La alhambra; leyendas árabes

Part 13

Chapter 134,077 wordsPublic domain

La muger era de gran hermosura y muy jóven; sus cabellos negrísimos estaban entrelazados á una faja de oro que ceñia su cabeza; la blancura de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas, negrísimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes, brillantes, á que daban sombra y fuerza sus larguísimas pestañas; vestia una túnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura, sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y perlas; un cíngulo, de oro tambien, rodeaba á su reducida cintura su túnica de lana blanca, y entre este cíngulo relucia el pomo de un puñal.

Esta jóven, que apenas contaria quince años, era Florinda, la hija única del conde don Julian, la hermosura á quien habia sorprendido en el baño el rey don Rodrigo.

El hombre dormia en un ángulo distante, ó fingia dormir, tendido sobre unos almohadones; era un nubio, negro como el ébano, y estaba envuelto en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo, á juzgar por la argolla dorada que tenia al cuello.

Este esclavo se llamaba Kaib.

Florinda hilaba sentada junto á un mirador desde donde se veia el rio, de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los entreabiertos párpados del nubio salia un relámpago de amor desesperado, que ó no notaba Florinda ó fingia no notar.

Empezaba á oscurecer; Florinda dejó su rueca, se levantó del sillon de roble donde estaba sentada, fué á apoyarse en la balaustrada del mirador y fijó su mirada distraida en la corriente del Tajo.

La luna llena empezaba á salir entre las quebraduras.

El nubio se levantó lentamente y fué á apoyarse en la balaustrada donde se apoyaba Florinda.

--Hija de don Julian, la dijo señalándola el poniente teñido aun con las últimas ráfagas del crepúsculo; el cielo está ensangrentado, la muerte y el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los cadáveres. ¡Vírgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa! ¡menguado fué el dia en que abriste los ojos á la luz! ¡hora de maldicion aquella en que mis ojos te vieron!

Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo, porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le tenia por sábio y aun por hechicero:

--¡Oh! ¡cuánto arnés roto, y cuánto caballero muerto, hija de don Julian! continuó Kaib: el oriente vendrá sobre el occidente y las gentes del norte empaparán con su sangre las campiñas del mediodia. ¡Oh! ¡y cuánto arnés roto! ¡cuánto caballero muerto!

Florinda siguió callando.

--¡Huye, hija de don Julian! ¡huye! continuó Kaib despues de un instante de silencio: ¡huye! ¡yo te salvaré! ¡tú serás la reina allá en mi patria distante, y yo seré el último de tus esclavos! ¡huye, huye conmigo, hija de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los cadáveres!

--¿Qué me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volviéndose gravemente al esclavo.

--El imperio de los godos se hunde, y tú serás la causa, contestó Kaib.

--¡La causa yo!

--Sí, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te hará su manceba.

--¡Yo! ¡manceba yo de nadie, vil esclavo! esclamó con indignacion Florinda: ¡y así te atreves á insultarme porque te trato con misericordia!

--¡Mata al esclavo, señora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus resplandecientes ojos en Florinda: ¡mata al esclavo, pero escucha antes al sabio!

Florinda tembló.

--¿Me amenaza algun peligro? dijo.

--Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá torrentes de sangre vengadora.

--¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.

--Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.

--¿Pero se salvará Belay?

--El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del pueblo español.

--¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!

--¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don Julian!

Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de la habitacion.

--¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente Belay?

Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y resplandeciente de hermosura.

* * * * *

Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo de don Julian.

Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.

Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes con un espanto instintivo.

Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.

Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.

--¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.

--Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y esperamos de tí hospitalidad por esta noche.

--La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que se os abran las puertas.

Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos últimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los dos jóvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompañados de Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de viandas una ancha mesa, alumbrada por lámparas de bronce.

Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron á servir á don Oppas y á los dos jóvenes que se habian sentado en sillones de roble.

Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta años: vestia una túnica y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un arnés, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.

La espresion del semblante de este hombre era noble y benévola; dábale autoridad su barba larguísima y entrecana, y dificil era comprender en sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de tiempo en tiempo como un relámpago: don Oppas observaba con astucia desde que entró en el castillo, mientras sus compañeros observaban tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.

Lotario observaba tambien con la misma reserva, á los mancebos: vestian estos clámides de escarlata, sandalias de riquísimo cuero, capacetes, armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada uno de por sí se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus trages y sus armas, habia mucho de régio en los semblantes de los mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube fatídica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una aureola.

Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos observaban y eran observados.

--Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo á Lotario, levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.

--¡Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes, es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la lealtad del conde don Julian mi señor, cuya es la copa que tienes en la mano, que la de los magnates que rodean al rey en la córte: bebed hijos de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su lealtad.

Los dos jóvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las apuraron de una sola vez.

Don Oppas bebió lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreció el resto á Lotario.

Este rehusó.

--He jurado al Señor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el dia del esterminio.

