Part 10
No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.
En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de mujer, que no era la de Matilde.
--¡Sabas! ¡Sabas!--grité.
Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.
Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?--me dije con despecho--. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos traidores?»
La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin reflexionar:
--¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le he podido hablar, pero nos hemos saludado.
Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se echaba a llorar perdidamente.
Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le rompían el pecho, me dijo:
--¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la dama joven.
--He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...--balbucí desconcertado.
--Sí, sí; la dama joven--profirió sin dejar de sollozar.
--Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar... pero sí me parece que era joven.
--¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!--exclamó con furor--. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que verla por las mañanas en el balcón!
Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:
--Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.
--¡Ah!
Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro. Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.
Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.
--¡Has visto qué contratiempo!--exclamó sacudiendo la cabeza con profundo disgusto.
--¿Pero cómo ha sido eso?
--Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y se las va a gastar alegremente con una cómica.
--¡Qué locura!... Pero volverá...
--Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la otra vez.
--¿Otra vez?
--Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.
No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.
--¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro--exclamó abrazándome hasta asfixiarme.
Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete, sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas. Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó, me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.
Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos, me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre, displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina. Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!
Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea de las clasificaciones introducidas en el reino animal.
Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta. Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella, hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.
Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible. Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los hombres, dió orden al cochero de retirarse.
Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella. Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de sus acuerdos.
A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero, que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra; segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.
Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor, penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque tuviese que hacer el viaje a pie.
Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo, donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde; en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo bordado. Era el propio señor de Retamoso.
--¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!--exclamó, apresurándose a salir de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas veces la mano al gorro--. ¿A qué debemos el honor?
--Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras--respondí echando una mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.
La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos antes todo era regocijo y expansión.
--Bueno; soy con usted al momento--murmuró introduciéndose de nuevo en la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.
Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:
--Estoy a sus órdenes.
"Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero"--me dije, sorprendido de aquel cambio.
--El caso que me trae a visitarle--manifesté con vacilación--es un poco delicado... Es posible que usted sepa...
--No sé nada--profirió en tono resuelto, atajándome.
--Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...
--No he sospechado nada--volvió a manifestar con más sequedad aún.
Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:
--Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.
La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.
--¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer, que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?--exclamó sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.
--A los dos pensaba dirigirme.
--¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...
Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia, que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.
--Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.
Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que dijo:
--Adelante.
Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos en la estancia.
Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos. Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal. Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y zozobra.
--Señor de Ribot--dijo al cabo--, le ruego que manifieste a mi señora lo que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.
--Se trata, señora--dije con voz temblorosa--, de un asunto delicado que deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran... Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...
--Lo sé--interrumpió gravemente doña Clara.
Quedé un momento suspenso y proseguí:
--Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...
--Lo sé--volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.
Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:
--Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar esta naciente amistad y...
--Lo sé--dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.
Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.
Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:
--Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.
Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote viajan constantemente el _Don Juan_, de Byron; el _Tom Jones_, de Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa, la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando imperceptiblemente.
--¡Qué mujer! ¡qué mujer!
Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad, pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.
Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.
--Señor de Ribot--interrumpió en este punto Retamoso--, ¿tendría usted la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?
Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:
--¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!
Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos _justos_ y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido, contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo. Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente», cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado jamás.
Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y fueron saludadas con una salva de _¡esos!_ y _¡justos!_
Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que "allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que quisiera venir a ella". Dicho esto, por medio de una hábil y sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la mano, que yo toqué con la mayor veneración.
--Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada más!--exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había levantado--. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted simpatizaba con Isabelita...
¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle polvo.
--Sí, señor--respondí al cabo secamente.
--Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender (perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si no sé expresarme como ustedes...
--Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis relaciones con Isabelita.
--¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso. Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.