La alhambra; leyendas árabes

Part 42

Chapter 423,988 wordsPublic domain

Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura galería del fondo del jardin.

* * * * *

Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los Leones.

* * * * *

Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuchó al enamorado Aben-Ahmed y le confesó su amor en Generalife, se conoce el viejo árbol de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de _Ciprés de la Sultana_.

XV.

LA CÁMARA DE LOS LEONES.

Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los magníficos alhamíes de la cámara de los Leones, habia un hombre cubierto de régias vestiduras.

Estaba pálido, sombrío, meditabundo.

Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una contraccion poderosa los músculos de su semblante, y un largo y breve estremecimiento corria de tiempo en tiempo á lo largo de su cuerpo.

Aquel hombre era el sultan Boabdil.

Estaba solo.

Su mirada terrible, fija, lúgubre, se fijaba en la fuente de mármol colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.

La fuente de la cámara y el alhamí del frente del en que asentaba el rey, estaban cubiertos de tapices rojos.

La cámara estaba velada por una media luz.

El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.

Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.

Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.

Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.

Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.

Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.

Los pasos se acercaron.

El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la cámara se levantó y apareció un hombre.

Era el abencerrage Aben-Ahmed.

Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia flotar una nube de tristeza.

Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:

--Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu siervo?

Boabdil no contestó al abencerrage.

Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente, levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de una manera horrorosa.

Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta de entrada.

En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta los dientes.

Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se sentó en él.

Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.

Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se contrajo.

Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado á Boabdil, que fijaba en él una mirada reconcentrada.

Pero muy pronto aquella mirada perdió su espresion sombría, á la manera que los vapores de la mañana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo el rayo del sol.

Su semblante pálido y hermoso dejó ver la lánguida é indolente sonrisa, y la espresion débil y sensual que le caracterizaban.

Sus ojos miraron con una paz profunda á Aben-Ahmed.

--Walí Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los zegríes cometieron contra tí y contra los caballeros de tu tribu, siento un indecible placer al verte vivo y salvo ante mí. Levántate, valiente caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo pretenda degraviar por mi parte á los generosos abencerrages. Levántate y ven á sentarte junto á mí.

Aben-Ahmed creyó sinceras las palabras del rey, y sintió un verdadero remordimiento, una profunda vergüenza al recordar que amaba á la esposa de un hombre que le trataba de una tan noble manera.

Obedeció al rey y se sentó en el diván.

El rey reparó en la espada del abencerrage.

Celebró las labores cinceladas de su empuñadura de oro.

Luego quiso ver la hoja.

Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la entregó al rey.

El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.

Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.

Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.

Solo llevaba sedas y brocados.

Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:

--Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la que vas á oir de boca de tu rey.

Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.

Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.

--Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una hermosa historia, por Allah.

Aben-Ahmed empezaba á comprender la verdad: pero se dominó sin embargo.

El rey continuó.

--Sí, es una bella historia; por los _Siete Durmientes_, estoy seguro que no habrás oido otra tal en toda tu vida, walí.

Escucha:

«Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey á quien todos llamaban débil y cobarde.

Todos se mofaban de él... á su espalda, porque es fama que aquel rey llevaba sus venganzas hasta la crueldad.

Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos, receloso de sus esclavos, llegó á encontrar triste y solitaria su morada real.

Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan ó respetado emir, alcanzaron á ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mármoles y tantas grandezas como contenia el alcázar que aquel rey desdichado habia heredado de sus abuelos.

Aquel rey ruin, débil y cobarde, como decian sus vasallos.

Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones humanas, se dijo sondeando su corazon:

Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no empalidezca bajo el brillo de la corona.

Y así no estaré solo y abandonado.

Y buscó y encontró.

Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en su alcázar.

Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.

Todo cambió.

Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una evocacion mágica.

Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.

Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.

Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.

Y todo parecia sonreir al rey.

Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.

Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu, un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con un enemigo poderoso.

Y el walí africano y la sultana se conocieron.

Mas que no se amaron.

Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su esposo.»

El rey se detuvo.

Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.

El rey continuó:

--«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey, encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»

--Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus acusadores.

--¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien... escucha; aun queda lo mejor de la historia...

«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.

Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos castigado allí.

Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.

Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel en sus venganzas.»

Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la fiera que acorrala á una presa.

Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.

Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos africanos.

Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al alhamí cubierto por el tapiz.

Cinco hombres salieron de detrás de él.

Los cuatro eran los zegríes acusadores.

El otro el verdugo del rey.

Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.

Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.

Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.

Sus ojos centelleaban.

Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.

Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.

--¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los nombres.

