Part 14
Y diciendo y haciendo, la diligente, y más que diligente, patriota señora Bárbara, corrió a la habitación inmediata, y empuñando las asas de un enorme caldero de agua caliente, que poco antes había subido, vaciolo por la ventana sobre los cuerpos de los franceses, que a pesar del frío no recibieron con agrado aquel sistema de calefacción. Oyéronse gritos horribles; relincharon con espantoso alarido los caballos, y en el mismo instante, mi gente empezó a hacer fuego desde las ventanas altas, mientras Doña Bárbara, su hija y la criada arrojaban con esa presteza propia de mujeres feroces, ladrillos, piedras y cuanto habían a la mano.
--Cese el fuego --grité furioso--; abajo todo el mundo. Atacarles cuerpo a cuerpo.
Corrimos abajo y la emprendimos con los imperiales, embistiéndoles con tanta energía, que no pudieron resistir mucho tiempo. Además de que la sorpresa les desconcertó, tres de ellos habían quedado incapaces de defensa, con el horrible sacramento administrado por la atroz posadera. Los caballos les estorbaban dentro del corralón. Alguno echó pie a tierra y nos recibió a sablazos, descalabrando con fuerte mano a todo el que se acercaba; pero al fin pudimos más que ellos, porque la gente del pueblo acudió con hoces y azadas, y la señora Bárbara con su hija se dio la satisfacción de arrastrar a uno hasta el brocal del pozo, arrojándole dentro, sin duda para curarle con agua fría las heridas ocasionadas por la caliente.
Cuatro de ellos huyeron, corriendo a uña de caballo, y los demás o quedaron fuera de combate, o se dejaron maniatar para permanecer allí como prisioneros de guerra, bajo la vigilancia de la señora Bárbara.
Perogordo se me acercó después del combate, y con gran aflicción me dijo:
--Señor oficial, ¿y quién me paga el gasto? Esa loca de mi mujer tiene la culpa de todo. Detrás de estos franceses vendrán otros, porque ahora dominan en el país, y ¡pobre casa mía!
Pero yo no me cuidaba de contestarle, y recogiendo del campo de batalla un sable, dos buenas pistolas y una escopeta, monté en el caballo que me pareció mejor. En el mismo momento agolpose la gente del lugar en la portalada del corralón, y mirando todos con espanto hacia lo alto del camino, decían:
--¡Los franceses, los franceses!...
En efecto: venían en la misma dirección que yo había seguido; pero no eran dos ni tres, sino más de cincuenta. No quise detenerme a contarlos, y picando espuelas lancé mi caballo a toda carrera por el camino abajo en dirección a Cifuentes.
--Cuatro leguas largas hay de aquí allá --decía para mí--. Aunque el caballo está cansado, podré recorrerlas en dos horas. Esos que entraban en Algora cuando yo salía, deben ser Santorcaz y algún destacamento que le acompañe. Llegaré antes que ellos a Cifuentes, y podré, si no ponerlas en salvo, al menos prevenirlas. Vuela, caballo, vuela.
Pero el caballo, desobedeciendo mis órdenes, no volaba, y un cuarto de hora después de la salida, ni siquiera corría medianamente. Al fin dio en la flor de pararse, insensible al látigo, a la espuela y a los denuestos, y solo con blandas exhortaciones podía convencerle que me llevase al paso y cojeando. Mi ansiedad era inmensa, pues temía verme alcanzado y cogido por los franceses, que castigarían inmediatamente en mí la escapatoria de Rebollar y la diablura de Algora. Apenas había andado una legua después de hora y media de marcha, cuando llegué a un caserío donde ofrecí cuanto llevaba (la suma no era ciertamente deslumbradora) si me proporcionaban un caballo; pero todo fue inútil. Imposibilitado de marchar con rapidez, seguí, resuelto a abandonar la cabalgadura y a internarme en el monte, en caso de que me viera en peligro de caer en manos de los que venían detrás.
Era cerca de media tarde, cuando sentí el trote vivo del destacamento que había entrado en Algora mientras yo salía: hundí las espuelas a mi caballo; mas el pobre animal, que apenas podía ya con el peso de su propio cuerpo, dio con este en tierra para no levantarse más. A toda prisa me aparté del camino. Cuando pasaron cerca, sorprendiéronse de ver el animal en mitad del camino; algunos sospecharon que yo estaría oculto en los alrededores, y les vi abandonar la senda como para buscarme; pero sin duda no faltó entre ellos quien creyese más oportuno seguir camino adelante, y, en efecto, siguieron. Distinguí perfectamente a mosén Antón.
