Part 14
Tal es la razón de la necesidad que tienen los gobiernos americanos de fijar en un Congreso general, ó en tratados parciales, los principios que deben formar el código de sus relaciones mutuas, como una entidad caracterizada por circunstancias especiales, que la diversifican de cualquiera otra entidad política. Fijados esos principios, es consecuencia necesaria de su determinación señalar también la posición respectiva y los deberes que deben respetar cada uno de los miembros de esa entidad política americana, cuando uno de ellos sea víctima del antagonismo europeo, es decir, de los intereses opuestos que la entidad europea, sea en el conjunto de todas sus potencias, sea parcialmente, puede hacer valer contra los intereses americanos.
Prescindiendo de la profunda diferencia que existe entre las poblaciones americanas y europeas, diferencia que estudiaremos después, es indudable que las naciones hispano-americanas, por sus caracteres de familia, por sus antecedentes, por su porvenir y por sus instituciones, forman entre sí una entidad política verdadera, que, sin duda, tiene una fuerte conexión con la sociedad anglo-americana, por todos esos rasgos, aunque los caracteres de familia sean diferentes. Éste es un hecho reconocido y aceptado por todas las repúblicas americanas, y elevado á la categoría de un dogma político, desde que fué proclamada y autorizada como política legal de los Estados Unidos, la doctrina de Monroe, hace cuarenta años.
Tal hecho ha sido siempre proclamado de un modo oficial y ha servido de base á un sinnúmero de transacciones y de gestiones políticas. El gobierno de Chile, que lo ha hecho valer constantemente en la política continental, lo formulaba también, discutiendo con el representante español las cuestiones que se sucitaron después de la ocupación de las Chinchas por la España, á título de _reivindicación_: “Las repúblicas americanas--decía[38]--de origen español forman, en la gran comunidad de las naciones civilizadas, un grupo de Estados, unidos entre sí por vínculos estrechos y peculiares. Una misma lengua, una misma raza, formas de gobierno idénticas, creencias religiosas y costumbres uniformes, multiplicados intereses análogos, condiciones geográficas especiales, esfuerzos comunes para conquistarse una existencia nacional é independiente: tales son los principales rasgos que distinguen á la familia hispano-americana. Cada uno de los miembros de que se compone ve más ó menos vinculadas su próspera marcha, su seguridad é independencia á la suerte de los demás. Tal comunidad de destinos ha formado entre ellos una alianza natural, creándoles derechos y deberes recíprocos, que imprimen á sus mutuas relaciones un particular carácter. Los peligros exteriores que vengan á amenazar á algunos de ellos en su independencia ó seguridad no deben ser indiferentes á ninguno de los otros: todos han de tomar en semejantes complicaciones un interés nacido de la propia y la común conveniencia. Este interés será tanto más vivo cuanto una inmediata vecindad lo haga más legítimo y fundado. Las nociones expuestas son tan generalmente aceptadas en América, que han llegado á ser vulgares. Me creería, pues, dispensado de recordarlas, si no me obligara á ello la extrañeza que parece V. S. manifestar por las explicaciones pedidas en mis oficios anteriores sobre los sucesos de Chinchas. ‘Mi gobierno, dice V. S., ignora que el de Chile ejerza algún protectorado sobre el Perú, ni que con éste tenga algún tratado público ó privado de alianza ofensiva y defensiva’. No existe protectorado alguno, no existe ningún tratado de alianza ofensiva ni defensiva entre Chile y el Perú; pero existe un derecho perfecto é imprescriptible, el de la _propia conservación_, que permite á un Estado intervenir en los negocios de sus vecinos, que coliga á las naciones, como más de una vez ha sucedido en Europa, para mantener su equilibrio político, y que autoriza á la América, á Chile en particular, para velar por la integridad territorial y la soberanía del Perú”.
¡Espléndida manifestación de la alianza natural que existe de hecho entre las repúblicas americanas! Todos los pueblos, todos los gobiernos la sienten y reconocen, y jamás ha aparecido un peligro de ésos que tienen su origen y su causa en el antagonismo de los intereses europeos contra la América, sin que al mismo tiempo no haya estallado también el sentimiento de la comunidad é intimidad de los miembros que forman la entidad política americana.
Este hecho innegable traza con precisión el objeto y los límites de aquella evidente comunidad; de modo que es inútil y fútil desconocerla ú objetarla con el pretexto de que podría tener una falsa y dañosa aplicación la alianza que en ella se fundara, si una nación europea, en defensa de sus derechos ultrajados y autorizada por la ley internacional, moviera guerra contra una República americana que no satisficiera de otro modo las reclamaciones justas que se le hicieran.
