Part 40
Este mirador, así como la parte interior y alta de la sala de las Dos Hermanas, por la delicadeza de los adornos, por sus dimensiones, por su carácter general, por sus comunicaciones con los baños y jardines, parecian estar destinados á la mansion de las sultanas ó favoritas. Las celosías que cubren sus ajimeces, lo reducido de los retretes, su media luz lánguida, dan fundamento bastante para esta opinion.
IV.
Frente á la sala de las Dos Hermanas, en el centro de la galería de la derecha del patio, está la cámara de los Leones, llamada hoy de los Abencerrages, en memoria del sangriento suceso que tuvo lugar en aquella sala y que consignaremos mas adelante.
Esta sala es muy semejante á la de las Dos Hermanas: diferénciase en que en vez de los dos arcos que tiene aquella á los costados, y que corresponden á dos alcobas ó alhamíes, tiene dos especies de cenadores sostenidos por una columna en el centro, y con techos planos de ensambladura en el interior; y en que la cúpula, en vez de ser octógona, es estrellada. Además, la fuente de la sala de las Dos Hermanas, está formada por un rebajo del pavimento, y la de los Abencerrages está levantada medio pie sobre el suyo.
Además, esta cámara, tal como está hoy, no tiene comunicacion con ninguna otra del alcázar.
En la fuente de su pavimento hay grandes manchas rojas.
Es tradicion, dice, que aquellas manchas rojas son el resultado de un horrible crímen.
Sobre aquellas manchas rojas se ha escrito la leyenda de que vamos á ocuparnos.
V.
Granada estaba mas que nunca dividida en bandos.
Se acercaba la hora de que los cristianos se apoderasen al fin de aquella Alhambra tan codiciada, de aquella fortaleza cuyo dueño era el dueño de Granada, la cándida y la clara.
Habia en Granada tres reyes á un tiempo.
Uno en la Alhambra, otro en el palacio del Gallo de viento en el Albaicin, y el tercero en Málaga.
Era el uno el viejo rey Muley-Hhacem, hijo de Ismail.
El otro Muley Abu-Allah-al-Zagal[118], su hermano.
Y el tercero, hijo del uno y sobrino del otro, Muley Abu-Abd-Allah-al-Ssagir-al-Zogoibí[119], conocido mas vulgarmente por Boabdil, ó por el rey Chico de Granada.
Estos sobrenombres eran cosa de los bandos, para conocer á cada uno de los reyes.
Llamaban á Muley-Hhacem, el Viejo: á Muley Abd-Allah, el Mozo: á Muley Abu-Ebn-Allah el Chico.
Esto era muy cómodo, porque no podian equivocarse.
VI.
La muerte del rey de Castilla, Enrique IV; la reunion de las dos coronas de Aragon y Castilla, por el casamiento de Isabel I y Fernando V; el formidable carácter del rey de Granada Abul-Hhacem, y la desunion de sus vasallos, habian marcado al momento en que debia sucumbir Granada.
Añadíanse otras ambiciones secundarias á las del hermano y el hijo de Muley-Hhacem, y otras rivalidades terribles.
Estas ambiciones eran las de dos hijos de Abul-Hhacem, llamados los infantes Cidí Yahye y Cidí Al-Hhamar, hijos de una renegada cristiana que Abul-Hhacem habia cautivado en su juventud en la frontera de Martos, por lo que habia repudiado á su prima la sultana Aixa-la-Horra[120], lo que habia establecido odios y banderías entre las dos sultanas, Aixa-la-Horra y Zoraya[121] la renegada[122].
Ayudaba la poderosa familia de los zegríes á la sultana Zoraya: la no menos poderosa de los abencerrages, á la Horra: los Zenetes, los Masamudes, los Mazas, los Gomeles, todas las familias, en fin, estaban entre sí enemistadas y divididas.
Los Reyes Católicos eran demasiado políticos para no volver en su provecho estas disensiones de Granada, y á su advenimiento al trono, al pretender Muley-Hhacem ratificar con ellos las treguas que habian tenido con Enrique IV, Fernando é Isabel le habian impuesto como condicion, que se confesase su vasallo y les pagase tributo.
La respuesta de Muley-Hhacem fué altiva y dura.
«Id y decid á vuestros reyes, dijo á los embajadores castellanos que habian ido á hacerle tal proposicion, que ya murieron los reyes de Granada que pagaban tributo á los cristianos, y que en Granada no se labra sino alfanges y lanzas contra nuestros enemigos.»