¡Oh! ¡yo te los diré! pero prostérnate, esclavo, delante de tu señor.

Y le arrojó á sus pies.

Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad que ceñia una aureola de muerte á sus insensatos amores, permaneció prosternado, inerte, ante Boabdil.

--¡Oh! esclamó el rey: ¡por Allah, que la venganza es un placer infinito! ¡por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos á un enemigo, se puede rechazar el mote de _Desventuradillo_[139]! ¡yo soy el sultán de Andalucía! ¡yo el esposo ultrajado! ¡y tú... tú el esclavo vil que escupes á la frente de tu señor, y que vas á morir con tu cómplice, con la hermosa Zoraida, con la sultana adúltera de mi leyenda.

--¡Ella! esclamó Aben-Ahmed, levantándose de repente, en un ademan que hizo retroceder al rey: ¡ella tambien! ¡oh! ¡no! ¡tú, rey miserable y traidor, eres el que va á morir, calumniador de mugeres, vil renegado, que vendes tu patria, de miedo, por Allah!

Y se lanzó al rey para arrancarle su espada.

Boabdil dió un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.

Pero á punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre el abencerrage, y el verdugo á su vez, á una seña del rey, se apoderó de él.

Aben-Ahmed cayó.

El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie é inmóvil junto á él.

--¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.

Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:

--¡Asesino!... ¡maldito seas!...

La voz de Aben-Ahmed se heló.

El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.

Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento empezó á desgarrar su corazon.

Pero la vista de la sangre le cegaba.

Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de demencia.

--¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos! ¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de mármol!

Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del rey.

--Pero repara, señor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos que están en las galerías del patio, ninguno de los abencerrages entrará, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que asistan á las fiestas del alcázar hombres armados de guerra. Ocúltalos, señor, que con que quedemos aquí treinta zegríes y el verdugo, hay bastante para acabar con esos perros.

Y así se hizo.

Los esclavos africanos desaparecieron de las galerías del patio de los Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y de los baños.

A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kadí de córte, llamado Abu-al-Hhakem, levantó el tapiz de la cámara de los Leones y adelantó para prosternarse ante el rey.

Pero sus débiles pies, resbalaron en la sangre del walí Aben-Ahmed, y cayó.

Y no volvió á levantarse, porque el verdugo se apoderó de él y le cortó la cabeza.

Y despues de esto fueron entrando en la cámara uno tras otro treinta y seis caballeros abencerrages.

Y así, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y á la traicion de los zegríes.

Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se hubiese revelado por sí mismo con un indicio terrible.

Al entrar el walí abencerraje Ebn-Alabéz en el alcázar, como adelantara pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galería que da entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la atarvea que cruzaba el pavimento de mármol.

Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba ondeando de la cámara de los Leones.

Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.

Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun ahogado gemido.

En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la traicion del rey.

Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de gentes que siempre están dispuestas á un motin.

Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.

Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la arcabucería y la ballestería.

Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia del de los Leones.

Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le acompañaban, dejaban señales rojas.

--¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las atarveas?

Y siguiendo aquella sangre, temiéndolo todo, entró primero en el patio, y luego en la cámara de los Leones.

Al levantar el tapiz salió de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.

Un grito de horror.

La fuente de la cámara rebosaba sangre.

Un círculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.

En un ángulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus vestidos las divisas de los abencerrajes.

Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed estaba pendiente de la cúpula en la cadena de oro de una magnífica lámpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos acá y allá.

Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel mísero despojo; comprimióse su corazon, brotaron lágrimas sus ojos, palideció su frente, hízose amenazadora y sombría, se crisparon sus miembros y se lanzó rugiente como una leona á Boabdil, que la habia seguido.

--¡Ven á mirarlo! ¡ven! le dijo asiéndole con fuerza desesperada por un brazo; ¡mira tu obra! ¡mírala frente á frente! ¡deleita en ella tu mirada! ¡hazaña digna de tí y de tus zegríes! ¡el lobo se une al lobo! ¡bien! ¡yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de él solo encuentro un verdugo y un cobarde!

Boabdil miró sombriamente á la sultana, y sus labios se contrajeron con una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.

--¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia! ¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien, sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera, y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!

Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los zegríes:

--¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar, que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?

Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro traidores causantes del asesinato de los abencerrages.

Aquella mirada los decidió.

--Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.

Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.

Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:

--¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino, el chapín de la sultana!

Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de Mahandin.

Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su patria.

Las treinta espadas de los zegríes lucieron fuera de las vainas, interpúsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cernió sobre el alcázar durante un momento el genio de la muerte codicioso de mas cadáveres.

Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza, penetró en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las frentes cubiertas de sudor.

--¡Huye, señor! gritó Muza dirigiéndose al rey: ¡huye! ¡el pueblo y las tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra y llegan al alcázar! ¡escucha!

Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian algunos disparos de arcabuz, llegó á los oidos del rey.

Los zegríes retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y escaparon con él por un postigo de la sala de Justicia, á tiempo que los amotinados rompian las puertas del alcázar.

Muza asió de la sultana, que se habia desmayado, y escapó con ella por la puerta de la torre de _las Almenas_[140].

Los abencerrages y las tribus sus amigas, seguidos de un inmenso populacho á quien habia irritado el asesinato de Aben-Ahmed, que por su generosidad y valentía era muy querido en Granada, inundó el patio y la cámara de los Leones, y no quedó un zegrí con vida de los que no pudieron escapar del alcázar.

La infame traicion fué vengada hasta la saciedad.

Cuando los amotinados no encontraron á quien matar, rompieron todos los preciosos muebles del alcázar.

Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados á servir contra Granada bajo la bandera de los Reyes Católicos, y los otros, fieles á su religion, á su patria y á su nombre de caballeros, pasaron á Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del desventurado Aben-Ahmed, que fué sepultado á la sombra de una palmera en el suelo de su patria.

* * * * *

Desde aquel terrible dia, la cámara de los Leones, en memoria del asesinato, se llama _Sala de los Abencerrages_, y aun se muestran al viajero sobre el mármol de su fuente y de su pavimento, las manchas rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes caballeros.

XVI.

EL JUICIO DE DIOS.

Habia pasado una luna desde el dia en que la cámara de los Leones se manchó de una manera indeleble con la sangre de los abencerrages.

Era una noche oscura.

El Real de los Reyes Católicos, la ciudad de Santa Fé, dormia confiada su seguridad á la vigilancia de los atalayas y de los escuchas.

Los caballeros _continuos_ armados de guerra hacian su guarda en las tiendas de los reyes, y mas allá todo era silencio y soledad.

Pero de improviso, en una de las calles del Real, resonaron callados pasos y son de cabalgaduras.

Cuatro sombras, llevando caballos del diestro, se deslizaron á lo largo de la calle en direccion á la puerta del Real que miraba á Granada.

Cuando hubieron llegado á ella, se oyó entre el silencio una voz que gritó:

--¿Quién va?

--Haced que adelante el alférez de la guarda, contestó una de las cuatro sombras.

Levantóse el tapiz de una tienda cercana, dejándose ver el reflejo de una luz en el interior, y apareció otra sombra.

--¿Quién va? repitió.

--El _Alcaide de los Donceles_, contestó el primero dirigiéndose al que habia preguntado.

--Guárdete Dios, capitan, dijo aquel; ¿qué deseas?

--Salir á la vega con estos tres caballeros, que son don Alonso de Aguilar, don Manuel Ponce de Leon, y Don Juan Chacon.

Guardó silencio por un momento el alférez, como aquel á quien se pide una cosa difícil.

--¿Sabeis, caballeros, dijo al fin, que yo no puedo hacer lo que me pedís?

--Lo sabemos, y por eso lo suplicamos.

--¡Sus Altezas!...

--Sus Altezas no sabrán que hemos salido por esta puerta ni por otra, sino que no hemos entrado. Di, pues, al atalaya que nos deje paso franco.

--Puede sucedernos un fracaso, porque los moros rondan el campo á la redonda.

--¡Pardiez! ¿sabes, alférez, que tenemos empeñada una porfía con los capitanes de caballos Hernan Perez del Pulgar y Gonzalo Fernandez de Córdoba, sobre quién hará una mayor hazaña, y que no hemos de perderla sino con la vida?

--Pues porfía teneis, y con porfía lo pedís, salid, caballeros, y que Dios os ayude.

Y el alférez llegó al atalaya y le previno.

Y los cuatro capitanes cristianos salieron al campo, montaron á caballo, y se alejaron mas que á paso del Real.

Era á punto de amanecer.

Los cuatro caballeros cristianos aguijaron sus caballos.

Y como iban en busca de aventuras, les dejaron ir, para que la aventura fuese completa, por el primer camino que los animales tomaron.

Y él acaso, protector de locos y aventureros que todo es uno, les deparó aventura tal, que cuando á la vista de ella se encontraron, se dieron por tan satisfechos como quien ha logrado un imposible.