--¿Quién eres tú, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?

Lotario miró al esclavo nubio, como si esperase de él la inspiracion de sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.

--Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra muy distante de España, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre bañado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado allí, he amado allí; mi único deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos hemos visto pobres, desnudos, sujetos á la religion y á las costumbres de los godos en la Mauritania Tingitana; allí he conocido y he servido al conde don Julian, y de allí he venido para guardar y proteger á Florinda, la hija de mi señor.

--¡Florinda! dijo como si escuchase un nombre estraño don Oppas: no la conozco.

--Pluguiera á Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo acento Kaib; ella será el pretesto de una guerra terrible; un pueblo vendrá sobre otro pueblo y ella será la llave que abra al conquistador las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caerá, pero sobre ella se levantarán otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbará en la posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en mal hora á la luz, porque su nombre será maldito y maldita la raza de los suyos y maldita la generacion de ellos.

Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una fuerza sobrenatural á su discurso.

--¿Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas dirigiendo la palabra á Lotario, como en desprecio de Kaib.

--Lo que está escrito en los astros se cumplirá, dijo Kaib, aunque las palabras no se habian dirigido á él: has venido á ver á la hija de don Julian: hé aquí que el destino te la trae: mira.

Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.

--Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada: y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la que caiga sobre el causador de la injuria.

Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.

Florinda permanecia inmóvil en la puerta.

Don Oppas miraba con cólera al esclavo.

Los hijos de Witiza con asombro.

--Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será la culpa si las hiere el rayo.

Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y murmuró con voz ronca y conmovida:

--¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito se cumplirá!

Despues añadió:

--Nada teneis ya que hacer aquí: el buitre ha visto á la paloma y afila sus garras: ¡idos!

--¡Idos! repitió Lotario.

--¡A Dios! dijo don Oppas levantándose: nos has dado hospitalidad é injurias; la hospitalidad y las injurias serán pagadas. A Dios.

Y salió con los hijos de Witiza.

Florinda permanecia inmóvil en la cámara.

--Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me tendrás á tu lado, dijo Kaib.

Y salió lentamente de la cámara.

* * * * *

Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron á Toledo.

Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, llegó al palacio, descabalgó delante de la puerta de los Leones, y á través de la guarda, que se inclinó respetuosamente á su paso, se encaminó á la cámara del rey don Rodrigo.

Ante su puerta, jóvenes godos con mantos de púrpura y oro y hermosas mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y cacerías, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se apoyaban en sus lanzas, inmóviles como estátuas de hierro, á lo largo de los muros de la gigantesca antecámara, y los esclavos se veian tras ellos entregados á un silencio estúpido.

Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abrió la puerta frontera á la de la cámara real, y apareció en ella un viejo, alto, flaco, pálido, con escasos cabellos grises y barba blanca, cubierto por una hopalanda parda.

Este hombre adelantó hasta el centro de la antecámara, y sin dirigirse á persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:

--Yo soy Gutz, el hebreo.

Agitóse el círculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelantó hasta el recien llegado un noble cubierto con un arnés de guerra, caudillo al parecer, de la guarda del rey.

--¿Eres tú el joyero de la calle del Sol? preguntó á Gutz.

--Yo soy, contestó el viejo.

--¿El hechicero?

--Sí.

--¿Te espera el rey?

--Sí.

Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la cámara real, levantó su tapiz y dijo:

--¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!

Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.

--Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.

Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la cámara real.

Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas siguieron las pláticas interrumpidas.

A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute, que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en alta voz:

--El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.

Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas podia entrar en la cámara real.

Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromático, alumbraba la cámara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riquísimos tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el baño, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los brazos de náyades, trofeos de amor é impudentes pinturas de deleite.

Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo envuelto en una clámide de púrpura, y ceñidos sus blanquísimos cabellos por una corona de hierro.

Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clámide, solo se podia juzgar de su semblante pálido y de espresion noble, aunque degradada é indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias aromáticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada con mas esmero que la cabellera de una muger.

A un lado, junto á la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la antorcha. Segun las crónicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo Zemzem, y sus piés, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.

Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia pasado en herencia á la tribu de Heber y fué robada á sus descendientes por el rey Egica, cuando sujetó á feudo y tributo á los árabes hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta misma mesa fué la que mas tarde, despues de la conquista de Gezira-Alandalus por los árabes, produjo fatales desavenencias entre el emir Muza-ebn-Noser, y su walí, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.

Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre su empuñadura se posaba un azor[53] sujeto á la mesa por una sutil cadena de oro.

Todo revelaba allí el hombre sensual, degradado y envilecido.

Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa, era un contraste estraño, un mudo reproche á tanta degradacion, á tanto abandono.

Cuando resonaron sobre la cámara real, al andar de don Oppas, las piezas de su arnés, el rey que, á pesar de la presencia de Gutz, que estaba prosternado á sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeció al áspero rechinar del acero, y levantó la cabeza arrojando en torno suyo una mirada inquieta que tornó á ser indolente cuando reconoció al obispo.