Dicho esto despidió á los embajadores y mandó hacer los preparativos para una guerra con Castilla, á pesar de que los Reyes Católicos concedieron la tregua sin otra condicion.
Pero no tardó él mismo en romperla: en el año de ochocientos ochenta y seis[123], aprovechando el descuido de los cristianos en la frontera, entró por ella á sangre y fuego; se puso sobre Zahara, villa situada entre Ronda y Medina Sidonia, y á pesar de que estaba bien guarnecida, la sorprendió durante las tinieblas de una noche oscurísima y tempestuosa, en que se desplomara el aguacero y bramaba el huracan. Los cristianos, á quienes la tregua y lo tempestuoso de la noche, hacian creerse seguros, despertaron despavoridos y pasaron del sueño á la muerte.
Al regresar Muley-Hhacem á Granada y en medio de los plácemes de sus cortesanos, dicen que el anciano fakí Al-Macer dijo con sobrado valor al salir del alcázar:
--«¡Las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas! ¡Ojalá mienta yo, que el ánimo me dá que el fin y acabamiento de nuestro señorío en España es ya llegado!»
A pesar de esto, el rey Abul-Hhacem sin hacer caso de los alimes[124] y de los fakies[125] seguia en sus algaras y cabalgadas y amagaba á las villas fronterizas aunque no podia tomarlas, porque los cristianos, con el escarmiento de Zahara, estaban prevenidos, contentándose con talar la tierra y cautivar y robar lo que encontraba de muros afuera.
No se hizo esperar mucho tiempo la venganza de los cristianos por la desgracia de Zahara. A principios del año de ochocientos ochenta y siete[126], don Rodrigo Ponce de Leon, señor de Marchena, con gentes de Sevilla, se encaminó á la frontera con el bravo intento de tomar la ciudad de Alhama: á media legua de la ciudad, se detuvo con sus ginetes y peones en unos profundos valles rodeados de recuestos y collados muy altos, y oculto en aquel lugar esperó á la noche; cuando esta hubo llegado, y por cierto densa y oscura, se encaminaron á Alhama, y como al acercarse notasen que todo estaba tranquilo en el castillo, algunos de los cristianos pusieron con gran silencio escalas á la muralla, subieron con gran ánimo á ella, mataron los centinelas que encontraron dormidos, abrieron las puertas que daban al campo, y dieron entrada al resto de sus gentes. Los moros, sorprendidos por aquella hazaña, resistieron muy poco, y los mas se salieron del castillo, bajaron á la ciudad y cerraron sus puertas, procurando defenderse con palizadas y barreras.
A la venida del dia, los cristianos emprendieron el asalto; pusieron escalas por diferentes puntos, y á pesar de que los moros se defendian bravamente, los cristianos, aunque á costa de una gran mortandad, lograron penetrar en Alhama.
El combate duró todo el dia y parte de la noche.
Los moros se defendian de calle en calle, en las que hacian barreras con los muebles, con las puertas, con los carros, con cuanto encontraban á mano; pero la llegada de un refuerzo de cristianos, decidió en favor de estos la victoria.
Los moros fueron casi en su totalidad degollados.
Las mugeres, los viejos y los niños, que se habian acogido como débiles é inermes á la mezquita principal, fueron muertos sin compasion, y casas y calles y mezquitas solo mostraban cadáveres.
La venganza que los cristianos tomaron por el desastre de Zahara, fué completa y horrible.
La noticia de este desastre llenó de luto á Granada, los fakies cruzaban por las plazas y por las calles llorando á voces y pronunciando las mas terribles y funestas profecías: el pueblo estaba espantado, y aumentaba el espanto la llegada de los habitantes de las villas fronterizas que venian desalados á encerrarse en Granada con sus haberes, temerosos de una suerte igual á la de Alhacen.
Pero Muley-Hhacem no se aterró; reunió de golpe tres mil caballos y cincuenta mil peones y marchó sobre Alhama, pero con la precipitacion se habia olvidado de llevar artillería y no pudo recobrar la ciudad.
Mas adelante volvió á cercar á Alhama, y ya casi estaba á punto de rendirse cuando le avisaron de que su presencia era necesaria en Granada.
Su hijo y su hermano se le habian rebelado cada cual por su parte, y era llegado el momento en que los bandos interiores no le dejasen tiempo ni fuerza para atentar á la defensa de sus fronteras.
VII.
