar la verdad, que se irradia hasta en los más recónditos pliegues de la sociedad.

Pero ya nos llegará el tiempo de estudiar esas revoluciones y nuestra situación, en la segunda parte y en la tercera de nuestro libro. Entretanto repetiremos que el Nuevo Mundo es el mundo de la luz y que es la Europa la que tiene que aprender de la ignorada y calumniada América.

NOTAS:

[14] Se comprende lo de la Iglesia libre, si con esta expresión se quiere significar que la Iglesia, como esfera de la actividad social en que se ejercita la idea fundamental de la religión, debe ser independiente de todo poder extraño; pero no se comprende lo que significa _la Iglesia libre en el Estado libre_. Estado libre, según el derecho internacional, es el que no depende de otra potencia; y no deja de ser libre aunque tenga una religión ó proteja todos los cultos. Se quiere que el Estado no haga esto, para que pueda existir la libertad religiosa.

Así también se exigía antes que el Estado no fuera industrial para conquistar la libertad de la industria, y los economistas habrían proclamado un absurdo si hubieran dicho _la industria libre en el Estado libre_, para significar la separación de la industria y el Estado. Es necesario rechazar estas fórmulas embrolladas, que no hacen más que confundir las ideas, perpetuando el lamentable abuso que se ha hecho de la palabra libertad por los que la aman sin comprenderla, á manera de Don Quijote, que amaba á su dama sin conocerla.

[15] Copiaremos aquí una nota estadística de Montalembert: en 1774, en todas las colonias inglesas de que salieron los Estados Unidos sólo se contaban 18 sacerdotes católicos. El primer obispo sólo apareció allí en 1790. En 1839 la Iglesia contaba en los Estados Unidos una provincia, 16 diócesis, 18 obispos, 478 sacerdotes, 418 iglesias. En 1849 tres provincias, 30 diócesis, 36 obispos, 1.000 sacerdotes, 966 iglesias. En 1859 siete provincias, 43 diócesis, dos vicariatos, 45 obispos, 2.108 sacerdotes, 2.334 iglesias. El escritor católico cree con razón que “tales progresos no se han visto en ninguna otra parte desde los primeros siglos de la Iglesia”, y ese es un milagro de la libertad religiosa y de la libertad de asociación.

[16] LABOULAYE: _L’État et ses limites_.

[17] Véase _Le Droit Publique Suisse de Ullmer, traduit de l’allemand par ordre du Conseil Fédéral_, 1864.

[18] Para todo lo que decimos de la Constitución belga véase _Code constitutionnel de la Belgique, ou commentaire sur la Constitution_, etc., _par Bivort_, 1859.

[19] _Théorie de l’autorité appliquée aux nations modernes_, por C. Bernard, 1861; capítulo II: _Situation politique de l’Europe_.

IX

Prueba evidente de lo que decimos se halla en la notable circunstancia de ser hoy la escuela americana la única que en el campo de la ciencia social concibe la verdad y la proclama netamente en Inglaterra y en Francia. Ya en tiempos pasados, durante la revolución francesa, era también la escuela americana la que señalaba la senda que la revolución debía seguir para reconstruir la sociedad y el Estado.

Su voz fué ahogada por las ilusiones de los revolucionarios, por los errores que habían tomado de Rousseau y de otros filósofos ilusos, por el terror en que fundó su imperio el pueblo soberano, que á su turno pretendía ser también absoluto, como lo habían sido sus monarcas, cuyo absolutismo decapitaba en Luis XVI. Más tarde, cuando el poder omnímodo del pueblo había cedido su puesto al imperio del nuevo César, y éste había dejado el suyo á la monarquía constitucional; cuando los embusteros políticos de 1830 llegaron á la escena con el propósito de reconstruir con sus paradojas el poder enérgico, centralizado y tutelar de la monarquía latina sobre el engaño del pueblo y por medio de la farsa y de la prestidigitación; entonces reaparece otra vez la escuela americana y se hace oir y respetar en la voz potente del inmortal Tocqueville.

