La alhambra; leyendas árabes

Part 44

Chapter 443,952 wordsPublic domain

Parecia, á pesar de hacer ya gran tiempo que lidiaban, que no se habian tocado á los arneses, y sin embargo, crugian las adargas y recejaban los caballos, no siendo bastantes á sostener los poderosos golpes.

Hamet-Zegrí, enojado de la duracion del combate, furioso con la muerte desastrada de su pariente Mahandin, plantó su caballo en firme cuando venia á encontrarle Ponce de Leon á toda carrera, hizo el cuerpo atrás, tendió el brazo y le arrojó la lanza, que hendió los aires silbando como una jara desprendida de una ballesta.

Hubiéralo pasado mal el castellano á herirle de lleno el asta; pero la rabia hizo perder el tino al moro, descompúsose, y su pica resbaló en la adarga del castellano, que aguijó á su caballo para encontrar en la jacerina á Hamet-Zegrí.

El moro conoció lo terrible é inevitable del golpe, y encabritó su caballo, poniéndose casi en pie y cubriéndose con él.

La lanza de don Manuel hirió en el pecho por bajo de la cubertura al corcel, que cayó de espaldas, cogiendo debajo á su ginete.

El cristiano esperó á que se levantase; pero Hamet-Zegrí permaneció en tierra junto á su caballo muerto; el caparazon de hierro, al caer sobre él, habia roto su pecho, y por su boca manaba la sangre á borbotones.

Don Manuel Ponce de Leon cortó la cabeza á Hamet-Zegrí, fué al cadalso de la sultana, puso á sus pies aquella tercera cabeza, y fué á reunirse á sus amigos.

Y entonces la atencion general se fijó en don Alonso de Aguilar y en Mahandon.

El moro, desalentado ya por la muerte de sus compañeros, se batia con la fuerza de la desesperacion.

Suelto, ágil, vigoroso, forzudo, giraba como un torbellino en torno del cristiano; revolvíase este, encontrábanse, se martillaban, volvian á separarse, y se chocaban de nuevo.

Y parecia que la esperanza perdida daba fuerzas y actividad al moro.

Rompió la espada y tomó el hacha de armas: lanzóla á su enemigo, y la rechazó su adarga: entonces desnudó su puñal, arrimó los acicates á su corcel, y al pasar ceñido al de don Alonso, abrió los brazos, y con una ligereza increible, asió al castellano del cuello, pretendiendo derribarle del caballo.

Pero don Alonso se afirmó en los estribos; lanzó lejos de sí la adarga y la espada, abrazó al moro, le arrancó de los arzones, y sujetándole con un brazo vigoroso, hundió por tres veces en su cuello, bajo el falso de su armadura, su puñal de misericordia[147].

El moro abrió los brazos y cayó muerto á los pies del caballo de don Alonso, que echó pie á tierra, cortó la cabeza á su enemigo, y fué á colocarla junto á las otras tres en el cadalso de la sultana.

El pueblo, hasta entonces silencioso, lanzó una inmensa aclamacion de alegría, demostrando cuánto eran odiosos los zegríes.

Sonaron las trompetas en alto alarido de triunfo, y Muza, bajando á la sangrienta liza con los jueces del campo, gritó en medio del silencio del pueblo ansioso por escuchar sus palabras y señalando las cuatro cabezas lívidas de los zegríes alumbradas por cien antorchas:

--¡Hé aquí la justicia del Señor Altísimo, Unico y Misericordioso!

¡La sultana Zoraida es inocente!

Entonces adelantó una tropa de esclavos africanos en cuyo centro iba un hombre vestido de rojo.

Aquel hombre era el verdugo.

Tomó las cabezas de los vencidos, y se alejó con ellas.

Aquellas cabezas fueron puestas en escarpias en las puertas del castillo de Bib-Ataubin, como convenia se hiciese con asesinos y calumniadores.

* * * * *

En tanto el rey bajó precipitadamente del estrado real y fué á estrechar entre sus brazos á la sultana.

Zoraida se retiró con horror.

--¡Aparta, asesino! le dijo: desde hoy, tú en la Alhambra, yo en el Albaicin.