Entretanto los cristianos tomaron á Loja, y mientras Muley-Hhacem fué á su socorro, su hijo Boabdil, ayudado por su bando, se rebeló abiertamente en Granada proclamándose rey; los vasallos leales del rey acudieron á su defensa, acaudillados por el wazir y por el walí de la ciudad: hubo un reñidísimo combate en las calles, y los rebeldes lograron apoderarse del Albaicin. El populacho ansioso de novedades y trastornos, se declaró por el hijo y desbarató á los que venian con gentes á nombre de su padre. En vano algunos buenos caballeros pretendian restablecer la paz: el rey Muley-Hhacem, dejando lo de Loja acudió á Granada, y ayudado por su hermano el infante Zelim walí de Almería, pudo recobrar la Alhambra á escepcion de una torre que defendia el alcaide Aben-Comixa, que despues fué wazir de Boabdil.
Con estas ventajas el rey viejo y el infante su hermano, se atrevieron á bajar á la llanura, pero fueron desbastados.
Encastillados el rey Chico y el rey Viejo, el uno en el Albaicin, el otro en la Alhambra, cansados de matarse sus parciales, se suspendieron los horrores de la guerra civil, pero sin ceder el padre ni el hijo.
Abul-Hhacem desesperado, y viendo que entretanto Loja se perdia, marchó de nuevo en su socorro, pero apenas salió de la Alhambra, cuando se apoderó de ella el alcaide Aben-Comixa y la entregó al rey Boabdil. Entretanto su padre hacia levantar el sitio de Loja á los cristianos.
Pero si Abul-Hhacem habia recobrado á Loja, habia perdido á Granada.
Boabdil habia sido proclamado rey.
Abul-Hhacem, no pudiendo hacer otra cosa, por consejo de su hermano Abdalá-al-Zagal, se retiró á Málaga, que con Guadix era de su alcaidia, y se mantuvieron fieles al rey.
VIII.
Al fin, despues de desastrosos hechos civiles, en que cada dia se insurreccionaban las salas de Granada, y mientras el ejército de los castellanos acometian las fronteras, el rey Muley-Hhacem, viejo ya y achacosa, cedió la corona á su hermano Abdallah-al-Zagal.
Su hijo, que habia sido hecho cautivo por los cristianos en la batalla de Lucena.
La sultana Aixa-la-Horra, pedia su auxilio á los Reyes Católicos, y estos se lo concedian, mas porque Boabdil fuese á turbar con la guerra civil á Granada y á debilitarla, que por otra razon.
Boabdil, con la ayuda de los cristianos, se apoderó del Albaicin y despues de la Alhambra.
Su tio Abdallah-al-Zagal se retiró á Málaga y Almería.
Y siguió la guerra civil.
Y siguieron los cristianos adelantando en las fronteras.
Al fin Boabdil firmó una alianza con los Reyes Católicos, declarándose su vasallo.
Los Reyes Católicos, que ya se habian apoderado de Málaga ayudando á Boabdil contra su tio, se apoderaron de Baza, despues de un largo sitio.
Aterrado Al-Zagal con la pujanza de los cristianos, se presentó á la merced de los Reyes Católicos, firmó con ellos perpétua alianza, se declaró su vasallo, y les entregó sus ciudades de Guadix y Almería.
Los Reyes Católicos ofrecieron en cambio al Zagal la taa de Andarax y el valle de Alhaurin con todas sus alquerías y la mitad de las salinas de Maleha.
Rindiéronse asimismo las fortalezas de Taberna y Seron en el interior y las marinas de Almunekab y Jalubania, todo lo cual aconteció el año ochocientos noventa y seis[127].
IX.
Quedaba, pues, único señor del reino, pero de un reino deshecho, despedazado por los bandos civiles y casi destruido, el rey Boabdil.
En tales tiempos está consignada la tradicion del patio de los Leones que vamos á referir á nuestros lectores despues de los antecedentes descriptivos é históricos que hemos creido necesarios.
X.
LA SULTANA ZORAIDA.
Era esta desgraciada una joya de Dios.
Apenas habia cumplido veinte primaveras, y ya sus dias eran tristes y sus noches sin sueño.
¿Quién podrá encarecer su blancura, mas intensa que la de la plata vírgen, ni quién sus cabellos dorados como el oro de Arabia?
Sus ojos eran azules como el cielo despejado de una tarde de primavera, y sus pupilas negras como una noche de tempestad.
Y como de la tempestad salen los relámpagos, de las negras pupilas de Zoraida salian tambien relámpagos de amor.