Después de este suceso perdí toda esperanza. Ya no podía llegar a tiempo a Cifuentes. Mi desesperación y rabia eran tan grandes, que eché a correr camino abajo deseando seguir a los jinetes. Mi sangre hervía, mi corazón iba a estallar, rompíase mi cerebro en mil pedazos y el sofocado aliento me ahogaba. Arrojeme en el suelo, maldiciendo mi suerte, y evocando en mi ayuda no sé qué potencias infernales. Mis ojos distinguían por todos lados inmenso horizonte, y en toda aquella tierra no había un caballo para mí. Fijé la vista en el fango del camino, y todo él estaba lleno de las huellas que deja la herradura. ¡Tanto animal yendo y viniendo, y ni uno solo para mí!
Aun entonces conservaba alguna esperanza.
--Ellos se detienen mucho en los pueblos --me dije--. Beben y comen en todos los mesones. Si se detuvieran más de tres horas en otra parte, quizás no lleguen a Cifuentes hasta la noche. De aquí a la noche bien pueden andarse cuatro leguas. Ánimo, pues.
Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que caminaban hacia Yela. Pregunteles por los atajos que podrían llevarme más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas, que juzgué oportuno seguir por el camino para no perderme.
XXV
Avanzando siempre, encontré antes de llegar a Moranchel un obstáculo en que hasta entonces no había pensado; un obstáculo invencible y aterrador, el Tajuña, bastante crecido para que nadie intentase vadearlo. La barca estaba al otro lado, abandonada y sola.
Senteme en una piedra junto al río, y pensé en Dios. Al punto vino a mi memoria la Caleta de Cádiz y mi habilidad natatoria. Extendí la vista por la superficie del agua; agitome una bullidora inquietud, y aquella fuerza secreta que me impelía a seguir adelante, redoblose en mí. Pensarlo era perder el tiempo. Arrolleme el capote en torno al cuello, abandoné la escopeta, y cogiendo el sable entre los dientes me lancé al agua.
Los primeros pasos en ella me dieron esperanza; pero al poco rato sentime transido de frío: mis pies fueron dos pedazos de inmóvil hielo, mis piernas rígidas no me pertenecían, y en vano se esforzaba la voluntad en darles movimiento. Aquella muerte glacial invadía mi cuerpo, subiéndome hasta el pecho. Tendiendo la vista con angustia a las dos orillas, vi más cerca aquella de donde había partido; mis brazos remaron en el agua para acercarme a ella: hice esfuerzos terribles; pero no podía llegar, porque la corriente me arrastraba río abajo; además, la masa de agua profunda me chupaba hacia adentro. Recordando, sin embargo, que la serenidad es lo único que puede salvar en tales casos, me esforcé por adquirir tranquilidad y aplomo. Felizmente aún podía disponer de los brazos: trabajé poderosamente con ellos; pero aquella orilla no se aproximaba a mí tanto como yo quería. Por fin, ¡Dios misericordioso! una rama que besaba las aguas estuvo al alcance de mí. Agarrándome a aquella mano del cielo que me salvaba, pude al cabo pisar tierra. Había perdido el capote en el agua, y me moría de frío en la misma ribera de donde partí.
A pesar de tan horribles contratiempos, la tenacidad de mi propósito era tan grande, que aún creí posible seguir mi camino. Sin embargo, mi estado era tal, que si no me guarecía bajo techo, estaba en peligro evidente de perecer aquella noche. Y la noche venía a toda prisa, lóbrega, húmeda, helada, espantosa. Miré en derredor, y no vi casa, ni cabaña, ni choza, ni abrigo. Estaba desamparado, completamente solo en medio de la Naturaleza irritada contra el hombre. Todo en torno mío tendía a exterminarme, y no podía considerar sino que aquel suelo, aquel viento, aquellas pardas nubes venían contra mí.
Otro hubiera cedido; pero yo no quería ceder. Tenía delante el aparato formidable de la Naturaleza y de las circunstancias, que me decían: «De aquí no pasarás»; mas ¿qué vale esto al lado del poder invencible de la voluntad humana, que cuando da en ser grande, ni cielo ni tierra la detienen?
