Part 18
Daba por pretesto para su pretension que el rey estaba enfermo de los ojos, que necesitaba fiarse de los agenos, y que no podia confiarse prudentemente el cuidado del reino á un rey ciego.
Concertóse la conspiracion con tal reserva, que nada pudo traslucirse de ella hasta el último dia de Rhamazan, en que al amanecer los conjurados cercaron el alcázar con muchas gentes del pueblo bajo, que sin pretender entrar y sin armas, se limitaban á gritar:
--¡Viva el rey Nazar! ¡viva el rey Nazar!
Otro número inmenso del populacho acudió á la casa del wazir Abu-Abdalah-el-Lachmi, que por su severidad estaba aborrecido de los magnates que ayudaban en la conjuracion á Nazar, y echaron las puertas abajo y penetraron dentro robando oro, plata, vestidos, armas, caballos, destruyendo sus alhajas, sus libros y sus muebles.
Luego corrieron al alcázar, y con pretesto de apoderarse del wazir, que se habia refugiado en él, atropellaron la guardia, entraron furiosos sin respetar al rey Mohammet que les salió al paso, y en su presencia mataron al wazir y saquearon el mismo alcázar de la Alhambra.
Mohammet se vió obligado á huir, pero le cercaron en una torre y le intimaron á que abdicase en su hermano Nazar.
Viéndose solo y desamparado Mohammet, abdicó aquella noche solemnemente la corona en su hermano Nazar, que no quiso verle y le envió al palacio del Príncipe, fuera de Granada, y despues á la fortaleza de Almuñecar.
Nazar fué jurado rey.
No tardó mucho el rey Nazar en verse tratado de la misma manera que él habia tratado á su hermano.
Un sobrino suyo, Abul-Said, hijo de una de sus hermanas y del walí de Málaga Ferag-ebn-Nazar, andaba procurándose parciales con harta ambicion; mandóle prender Nazar, pero el mancebo fué avisado y huyó de Granada; escribió el rey á su cuñado Ferag para que corrigiese á su hijo, pero el walí de Málaga le contestó severamente que si su hijo le destronaba, no haria mas que imitar la conducta que él mismo habia observado con su hermano el rey Mohammet.
Aconteció por este tiempo al rey Nazar un accidente de apoplegía; tuviéronle por muerto: divulgóse como cierta esta noticia, y los parciales del destronado Mohammet III corrieron á la fortaleza de Almuñecar, le sacaron de ella y le llevaron á Granada.
Pero ¿cuál fué la sorpresa de estos cuando al entrar en Granada supieron que el rey Nazar habia recobrado la salud, y que Granada ardia en fiestas por su restablecimiento? El buen Mohammet pretestó que su venida habia sido á visitarle sabiendo el quebranto de su salud. Nazar afectó creerle, y le mandó volver á Almuñecar y que le acompañasen los que le habian traido.
Por aquel tiempo entró Fernando IV de Castilla en tierras de Granada, y puso sitio á Alcaudete. Gentes hubo que atribuyeron esta entrada del castellano á sugestiones del destronado Mohammet, aunque el desgraciado estaba completamente ageno á ella.
Pero cuando el rey de Castilla se ponia sobre Martos, emplazado por unos hermanos llamados los Carvajales á quienes habia mandado dar injustamente muerte, murió cabalmente en el mismo tiempo en que los hermanos le habian citado ante el tribunal de Dios.
Por esa razon llamóse desde entonces á Fernando IV de Castilla el _Emplazado_.
