Part 9
Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de _Tonet_, donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este _Tonet_, verdadero moro por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina. Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su música promovía.
Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar. El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica. ¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático. Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas, luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.» «Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.» Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método, de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con celeridad vertiginosa.
La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me concernía directamente.
--Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?--me preguntó después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una mirada escrutadora.
Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.
--¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es incompatible con los placeres de la familia.
--Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y disfrutar de una vida confortable--replicó con la gravedad y aplomo que imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.
¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho más de lo que sabía.
Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa, sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.
--¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?--me dijo súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.
Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.
--Sí--prosiguió el crítico--; mi prima es una chica muy linda, muy modesta y además le admira a usted extraordinariamente.
--¿Me admira?--exclamé estupefacto--. ¿Y por qué me admira?--añadí cándidamente.
Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.
--Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.
--No me ha entendido usted--repliqué yo picado--. Quiero decir que no reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a Castell.
--No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta. Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre. Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa? En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...
Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia, afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto, embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de cronómetro.
Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me preguntó en voz baja:
--¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?
--No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.
--¡Qué lástima!--exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano cariñosamente sobre el hombro añadió:--¿Sabes, pícaro, que nos íbamos acostumbrando a ti?
Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo, contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a decirme casi al oído:
--Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga en ella el orden y el bienestar?
--Soy viejo ya--respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma--. Tengo treinta y seis años.
--Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y agilidad eres un muchacho... Yo conozco--añadió echando una mirada maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita--una niña de diez y ocho abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de la ciudad.
--¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla la edad.
--No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que Isabelita te admira.
--¡Pero hombre!...
--Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.
La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.
Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo víctima de una indigestión.
Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios, indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto. Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.
No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a _Tonet_ que sacase la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto, y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido, y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia. Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso _Tonet_ y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la existencia.
Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible mantenerse en los límites de la prudencia.
--Está muy bien eso--me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado--. Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío. Háblele usted de la subida del cacao.
Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra _shocking_. Nada tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma, no le hizo perder un átomo de su majestad.
Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento sola con la esposa de _Tonet_, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas.
Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude menos de pensar con disgusto que había descendido a la más insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.
Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo. Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me aguardaba un poco apartada del resto de la compañía.
--Gracias--me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató de reunirse a los demás.
Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo que aquel semblante hosco me causó alegría indecible.
--Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle--le dije con voz no bien segura.
--Usted dirá--replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.
--Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima Isabelita, como si tratase de obsequiarla.
--No he observado nada--respondió con mayor sequedad aún.
--Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente porque Isabelita me admira.
Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.
--Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano Sabas como Emilio.
--¡Qué tontos!--exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención--. Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena quedaría mi pobre prima!
--Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la aprobación de usted.
--¡Mi aprobación!--exclamó turbada y con voz sorda--. ¿Para qué necesita usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala usted a sus padres.
--Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima, a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los días de la vida.
Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:
--Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter. Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa, económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se manifiesta: es muy linda también.
--Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.
--¿Cuál?
--La de ser prima de usted.
Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con acento de severidad:
--Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor, para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en ella, que la deje tranquila.
Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás, dejándome solo.
Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir a casa de Martí y retirarme al hotel.
A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre mi cama.
--Ya no te vas mañana, capitán--exclamó riendo y tirándome de la barba para concluir de despertarme.
--¿Pues?--respondí mirándole con asombro.
--Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la estrella de la mañana.
--¿Cómo...? ¿Cristina...?
--Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos. Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre... ¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque todavía no lo ha visto.
Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando hubo una pausa le pregunté:
--¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?
--Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...? Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos, ¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas... ¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!
Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo tiempo.
--¿Y Cristina qué dice de la sustitución?
--En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.
Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles, y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis reales en Valencia.
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XI
Persistiendo en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje. Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa armadora.