Este caso está fuera de la alianza natural americana, y no se puede sacar de su posibilidad un argumento racional, ni contra la existencia de la entidad política de la América, ni para negar el antagonismo que la Europa tiene, por causas evidentes y por intereses indudables, contra aquella entidad.
Un solo gobierno americano se ha atrevido á singularizarse, renegando de aquella fraternidad y contestando la existencia de sus intereses. No hablamos del gobierno monárquico del Brasil, que á la verdad no se ha extendido á tanto, aunque ha aceptado con reserva la idea de un Congreso americano, pues ha respondido á las dos últimas invitaciones que se le han hecho que “el gobierno imperial adhiere al pensamiento, mas que era preciso establecer primero las bases y ver la opinión que las otras potencias tendrían, para realizarlo”.
Es natural: un gobierno como aquél, que se siente desligado de los intereses de las repúblicas americanas por sus instituciones, sus prácticas, sus hábitos, y aun por las calidades, antecedentes y condición actual de su población, debe conocer primero las bases de la unión á que se le provoca, porque ellas podrían ser contrarias á su constitución política y á su organización social.
Nada más propio, como lo es también que la prensa del partido político que allí se apellida liberal, ataque la doctrina de Monroe y la posibilidad de una alianza americana, con las objeciones que hemos enunciado en el párrafo anterior, y hasta negando, no sólo la solidaridad de los intereses americanos y su diferencia y antagonismo con los europeos, sino aún más, negando que existan las identidades de familia que aconsejan la adopción de una misma política.
“Hay inmensa variedad de lenguas--dice aquella prensa[39]--, de religiones, costumbres, tradiciones y hasta de conceptos entre las diversas razas que pueblan los diferentes países de la América, variedad de origen y variedad nacida de las circunstancias peculiares en que se hallaban en su nuevo país. Es preciso atender á esta variedad, tanto como á la posición de cada territorio, á la temperatura del país, á la fertilidad de su suelo, central ó marítimo, agrícola, industrial ó comercial; cuáles son sus derechos anteriores, sus pretensiones, sus tendencias.
“Conviene que sean tomados en consideración todos estos hechos esenciales, que constituyen la actividad especial de cada nación americana, la base radical de su desenvolvimiento y progreso. Ya se ve que _no puede haber_ en estos países la necesaria uniformidad social, para que todos concuerden en una misma política, como se comprueba por las guerras civiles, y aun por las que se hacen unos á otros, como si no habitasen la misma parte del globo”.
Semejante argumento peca por su base, porque no siendo en último resultado más que dos los pueblos de diferente origen, lengua, religión y costumbres que han preponderado en la población americana, y que pueden tener la diversidad nacida de las circunstancias peculiares que hallaron en su nuevo país, el pueblo inglés y el de la Iberia, mal se puede objetar semejante diferencia contra el pensamiento de la unión de la familia hispano-americana, en la cual todos aquellos caracteres son idénticos.
Si el Brasil se considera fuera de aquella identidad, á causa de su proverbial antagonismo con los pueblos de origen español, confesaremos que tiene razón para no reconocerse solidario con las repúblicas americanas, tanto por eso, cuanto principalmente por la contrariedad de sus instituciones políticas. Sus guerras contra las repúblicas vecinas, que después consideraremos, pueden ser un testimonio más de aquella diferencia; pero las que se hacen entre sí las repúblicas y sus revoluciones intestinas no pueden citarse de ninguna manera como una prueba de que no existe la entidad política reconocida por todos sus gobiernos; porque el origen y las causas de tales conmociones tienen su raíz en otras condiciones muy diferentes de las que constituyen y deben constituir la unión americana, como lo veremos en la segunda parte de este libro.
Mas no discutiremos ni la prudencia y reserva del gobierno imperial ni los palpables errores con que allí se rechazan el pensamiento de la unión americana y la existencia de la entidad política de la América, aunque sería más digno y más propio que el Brasil se confesara francamente desligado de aquella comunidad, en vez de objetarla.
Lo raro, lo inexplicable es que el gobierno argentino sea el que ha renegado de aquella comunidad, aceptando los errores y las falsedades con que el Brasil quisiera combatir un pensamiento que no cuadra á la situación excepcional y peculiar que sus instituciones y sus condiciones sociales le forman en América. ¡Deplorable extravío! Es de esperar que no tarden mucho los intereses europeos en venir á prestar apoyo á esa insólita política, que entraña otro elemento más de discordia en la familia americana, si la nación argentina no la condena por medio de sus representantes, reasumiendo la digna posición que sus nobilísimos antecedentes le señalan en el Nuevo Mundo.