Corrí para vencer el frío; pero las articulaciones me lo impedían con agudo dolor. Procurando animarme, hablé conmigo en voz alta y canté, como los niños cuando tienen miedo. El sonido de mi propia voz me halagaba en aquella soledad horrorosa, y a ratos sentía no ser dueño de mi pensamiento. Corriendo en diversas direcciones, vencí un poco el frío; pero las ropas empapadas no querían secarse. Me parecía que llevaba todo el Tajuña encima de mí.
Después que cerró completamente la noche, sentí ruido de voces.
«Gracias a Dios que está habitado el planeta --dije para mí--. El género humano no ha concluido.»
Las voces sonaban del otro lado del río hacia la barca.
«Alguien pasa el río --exclamé con alegría--. Dejarán la barca en este lado y podré pasar después.»
Al punto conocí que eran franceses, porque algunas palabras llegaron hasta mí. Escondime aguardando a que pasaran... ¡Ay! ¡Cómo bendije su aparición! ¡Con qué gozo sentí el suave rumor del agua, agitada por la pértiga! ¡Cómo conté los segundos que duró el viaje y los que emplearon en desembarcar y marcharse! Pero se me heló la sangre en las venas cuando vi desde mi escondite que uno de ellos quedaba en la embarcación, y que otro de los que se alejaron le dijo:
--Espera ahí, pues volveremos antes de media noche. Que la barca no se mueva de esta orilla.
El peligro, sin embargo, no era invencible. Un hombre no es un ejército. Acerqueme lentamente a la orilla, miré a la barca y vi a mi marinero dispuesto a pasar bien la noche, abrigado en su capote.
--No hay tiempo que perder --dije--: echémonos encima.
En efecto: de buenas a primeras llegueme a él, y le di un sablazo de plano sobre la espalda. Saltó el maldito gritando:
--¿Quién va?... ¿Qué quiere usted?
--¿Qué he de querer? Pasar.
Al punto reconocí en él a un renegado que había servido con mosén Antón.
--No se pasa --repuso--. ¡Qué modos, hombre! ¿Y quién es usted?
--Ya me conoces bien. Si quieres ir al agua ahora mismo, ándate con preguntas y no desates la barca.
--Es Araceli --dijo--. Vamos a ver, ¿y si no me diera la gana de pasar?
Sin hacerle caso, me metí en la embarcación y con la pértiga la empujé hacia la otra orilla. El renegado no puso obstáculo, y ayudándome me dijo:
--Pero ¿no le fusilaron a usted esta mañana?
--Parece que no.
--¿Sabe usted que andan azorados?
--¿Quiénes?
--Los _musiures_. _Paeje_ que D. Juan está en la sierra con alguna gente. Yo me voy otra vez con D. Juan. Nos han engañado.
--Dime: ¿has visto a mosén Antón?
--Ha quedado con los demás del destacamento, y el Sr. D. Luis en una venta que hay a mano derecha del camino, a una legua de Cifuentes.
--¿Les has dejado allí? ¿Sabes si se detendrán mucho?
--Me _paeje_ que sí. Están todos borrachos. Se conoce que no tienen prisa. Trijueque y el jefe francés han tenido una riña por el camino. Creo que nos empecinamos otra vez.
--¿Tienes que comer?
--Medio pan puedo dar a usted. Ahí va.
Antes de poner el pie en tierra, comí con ansia. Luego que desembarqué, despidiéndome del renegado, seguí precipitadamente mi camino. Todavía tenía esperanzas de llegar a tiempo.
«Como saben que nadie ha de estorbarles --dije para mí--, irán con calma. Dios alargue su borrachera... Sin embargo, si resuelven poner en ejecución su plan a prima noche, es cosa perdida. Si le dejan para la mañana... ¡Dios poderoso, llévame pronto allá!»