¿Por qué aquella hurí mortal, aquel ramillete de perfeccion estaba triste y silenciosa, sentada en la fresca y embalsamada sala de los Divanes[128]?
[imagen no disponible: La sultana Zoraida
LETRE dibº y litº Lit. de J. J. Martinez, Madrid]
¿Por qué las lágrimas corrian lentas é incesantes á lo largo de sus megillas?
¡Ay! Zoraida en aquella maravillosa cámara era una garza real aprisionada en una jaula de oro y pedrería.
Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el magnífico espectáculo de la tierra vista desde las alturas, y al recordarlo inclina apenada la cabeza, así Zoraida recordaba otros espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de la felicidad.
¿Qué se habian hecho sus sueños?
Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.
En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alcázar de Málaga en donde pasó su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y de sus doncellas.
En mal hora la llevó á Granada.
Y en dia de muerte la llevó á los miradores de Bib-Arrambla, para que con ocasion de unas cañas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y vista su hermosura por los caballeros granadinos.
Y por el rey Boabdil.
Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.
* * * * *
Boabdil habia sido su esposo.
Ebn-Ahmed se habia atrevido á dirigirla primero miradas, y luego suspiros, y al fin palabras de amor.
* * * * *
¡Oh, y cuán ardientes, cuán tristes, cuán apenadores eran los recuerdos de la sultana Zoraida!
Una lámpara de oro incrustada en nácar, enviaba al semblante de Zoraida una ténue y dulce claridad que brillaba en sus lágrimas.
Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.
Era cerca del amanecer.
Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueño, no dejaban oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alcázar.
Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian alejarse dos sombras hácia un ángulo de la muralla: á la dudosa luz del alba que empezaba á esclarecer, se notaba que la una sombra era un hombre, la otra una muger.
Al llegar á aquel ángulo, la muger desenvolvió una escala y la arrojo á fuera.
--El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar á los guardas: aprovecha este momento para alejarte, walí: recuerda que no es tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.
--De un arcángel de muerte, murmuró con voz ronca el hombre.
-¡Ah! ¡infeliz!... ¡infeliz de ella! ¿olvidas que es esposa de Boabdil?
--¡Oh! ¡si me amara, qué importan la muerte y la deshonra, y los tormentos, á trueque de un instante de felicidad!...
--Vete, vete, walí Ebn-Ahmed; ¡si los guardas volvieran!...
--He subido por esta escala con la alegría del sol que sale, y la bajo con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo; pero mi cielo ha estado nublado para mí.
--Oye, walí, y espera y alienta tu esperanza... mi señora me ha dicho para tí estas palabras:
«Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.»
--¡Ah!
--Vete, pues.
--¡Otro dia!
--Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.
--¡Og-allah![129] esclamó Ebn-Ahmed; y arrancándose una joya la entregó á la esclava, y se deslizó por la escala.
Cuando la escala perdió su fuerte tension, señal clara de que el que habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogió.
Luego se inclinó sobre el adarve y escuchó atentamente.
Poco despues, allá á lo lejos, pasando por un puente del Darro, y trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuchó el sonoro galope de un caballo.
XI.
EL SULTAN BOABDIL.
Granada estaba amenazada.
Los Reyes Católicos, despues de haber conquistado las principales villas y ciudades del reino, habian acampado delante de Granada, llevando consigo la flor de sus caballeros.
Y delante de Granada, en la vega, habian levantado su ciudad real.
La ciudad de Santa-Fé.
Un dia aquella ciudad, que solo habia sido antes un real, apareció cercada de muros.
Cuando aquello vieron los moros desde la Alhambra, se maravillaron porque la tarde antes no existian aquellos muros, y no podian comprender cómo se habian levantado en una sola noche.
Aquello era una industria de los cristianos.
Por ella se cantó aquel romance que dice:
Cercada está Santa-Fé de mucho lienzo encerado.
Pero muy pronto los muros de lienzo se convirtieron en muros de piedra, y el real de los Reyes Católicos se convirtió en ciudad.
Y á pesar de que aquella ciudad con sus muros, sus torres y su caba, se levantaba delante de Granada, el rey Boabdil dormia como si hubiese estado completamente en paz con los cristianos.
Dormia en el mirador de Lindaraja entre los brazos de una esclava.
* * * * *
Lentamente la luz del dia fué creciendo, y la esclava despertó, se envolvió en su túnica y se sentó en el diván.
