Part 12
--¡Rómpete, cabeza, rómpete!... ¿para qué me sirves ya? ¿De qué te vale lo que llevas dentro?... Inventa sermones para embobar a los botorritanos, y nada más. ¡Epaminondas, César, Alejandro, Gran Capitán, Bonaparte! Vosotros tuvisteis ejércitos que mandar: yo no mandaré más que en mi iglesia, y el ama y mi sobrina, el sacristán y el monago me obedecerán tan solo.
--Basta --dije apartándole de la pared, temiendo que realmente se estrellara el cráneo.
El Empecinadillo sacó la cabeza fuera de la manta, para mirar un instante con aterrados ojos a Trijueque. Después se volvió a esconder.
--Hasta que no me echen abajo esta montaña que llevo sobre los hombros... Mi cabeza es demasiado grande y harto pesada para uno solo. Con ella habría para dar entendimiento a veinte.
Los ojos se le querían saltar de las irritadas órbitas; respiraba con ardiente resoplido, y el aspecto de su cara era el de un delirante.
--Me voy --dijo--. Quiero pasear por el campo... Pensaré lo que debo hacer. Valiente joven, ánimo. La situación de usted es de las más gloriosas.
--Sí --repuse con honda tristeza.
--Le fusilarán de madrugada. Su recuerdo quedará vivo y respetado en el ejército. «¡Araceli, dirán, gran muchacho! Murió por no querer pasarse al enemigo...» Se escribirá su nombre en la historia... ¡Bonita página!... hermosa vida y más hermosa muerte.
No le respondí nada.
--¿Será usted capaz de flaquear en el momento supremo? Esa alma varonil, ¿será capaz de sentir turbación cuando el cuerpo se vea dentro del fúnebre cuadro?
--No.
--Ánimo. Si le viera a usted decaer de su apogeo glorioso, tendría un disgusto. Pues no se envanecería poco esa vil canalla si usted se afrancesara... No, no, vil gentuza francesa... no le tendréis... El heroico joven morirá antes que servir bajo vuestra ignominiosa bandera... ¡Maldito sea el español que cae en vuestros lazos! ¡Miserables secuaces del gran bandido!... Valor, joven. Que le vea yo a usted dentro del cuadro abatiendo con su noble altivez la vanidad de esos cobardes.
--Es extraño que de tal modo me hable un hombre que ha hecho lo que ha hecho.
--No hable usted de mí. Yo soy un... Anoche, santo Dios... cómo me abrumaba el peso... Conque valor, mucho valor... Este ejemplo que tengo ante la vista me entusiasma... Francamente, cuando vi que subía a conferenciar con usted ese farsante a quien llaman Santorcaz, temí...
--Le conozco hace tiempo. Ese hombre y yo no podemos hacer buena compañía.
--Él se las prometía muy felices. Es un bribón. En verdad que no es de los que peor me tratan. Dicen que todas esas idas y venidas al ejército francés, y el recorrer los pueblos de la Alcarria, es por cuestión de unos amores con cierta jovenzuela de Cifuentes.
--¿Eso dicen?
--Sí... y ahora me viene a la memoria que entre él y ese zascandil de D. Pelayo, que vino acá conmigo, están tramando una picardía... El nombre del Sr. Araceli danza en la fiesta.
--¿Mi nombre?
--Sí; pero ¿qué le importan estas tonterías a un hombre que está con un pie en la inmortalidad?
--Cuénteme usted todo lo que sepa...
--Ello es que... a ver si me acuerdo. Tiene uno la cabeza tan llena de ideas, que no se fija en lo que se dice a su lado...
--Haga usted memoria: nada me sorprenderá, pues todo lo he previsto.
--Ello es que... --dijo rascándose la oreja--. ¡Ah! ya me acuerdo. Hay una chica en Cifuentes.
--Es muy natural que haya, no una, sino varias.
--Y esa chica es al modo de novia de Araceli. Un soldado como usted no debe meterse en noviazgos... ¡Ah! es evidente que Santorcaz quiere llevársela. En verdad, fusilarle a uno y quitarle después su novia, es un poco fuerte. Pero no haga usted caso. Ánimo, joven. Las grandes almas desprecian las pequeñeces del mundo.