Por aquel tiempo á principios de la luna de jawal del año 713[74], murió en Almuñecar el desterrado Mohammet, y su hermano Nazar, mandó trasladarle al panteon de la Alhambra y poner sobre su sepulcro la siguiente inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan virtuoso, príncipe justo, sábio en el temor de Dios, uno de los reyes virtuosos, sufrido en los trabajos, laborioso en el camino de Dios, el apacible, el austero, el temeroso de Dios, el humilde, el resignado en Dios en las desventuras y en las prosperidades, morador de los dos paraisos con su meditacion y sus alabanzas, el que encaminaba á las criaturas y mantenia la justicia, camino patente de la confianza y de la bondad, mantenedor del pueblo en su honra con victorias ganadas con propio valor, justicia del trono, decoro y luz resplandeciente del estado, puerta de la ley y de la fé, constante loador de Dios en sus males y en sus desgracias, lucirá en el dia de la cuenta, exacto en la tradiccion y en las obras de la ley y en las altas purificaciones: el dispuesto siempre contra infieles con paso de firmeza y meritorio, observador de la justa medida, carta franca de humanidad, amparador de los templos, defensor de la religion, el escogido, el ínclito, el heredero de los Nazares, heredero de sus estados y de su justicia y laborioso celo en la defensa y gobierno de los pueblos, y en acrecentar sus ventajas y utilidades, el clemente rey, príncipe de los muzlimes, honor de los creyentes, domador irresistible de los incrédulos, el vencedor por la gracia de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles el sultan escelso, prefecto de la direccion, nube de rocío, vida de la tradicion, apoyo de la secta, el laborioso en el camino de Dios, amparador de la ley de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles, el vencedor por Dios Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar, honre Dios su mansion y sea venturoso por su bondad: nació, complázcase Dios de él, en dia miércoles tres de jaban honrado del año 655, y murió, santifique Dios su espíritu, y refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia lunes tres de jawal del año 713. Llévele Dios á las mas altas mansiones de los justos, por la verdad de la ley, y bendiga á los que quedan de su casa. Bendiga Dios á nuestro señor y á nuestro dueño Mohammet, y á los suyos con bendicion cumplida.»
Por el otro lado de la piedra se gravó una inscripcion en verso en que se rogaba á Dios le concediese el premio de sus virtudes; que refrigerase con benignas auras su sepulcro; que le regase con apacible rocío y liberales nubes de clemencia; que le vistiese y adornase de las preciosas vestiduras de su misericordia, y que le colocase en las eternas y felices moradas del paraiso.
Parecia que ocupando ya Abul-Giux-Nazar legítimamente el trono por la muerte de su hermano Mohammet III, debian desaparecer los partidos; pero no fué así; la codicia del mando y de los altos empleos del gobierno, traian enemistados y divididos á los principales caballeros de Granada, y vueltos todos contra el wazir ó primer ministro del rey Mohammet-ebn--Alí-al-Hagib, hombre astuto y cruel, causa de las grandes alteraciones que hubo en su tiempo, y particularmente de la ruina del rey Nazar.
Porque Al-Hagib, en su desmedida ambicion, tenia alejados del palacio á los principales señores de Granada, para que ninguno se procurase la gracia del rey, y desterraba á los unos é injuriaba á los otros, hasta el punto de que fueron ya tantos los ofendidos que formaron bando para destruirle, y destruir, si era necesario, al rey Nazar que le protegia.
Volvieron otra vez á alentar las pretensiones del jóven hijo del walí de Málaga, cuñado del rey y le ofrecieron la corona.
Abul-Walid aceptó; se puso en inteligencias con los conjurados, y el walí su padre envió á Granada ciertas gentes que levantaron un motin, pidiendo la cabeza del wazir Al-Hagib.
Pero el rey le amaba; salió, habló á los amotinados y pudo por el momento conjurar el peligro. Castigóse imprudentemente á algunos, y esto fué origen de una sedicion mas respetable. Muchos caballeros de Granada huyeron á Málaga, incitaron al walí á que se rebelase contra Nazar, y al fin lograron que su hijo, Abul-Walid, partiese contra Granada, acaudillando una hueste numerosa.
Al saberse esto, Granada se dividió en bandos; robábanse y matábanse los unos á los otros, y saciaban mútuamente sus ódios y sus venganzas. Una noche entera duró este conflicto, y al amanecer los que llevaban la peor parte, abrieron las puertas del Albaicin á Abul-Walid, que se apoderó de la alcazaba vieja.