Y arrojándose entre los brazos de Muza, que venia á declararla libre, salió de la plaza acompañada de los jueces y escoltada por los cuatro caballeros, castellanos, sus defensores.

* * * * *

Al dia siguiente, mientras los cuatro caballeros, vueltos de la Azubia á donde habian ido á tomar sus armas y sus caballos, curaban en secreto sus heridas en sus tiendas, en el Real de Santa Fé, un escudero del infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, en nombre de la sultana Zoraida, les entregó como presentes magníficas joyas, y los caballos y armas con que habian vencido á los zegríes.

Al mismo tiempo, uno de los mas nobles caballeros de Granada, yendo de paz, entregó á los reyes Católicos un pergamino rodado y sellado con el sello de oro de la sultana, en que esta les relataba la grande hazaña de sus cuatro defensores.

* * * * *

XVII.

LOS PRONÓSTICOS.

A medida que trascurria el tiempo, se iba haciendo mas angustiosa la situacion de Granada.

Los cristianos la cercaban por la parte de la vega y de las montañas á la parte de Almería, y sus campeadores corrian hasta sus puertas, llegando el caso de no atreverse á salir fuera de ellas los habitantes, por temor de ser muertos ó cautivos.

Solamente por la parte de las Alpujarras, lugar montañoso y habitado por gentes incontratables y bravías, estaban libres del cerco de los cristianos.

Por allí podia venir un refuerzo del Africa.

Pero Boabdil era débil, y los reyes de Castilla demasiado temidos, y los musulmanes de Africa abandonaron á sí misma aquella hermosa ciudad en donde estaban acorralados los últimos restos del imperio de los agarenos en España.

Cada dia acontecia una nueva hazaña de los cristianos, tal y tan grande, que ponia pavor en el ánimo de los sitiados.

Una noche, los habitantes de Granada de la parte del Zacatin, de la Al-Kaissería, y de los alrededores de la mezquita, despertaron asustados á las voces de ¡al arma! de los guardas nocturnos.

* * * * *

Dormia entonces Boabdil en el mirador de Lindaraja.

Frente á sí tenia la sala de las Dos Hermanas.

Mas allá el patio de los Leones.

Luego la terrible cámara de los Abencerrages.

Parecia que allí le habia llevado el remordimiento.

Boabdil no sabia separarse de aquel patio y de sus habitaciones.

Parecia que le llamaban á sí las sangrientas sombras de Aben-Ahmed y de los treinta y seis caballeros abencerrages degollados.

* * * * *

El rey soñaba bajo el fresco halago de las auras que entraban saturadas de las fragancias de los cármenes por las celosías del mirador.

La noche era plácida y tranquila.

Los luceros brillaban allá perdidos en la inmensidad.

Cantaban los ruiseñores solitarios entre las alamedas del rio.

Y sin embargo, el sueño del rey era terrible.

Una horrorosa pesadilla de sangre.

Parecíale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia Aben-Ahmed, y tras él sus treinta y seis compañeros con las cabezas en las manos.

Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de sangre.

Y los fantasmas adelantaban en procesion lúgubre y silenciosa.

Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas cercenadas y la bañaban en caliente sangre.

El rey luchaba por apartar de sí aquella vision terrible y no podia.

Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de gentes que corrian y de armas que se chocaban.

Y las voces decian en recio alarido:

--¡A las armas! ¡á las armas! ¡los cristianos están en la ciudad!

* * * * *

Despertó el rey y salió de su lecho.

Apenas se habia levantado cuando vió delante de sí á su hermano bastardo el infante Muza.

--¿Qué significa esto, hermano mio? dijo el rey.

--Esto significa, que tanta infamia, tanto crímen, tanta inocente sangre vertida, trae sobre nosotros la cólera de Dios.

--¡Tú tambien, hermano! ¡tú tambien! esclamó con angustia el rey.

--Los cristianos se atreven ya á entrar en nuestra ciudad y á poner el nombre de sus ídolos en la puerta de la mezquita.

--¡No te entiendo!

--¡Plaza! ¡plaza! gritó una voz al mismo tiempo en el patio de los Leones. ¡Quiero ver al poderoso sultan!

--Hé ahí al arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe que llega dijo Muza. El te dirá el atrevimiento de los cristianos.