--¿No sabe usted más?
--Sí. Ese D. Luis estaba esta mañana discurriendo el modo de sacarla... ¡Si pudiera acordarme de lo que dijo...! ¡Cómo se reían los tunantes!... El D. Pelayo mostró a Santorcaz una carta que usted había escrito a esa damisela desde Sigüenza, y que le confió a él para que la llevase.
--Es verdad. Hace más de diez días --dije con la mayor ansiedad.
--Santorcaz la leyó. Después, después... ya me acuerdo. Después dijo que era preciso escribir otra imitando la letra de usted.
--¿Para qué?...
--Una cartita en que se figurase que usted escribía a la tal chiquilla... ¿para qué se mete usted en chicoleos con las muchachas? Pues... una esquela diciéndole: «Estaba preso en Gárgoles, y me he escapado. Unos amigos me han escondido. Quiero veros, lucero mío, sí... quiero veros. Venid al instante. Sé que vuestra mamá está enferma en cama. No le digáis nada. Tengo que confiaros una cosa, de que depende el porvenir, etc. Salid un momento por la puertecilla de la huerta. Estoy en la casa de enfrente. Fiaos del que os entregará esta, que es mi mejor amigo...» Cuando yo subí, D. Pelayo, que es un gran pendolista, estaba escribiendo la carta. El demonio son los enamorados. He aquí una debilidad que yo no he tenido nunca. Esos bribones quieren obligarla a salir de casa, para echarle el guante.
Al oír esto, quedeme absorto y mudo. Después la sangre saltó dentro de mí, y una cólera impetuosa se desató en mi pecho. Levantándome con ímpetu frenético, corrí a la puerta, que Trijueque había cerrado por dentro guardando la llave, y la sacudí con violencia.
--¡Quiero salir! --grité--. ¡Quiero salir! No puedo estar aquí ni un momento más. ¡Mi libertad, que me devuelvan mi libertad!
Mosén Antón, corriendo tras de mí, me sujetó.
--¡Qué es eso de libertad! Silencio.
El furor me abrasaba la sangre. Mi corazón estallaba, y olvidé mi próxima muerte.
--¡Quiero mi libertad! ¡Yo necesito salir de aquí; hablaré al comandante!... ¡Esos infames merecen que les arranque las entrañas!
Di tan fuertes patadas en la puerta, que el edificio retemblaba con violenta convulsión.
--Araceli --dijo Trijueque alzando la voz--, esa puerta no se pasa sino para ir al cuadro, o para ponerse al amparo de la bandera francesa.
Exaltado por la ira, loco, fuera de mí, ardiendo todo, cuerpo y alma, grité:
--Pues bien: me paso a los franceses... me paso, hago traición. Pero que me saquen de aquí, que me den mi libertad... quiero correr fuera de aquí... Tengo que hacer en otra parte.
--¡Desgraciado, insensato, miserable! --exclamó Trijueque estrechándome en sus brazos de hierro--. ¿Así habla un español valiente y patriota; así se renuncia a la gloria, al honor? Silencio, porque si vuelves a hablar de pasarte al enemigo, aquí mismo... ¡Pasarse a la canalla! ¡Ahí es nada!... ¡Eso quisieran ellos!... No lo consentiré.
--¿Quién habla así? --grité luchando con el coloso para desasirme de él--. El mayor y más vil traidor del mundo; usted, mosén Antón, que ha vendido a su jefe.
--Pero yo... --repuso con gran turbación--. Repara que yo soy...
Lanzando un rugido, se cubrió la cara con las manos, y terminó la frase así:
--¡Yo soy un hombre indigno, un Judas!
Al ruido que ambos hicimos, acudió gente, y abriendo mosén Antón la puerta, llenose mi prisión de oficiales y soldados.
--¿Qué pasa aquí? --preguntó el oficial de guardia mirándome con fieros ojos.
--¿Ha querido escapar atropellando a _monsieur le chanoine_? --dijo otro observando la turbación de Trijueque.