El frío me mortificaba mucho, sin que me fuese posible vencerlo con la velocidad de la carrera, porque lleno mi cuerpo de dolores agudísimos, me era muy difícil andar a prisa. No llovía, y a causa del recio viento que durante el día reinara, el piso estaba algo duro, además de que la fuerte helada de aquella noche petrificaba el suelo. A poco de alejarme del río, noté que necesitaba gran esfuerzo para seguir andando; quería avivar el paso; pero mientras más a prisa marchaba, más viva sentía aquella resistencia de mis piernas a llevarme adelante. Senteme para recobrar fuerzas, y al sentarme aumentó mi malestar. Dentro de mí surgía una inclinación enérgica al reposo, un deseo profundo de no mover brazo ni pierna. Quise sacudir la pereza, y anduve otro poco; pero al corto trecho sentí que de las rodillas abajo mi persona no era mi persona, sino un apéndice extraño, una extremidad de madera o de hierro que me obedecía, sí, ¡pero de qué mala gana!
Moví los brazos, y ¡cosa singular! encontreme sin manos, es decir, perdí la sensación de poseerlas. Esto me produjo mucha congoja; pero aún permanecía poderoso, en medio del invasor enfriamiento, el horno de mi corazón, que no anhelaba descanso, sino carrera.
«Tú no te enfriarás, corazón --exclamé--. Mientras tú conserves una chispa de calor, el cuerpo de Gabriel marchará adelante. Si es preciso, me daré de palos.»
Quise gritar y cantar; pero mi garganta se negó a articular sonidos. Parecía que una invisible mano me la apretaba.
«Esto no es nada --pensé--. Ninguna falta me hace la voz. Ánimo, corazón. Parece que llevo una fragua dentro de mí.» Pero la fragua se iba extinguiendo también. Bien pronto mis rodillas fueron una masa dura, rígida, mohosa; un gozne roñoso y sin juego. Al notarlo, hice lo que me había prometido: me apaleé. Pero ¡ay! mi brazo derecho no pudo manejar el sable, que se me escapó de la mano... Anduve más... quise de nuevo correr, y mis piernas se doblaron. ¡Qué sensación tan extraña! El suelo helado me parecía caliente.
Erguí la cabeza, moví el cuerpo; pero nada más. Mis manos, que aún conservaban alguna sensibilidad, tocaron unos objetos largos, inertes y fríos, y al notar que eran mis piernas, no pude evitar una sonrisa fúnebre. Mi voluntad poderosa quería reanimar aquel vidrio que había sido mi carne y mi sangre; pero no pudo. El corazón latía con furia, y en mis oídos un zumbar monótono me enloquecía con lúgubre música. De momento en momento me achicaba. La conciencia corporal iba estrechando los límites de mi persona, y sentí que el mundo exterior, el cosmos, digámoslo así, aunque parezca pedantería, empezaba en mi cintura y en mis hombros.
«Tremendo es --pensé-- que esté uno metido dentro de una cosa que se hiela como el agua... ¡Dios inhumano, un rayo que me derrita!»
Yo tenía un alma y me reconocía piedra.
Mi cuerpo tendía cada instante con más fuerza a la inmovilidad absoluta. Como el moribundo deseé la vida, deseé que alguien viniese y a martillazos me machacara.
Con ansiedad inmensa mi vista exploró el camino, y allá lejos, muy lejos, observé gente que venía. Sonaba rumor de caballos, que acrecía acercándose.
«Serán franceses --me dije--. ¡Malditos sean! Me salvarán, y otra vez estoy en poder de esa canalla.»
Efectivamente, eran franceses; si bien cuando estuvieron próximos, a pesar de que iba yo perdiendo el claro uso de mis sentidos, creí distinguir voces españolas empeñadas con las francesas en viva disputa. Venían también algunos renegados. Después de tantos esfuerzos, de tantas luchas, cuando se había agotado la energía de mi cuerpo y de mi espíritu, volvía a encontrarme prisionero. Casi anhelé que pasaran de largo sin hacerme caso. Pero oí a mi lado la voz de mosén Antón, que decía:
--Aquí hay un hombre helado. Es Araceli. Llevémosle al mesón.
XXVI
Hallábame, después de un espacio de tiempo cuya longitud no puedo apreciar, en el interior de una venta, y en una habitación tan parecida a mi famosa prisión en Rebollar de Sigüenza, que pensé que no había salido de ella. Pero una observación atenta me hizo ver alguna diferencia, y principalmente el montón de paja con que me habían cubierto, y cuyo suave calor me volvía lentamente a la vida. A mi lado estaban algunos renegados y mosén Antón. El local era la parte alta de una venta del camino ocupada por los franceses con los caseríos inmediatos.
--Estoy otra vez prisionero --dije instintivamente.