Poco despues de la aparicion del alba, un ronco son de atakebiras, dulzamas y atavales rasgó el espacio, y cuando cesó este clamor guerrero, se escuchó la voz del mueden de la mezquita del alcázar que llamaba á la oracion de Azzobih.
Boabdil se levantó, sonrió á la esclava, y fué á hacer su ablucion á la fuente de la sala de las Dos Hermanas.
Despues se prosternó con el rostro vuelto al oriente, y oró un momento.
Luego fué al diván, se reclinó en él indolentemente é hizo una seña á su esclava.
Esta se levantó y fué á una puerta.
Salió, y poco despues entraron otras cuatro hermosísimas esclavas.
La una traia un arquilla llena de perfumes y aguas olorosas, la otra una fuente de oro, la otra un espejo, la otra una rica tohalla.
Las esclavas se arrodillaron, y luego se apoderaron del rey y le ataviaron.
Despues se retiraron las esclavas, y entraron cuatro walíes escuderos del rey.
Le armaron; pusiéronle su manto de púrpura sobre los hombros, la espada al costado, y la corona en la cabeza.
Despues el rey se trasladó á la cámara de Embajadores y recibió á su corte.
En el patio del Mexuar ondeaba su estandarte.
Los caballeros que le rodeaban, estaban cubiertos de resplandecientes arneses.
¿Salia Boabdil contra los cristianos?
No: iba á una fiesta de cañas en Bib-Arrambla.
XII.
LAS CAÑAS SE VUELVEN LANZAS.
¡Cuán engalanada se muestra la plaza!
Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores, sus sedas Damasco, sus púrpuras Tiro, sus resplandores Oriente.
Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas, ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y pedrería.
Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en señal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con plumas, cada cual del color de su dama.
Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras, prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.
Y á los pies de ventanas y miradores mas allá de los estrados, está la estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena del Genil.
Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.
Y allá al fondo de la tela está el trono del señor rey, con su cortina de púrpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubíes, con el blason de Al-Hhamar el Nazerí campeando en el centro, y que parece como empalidecido, como empañado al verse en un lugar de fiestas en vez de encontrarse delante del real de los cristianos que cercan á Granada.
Boabdil es un rey insensato.
Insensatas son esas damas, que están cubiertas de joyas, lazos y galas.
Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el castellano.
Solo los fakís prosternados en la mezquita esclaman:
_¡Allah ku Akbar! ¡Allah ku Rhhaman! ¡Le galib ile Allah!_[131]
* * * * *
Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto á él, pálida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las esclavas.
Y detrás del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los valies, y los alimes, y los xeques.
Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una seña con su lenzuelo y van á empezar las fiestas.
Un solo caballero vé con espresion sombria la seña del rey, y escucha con despecho el tañido de los instrumentos músicos y de guerra que llaman á las cuadrillas.
Está de pié á la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que se apoya.
Es el único que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con un fuerte arnés de guerra de Milán.
En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcél encubertado de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.
Es jóven: en la fuerza de su juventud.
La magestad irradia de su alta y serena frente.
En sus negros ojos brilla un valor bravio.
En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.
Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada, hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballería.
Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras sí las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, allá vá el huracan.
Cuando salen á su encuentro Gonzalo de Córdoba, ó el Alcaide de los Donceles, ó el conde de Cabra, ó Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas castellanas, parece que chocan dos montañas de acero lanzadas la una contra la otra por la mano de Dios.
Cuando entre los suyos está pálido, sombrio y ceñudo, los suyos tiemblan.
Muza está pálido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.
Su robusta mano empuña convulsivamente el pomo de su espada.
Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].
Por allí entran lucidas cuadrillas de zegríes.
A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos de un tordo rodado, Mahomet Zegrí, alcaide de la alcazaba Kadima, cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este jactancioso mote: _Con mas puedo._
Su moreno semblante africano se volvió hacia el trono en el momento en que entró en la tela, y sonrió con sarcasmo á la sultana, con desprecio al rey, y fijó una mirada de odio y de reto en el infante Muza.
La sultana palideció, el rey bajó los ojos, Muza lanzó una mirada de muerte al Zegrí.
Seguian á Mohamet-Adel-Zegrí, de cuatro en cuatro, cien caballeros zegríes, ginetes en potros negros de pura sangre árabe.
Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135] forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban plumas que parecian haber sido teñidas en sangre.
Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissería, entró un hermoso mancebo, ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado verde, y gualdrapas de lo mismo.
En su adarga llevaba pintada un águila que volaba junto á un sol, y por bajo este letrero: