La alhambra; leyendas árabes

Part 16

Chapter 164,050 wordsPublic domain

Creyó ver ginetear al rededor de aquel castillo, sobre la pelada vertiente de la colina hasta el lecho del rio, multitud de caballeros que parecian vagar en los aires como sombras, y esconderse en oscuras grietas como reptiles; parecióle que una aureola de luz coronaba aquel alcázar de los sueños, y de las hadas, y de los encantados, y llamó á su katib[62], que dormia en su aposento sobre una piel de camello.

--¿No ves Aruhm, le dijo, una corona de perlas y rubíes sobre la cabeza de aquel monte? parece que un manto de oro y resplandores se ha estendido sobre él, y que las hadas del quinto cielo han descendido á la tierra en una fiesta del Edem.

El viejo Aruhm se frotó los ojos y nada vió.

Porque estaba escrito que solo los señores de Granada alcanzarian á ver con sus ojos de hombre el Palacio-de-Rubíes.

--Yo nada veo, señor, contestó el katib; sino las ruinas del templo romano y una opaca luz que brilla entre sus pórticos destrozados.

Y así era la verdad: velando entre las ruinas, el sabio Nadab pronunciaba el conjuro que hacia ver á Ased-el-Schevaní aquellas maravillas.

Porque Nadab necesitaba atraer á la Colina Roja y á la cisterna donde estaba escondida Yémina á Ased-el-Schevaní.

Este comprendió al fin que en la vision perenne ante sus ojos se encerraba un misterio; despidió ágriamente á Aruhm, y tomando su alquicel, su arco y su aljaba, salió con recato de la torre, bajó el repecho de la Alcazaba, atravesó el rio sobre un puente romano, y empezó á trepar por la vertiente de la Colina Roja.

Cuando salió del bosque que la rodeaba y miró á su cumbre, nada vió: la Colina solitaria solo mostraba las ruinas, la torre y los anchos brocales de la cisterna.

Pero Ased-el-Schevaní andaba impulsado por el destino, y avanzó hasta la cumbre; parecióle escuchar un dulce y perdido canto de muger en las profundidades de la cisterna, y cuando puso el pié sobre el brocal mas inmediato, sintió sobre su cabeza un ruido sordo y ténue, semejante al que produce una tienda de seda que se despliega; brilló en sus ojos un resplandor vivísimo; alhagó sus oidos una música armoniosa sobre todas las armonías, aspiró un ambiente saturado de perfumes, y lánguidas y frescas brisas agitaron su barba y el flotante estremo de su toca.

El invisible Palacio-de-Rubíes se habia levantado en torno suyo con todo su esplendor oriental, pero mas bello, mas delicado, mas rico, que cuantos alcázares habia visto hasta entonces el Schevaní.

Aquel maravilloso palacio parecia ser una profecía de lo que con el tiempo serian los alcázares de la Alhambra, y el walí contemplaba absorto sus jardines, sus galerías, sus retretes, con todas sus galas, sus labores de oro, sus leyendas de amor y su voluptuosidad, y escuchaba con delicia sus blandos é incitantes rumores, que parecian emanar de huríes invisibles.

Ased-el-Schevaní, absorto de admiracion, avanzó por aquellos encantados ámbitos precedido de hermosas mugeres que bailaban la zambra al son de guzlas de marfil, y rodeado de silenciosos esclavos y seguido de feroces guerreros.

--¡Oh señor Allah! esclamó Ased-el-Schevaní: ¿qué alcázar de luz es este que guarda tantas maravillas, sino es el jardin de Hiram que ve en sueños el justo cuando atraviesa el desierto en su peregrinacion á la santa ciudad?[63] Yo le he visto una vez, señor, y no era tan fresco, ni tan sonoro como este, ni eran sus flores tan bellas, ni sus aguas tan claras, ni sus retretes tan magníficos. ¡Oh, señor Allah! ¿Qué quieres de tu siervo el Schevaní?

Calló el anciano porque cerca de él, á través de un arco primorosamente calado, escuchó unas voces juveniles que le nombraban departiendo alegremente.

--Sí, hermanas mias, decia una de ellas, Ased-el-Schevaní es un leopardo de Africa que siempre ha resistido á los alhagos del amor.

--Pero no resistirá á los encantos de la hermosura de Yémina, repuso otra de ellas.

--Ni á los filtros de su padre Nadab, añadió una tercera.

--Ni á las locuras de su ambicion, dijo otra.

--Os engañais, repuso la primera que habia hablado, escuchándonos está y no llega, porque aborrece á la muger.

--Por la muger enloquecerá.

--No.

--Sí.

Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de repente ante el Schevaní.

Plegó el árabe su poblado y cano entrecejo al ver ante sí una turba de muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y envolviéndole en deleites que nunca habia sentido.

Pero en vano quiso luchar; dominóle tanta fascinacion, y cayó desvanecido sobre un divan.

--¡Guala![64] dijo vencido enteramente estendiéndose con molicie sobre el divan: ¡guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el amor.

Y cayó en un sueño dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegría y de felicidad.

Cuando despertó, miró en torno suyo y se creyó encerrado en una prision; era el ambiente húmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde arraigaban plantas parásitas, y sobre altos pilares romanos, en la cóncava y oscura bóveda, á través de la cual, contínuas infiltraciones dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un ruido monótono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo fondo se revolvian reptiles acuáticos; en la oscura bóveda, repetimos, parecian vagar fantasmas sombríos.

Sintió por la primera vez el feroz Ased-el-Schevaní pavor en el corazon; sus dientes se entrechocaron de frio, y sintió comprimida su alma por una angustia desconocida para él.

--¡Por Allah, dijo estremeciéndose, que mis enemigos se han valido de malas artes para encantarme y estoy en poder de Eblís!

--No, dijo una voz dulcísima resonando en la oscuridad: no; sino en poder del amor.

--¡Amor! esclamó el wali con desden, y ¿qué es el amor para mí, espada del Islam, que hé vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis abluciones con sangre de enemigos?

--¡Recuerda! dijo otra voz.

El árabe tembló: por primera vez sentia el remordimiento delante de un recuerdo terrible.

--Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian, repitió la voz.

El árabe irguió la cabeza.

--¡Era una vil ramera! gritó.

Entonces, y contestando al Schevaní, la voz cantó:

»Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus entre nubes rojas.

Tres veces vapor de sangre ha enrojecido mas a aquellas nubes.

Y el sol ha dorado tres veces las bravías frentes del árabe y del godo, cuyos brazos no han cesado de herir.

¿Qué ginete es aquel que se envuelve en la pelea?

Su caftan está ensangrentado y rompe entre los enemigos hiriendo en ellos con el asta de una bandera del Islam.

¡Avanza, Ased-el-Schevaní! ¡tus feroces siros te siguen!

¡Aprieta el hierro en tu mano, y desgarra los hijares de tu corcel!

¡Los árabes cejan, y la victoria empieza á batir sus alas sobre los godos!

¡Aprieta el hierro en tu mano, Schevaní!

¡Que los godos de vencedores se conviertan en vencidos!

¡Que no quede uno!

¡He allí á Tarik! ¡á Tarik el valiente, el del caballo negro y la sangrienta espada!

¡Tarik, el genio del combate!

¡Adelante, muslimes! ¡adelante!

Tarik ha enrojecido su espada en la sangre de don Rodrigo.

Del último rey de los godos.

El valiente Orelia ha huido asombrado con la muerte de su real ginete.

¡Un esfuerzo mas!

¡Los godos huyen!

El implacable Wad-al-Lette les cierra el paso ó los ahoga en sus ondas.

¡Un esfuerzo mas! ¡Gecira-Alandalus, es esclava del Islam!

Tarik el invencible, ha hollado la púrpura de los godos.

A sus pies, sobre una alfombra de cadáveres, revuelve tos ojos espirantes el infortunado don Rodrigo.

¡Enviad su cabeza al califa!

Una cabeza de rey es el mejor presente que puede enviarle un muslim.

¡Cortadla!

¿Por qué tú, Tarik, tan valiente y tan fiero, no cercenas la cabeza de tu enemigo?

Tú no eres verdugo.

Pero hé allí á Ased-el-Schevaní.

Ased-el-Schevaní; el leopardo de oriente insaciable de sangre.

El hombre cuya amada es la muerte y cuyo mejor alcázar es el campo de la pelea.

¡Hélo que llega!

¡Oh! el yatagan de Ased-el-Schevaní, se ha teñido en la sangre del moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un círculo de guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.

¡Paso al verdugo!

¡Paso á Ased-el-Schevaní!»

Y la voz que así cantaba, lanzó una estridente carcajada.

Y á impulsos del terror, la carne del walí se despegó de sus huesos.

Y la voz siguió su canto.

--«La luna brilla.

La tienda del árabe se eleva en la llanura.

Allá en los altos duerme una ciudad.

¡Corona de un imperio poderoso! ¡córte de cien reyes! ¡Tolaitola![65].

¡Cómo alzas tus robustas torres en medio de las brumas de las sombras y de las nieblas del Tajo!

Pero tu puerta de Zocodover se abre.

Una muger sale por ella, desciende al llano y llega á la tienda del árabe.

Es hermosa, pero está pálida y triste como una flor cortada de su tallo.

Con ella va su desventura.

Es Florinda, la infeliz hija del conde don Julian.

La Kaba de los árabes.

Su túnica está rasgada y cubierta de lodo.

Sus rubios cabellos destrenzados, flotan en torno de su semblante, en que aparece la terrible espresion de su locura.

Muchos dolores han pasado por ella.

Ha visto morir á su padre y á los suyos.

Está sola, sola en el mundo.

Sola con su deshonra y su desventura.

Y las mugeres árabes la siguen, arrojándola lodo y gritando:

¡Esa es la Kaba!

Una mano amiga ha abierto para ella las puertas de la ciudad.

Y la desventurada corre por el campo.

Corre y la luna alumbra su pálido semblante y los ecos nocturnos repiten sus insensatas carcajadas.

¡Ay de la gacela que huye!

El leopardo acecha.

Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos de una nueva víctima que se acerca.

El tapiz de la tienda se abre.

Y Ased-el-Schevaní fija su sombría mirada en Florinda.

Y el hombre de hierro se estremece.

Porque aquella muger es muy hermosa, y su túnica descuidada, muestra su incitante desnudez.

¡Acuérdate, Ased-el-Schevaní!»

Cesó por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo á Ased-el-Schevaní de recoger sus recuerdos, y acreció su temblor y un sudor frio corrió á lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras tomaron formas para él en el oscuro fondo de la cisterna.

Recordó una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sándalo, se detuvo á poca distancia de Toledo, para entrar en él ostentando clavado en el hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.

La luna brillaba.

Los árabes que acompañaban al Schevaní dormian junto á sus caballos.

Y él velaba.

Medió la noche y una sombra blanca y vaga adelantó entre las brumas, se acercó vacilante, y entró en la tienda del walí.

A la luz de la lámpara que la alumbraba, Ased-el-Schevaní vió una muger hermosísima, pálida é inmóvil delante de él.

Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos, suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de diamantes del cual pendia un amuleto.

Aquel amuleto era una manecita de ébano engastada en oro.

Era la mano mágica, símbolo del Islam, que pendia de la esmeralda cabalística de Salomon.

--Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercándose al walí y mirándole con los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcángel del sétimo cielo, castigado por Allah y convertido en muger.

La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.

--Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevaní: por mí un pueblo ha venido sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por mí el pueblo de Ismael es señor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta porque dice que soy ramera.

--Y mienten, añadió Florinda, asiéndose estremecida á los hombros del Schevaní, mienten: yo soy vírgen, y mis hermanos los arcángeles vienen á acompañarme en mis sueños; pero mis piés están heridos por los abrojos y mi túnica desgarrada, y tengo hambre y frio.

Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su semblante.

Y Ased-el-Schevaní no tuvo compasion de ella.

--¡Ah! la dijo: ¡tú eres Florinda! ¡la manceba de don Rodrigo!

Su horrible boca dejó ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos dientes de tigre.

--En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmuró sintiendo por primera vez un deseo amoroso. ¡Está loca! ¡la noche es solitaria! ¡mis guerreros duermen! ¡nadie podrá arrojarme á la cara una debilidad! ¡y luego!...

El Schevaní lanzó una sombría mirada á Florinda poniendo la mano en el pomo de su puñal.

Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.

--Mira, le dijo: yo amo á un hombre y ese hombre es generoso, noble y valiente.

Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaña y duerme conmigo.

Déjame reclinarme en tu divan y guárdame, porque me persiguen.

Si mi amado estuviera aquí, él velaria mi sueño, porque me ama.

Los celos y la envidia irritaron al Schevaní al ver el amor que hácia otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.

--Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu miseria.

--No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: ¡Si tú supieras su nombre!...

Y la desdichada miró en torno suyo con espanto, como el avaro que teme que le roben su tesoro.

Pero su mirada se tranquilizó: nadie habia que la escuchase, mas que Ased-el-Schevaní.

Florinda llevó al wali á un ángulo de la tienda.

--Mi amado es príncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles de la tarde; mi amado conquistará palmo á palmo las tierras que ha conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengará de los que me insultan llamándome ramera. ¡Ay del Islam ante la espada de Belay! el vendrá de Asturias como un vendabal y aportillará los muros de Tolaitola y pondrá los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo seré reina, pero no moriré como Aylat[66]. ¡Ay! ¡la mataron sin compasion estas gentes feroces! ¡la mataron sobre mi seno, y aun las negras manchas de su sangre están sobre mi túnica! ¡Defiéndeme tú, hasta que venga Belay, porque me van á matar como á Aylat!

Ased-el-Schevaní, palideció de cólera, irritóse su ojo voraz y un caliente hálito de sangre le embriagó: la crueldad rebosaba de su corazon, y tomó la caja de sándalo que guardaba la cabeza de don Rodrigo.

--Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrándola la cabeza del rey: hé ahí la suerte que espera á tu Belay.

Florinda dió un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra sangre coagulada.

Por un momento desapareció su locura y miró á Ased-el-Schevaní á la luz de la razon.

--¡Ah! ¡Eres tú, tú el verdugo!... ¡tú, el que yo ví en Tolaitola llevando en tu lanza la cabeza del rey! ¡tú, á quien desde aquel dia no he podido olvidar!... ¡Déjame huir de tí! ¡tu mano no se cansa de herir, ni tus ojos de mirar la muerte! ¡apártate de mi camino, porque tu mirada me hiela, y me das horror! ¡Mas horror que los árabes que me insultan y me llaman la Kaba!

--Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevaní, dejando á un lado la caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo de la crueldad á la jóven: ¡oh! yo mancharé tu pureza y te enviaré deshonrada al hombre de tu amor. ¡Oh! ¡Belay! ¡el insensato que levanta aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve á llamarse rey de Gecira-Alandalus! ¡Oh! ¡y te tengo en mi poder! ¡y él te ama! pues bien; serás la esclava de mis esclavos, y dormirás en mis caballerizas entre los pies de mis corceles, junto á la jaula de mi pantera de Africa.

Y Ased-el-Schevaní, midió con una feroz ojeada á Florinda y se lanzó sobre ella.

Pero Florinda no retrocedió: un poder superior la protegia.

En vano el Schevaní pretendia llegar hasta ella.

Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso, tomó una azagaya y la lanzó á la desdichada: la terrible arma se abrió paso á través de su seno, brotó de la herida un ancho surtidor de sangre, los ojos de Florinda se empañaron, y cayó murmurando entre su suspiro de agonía el nombre de Belay.

Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevaní no se contuvo; Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se desprendió de su cuello.

El génio del horror y de la impureza se posó sobre la tienda del Schevaní, y Dios arrojó sobre ella su maldicion.

La Nat de los hebraizantes, la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, habia caido bajo su funesto horóscopo: sus miembros desgarrados fueron abandonados en el lugar que ocupaba la tienda, y el poderoso talisman recogido por Ased-el-Schevaní, habia aumentado el valor de su tesoro.

Ased-el-Schevaní no conocia la virtud de aquel poderoso talisman: le creia solo una alhaja de gran valor.

El Schevaní, despues de aquella noche, olvidó aquella historia de horror, y pidió al califa le concediese una tierra en Gecira-Alandalus para sus gentes de Damasco.

El califa le concedió la tierra de Iliberis.

Pero estaba escrito que seria castigado, y su crueldad con Florinda y su codicia en conservar como un rico despojo el amuleto que llevaba al cuello la jóven, fué la causa de su castigo.

Nadab, el padre de Yémina, sabia que el amuleto estaba en el tesoro de Ased-el-Schevaní; sabia que aquel amuleto tenia la virtud de defender de la impureza agena á la muger que lo llevase sobre sí, y quiso apoderarse de aquel talisman valiéndose para ello de la misma Yémina.

Para atraerle le habia hecho ver, valiéndose de sus conjuros, el encantado Palacio-de-Rubíes.

Ased-el-Schevaní estaba transido de horror.

Veia la macilenta cabeza del rey don Rodrigo y á Florinda, fria, impasible, pálida, ensangrentada, atormentándole con el recuerdo de su ser.

--Y ¡acuérdate! repetia la voz dulcísima que parecia venir de la bóveda de la cisterna, y en la cual creia recordar el árabe la dulce voz de Florinda.

--¡Ah! ¡sí! ¡yo te amo Florinda! esclamó arrojándose por tierra el feroz walí.

--¿Por qué dijiste, pues, contestó con sarcasmo la voz, que no conocias el amor?

-¡Oh! ¡piedad! ¡piedad, Florinda! esclamó el walí: ó haz que lo que ha

[imagen no disponible: Mira, la dijo, mostrandola la cabeza del rey.

LETRE dibº y litº Lit de J.J.MARTINEZ, Madrid.]

sucedido sea un sueño, ó quita de delante de mis ojos esta terrible vision que me atormenta.

Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los remordimientos en el alma de Ased-el-Schevaní, quedó la cisterna muda y oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevaní se atrevió á adelantar buscando la salida.

Entre las sombrías penumbras, encontró una puerta y entró en una cámara tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubíes, alumbrada por una lámpara, á cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.

Era Yémina.

Al verla el viejo y feroz walí tembló.

Creyó ver ante sí á Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de felicidad; la jóven despertó y fijó de una manera intensa la mirada de sus grandes ojos celestes en el walí.

--Tú eres Ased-el-Schevaní, dijo la jóven sin levantar la cabeza del almohadon donde la tenia reclinada.

El árabe tembló, pero no de terror.

Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Yémina, como lo decia su nombre, era la felicidad.

Sus ojos azules, límpidos como el cielo, lucientes como él, como él hermosos, le sonreian y le acariciaban.

Sintió Ased-el-Schevaní dentro de sí una vida nueva; encontróse jóven, ardiente, feliz.

Sus lábios murmuraron armónicos versos exhalados de su alma como el mas escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermosísima vírgen de sus amores.

--Yo te amo hurí, esclamó; te amo y por tí me siento capaz de todo.

Eres para mí mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota entre flores á la sombra del oasis del desierto para el cansado y sediento caminante.

Tú eres la luz y la vida, el sueño de paz y la esperanza de ventura.

Por tí seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su puerta el arcángel de fuego.