Entró á la sazon un moro atlético, armado de todas armas:

Llevaba en la mano un carton dorado, en el centro del cual, se veia escrito en grandes letras azules castellanas, el mote: AVE MARIA.

La advocacion mas dulce de la santa Vírgen Madre de Dios.

El moro estaba pálido y convulso, y sus ojos despedian llamas sacudiendo con furor el carton entre sus manos.

--¿Qué es eso? dijo Boabdil.

--Esto es, contestó Tarfe, que ese infiel á quien Dios maldiga, ese cristiano Hernan Perez del Pulgar, á quien llaman entre los suyos el de las _fazañas_, ha clavado sobre la puerta de alambre de la mezquita mayor este cartel con el nombre de María.

--¿Pero habrá encontrado el infiel la muerte? esclamó colérico el rey.

--El maldito ha escapado matando á alguno de los guardas.

--¿Pero si ha escapado, cómo le habeis conocido?

--Conocióle á la luz de las antorchas con que acudieron algunos vecinos un guarda que ha sido durante algun tiempo cautivo de los cristianos.

¿Y quién otro que el bravo Hernando del Pulgar pudiera atreverse á tanto?

¿No sabes que él con algunos pocos de los suyos tomó la fortaleza del Salar á escala franca, por lo cual sus reyes le hicieron alcaide de aquella fortaleza?

¿No sabes que desde ella nos ha corrido la tierra, nos ha incendiado las mieses y nos ha cogido cautivos y rebaños?

¿Acaso ignoras, ni lo ignora nadie, quién es Hernan Perez del Pulgar?

¿No sabes que el mote jactancioso que tiene en su escudo ese caballero es: _El pulgar quebrar y no doblar_?

--Dios permite que seamos humillados, esclamó con una vergonzosa desesperacion el rey.

--Pero quien nos humilla tiene cabeza, esclamó con energía Tarfe: dame licencia, señor, y yo iré á los Reales de Isabel y de Fernando por la cabeza de Pulgar.

--Vé, vé, mi valiente arrayaz, que siendo tú quien vas, no dudo que lavarás la afrenta que nos han hecho los cristianos.

Vé, mi valiente Tarfe, vé, y que Allah vaya en tu ayuda.

Tarfe y Muza salieron, salieron los que le acompañaban, y el rey quedó solo.

Volvióse á reclinar en el lecho, volvieron á entorpecerse sus sentidos, y volvió á su vision de sangre.

* * * * *

En efecto, el bravo alcaide del Salar Hernan Perez del Pulgar, el de _las hazañas_, habia entrado en Granada.

Aquella tarde habia llamado á su tienda en el Real de Santa fé á sus escuderos.

Eran estos quince, apreciados en gran manera por su valor.

Sentáronse y se descubrieron respetuosamente ante su capitan, que les dijo con voz grave:

--Bien conozco, hidalgos, vuestra lealtad y vuestro esfuerzo, de que me habeis dado grandes pruebas, y yo á mi vez os pago prefiriéndoos para confiaros un gran intento, que llevado á cabo, pondrá nuestros nombres en el templo de la fama.

Miraron con anhelo sus escuderos á Pulgar, que continuó de la misma manera reposada y tranquila.

--Esta noche voy á entrar en Granada con la ayuda de Dios; pero como me tocaria al alma el que interponiéndose algunos infieles, malograsen mi propósito, quiero que vengais conmigo, no como en recompensa de la estimacion en que os tengo, ni como mandato, mas os lo habré en gran merced si consentís.

Levantóse uno de los escuderos llamado Francisco de Bedmar, y dijo:

--Donde vayas tú, capitan, iremos nosotros sin dudar, y si algun temor podemos tener, no será otro sino el de la pérdida de tan noble y valiente caudillo.

Miróle de hito en hito Pulgar.

--Tú, Bedmar, dijo, escalaste los muros de Alhama; tambien os he visto á vosotros tomar á escala franca el castillo del Salar, combatir en Velez y en Baza en los mismos llanos de la vega. Y ahora que estais á mi lado, _¿por qué poneis en Dios tan poca confianza y me contais con los muertos?_[148].

--Mal cumpliríamos con lo que le debemos, Hernando, observó otro de ellos, sino te aconsejáramos, cuando pretendes correr á una perdicion cierta.