Vamos á terminar con la inserción del documento oficial que revela esa singular política; y la notable y elevada refutación que de ella hizo el ministro diplomático peruano será el mejor complemento de esta parte de nuestra obra, en la cual, por la primera vez, se dilucidan materias de vital importancia en América, que apenas habían sido tocadas, y se comprueban ideas no enunciadas siquiera por otro que el que delinea este bosquejo, en que aparece el cuadro de los hechos y de las doctrinas que caracterizan y distinguen á la Europa y la América.
En julio de 1862, el diplomático peruano señor don Buenaventura Seoane presentó á la consideración del gobierno argentino el tratado tripartito celebrado en Chile el 15 de septiembre de 1856. El gobierno lo rechazó con fundamentos generalmente sólidos que hacían inaceptables sus estipulaciones; pero rechazando también por medio de su ministro de Relaciones Exteriores, Sr. D. Rufino de Elizalde, en nota de 10 de noviembre de 1862, el pensamiento de la unión americana, se expresó de esta manera:
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“Estudiada la nota de esa Legación y el tratado Continental con toda la atención que ha sido posible en tan corto tiempo, el gobierno argentino ha formado el juicio que el abajo firmado tiene el honor de transmitir á V. E. por orden del señor presidente.
“En la nota y tratado encuentra el gobierno argentino un pensamiento político y la indicación de medios para realizarlo, que le es sensible no poder prestarles su asentimiento.
“Se cree en la existencia de una amenaza general á la América independiente, á presencia de los sucesos de Santo Domingo y Méjico, y se juzga que una de las primeras medidas que se debieran tomar para alejar ó conjurar el peligro es la de uniformar en las repúblicas del Continente ciertos principios que debiesen hacer parte de su derecho internacional, y estrechar los vínculos de amistad y buena inteligencia entre los pueblos y gobiernos, para evitar en lo sucesivo todo genero de guerras.
“El gobierno argentino no tiene motivos para admitir la existencia de esa amenaza, ni cree que serían suficientes los medios que se proponen para conjurar ese peligro, si realmente existiese.
“La América independiente es una entidad política _que no existe_ ni es posible constituir por combinaciones diplomáticas. La América, conteniendo naciones independientes, con necesidades y medios de gobierno propios, no puede nunca formar una sola entidad política. La naturaleza y los hechos la han dividido, y los esfuerzos de la diplomacia son estériles para contrariar la existencia de esas nacionalidades, con todas las consecuencias forzosas que se derivan de ellas.
“No es, pues, posible una amenaza á todas esas naciones que están esparcidas en un vasto territorio, y que no habría poder bastante en ninguna nación para hacer efectiva.
“Sólo podría existir esa amenaza en el caso de una liga europea contra la América, y esto ni es posible ni tendría medios de llevar á fin su propósito.
“Esa liga no podría hacerse á nombre de los intereses materiales y comerciales de la Europa, porque esos intereses están en armonía con los de las naciones americanas, y no habría poder humano que pudiera crear un antagonismo que no tendría razón de ser.
“Sólo podría hacerse á nombre de la monarquía contra la República; pero la democracia ha echado tan profundas raíces en América, los beneficios de las instituciones republicanas son tan evidentes, la fuerza de estas instituciones es tan grande en la esencia y forma de las sociedades y pueblos americanos, que el gobierno argentino está convencido que á presencia de ellas, las armas de sus enemigos habían de sentirse impotentes para cambiarlas.
“La monarquía en Europa misma ha tenido que inclinarse ante la democracia, y los monarcas absolutos del derecho divino van cediendo el trono á los monarcas que nacen del voto popular, ó que tienen en él su confirmación ó le admiten para dividir entre sí el poder.
“La monarquía en Europa no tendría cómo hacer liga para destruir la democracia en América, porque sería venir á destruir los propios elementos que hoy forman la base del poder de casi todas las naciones europeas.
“Esa liga, aun cuando contase con poder, no podría hacerse, porque no sería fácil un arreglo para perpetuar una dominación en América, ni una combinación para dividirse los despojos de esa dominación.
“Por lo que hace á la República Argentina, jamás ha temido por ninguna amenaza de la Europa en conjunto ni de ninguna de las naciones que la forman.