Este, con voz campanuda y acción imponente, habló así:
--Es un salvaje, un bárbaro, y al que le habla de pasarse a los franceses le quiere matar. Había que oírle, señores oficiales, había que oírle. Para él todos ustedes son unos canallas, perdidos sin vergüenza, y dice que prefiere cien muertes a servir bajo las deshonradas banderas del Imperio. Cuando se lo propuse, se echó sobre mí llamándome traidor... No hay que hablarle más que de la honra, de la conciencia y otras majaderías... A este joven se le ha puesto en la cabeza que primero es el honor que nada. Mi opinión es que le fusilen al momento.
Los franceses no comprendieron la ironía de las palabras de mosén Antón. Yo, abrumado, confundido por tan extraña salida, sentí desfallecer mi ánimo y disiparse aquella exaltación que me había hecho pedir a voces la deshonra. Contesté afirmativamente al oficial, cuando me preguntó si me ratificaba en lo dicho por el clérigo; fuéronse todos y quedé solo otra vez.
El día empezaba a declinar. Mi alma cayó en la obscuridad. Estaba irritada, demente, y forcejeaba en doloroso pugilato con las sombras, con las ideas, con las sensaciones. A ratos apetecía la libertad con vehemencia terrible; después se abrazaba a la cruz de su honor anhelando no separarse de ella. ¡Cuán difícil me es pintar lo que pasó dentro de mí aquella noche! Si alguien ha visto la muerte delante de sí, y ha abofeteado sin respeto ni pavor la imagen del tránsito terrible, para echarse después llorando en sus brazos y decirle: «Vamos, vamos de una vez», comprenderá lo que yo padecí.
XXI
En aquellos instantes de turbación espantosa reflexioné que una defección fingida no me serviría de nada, porque los franceses me retendrían allí, imposibilitándome de acudir a Cifuentes, como yo deseaba. Era preciso, pues, resignarse a morir. La traición no cabía en mi pecho, y me aterraba más que la muerte desconsolada, fría y sin gloria que tenía tan cerca.
Largo tiempo estuve solo. Turbaba el silencio de la solitaria pieza la voz del Empecinadillo que hablaba con sus juguetes en un rincón. El pobre chico, cuando se sentía fatigado de correr, sacaba de entre sus ropas objetos diferentes que le servían de diversión. Un par de botones eran caballos, un pedazo de clavo hacía de coche, y una piedra de chispa era el cochero. Si su fantasía se inclinaba a las cosas militares, las mismas baratijas eran cañones, cuerpos de ejército y generales. Otras veces eran personas que le hablaban y sostenían con él chispeantes diálogos. En mi tribulación, ¡cuán inefable deleite experimentaba oyéndole!
Entró ya de noche un oficial en compañía del mismo soldado que me visitara por la mañana. Echome el primero a la cara la luz de una linterna, y después leyó un papel que parecía ser mi sentencia de muerte.
--Al romper el día --añadió--, seréis pasado por las armas.
Era extraña la sentencia de un Consejo de guerra que me mandaba fusilar sin oírme. Pero no procedía hacer reflexiones sobre esta anomalía. Además, los guerrilleros, excepto Don Juan Martín, acostumbraban despachar a cuantos franceses caían en sus manos, sin molestarse en el uso de procedimientos. Los enemigos al menos tenían la consideración de leerle a uno un papel donde constaba la picardía inaudita de defender la patria.
El zapador traía comida abundante para mí y para el Empecinadillo, que, recogiendo sus juguetes, se había refugiado entre mis brazos. Es costumbre, hasta en los campamentos, engordar y emborrachar a los que van a morir, aunque no consta este precepto entre las obras de caridad de la religión cristiana.
--Mi teniente --dijo el soldado arreglando los platos en el suelo--, creo que debe ser retirado de aquí este chiquillo.
--Si el preso quiere retenerlo en su compañía hasta mañana, dejadlo aquí, Plobertin. Ese niño será suyo. No debe mortificarse inútilmente a los desgraciados que van a morir. La comida es excelente, señor español, y el vino de lo mejor.
Después de esta explosión de sentimientos caritativos, el francés me miró con lástima.
--Mañana --prosiguió-- se recogerá este infeliz huérfano, para entregarlo en el primer hospicio que encontremos en el camino.
Retirose el oficial, y Plobertin seguía poniendo en orden los platos. Observele a la luz de la linterna, y con gran sorpresa vi su rostro bañado en lágrimas.