Abul-Giux-Nazar se fortaleció en la Alhambra, donde le cercaron los soldados de Abul-Walid.
Viéndose perdido Nazar, envió cartas al rey don Pedro de Castilla que se encontraba en Córdoba, pidiéndole socorro; pero por pronto que el rey castellano entró en tierras de Granada, tuvo tiempo el walí de Málaga para estrechar á Nazar y obligarle á rendirse, con la condicion de que su sobrino Abul-Walid-Abu-Said, ya rey, le concediese la ciudad de Guadix y su comarca, y seguridad y perdon para los que habian seguido su bando.
Concediólo todo en la alegría del triunfo el nuevo rey; partió Nazar para Guadix, y el rey don Pedro de Castilla, sabiendo estas nuevas, y que ya su ayuda era inútil á Nazar, se volvió; pero no sin talar y saquear cuanto encontró á su vuelta, apoderándose de la fortaleza de Huete.
Nazar vivió tranquilamente en Guadix algunos años sin dar oidos á los consejos de los que le incitaban á que procurase recobrar su corona, y murió tranquilo, resignado con su suerte.
Trajeron su cadáver al panteon de la Alhambra, y el rey mandó se le dedicase esta inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan alto, poderoso, ilustre, de muy gran casa, descendiente de los reyes muy nobles, y de la mas preciada prosapia de los escelentes Al-Ansaríes, el mas alto de linaje, esplendor real y defensa invencible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores de la ley y de la direccion, escogidos celadores laboriosos en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, en su bondad noble, generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul-Giux-Nazar, hijo del sultan alto, amparador, ilustre defensor, rey justo, ínclito, humano, defensor de la ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu-Abdalah, hijo del sultan noble, rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen á Dios, y de los bien intencionados, depósito fiel de la tradicion y palabras del Islam, amparo de la religion y de la fé, el vencedor por Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso príncipe de los muzlimes, Abu-Abdalah-ebn-Nazar; sálvele Dios, y cúbrale con su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale entre aquellos con quienes se complace. Fué su nacimiento dia lunes 24 de la luna de ramazán el grande, año de 686[75]. Fué jurado en dia viernes 2 de jawal año de 708[76], y murió, sepultado la noche del miércoles 6 de la luna de dilcada, año 722[77]. Alabado sea el rey de la verdad, el claro heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el mejor de los herederos.»
Y por el otro lado se leia la siguiente inscripcion en verso:
«¡Oh sepulcro del generoso! sobre tu polvo caigan nubes celestes de amparo, de misericordia y de paz; en tu estrado se oiga siempre la bendicion á un rey noble, generoso de los mas generosos; delicia del género humano, bondad de corazon sobre todas las criaturas; caridad, manantial perenne de gloria, seas feliz con Nazar, el cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores del Islam. Desde la salida del lucero de la religion, desde el alba de la ley, fué su trono de ellos, el mejor amparo de las criaturas. ¡Oh señor de la bondad y de la humanidad! tu casa fué mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y hallaron en tí lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y acercarse á tí, la nobleza y escelencia del orbe; el resplandor de la bondad en su cara, como la luz del dia que quita las sombras. Nunca estuvo la luna en mas perfecto y hermoso plenilunio: los altos méritos de Abul-Giux dan de sí olor vivo como el mosco precioso se descubre aun en sellado bote. Cúbrale Dios con su misericordia, con lo cual se sirva ponerle en la eterna morada de las delicias.»
Abul-Walid-Abu-Said no pudo destruir los bandos á beneficio de cuya lucha habia subido al trono: habianse acostumbrado los magnates de Granada á disponer del poder real y á no concederlo sino á aquel que mas favorecia su ambicion: pero como eran muchos y los altos empleos del reino no bastaban para contentar á todos, se dividian, se hacian la guerra, andaban en perpétuas intrigas y conspiraciones, y el rey para entretenerlos se veia obligado, ya que no podia darles otra cosa, á llevarlos contínuamente contra las fronteras cristianas, de las cuales se volvian generalmente cargados con una rica presa.