“Durante la guerra de la Independencia contó con la simpatía y cooperación de las más poderosas naciones. Cuando se encontró en guerra con sus vecinos, fué por la mediación de una potencia europea que ajustó la paz.
“En la larga época de la dictadura de los elementos bárbaros que tenía en su seno, como consecuencia de la colonia y de la guerra civil, las potencias europeas le prestaron servicios muy señalados.
“La acción de la Europa en la República Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora, y si alguna vez hemos tenido desinteligencia con algunos gobiernos europeos, no siempre ha podido decirse que los abusos de los poderes irregulares que han surgido de nuestras revoluciones no hayan sido la causa.
“Ligados á Europa por los vínculos de la sangre de millares de personas que se ligan con nuestras familias y cuyos hijos son nacionales; fomentándose la inmigración de modo que cada vez se mezcla y confunde con la población del país, robusteciendo por ella nuestra nacionalidad; recibiendo de la Europa los capitales que nuestra industria requiere; existiendo un cambio mutuo de productos, puede decirse que la República _está identificada_ con la Europa hasta lo más que es posible. La población extranjera siempre ha sido un elemento poderoso con que ha contado la causa de la civilización en la República Argentina.
“No puede, por consiguiente, temer nada, porque tantos antecedentes y tantos elementos le dan la más completa seguridad de que ningún peligro la amenaza.
“Cree que en la misma situación se encuentran todas las repúblicas americanas. Si alguna vez las naciones europeas han pretendido algunas injusticias de los gobiernos americanos, éstos han sido hechos aislados que no constituyen una política, y los gobiernos americanos, si se han sometido á ellos, ha sido siempre por el estado en que se han encontrado por causa de sus luchas civiles.
“Pero cada gobierno tiene medios suficientes para hacer respetar sus derechos, si por sus propios elementos no se encuentran contrariados.
“No hay un elemento europeo antagonista de un elemento americano; lejos de eso, puede asegurarse que más vínculos, más interés, más armonía hay entre las repúblicas americanas con algunas naciones europeas, que entre ellas mismas.
“La República Argentina, en vez de propender á establecer nada que críe ese antagonismo, ha tomado cuantas medidas están en su mano para hacer homogéneo y simpático ese elemento y asimilarlo al elemento nacional.
“Si una nación europea, por cuestiones con una nación americana, acude á la guerra y emplea medios que importen una amenaza á los derechos de las demás naciones, éste será un hecho particular que puede dar mérito á medidas y arreglos especiales para el caso; pero jamás puede ser motivo de establecer medidas generales sobre actos generales, que tienen que ser imperfectas y deficientes, envolviendo en cierto modo una suposición de agresión de parte de otras naciones que pueden considerarla como una ofensa gratuita.
“Si desgraciadamente aquel caso llegase á suceder, el gobierno argentino sería el primero en poner en ejecución cuantas medidas fuesen necesarias y estuviesen á su alcance, para proveer á su seguridad y á la reivindicación del derecho que quisiera hollarse; no duda que el gobierno del Perú, como los demás gobiernos americanos, habían de adoptar una política igual.
“Los medios propuestos no serían tampoco eficaces para evitar el peligro, si para llenar los objetos que expresa la nota de V. E. de asegurar la tranquilidad de las repúblicas americanas entre sí; pero es innecesario entrar á demostrarlo desde que el gobierno argentino, prescindiendo de esto, va á ocuparse del mérito mismo de la Convención, sin tener en vista el motivo primordial que se ha querido consultar, tratando sólo del mérito real de esa Convención”.
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El Sr. Seoane refutó tan singulares aserciones de una manera victoriosa y digna de aplauso en su nota de 17 de noviembre de 1862, diciendo:
“Si los conceptos emitidos en la expresada contestación se limitasen á manifestar los inconvenientes que S. E. señala para aceptar pura y simplemente aquel tratado, el infrascrito, por su parte, se habría ceñido á referirla á su gobierno, con el fin de que le indicase los medios de salvar aquellos inconvenientes. Pero se expresan en la nota de S. E. proposiciones de tanta gravedad, que, si bien hasta cierto punto se hallan contradichas en su mismo contexto, no podrían dejarse pasar desapercibidas sin un desconocimiento tácito de la tradición, de los hechos actuales, y de los más genuinos intereses de la América.--El infrascrito se encuentra, pues, en el deber de contestarlos, y lo hará con sinceridad y franqueza.