Es cierto: él no comprendió bien la causa de la existencia y del progreso de la República democrática en los Estados Unidos. Laboulaye ha tenido razón de exclamar: “¡Cosa extraña! M. de Tocqueville no supo desprenderse del sentimiento aristocrático que le dominaba. Busca la causa del prodigioso espectáculo que tiene á la vista ya en la raza, en el país, en la creencia, en la educación, en las instituciones, mientras que un solo principio, una misma ley se lo habría explicado todo”.

En América todo parte del individuo; en nuestra vieja Europa todo viene del Estado. Allá, la sociedad salida de la iglesia puritana no conoce más que el hombre y le deja el cuidado de su vida, como el de su conciencia; aquí estamos aprisionados en el círculo estrecho y variable que traza alrededor de nosotros la mano del Poder. Reconocida esta verdad, todo aparece claro en la aparente confusión de la América; allí es preciso buscar el orden verdadero, el orden que nace de la comunidad de las ideas, del respeto mutuo, de la libertad individual.

En Francia se alegan con cierto placer las asonadas de una ciudad sin policía como Nueva York, ó las violencias y ultrajes de algunos cultivadores perdidos en las soledades del Sur; pero no se puede juzgar un país sino por el conjunto de las casas. ¿En dónde es más intensa la vida y el progreso más visible? ¿Qué hemos hecho en Argelia, en treinta años, con nuestros procedimientos regulares y artificiales? Ved, por el contrario, lo que un puñado de americanos tomados al azar ha hecho en algunos años en las costas desiertas de California[20].

Pero Tocqueville fué el primero que llevó á la Europa, entre muchas ideas nuevas y santas, la de que la libertad no es la igualdad, como se ha creído siempre y se cree todavía en Francia, olvidando que la igualdad se amolda á todos los sistemas y que puede coexistir con el régimen más absoluto. Él reveló la existencia de una república poderosa en que la democracia es una realidad y de la cual tiene mucho que aprender la Europa.

Protestó contra la idea pagana de la soberanía absoluta; contra el poder único, simple, providencial y creador; contra la omnipotencia del poder social y la uniformidad de sus reglas, que forma el rasgo saliente que caracteriza todos los sistemas políticos engendrados en Europa; al revés de lo que sucede en los Estados Unidos, donde la gran máxima sobre que reposa la sociedad civil y política es la independencia del individuo para dirigir por sí mismo las cosas que sólo á él interesan, máxima “que el padre de familia aplica á sus hijos, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á los Estados, y que extendida así al conjunto de la nación, llega á ser el dogma de la soberanía del pueblo”[21].

Pero Tocqueville no era republicano en Francia.

Se limitaba á pedir y servir la libertad, la justicia, la descentralización administrativa. Quería la emancipación de la Municipalidad, la completa libertad de la prensa, dar á la magistratura el lugar que le corresponde en un país libre, esto es, hacerla soberana. “En este punto estaba él tan adelantado á las ideas francesas que no sé--dice Laboulaye--si se le ha comprendido”.

Nuestra magistratura es muy considerada y con razón; pero si nuestros tribunales aseguran en las litis ordinarias una justicia imparcial é ilustrada, no constituyen por eso una garantía política para el ciudadano. Todas las constituciones repiten á la sociedad que la separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, es la condición de la libertad; pero desde 1789 jamás en Francia la justicia ha marchado al igual con la autoridad de las cámaras y del príncipe; ese poder independiente ha estado siempre subordinado.

La administración se le escapa por el privilegio de su jurisdicción y aun lo domina á veces por la competencia. Por más que se queje el ciudadano, jamás tiene acción el juez sobre el funcionario que obedece á un orden regular. Aunque el oficial público abuse abiertamente de su poder, es necesario el permiso del Estado para citar al culpable delante de los tribunales. No es así en América y en Inglaterra. Todo agente de la autoridad es personalmente responsable de la orden que ejecuta: no hay funcionario que el ciudadano no pueda inmediatamente demandar ante la justicia para forzarlo á que respete la ley.