--¿Qué tiene usted? --le pregunté.
Plobertin, por única respuesta, corrió hacia el Empecinadillo, y estrechándole en sus brazos, le besó con ardiente efusión.
--Es una mengua --dijo-- que un soldado del Imperio llore a moco y baba, ¿no es verdad? Pero no lo puedo remediar. Mis camaradas se han reído de mí. Al ver esta noche a vuestro niño, el corazón se me ha derretido... Señor oficial, me muero de dolor.
Sin cuidarse de la comida que me servía, sentose ante mí, sosteniendo al chico sobre sus piernas cruzadas.
--Toma --dijo sacando del bolsillo varias golosinas--. Te voy a hacer un vestido de lancero y una espadita de hierro con su vaina y correaje. Me dejaré emplumar antes que permitir, como quiere el teniente Houdinot, que te quedes en un hospicio. ¡Ay, mi pequeño Claudio, corazón y alma mía! Mañana me pertenecerás. El pobre soldado, ausente de su hogar, triste y sin familia, te llevará en sus brazos.
--¡Cuánta sensiblería! Ya sabemos que vuestro niño era como este.
--Sí --declaró con intensa congoja--. Era como este; era, señor oficial, pero ya no es. ¿No dije a usted que hoy esperábamos el correo de Francia? Pues el correo vino; ojalá no viniera. El corazón me anunciaba una desgracia. ¡Ay, mi hijo único, mi pequeño Claudio, el alma de mi vida, está ya en el cielo!
Cubriéndose el rostro con ambas manos, lloró sin consuelo.
--En la Borgoña --añadió--, el sarampión se está llevando todos los niños. El señor cura Rivière me escribe (porque mi esposa, a causa de su desolación, no puede hacerlo, además de que no sabe escribir), y me dice que el pequeño Claudio... ¡Ay, mi corazón se despedaza! El pobre niño no se apartaba de mi memoria en toda la campaña. ¡Oh! si yo hubiera estado en Arnay-le-Duc, mi pequeñín no hubiera muerto... ¡Cómo es posible! Tiene la culpa el Emperador..., ese ambicioso sin corazón... ¡Que Dios le quite al rey de Roma, como me ha quitado el mío!... Yo tenía mi rey de Roma, que no nació para hacer daño a nadie... ¡Pobre de mí! No tengo consuelo... Era rubio como este, con dos pedazos de cielo azul por ojos, y este aire tan marcial, esta gracia, esta monería. Cuando yo le tomaba en brazos para llevarle a paseo, me sentía más orgulloso que un rey, y todos los papanatas de Arnay-le-Duc se morían de envidia...
La congoja le impedía hablar. La cara del Empecinadillo se perdía en las magníficas barbas del francés humedecidas por las lágrimas. Aquella personificación de la fuerza humana; aquel león, cuya sola vista causaba miedo, estaba delante de mí, dominado y vencido por el amor de un niño.
--La semejanza --dijo-- de este angelito con el mío es tanta, que me parece que Dios, después de llamar a mi pequeño Claudio al cielo, le envía a hacerme una visita. Como me den la licencia en marzo, espero entrar en Arnay-le-Duc con vuestro muñeco en brazos y presentarme en mi casa diciendo: «Señora Catalina, aquí le traigo. El buen Dios, que sabía mi soledad, le mandó a mi campamento. Has estado sola unos meses... Todo no ha de ser para ti... Ya estamos juntos los tres. Convidemos a todos los vecinos, celebremos una fiesta, pongamos a la cabecera de la mesa al cura M. Rivière, para que nos explique este milagro de Dios.»
Después, y mientras el Empecinadillo comía, me miró fijamente y me dijo:
--Aquí hace bastante frío. Además, este chico os servirá de estorbo. ¿Por qué no me le dais desde ahora?
--Señor Plobertin --repuse--, este niño no se separará de mí mientras yo viva. ¿Verdad, lucero?
El Empecinadillo, saltando de los brazos del zapador, corrió a arrojarse en los míos.
--Ven acá, tunante --le dije--. Tú no quieres a los asesinos de papá... Dile a ese animal que se marche, que no quieres verle.