--¡Ah! ¿eres tú, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. ¿Qué perro es ese que se tiende á mis pies? añadió reparando en Gutz.

--Lo ignoro, señor, contestó don Oppas.

--Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contestó el hebreo sin levantar la frente de la alfombra.

--¡Ah! ¿eres tú? dijo don Rodrigo: levántate esclavo, te he mandado llamar no me acuerdo para qué. ¿Eres hechicero?

--Tal dicen, señor; pero solo Dios sabe lo oculto.

--¿Y crees tú, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigiéndose al arzobispo, en el poder de la hechicería?

--Tanto creo, señor, contestó don Oppas, que, si saber mi destino quisiera, me dirigiria sin vacilar á uno de esos sabios que, alejados del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.

--Pues hé aquí que á mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he mandado buscar á uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al cielo.

Don Oppas cruzó una mirada de inteligencia con Gutz.

--Dime tú, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: ¿dónde está el límite de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana juventud: pero mis noches sombrías, mis sueños apenadores, mis deseos insensatos: yo veo en lo recóndito de mi espíritu una muger hija de mi fantasía á cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde á esa muger, viva, desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. ¿Qué puedo yo esperar de esa muger?

Gutz inclinó profundamente su cabeza, dejó caer los brazos á lo largo de su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueño profundo: levantóse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajéronse los músculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su frente.

Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo con la ávida atencion de un niño; estaba hastiado y la espectativa de un acontecimiento cualquiera le divertia.

--Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar ó temer de esa muger.

Gutz abrió los ojos, levantó con altivez la cabeza, miró frente á frente á don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:

--Tu destino ¡oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de mis ojos, no me deja ver claramente tu horóscopo, pero esa nube tiene ráfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.

Don Rodrigo se irguió: las palabras del hebreo le aterraban vagamente: su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en una imperceptible convulsion.

--Lo que me has dicho es muy oscuro, esclamó el rey, con acento convulso é irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla, hechicero.

--Poderoso señor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada, por que yo veo estrañas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.

Don Rodrigo se lanzó de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo, y asió furioso su túnica.

--Perro infiel, gritó: sino mientes, haz que yo vea mi horóscopo; rasga delante de mí el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que cabalgan contra mi pueblo, ó por el Dios de Moisés y de Abraham, que he de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi castillo.

--¡Rey! continuó el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jamás ha sido tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se abrirá, y dentro de la torre encontrarás tu destino.

--Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura: segun esa tradicion, el rey que la abra ó morirá ó será tan rico, tan sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fué construida durante una tempestad por los magos que acompañaban á Attila, y desde aquel terrible rey hasta mí, ninguno ha osado penetrar en ella.

--Y tú mismo, rey, nada verás en la torre, añadió Gutz, obedeciendo á una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la pureza de una vírgen.

--¿Y qué vírgen es esa?

--Esa vírgen es Florinda, la hija del conde don Julian.

--¡Pues bien! esclamó don Rodrigo, Florinda será mia, y luego mi mano tocará la puerta de la torre; buscaré en ella, en su recinto mas tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostraré con valor mi destino. ¡Hola Singiberto!

El noble á quien el rey llamaba, apareció en la puerta de la cámara.

--Llévate á ese hebreo, le dijo, y guárdale en la torre mas fuerte del palacio.

--Gutz adelantó hácia Singiberto y salió con él.

--Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir á la torre misteriosa, esclamó el rey. Y bien, ¿has reconocido ya la vivienda de la hija de don Julian? añadió dirigiéndose á don Oppas.

--Sí, si señor; y si tú quieres, esta misma noche Florinda será tuya.

--¡Oh! ¡esta noche! ¡esta noche! esclamó el rey.

--Para vencerla será necesario que apeles á malas artes.

--¡Cómo!

--Si Florinda se viese sujeta á un letargo...

--¡Ah!

--Toma, señor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.

--¿Y qué es esto?

--Aquí se guarda el zumo de una yerba que produce un sueño delicioso.

El rey guardó con ansia el pomo.

--Florinda será tuya, señor, y despues...

--Sí, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para entrar en ella me acompañen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en la torre con toda mi grandeza de rey. Haré que estén preparados mis magnates, mis soldados y mis esclavos. Tú vendrás conmigo. Vete y vuelve al punto.

Don Oppas salió de la cámara murmurando:

--Dentro de poco se verá obligado á vengar una injuria el conde don Julian.

* * * * *

Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de nobles godos á caballo y armados de guerra, penetraron en el átrio del palacio.

Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa llegó el primero, paró bajo el pórtico y entró en el palacio.

Poco despues, sin acompañamiento, sin galas, con clámides oscuras sobre los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al átrio, viniendo de distintos puntos tres mancebos.