--No es consejo lo que os pido, dijo gravemente Hernan Perez; lo que quiero es que me acompañeis hasta las puertas de Granada. Dios nos libertará, y si nos acorralan ¿qué importa? _ya aprendimos en el Zenete la manera de hacernos paso_[149].

Tendió, dicho esto, la mano á Bedmar y á los otros escuderos, y diciéndoles el lugar de la vega donde debian reunirse, despidiólos.

* * * * *

Era cerca del amanecer.

En la confluencia del Darro y del Genil, aparecieron viniendo de la parte de la vega algunos ginetes á caballo.

Solo podian apreciarse sus bultos porque la noche era lóbrega.

Detúvose al llegar á aquel punto el que cabalgaba delante de los ginetes, y al hablarles dejó conocer en su acento que era Hernando del Pulgar.

Los ginetes que le seguian eran sus escuderos.

--Ahora bien, amigos mios, y ya que hemos llegado, dijo Pulgar, ved de recoger entre esas alamedas algun ramage y procuradle seco en tal manera que arda á maravilla.

--Cómo, ¿pretendes poner fuego á Granada? dijo uno de los escuderos llamado Aguilera.

--Si tal, contestó Pulgar; y en Dios confio que hemos de volver al Real alumbrados por las llamas que devoren sus ponderadas casas y sus ricos alcázares.

Quedaron atónitos los hidalgos, pero conociendo la tenacidad de Pulgar, obedecieron y cargando de ramage seco la grupa de sus caballos, siguieron á su capitan, marchando por el cauce del Darro, para que con el ruido de la corriente no se notase el de las pisadas de los caballos.

Merced á esta precaucion y á lo oscurísimo de la noche, pasaron sin ser sentidos de los atalayas moros, por delante del castillo de Bib-Ataubin, y llegaron al puente de la puerta Real ó Bib-Al-Malekí, bajo el que se agruparon los quince escuderos en rededor de Pulgar.

Aguardadme aquí, les dijo, y tú, Pedro, que conoces mejor que nosotros la ciudad en que te criaste, carga en tu caballo ese ramage y sígueme.

Trabóse gran altercado entre los hidalgos.

Ninguno queria menos que acompañar á su capitan; vinieron á disputa, alteráronse, y á tal punto llegó la porfia, que Pulgar se vió obligado á consentir en que, echándolo á la suerte, le acompañasen algunos.

Al fin, guiado por Pedro, y acompañado de Bedmar y de otros cuatro, el alcaide del Salar siguió bajo el largo y lóbrego puente con el agua á la rodilla, penetró en la ciudad y siguió á oscuras á lo largo de la _Ribera de los curtidores_ hasta llegar frente por frente de su edificio magnífico[150].

Treparon uno tras otro el poco elevado muro que encajonaba el rio, y por una estrechísima calleja, que apenas daba lugar á un arroyo de desagüe[151], penetraron en una plaza de poca estension, donde se alzaban uno frente á otro dos altísimos edificios.

Era el uno la universidad[152] granadina, emporio de ciencia, santuario del saber, á donde habian refluido los sabios de Córdoba y Sevilla, y cuantos habian sido arrojados por las armas castellanas hasta aquel último recinto donde flotaba en España la enseña del Islam; el otro la gran mezquita de Granada[153], con su puerta de alambre dorado, sus ricos agimeces de mármol y sus aleros labrados, si bien entonces no podia verse tanta maravilla á causa de la gran oscuridad de la noche.

--¿Hemos llegado? dijo el alcaide del Salar al morisco Pedro del Pulgar[154].

--Si señor, dijo el cristiano nuevo: escucha cómo zumba el viento en el altísimo almiznar de la mezquita; esta pared que nos guarda es de la universidad, y esa gran casa oscura que ves en la sombra, la del fakí de los fakíes.

Acrecentóse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo á Pedro menesteres de encender, prendió fuego al hachon que consigo traia, y sacó de debajo de su sobrevesta un carton dorado, en que se veia un nombre escrito en letras azules góticas.

--¡El _Ave María_! esclamaron con asombro los escuderos,

Pulgar llegó á la puerta de la mezquita y se arrodilló: los escuderos se arrodillaron tambien.