--Sí, señor --repuso el clérigo con cierta socarronería--. Y ahora no se nos escapará usted.
--¿Qué hora es? --pregunté.
--¿Para qué quiere usted saberlo?
--Es que quisiera marcharme, Sr. Trijueque. ¿Qué distancia hay de aquí a Cifuentes?
--No es mucha; pero aunque pudiera usted salir, amiguito, y fuera a donde desea, no conseguiría nada. Otros le han tomado la delantera.
Ya había previsto la noticia, y la pena y rabia que sentía apenas se aumentó.
--Supongo que estos bandidos me castigarán por haberme escapado de Rebollar y por lo de Algora.
--Los castigos y crueldades de esta gentuza --me dijo mosén Antón acercando su rostro a mi oído, y expresándose en voz muy queda-- honran y enaltecen a la víctima.
Algunos renegados salieron, y los franceses que quedaron en la habitación, dormían. Trijueque pudo hablarme con más libertad.
--Ya llegó a su colmo mi paciencia --me dijo--, y estoy decidido a romper con estos pillos. Son más orgullosos que Rodrigo en la horca, y a los que nos hemos pasado a sus banderas nos humillan, tratándonos con un desprecio... Mi rabia es tan grande, Araceli, que les ahorcaría a todos sin piedad, si en mi mano estuviera. ¿Querrá usted creer que siguen prodigándome insultos, y que su insolencia para conmigo va en aumento? No satisfechos con llamarme _monsieur le chanoine_ se empeñan en denigrarme más, y hoy un oficial me llamó _monseigneur l’évêque_.
--Mosén Antón, ¿los demás renegados que están aquí piensan lo mismo que usted? --le pregunté, sintiendo que por encanto me restablecía.
--Lo mismo. Todos desean volver allá.
--¿Cuántos son?
--No llegamos a veinte.
--¿Y los franceses?
--En esta venta y en las casas inmediatas hay más de ciento. La lucha sería muy desigual.
--La traición ha vuelto cobarde al gran Trijueque. Somos pocos; pero vale más morir que ser juguete de esta chusma.
--¡Sí, y mil veces sí! --exclamó el cura con exaltación--. Araceli, veo que hay un gran corazón dentro de ese cuerpo. Conque... Pero déjeme usted que le explique --añadió bajando la voz--: he sabido que Juan Martín está vivo y ha reunido alguna gente.
--También yo lo he sabido. ¿Dónde están?
--Un pastor me dijo que Sardina había ido a parar a Grajanejos... Juan Martín pasó ayer tarde por la sierra. Muchos dispersos estaban en Yela.
--Es fácil que se hayan reunido y traten de reconstituir el ejército.
--Creo que sí, y harán bien --dijo el ogro--. Me alegraría de que diesen una paliza a esta gente. Si mi previsión militar, si mi conocimiento del país no me engaña esta vez --añadió bajando más la voz--, Juan Martín y Sardina reunirán su gente en Cíbicas, que está a legua y media de aquí... ¡qué admirable posición para caer sobre este destacamento y hacerlo polvo!... Si yo estuviera en su lugar... Pero ni el uno ni el otro ven más allá de sus narices.
--Hay que hacer un esfuerzo para salir de aquí. Nos uniremos a D. Juan, y usted, luego que le pida perdón...
--¡Yo perdón!... ¡perdón! --dijo el guerrillero con voz cavernosa y ademán sombrío--. Eso jamás.
--Nos presentaremos al Empecinado...
--Yo no: mi decoro, mi dignidad... En suma, mosén Antón se cortará con sus propias manos su gran cabeza, que envidiarán más de cuatro, primero que volver atrás del paso que dio. Los hombres de mi estambre no retroceden, y lo que hicieron hecho está... Mi intento ahora es renunciar a la guerra y marcharme a morir a Botorrita.
Después de meditar un momento, mosén Antón se levantó para marcharse.
--No me deje usted solo --le dije deteniéndole.
--No puedo estar aquí más... Quiero correr fuera... quiero huir. ¿No he dicho a usted que Juan Martín está en Cíbicas?
--Mejor.
--Figúrese usted --añadió con espanto-- que viene aquí, que sorprende a estos bolos, que nos coge a todos, que me ve...
--¡Oh! Ese suceso es demasiado feliz para que pueda suceder. Estamos dejados de la mano de Dios.