--No quiero tanto, dijo Yémina: si me concedes lo que voy á pedirte, creeré que me amas y te amaré.

--¿Y qué puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi alma?

--¿Te acuerdas de una muger á quien amaste?

--¡Ah! ¡Florinda! ¡Florinda! esclamó el Schevaní; ¿por qué me recuerdas mi crímen? Era una noche triste y sombría: la luna estaba velada por vapores de sangre: tú estabas delante de mí, pálida, loca aunque hermosa, manchada de lodo la túnica: no estabas tan hermosa como ahora, sultana de las huríes: no, yo... me irrité... yo no habia amado... escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu muerte... porque no creí que volveria á encontrarte tan resplandeciente, tan hermosa como la mayor de las hermosuras. ¿Por qué me recuerdas mi crímen y me despedazas el alma?

--Yo no soy Florinda, dijo Yémina: si á tus ojos la represento, es porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que tú veas siempre á Florinda en la muger que ames. Tú ves mis cabellos dorados y mis ojos azules. Pues bien, mira por un momento.

Se transformó Yémina y se presentó á Ased-el-Schevaní con sus cabellos negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cándida y purísima y su boca purpúrea, exhalando ambrosía.

Aquella vision duró un momento.

Deslumbró á Ased-el-Schevaní como si en sus ojos hubiera brillado el sol.

Y pasó como un relámpago y volvió á ver en Yémina á Florinda.

Ased-el-Schevaní empezó á enloquecer, y soltó una insensata carcajada.

--¡Oh! ¡yo te amo! ¡yo te amo! esclamó: ámame y seremos los dos seres mas felices de la tierra. ¿Por qué no me amas tú tambien? ¿Acaso me conservas rencor?

--Yo te amaré si me das lo que te pida, repuso Yémina.

--Y bien, ¿qué quieres? respondió anhelante Ased-el-Schevaní.

--Acuérdate: cuando mataste á Florinda la quitaste un collar de perlas que llevaba sobre su seno.

--¡Ah! ¡ah! ¡el rico collar de perlas! esclamó Ased-el-Schevaní lanzando una larga carcajada.

Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia junto á Yémina, se sentó á sus piés y cantó, con la voz fresca y pura como un jóven, él, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el romance siguiente:

«Hermosa de las hermosas,--flor preciada, luz del cielo: ¿Para qué quieres las joyas,--si sus pálidos reflejos han de amenguar lo brillante--de tus dorados cabellos? envidia tendrán las perlas--si las posas en tu seno, porque es nacar animado--que de amores guarda incendios. No hay zafir como tus ojos,--ni diamantes de alto precio que se atrevan á igualarse--en lo luciente con ellos. Eres búcaro de flores--que para el amor nacieron, y de Hiram en los jardines--de Dios las meció el aliento. Eres joya de su mano--pura, como allá en los cielos, la nubecilla que pasa--al leve impulso del viento, ante el sol que la colora, en lumbre de amor traspuesto. Que Allah, hermosa, te bendiga,--pues eres cerrado huerto, que para tu amante guardas--de tu pureza el misterio.

Ased-el-Schevaní dejó la guzla y lanzó otra insensata carcajada.

Su locura crecia.

--Quiero el collar de Florinda, dijo Yémina con voz dulce acariciando con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevaní.

--¡El collar de Florinda! esclamó el árabe: ¡un collar que vale muchos cuentos de doblas!

La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevaní.

--No te amaré, dijo Yémina.

--¡Que no me amarás! esclamó con fiereza el árabe.

--No, repuso reposadamente Yémina.

--¡Acuérdate! dijo á su vez el árabe.

--¡Tú heriste á Florinda! esclamó con desprecio la jóven.

Ciego de cólera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de sangre pasó por su alma y desnudó fuera de sí su puñal.

Pero cuando descargó el golpe sintió un agudo dolor en la mano y se encontró...

En su lecho en la alcazaba del Albaicin.