El niño miró a Plobertin con miedo, y se aferró a mi cuello, juntando su cara con la mía.
--Os equivocáis, Sr. Plobertin --añadí--, si pensáis apoderaros de esta criatura luego que yo muera. La dejaré en poder del comandante, el cual en su caballerosidad no permitirá que por más tiempo esté ausente de sus padres.
--¿No es vuestro?
--¡Qué desatino! ¿Habéis visto alguna vez que un oficial lleve sus hijos a la guerra?
--Muchas veces: en los ejércitos imperiales se han criado algunos niños.
--Este que veis aquí es hijo de los señores Duques de Alcalá. Hallábase en poder de su nodriza en un pueblo de la Alcarria; quemaron nuestros soldados el lugar, recogiendo a este señor duquito; mas sabida por D. Juan Martín la elevación de su origen, ordenó que fuese entregado en Jadraque a la servidumbre del señor Duque, que le está buscando. Con este fin le llevábamos, cuando nos sorprendieron los renegados y los franceses. Yo le recogí del campo de batalla a punto de ser pisoteado por la caballería.
Plobertin, hombre de poca perspicacia, creyó lo del ducado.
--Antes de morir le entregaré al señor comandante, para que lo retenga en su poder hasta que pueda ser puesto en manos de la gente del de Alcalá. Os advierto que el señor Duque es partidario y amigo del Rey José. Conque pensad si vuestro comandante tendrá cuidado de complacerle.
Plobertin lo creyó todo. Bestia de mucha fuerza, pero de poca astucia, no supo evitar el lazo que yo le tendía. Mirábame con asombro y desconsuelo.
--De modo que no hay _pequeño Claudio_ para el Sr. Plobertin --añadí--. Sois un hombre sensible, un padre cariñoso; pero Dios ha querido probaros, y el consuelo que deseabais os será negado. Sin embargo (al decir esto acerqueme más a él), os propongo un medio para que adquiráis este juguete que tanto os agrada.
--¿Cuál?
--No puede ser más sencillo --le contesté con serenidad--. Dejadme escapar, y os dejaré esta prenda.
Levantose con viveza el león, y enfurecido me dijo:
--¡Que os deje escapar! ¿Qué habéis dicho? ¿Por quién me tomáis? ¿Creéis que somos aquí como en las partidas? ¿Creéis que los franceses nos vendemos por un cigarrillo como vuestros guerrilleros?... ¡Escapar! ¡Solo Dios haciendo un milagro os salvaría!
--Sr. Plobertin, un buen soldado como vos, ¿será cómplice del asesinato que se va a perpetrar en mí?
--¡Asesinato! --exclamó mostrándome sus formidables puños--. Que os salpiquen los sesos, ¿a mí qué me importa? Lo mismo debieran hacer con todos los españoles, a ver si de una vez se acababa esta maldita guerra... Miradme bien, mirad estas manos. ¿Creéis que necesito armas contra un alfeñique como vos? Si lo dudáis y queréis probarlo, hablad segunda vez de escaparos. Estando en Portugal con Junot, custodiaba a un preso. Quiso fugarse: le cogí el cuello con la izquierda, y con la derecha dile tan fuerte martillazo sobre el cráneo, que ahorré algunos cartuchos a los tiradores que le aguardaban en el cuadro...
Luego quiso tomar en brazos al Empecinadillo, diciendo:
--Dame un beso, amor mío, que me voy. Despídete de tu querido papá.
El chiquillo se aferró a mi cuello con toda su fuerza, y ocultando el rostro, sacudió sus patitas que azotaron la cara del formidable zapador. Gruñendo y jurando alejose este, después de darme las buenas noches con muy mal talante.
La débil esperanza que me había reanimado por un momento, desaparecía.
XXII
Puse al Empecinadillo sobre mis rodillas, y le dije:
--Pobre niño, esperé que me salvarías; pero Dios no lo quiere.
Pareció que me comprendía y se puso a llorar.
--No llores, no llores... a ver, come de este pastel que el Sr. Plobertin ha traído para ti. Parece que está bueno.
La soledad y profunda tristeza en que me encontraba, me inducían a comunicarme con mi compañero, cual si fuese una persona capaz de comprenderme.