En estos conflictos inevitables, que en todos los países suceden entre los particulares y el Estado, la última palabra entre nosotros es la de la administración; entre los ingleses y americanos la última palabra es la justicia. La razón es sencilla: en un gobierno centralizado el interés general representado por el Estado está antes del individuo; en un país libre el derecho del individuo contiene las pretensiones del Estado, y sólo un juez tiene el poder de pronunciar. “En América--decía M. de Tocqueville--el hombre no obedece jamás al hombre, sino á la justicia, á la ley”.

En cuanto á la centralización del poder en Francia, el sabio americanista la creía funesta á la existencia de la libertad. Él demostró hasta la evidencia “un hecho tan curioso para la historia como importante para la política, esto es, que á pesar de todos los esfuerzos de la Revolución para romper con el pasado, la Francia administrativa del siglo XIX se diferencia menos que lo que se cree de la Francia de Luis XV; que la centralización administrativa es un legado de la antigua monarquía, aceptado y aumentado por la Revolución”. No es que M. de Tocqueville crea que la Revolución ha sido una obra estéril.

La Revolución ha sido fecunda por sus destrucciones: ha arruinado todo lo que se oponía á la igualdad. Ella suprimió la nobleza, que fuera del ejército no era más que una casta inútil; destruyó el poder territorial del clero, poder que no tenía razón para existir; desembarazó el suelo de cargas pesadas, que no eran compensadas y que encadenaban la agricultura; emancipó la industria; estableció la uniformidad del impuesto; en dos palabras: la Revolución fué una gran reforma social; pero ese nivel, pasado por todas las condiciones, no ha hecho más que hacer más directa y fuerte la acción del Estado. La prueba de ello es que no hay en Europa monarquía absoluta ninguna que no haya tomado á la Administración francesa por modelo. La Rusia, por ejemplo, se la asimila cada vez más, sin que se pueda acusarla de un amor inmoderado por las ideas de 1789, á lo menos por las que defendían Lafayette, Barnave y Mirabeau[22].

Pero la propaganda de Tocqueville no halló prosélitos. La voz de los pocos que le comprendieron no fué siquiera escuchada en la revolución de 1848, y los franceses, entonces, obcecados como siempre en creer que la igualdad los haría libres y en suponer que la nación, al obrar como soberana, podía desplegar un poder tan absoluto y tan ilimitado como el de la monarquía que destruían, se pusieron de nuevo á inventar una República, y no lograron por segunda vez otra cosa que desacreditar una forma de gobierno, para caer en manos de otro César, que á nombre de esa soberanía absoluta les diera la igualdad y les quitara todos sus derechos, todas sus libertades.

Después de este segundo ensayo del orgullo europeo se ha comenzado á comprender la verdadera causa del mal, y los hombres amantes de la patria y de la verdad, cualquiera que haya sido ó sea su partido político, han comenzado á echar una mirada de esperanza hacia la América del norte, á buscar en ella, en sus instituciones y costumbres, la solución del problema que no han podido resolver cuatro generaciones, que han malgastado su sangre y sus esfuerzos á pura pérdida.

Son varios los escritores que en el seno mismo de la esclavitud han tenido el arrojo de levantar su voz para anunciar la nueva luz que hoy llega desde el ocaso al Viejo Mundo, que en otros tiempos la recibió del oriente. Vamos á exponer ahora las teorías de dos únicamente, que á nuestro juicio son los primeros, los que de nuevo fundan y propagan en Europa la escuela americana: Laboulaye, que en la Cátedra y en la prensa da á conocer las instituciones de la democracia americana, las defiende é ilustra en todos los tonos y las formas, que asume como profesor, como novelista y como filósofo; y Courcell-Seneuille, que ha escrito en Chile y publicado en París el libro más notable que la ciencia social ha podido jamás presentar.

NOTAS:

[20] _L’État et ses limites._

[21] _De la Démocratie en Amérique._

[22] _Alexis de Tocqueville_, por Laboulaye.

X

Laboulaye, en su libro sobre _El Estado y sus límites_, parte del principio irrecusable de que la filosofía política no puede proponerse otra cosa que la de descubrir las leyes que rigen el mundo moral: porque hoy ya no se puede creer que Dios se mezcle incesantemente en nuestras pasiones y en nuestras miserias, estando siempre listo para salir de las nubes, con rayo en mano, á vengar la inocencia y castigar el crimen.