Pero esto tenia sus inconvenientes: no siempre los de Granada alcanzaban la victoria: habíanselas con los fronteros cristianos, que de padres á hijos estaban avezados á la guerra: entre estos desastres fué uno la batalla de Hins-Ailai, por otro nombre de Fortuna, donde los fronteros de Martos hicieron un horrible destrozo en los moros de Granada, y poco despues los castellanos tomaron con horrible estrago la fortaleza de Tiscar, obligando á rendirse con mil y quinientos hombres al valiente alcaide Muhamad-Hamdum.
Con tales reveses, con los partidos cada dia mas enconados dentro de su reino, Abul-Walid empezó á recelar de su fortuna y á sentir remordimientos.
Parecióle que lo que le acontecia no era otra cosa que un castigo de Dios por la traicion que habia obrado con el otro rey Abul-Giux Nazar, que le estaba reservada igual suerte, y que solo venciendo á los enemigos de Dios podria alcanzar el perdon de sus pecados.
Por eso el rey estaba triste: por eso de una manera tan sombría, en medio de la pompa de su magestad, salia por la Puerta del Juicio de su alcázar de la Alhambra contra los cristianos.
III.
Tenia además el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.
Esta razon era un sueño.
Un sueño tenaz de amores.
Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo, habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa, y trocarse al fin en un espacio diáfano circundado de una luz blanca, radiante y dulce.
En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches aparecer una figura muy pequeñita, y apenas perceptible, acercarse, crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jóven y hermosa que se acercaba con la túnica flotante como una nube impelida por el viento, al divan donde reposaba el rey.
A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como el marfil, y cándida y pura como la mirada de la jóven tortolilla que aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados, palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor sobre su seno, y sus pequeños pies que cubria y descubria caprichosamente la flotante halda de la túnica.
Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al semblante del rey; pero cuando el rey iba á besarla, la virgen desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas tinieblas, una cruz de sangre y fuego.
IV.
A la primera noche que el rey vió esta vision, despertó encendido de amor y transido de terror.
Túvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvió á reclinarse en los almohadones de su divan.
Pero no logró dormirse.
Veia fijos en él los ojos de la doncella soñada; aquellos ojos que le brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.
Al alba se levantó, y ansioso de olvidar aquel sueño que le atormentaba, salió de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el altozano, en las márgenes del rio y en el arenoso fondo de los barrancos, en el fondo melancólico de las espesuras, y en el oscuro antro de las grutas, allí, en todas partes veía á la hermosa doncella flotando delante de él; y cuando irritado por la vision tendia hácia ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.
Durante siete noches el rey vió en sueños á la doncella misteriosa cada vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.
Durante siete dias que salió á caza pretendiendo borrar la impresion de su sueño en medio de la luz y del aire de los campos y de las montañas, vió en la luz á la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y el aire le trajo el perfume suavísimo, que como emanacion de la doncella misteriosa, respiraba en sus sueños.
V.
Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se atrevia á calcular los años de su vida.
Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura, como podia haber caido sobre un armazon de caña.
Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia de dónde habia venido.
Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las ventanas de la cúpula.
El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.
El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido en una estera.
Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se maravilló el alcaide de la torre.
Aquel viejo imponia espanto.
Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas, cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos, rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.
A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.
--¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era una alegría?
--¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante, y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.
--¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de la torre?
--¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.
--¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion el wazir al alcaide.
--Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.
--¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.
--Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].
--¿De dónde has venido?
--¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.
Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.
--¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir azotado por los frenos de los caballos de la torre?
--De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo, me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he dicho cuanto te tenia que decir.
Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su cuadrante.
--¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes burlarme?
--Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.
Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase, se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.
--Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba, acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido, soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados, teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.
La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio Jacub.
--Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.
¡Y qué hermosa es!
¡Pero tambien cuán terrible!
El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.
El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el plato funesto y se ha retirado despues.
El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.