--Sed vosotros testigos, dijo á los cinco, que estaban entusiasmados y conmovidos con el tiernísimo interés de Pulgar, de como tomo posesion de esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde ahora á la Reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles hasta que llegue la hora del rescate[155].

Y atando en el pomo de su puñal las cintas de que pendia el cartel, le clavó de una sola puñalada entre las mallas de alambre de la puerta.

Luego se levantó, y se levantaron los escuderos, y Pulgar dijo á Pedro:

--¿Dónde está la Al-Kaissería?

Pedro le señaló una estrecha calleja que comunicaba con el Zacatin, y le dijo:

--Por allí, señor.

--Alumbra y guia.

Cuando llegaron á la puerta de la Al-Kaissería, Pulgar le dijo:

--Echa ahí ese ramaje.

Y cuando Pedro le hubo echado, Pulgar arrojó sobre él el hacha encendida.

Pero á punto sintieron pasos de muchos hombres con faroles encendidos que rondaban guardando aquel riquísimo barrio.

Verlos y acometerlos espada en mano fué una misma cosa.

Gritaron los moros, alborotóse por aquella parte la ciudad, y Pulgar, temiendo que le venciese la muchedumbre, gritó á sus escuderos:

--¡Por el mismo camino! ¡corazon sereno, y espada pronta!

Y rompiendo por medio de los moros, escapó[156].

Y las llamas amenazaban á la Al-Kaissería, y los moros, acudiendo de todas partes, gritaban:

--¡Al arma! ¡los cristianos!

Aquellas eran las voces que habian llegado hasta el rey.

El cartel aquel, el que Tarfe habia llevado á la Alhambra.

XVIII.

SIGUEN LOS PRONÓSTICOS.

Granada, tan venturosa antes, tan afortunada, habia llegado al punto de que todo para ella se convirtiese en desdicha y mala ventura.

Sus caudillos emigraban á Africa ó morian en la Vega.

Sus sabios y sus fakíes estaban siempre pronosticando desdichas.

Todos tenian, no la fé de la salvacion, sino la certeza del acabamiento de la patria.

Todos miraban con terror al porvenir, y á un porvenir cercano.

Y Boabdil entretanto se adormia.

Boabdil no procuraba acabar con los bandos uniéndolos bajo su mano, y dándoles de este modo fuerza.

Por otra parte, la unión de Aragon y de Castilla, de España, en fin, bajo un mismo cetro, hacia imposible la lucha.

Maldecian, sin embargo, á Boabdil.

Como si él, á quien historiadores benévolos han llamado el _Desdichadillo_, hubiera podido oponerse á los decretos del destino:

* * * * *

Es verdad que su inercia, su molicie, habian llegado al último punto.

No se le veia salir de los departamentos del patio de los Leones, donde tenia su harem, donde estaba el panteon en que reposaban sus antepasados, donde existia la fatal sala que encerraba sus remordimientos.

En aquel patio le tenian aprisionado los recuerdos de su dinastía, esto es, el pasado; sus placeres, esto es, el presente; y su conciencia, que venia a ser el decreto de su porvenir.

Y allí recibia las noticias, funestas todas, que le traian sus caballeros.

Allí escuchaba con la cabeza inclinada á sus sabios que le aconsejaban.

A sus valientes que pretendian sacarle de su inercia.

Allí, en la noche del mismo dia en que Tarfe le pidió licencia para ir á retar al audaz cristiano que se habia atrevido á penetrar en Granada, recibió la noticia de un nuevo desastre, que venia á ser un nuevo pronóstico de desgracias.

XIX.

EL TRIUNFO DEL AVE MARIA.

Apenas el sol habia desvanecido las nieblas de la noche anterior, y sus rayos tibios aun se tendian sobre Santa Fé, cuando un confuso rumor de pasos acelerados de armas que se chocaban y de gentes que subian á toda prisa las escaleras que conducian á los adarves, se dejó oir por la parte que mira á Granada.