--Yo me voy.
--¿En dónde está Albuín?
--No lo sé, ni quiero saberlo. ¡Ojalá se le tragara la tierra!... Condenado Juan Martín: si tuviera dos dedos de frente, podía caer encima de este destacamento y aniquilarlo. Todos los generales del mundo son unos zotes. ¡Si yo tuviera un ejército! ¡Me reviento en...! Si yo tuviera un ejército de españoles, de franceses, de griegos, de chinos o de demonios... ¡Maldita sea mi estrella!... ¡Oh, qué gozo sería que Juan Martín aplastara a esta vil gentuza! Yo, sin tomar partido por unos ni por otros, aplaudiría desde lejos; sí, señor, aplaudiría... ¡Llamarme _monseigneur l’évêque_, ultrajar a un guerrero como yo! Dan el mando de media compañía al hombre que puede coger cincuenta mil soldados en la palma de la mano y sembrarlos sobre el campo de batalla, sin que ninguno caiga fuera de su natural puesto... ¡A mí, que salgo al campo, doy un resoplido, huelo media España, y ya sé por dónde anda el enemigo; a mí, que soy capaz...! pero no quiero hacer elogios de mí mismo.
--Sr. Trijueque, usted está corroído, abrasado por los remordimientos.
--¿Yo?... ¡Qué desatino! --exclamó con enfado--. Sr. Araceli, de mí no se burla un mozalbete. ¿Soy algún muñeco para que se ponga en duda la entereza de mis acciones?
--Hagamos una hombrada, señor cura. Hable usted a los renegados que están en la venta. Sublevémonos contra esa canalla, y así acabaremos de una vez. O muerte o libertad.
Trijueque se frotó las manos y arqueó las cejas, más negras que la noche.
--¡Admirable suceso! --dijo--. Nos sublevamos, ¿y después...?
--Nos uniremos a D. Juan Martín.
El cura, frunciendo el ceño, demostró disgusto.
--No... ¡me voy, me voy a mi pueblo! --exclamó con febril inquietud--. ¿Y quiere usted que nos sublevemos, que pasemos por sobre los cuerpos de estos cobardes?... Después de hecho eso, no podemos permanecer solos. Necesitamos buscar a Juan Martín, y si nos unimos a él, forzosamente me tiene que ver.
--Bien, ¿y qué?
--Y si me ve, me dirá algo.
--Y usted le confesará que se equivocó, que se alucinó.
--¡Rayos y centellas! --gritó con furor--. ¿Soy niño de teta?... Araceli, este hombre de bronce, esta naturaleza de gigante, este Trijueque a quien Dios formó por equivocación con el material que tenía preparado para veinte hombres, no se doblega ante nadie. ¿Por qué he de exponerme a que él me vea? En este momento no temo a todos los ejércitos franceses, no temo a todo el mundo armado contra mí; pero si Juan Martín entra por esa puerta y me mira, y me echa encima el rayo de sus ojos negros, caigo rodando al suelo... ¡Váyase Juan Martín con mil demonios! Quiero huir de la Alcarria; quiero irme a Aragón, y pronto, ahora mismo...
--Hagamos antes la gran calaverada. Yo estoy enfermo. Solo no puedo nada; pero al lado de mosén Antón me encuentro capaz de todo. Los renegados tienen buenas armas.
Trijueque iba a contestarme cuando sentimos gran ruido abajo; ruido de gente de armas a pie y a caballo, que acababa de entrar en la venta.
--Ahí están --dijo el clérigo--. ¿No conoce usted una voz entre todas las voces? Es la de su amigo de usted, el Sr. D. Luis de Santorcaz.
Ciego de ira me lancé hacia la puerta; pero un francés que la custodiaba, me detuvo, amenazándome con ensartarme en su bayoneta. Al principio no vino a mi mente palabra bastante dura para manifestar mi cólera; luché un rato con el atleta que me prohibía salir, y grité repetidas veces:
--¡Bandidos! ¡Infame Santorcaz, embustero y falsario!
Trijueque llegose a mí, y con una sonrisa de brutal estoicismo, que me hizo el efecto de un bofetón, me dijo:
--Sr. Araceli, es increíble que un guerrero animoso tome tan a pechos este sainete de amores.
--Quite usted de en medio a ese miserable que me impide salir, y veremos.