Ya nadie espera esos golpes teatrales de la justicia divina, ni hay quien crea, si no es Napoleón III, que un grande hombre reciba la misión celestial de aparecer súbitamente en medio de una sociedad inerte, para amasarla á su gusto y animarla con su soplo, cual otro Prometeo. Se siente todo eso; pero desgraciadamente la ciencia está nueva y mal establecida.

Esta convicción lleva á Laboulaye á proclamar por primera vez en la ciencia política europea una doctrina que hace más de veinte años habíamos proclamado nosotros y habíamos practicado en Chile. “Reunir los hechos--dice el publicista francés--es una obra penosa y sin brillo; es más fácil imaginarse un sistema, erigir un elemento particular en principio universal, y dar la razón de todo con una palabra. De ahí esas bellas teorías que brotan y caen en una estación; influencia de la _raza_ ó del clima, ley de la decadencia, del retroceso, de oposición, de progreso.

“Nada más ingenioso que las ideas de Vico, de Herder, de Saint-Simón, de Hegel; pero es evidente que á pesar de sus partes brillantes, esas construcciones ambiciosas no reposan sobre nada. Al través de esas fuerzas fatales que arrastran á la humanidad hacia un destino del cual ella no puede huir, ¿en dónde colocar la libertad? ¿Qué parte de acción y de responsabilidad queda al individuo? Mucho ingenio se gasta para dar vueltas al problema, en lugar de resolverlo; pero, ¿qué importan esas poéticas quimeras? Lo único que nos interesa es precisamente lo que se nos dice. Si se quiere escribir una filosofía de la historia que pueda aceptar la Ciencia, es preciso cambiar de método y volver á la observación.

“No basta estudiar los acontecimientos, que no son sino efectos; es preciso estudiar las ideas que los han producido, porque las ideas son las causas, y sólo en ellas aparece la libertad. Cuando se arregle la genealogía de las ideas, cuando se sepa qué educación ha recibido cada siglo, cómo se ha corregido y completado en él la experiencia de los que vivieron antes, entonces será posible comprender el curso del pasado y quizás presentir la marcha del porvenir.

“No hay que engañarse. La vida de las sociedades, como la del individuo, está siempre regida por ciertas opiniones, por cierta fe...”.

Eso mismo pensábamos y practicábamos nosotros en 1844, en nuestras _Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile_, atreviéndonos por la primera vez, que sepamos, á combatir las teorías de Herder.

“Es cierto--decíamos--que al contemplar en el inmenso caos de los tiempos un poder superior, siempre en acción, que lo regulariza todo, una ley orgánica de la humanidad siempre constante y demasiado poderosa, á la cual se sujetan los imperios en su prosperidad, en su decadencia y en su ruina, la cual preside á todas las sociedades, sometiéndolas á sus irresistibles preceptos, apresurando el exterminio de las unas y proveyendo á la subsistencia y ventura de las otras, es cierto que al ver una armonía siempre notable y sabia en esa confusión anárquica que produce el choque y dislocación de los elementos del universo moral, el espíritu se agobia de admiración y como fatigado abandona el análisis, juzgando no sólo excusable sino también lógicamente necesario creer en la fatalidad, entregarse á ese poder regulador de la creación, confiarse en el orden majestuoso de los tiempos y adormecerse arrullado con la esperanza de que esa potestad que ha sabido pesar y equilibrar los siglos y los imperios, que ha contado los días de la vieja Caldea, del Egipto, de la Fenicia, de Tebas la de cien puertas, de la heroica Sagunto, de la implacable Roma, sabrá también coordinar los pocos instantes que le han sido reservados al hombre y esos efímeros movimientos que llenan su duración”[23].

Mas el error en que se funda este raciocinio, al parecer tan lógico, se descubre cuando nos elevamos á contemplar la alteza de la humanidad, cuando nos fijamos en esa libertad de acción de que la ha dotado su creador. La sucesión de causas y efectos morales que constituyen el gran código á que el género humano está sometido por su propia naturaleza, no es tan estrictamente fatal que se opere sin participación alguna del hombre; antes bien la acción de esas causas es enteramente nula si el hombre no la promueve con sus actos.