Los reyes don Fernando y doña Isabel, el príncipe, don Juan, las infantas doña Juana y doña Isabel, fray Hernando de Talavera, Pulgar, Córdoba, Tendilla, Aguilar y cien nobles caballeros, rodeados de lanzas y ceñudos los semblantes, miraban al campo donde un moro ante ellos se mostraba acompañado de diez africanos á caballo y un trompeta armados.

Montaba en un poderoso caballo negro encubertado de guerra, y afianzaba una lanza, en cuyo hierro se veia pendiente el cartel de AVE MARIA que Pulgar habia fijado aquella noche en la puerta de la mezquita mayor de Granada.

Era el arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe.

Llamas arrojaban los ojos del valiente moro.

Su roja sobrevesta parecia pedir sangre.

Sus megillas pálidas eran la clara muestra de la cólera que agitaba su alma.

El ronco son de su trompeta, habia llamado al adarve á los reyes, á los príncipes y á los caudillos cristianos.

Y todos se maravillaron de que aquel infiel se atreviese á presentarse con tamaño atrevimiento ante ellos.

Y Tarfe los miraba como mira el toro á la muchedumbre que le provoca desde la valla, y su cólera era cada vez mas convulsiva y su mano agitaba el cartel del AVE MARIA, blandiendo hasta hacerla crugir en el aire su fuerte lanza de dos hierros.

Mas cuando vió cubiertos de cristianos los adarves paseó la sombría mirada sobre ellos, reconociendo á cada uno de los capitanes á quienes habia visto el semblante entre el polvo de la batalla, y cuando vio competidores dignos hizo una seña al trompetero.

Por tres veces el son de la sonora trompeta rasgó el espacio y retumbando en la cercana Geb-el-Beira, fué repetido á lo lejos y en redondo por los ecos de las montañas.

Aquel sonido de atencion fué repetido de igual modo por las trompetas del Real.

El rey, la reina, el príncipe, los infantes, los caudillos y los soldados de Castilla y Aragon, España, en fin, escuchaban á un solo hombre.

Tarfe se alzó en los estribos, miró al adarve con fiereza y su voz poderosa se estendió en el espacio.

--¡Perros traidores! dijo: ¡vosotros los que entrais como el buho en nuestra ciudad amparados de las tinieblas para dejar en ella el nombre de vuestros ídolos! ¡yo soy Tarfe! ¡yo el que ha arrancado de la mezquita el nombre de MARIA, y le arrastra delante de vosotros, sobre el polvo de vuestros Reales!

¡Salid, canes ladradores!

¡Salid uno a uno, dos á dos, ciento á ciento!

¡Salid! ¡Tarfe os espera!

Mi lanza os conoce, villanos, y mi espada aun tiene en su filo la señal de vuestra sangre.

Calló el moro esperando la respuesta; pero ni una voz, ni un movimiento salieron de entre los cristianos, que parecian estatuas de hierro.

Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta salvar la mitad de la distancia que le separaba del muro, y gritó con doble furor:

--Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgáis al campo, mirad, castellanos, donde pongo el nombre de MARIA; y si algun peon ó caballero, infante ó rey, de ello ha enojo, á esperarle voy en la Vega hasta que el sol trasponga las montañas de Loja.

Y esto diciendo, puso el cartel del AVE MARIA en la cinta que enrollaba la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se alejó lentamente de los Reales hasta llegar á la espesura donde Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana á don Juan Chacon, descendió del caballo, despidió á los esclavos y al trompetero, y se reclinó sobre el césped en la sombra, tendida á mano la pica y ceñido el talabarte de la adarga.

En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del Real de Santa Fe, reyes é infantes, damas y caballeros.

Ni una sola palabra acerca del suceso se cruzó entre aquel ejército de valientes.

El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese sobre él.

Todos los semblantes estaban ceñudos; todos los corazones ardiendo.

Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.

Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.

De las almenas se pasó á las tiendas, y de la vestidura de paz al arnés de guerra.

Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada severa, y centelleante como la de un leon, atravesó en paso apresurado el Real, y al otro estremo entró en una tienda aislada.

--Pronto, Nuño, dijo á un soldado viejo que esperaba impaciente á la puerta; mi arnés, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes del Real se arman á porfía, y no tardarán mucho cien buenas espadas en demandar licencia á sus altezas para rescatar la santa AVE MARIA de las manos de ese perro infiel.

Y así era,