“Cuando el gobierno que representa le honró con la misión que inviste, lo hizo en la plena convicción de que los antecedentes históricos que ligan indisolublemente á la América no podrían jamás desconocerse por ninguno de sus miembros, en sus efectos naturales ni en sus consecuencias legítimas.
“Creyó igualmente que, envuelta en guerra intestina la América del norte, ese glorioso baluarte de la democracia en el mundo; absorbida la República de Santo Domingo por la España, invadido Méjico por tropas europeas; trabajado el Ecuador por influencias extrañas, é inexplicada aún ante el mundo, de un modo capaz de satisfacer á la razón y á la justicia, la agresión de una potencia europea á una de las más importantes secciones del Continente, era llegado el momento de trabajar con eficacia, en llevar á buen término el antiguo y nunca abandonado pensamiento de uniformar y consolidar las relaciones de los Estados sur-americanos entre sí, buscando de este modo una garantía común de seguridad, tranquilidad y poder.
“Fundada la alianza natural de las repúblicas de origen español, como se ha dicho tantas veces, en la mancomunidad de sus esfuerzos para emanciparse de la metrópoli, en la identidad fundamental de sus instituciones y de su poderosa unidad de religión y de raza, ha parecido siempre posible y conveniente establecer sus relaciones políticas sobre bases más anchas, determinadas y fijas.
“Unir lo que debe ser compacto, fortificar lo que está débil, resguardar del peligro lo que se halla amenazado, era una tarea demasiado generosa para que no se invitase á concurrir á ella á la República Argentina. El gobierno del Perú, más quizás que cualquier otro de América, se envanecía en esperar su concurso, porque él no había olvidado, ni podría nunca olvidar, la heroica iniciativa de esta Nación en la guerra de la Independencia, cuando salvando las montañas y los mares, señalaba con su espada las fronteras de la libertad en la tierra gloriosa que iba conquistando para ella.
“Imbuido en estos recuerdos, fué que el infrascrito pidió lleno de confianza al gobierno argentino su adhesión á la idea de un tratado general; y para inducirlo á aceptarla, mencionó el terrible conflicto en que Méjico se encuentra, considerando lo que allí pasa como un gravísimo amago, contra el cual era prudente adoptar precauciones oportunas.
“El gobierno argentino, sin embargo, no ha adherido al tratado, ni reconocido la existencia del peligro, sino, antes bien, la ha negado. Entretanto no ignora S. E. el Sr. Elizalde las causas que produjeron la expedición europea sobre Méjico y las que motivaron la retirada de dos de las tres potencias que acometieron esa empresa, como sabe también que idénticas razones á las que ostensiblemente se dieron al principio para empeñarse en ella, han existido y existen en casi todas las repúblicas de América, y no sería imposible que más tarde se adujesen para repetir el atentado.
“Antes de seguir adelante, el infrascrito se permitirá observar que cuando invitó al gobierno argentino á la adopción de un pacto que estrechase los lazos de amistad entre los gobiernos y pueblos americanos, y cuyas estipulaciones los pusiesen á cubierto de contingencias riesgosas, no ha hablado ni podido hablar racionalmente de la posibilidad de un ataque simultáneo por una sola nación á los diferentes puntos de un territorio tan vasto como el que ocupa la América.
“Se limitó apenas á manifestar los recelos que sugiere la actitud de las potencias europeas en Santo Domingo y Méjico. Pero si es aventurado el pensar que aquel caso pudiera efectuarse, no lo es tanto, por cierto, el que una nación fuerte atentase, como los sucesos lo demuestran, contra la soberanía de cualquiera de las repúblicas americanas, si se conservasen en su actual aislamiento.
“En semejante hipótesis, desgraciadamente realizada, desde que el derecho de existir de las antiguas colonias de la España como naciones libres y soberanas fué reconocido por todos, estableciendo así el principio de su independencia como el principal fundamento de su derecho público, el ataque á la soberanía de cualquiera de ellas, no sólo importa una amenaza, sino un desconocimiento virtual de las más sagradas prerrogativas de las otras.
“El gobierno argentino, sin pensar del mismo modo, llega hasta el punto de declarar en un lugar de su nota que ‘no tiene motivos para admitir la existencia de esa amenaza’, lo que no obsta á que exprese en otro lugar que ‘si la independencia de cualquier Estado americano fuese amenazada contra las prescripciones del derecho público, no tardaría en ponerse de acuerdo con los demás gobiernos para reivindicar sus derechos y garantir su seguridad’.