--Considera tú si no es una iniquidad lo que van a hacer conmigo. ¡Matarme, asesinarme...! Porque es un asesinato, hijo mío, ¿no lo crees así? ¿Qué he hecho yo? Servir lealmente a la patria. Esos esclavos de Bonaparte, que le obedecen como máquinas y le sirven como perros, no comprenden el sentimiento de la patria.
El Empecinadillo me miró con sus dulces ojos azules llenos de luz y expresión. Creyendo advertir en su mirada un categórico asentimiento a mi discurso, proseguí de este modo:
--¡Glorioso es morir sin culpa! ¡Gran premio del bien obrar, de la inocencia y de la virtud, es esa inmortalidad gozosa que la religión nos ha ofrecido, niño mío! Pero mi alma no está tranquila; mi alma no tiene bastante serenidad ni bastante entereza para afrontar los horrores del tránsito, y se apega un poco a la tierra. ¡Qué infeliz soy! Bien lo sabes tú. En mi vida agitada, triste y dolorosa, sin padres, sin familia, sin fortuna, obligado a luchar con el destino y a vivir con mis propios esfuerzos, solo dos personas me han amado con desinteresado cariño; esas dos personas están a punto de ser víctimas de una infame acción, y aquí me tienes imposibilitado de socorrerlas, preso, dispuesto a morir, casi muerto ya. ¡Qué triste momento! ¿No me dices nada, no me consuelas?
El Empecinadillo se comía su pastel.
--Come, hermoso animalito, no tengas reparo de comer --continué--; aprovecha el tiempo, aprovecha las horas de tu inocencia, estas horas en que siempre hallarás personas caritativas que te den el sustento, que te abriguen y consuelen. Pero crecerás, crecerás; la carga de la vida empezará a pesar sobre tus hombros hoy libres; ¡sabrás lo que son penas, luchas, fatigas y dolores!
Le abracé y besé con dolorosa emoción. Era la única forma viva del mundo delante de mí, y su pequeño corazón, que yo sentía palpitar entre mis brazos, parecía indicarme la despedida de los sentimientos que yo había logrado inspirar en la tierra. Le apretaba contra mí, como si quisiera metérmelo dentro del pecho.
--¿Me quieres mucho? --le pregunté.
--Sí --me respondió, añadiendo mi nombre, desfigurado por su media lengua.
--¿De veras me quieres mucho? --le pregunté de nuevo, experimentando las más puras delicias al oírle decir que me amaba--. ¿Y quieres que me maten?
Movía la cabeza negativamente, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Experimentaba yo una angustia insoportable, y el corazón se me deshacía. Nuevamente me sentí atacado de la desesperación, y levantándome impetuosamente y corriendo a la reja, intenté moverla con colosales esfuerzos. La reja, bien clavada en el muro, no se movía, y aunque sus barrotes no eran muy gruesos, tenían la robustez suficiente para no ceder al empuje de manos humanas, aunque fueran las del zapador Plobertin.
--Y si pudiera romper esta reja --dije para mí--, ¿de qué me serviría, si la salida de la huerta está cerrada, y todo custodiado por centinelas?
Corrí por la habitación como un demente; aplicaba el oído a la cerradura de la puerta; tocaba con mis manos las vigas del techo por ver si alguna cedía; golpeaba con violentos puntapiés las paredes. No había salida por ninguna parte.
En tanto, mi compañero, bien porque tuviera frío, bien porque se asustara de verme en tan lastimoso estado de locura, empezó a llorar a gritos.
--Calla, mi niño, calla por Dios... --le dije--; tu llanto me lastima. ¡Plobertin va a venir y te comerá!
No me engañaba. Al poco rato sentí que descorrían los pesados cerrojos, y entró un sargento que hacía de carcelero, y tras él Plobertin muy irritado, diciendo:
--¿Por qué llora ese niño? Desde abajo le he sentido. Le estáis mortificando, señor oficial, y os las veréis conmigo... ¿Qué te ha hecho este judío, amor mío; qué quieres?
--Sr. Plobertin --dije--, hacedme el favor de no molestarme más con vuestras visitas. Me quejaré al comandante.
--Señor oficial --dijo él furiosamente--, os advierto que si seguís mortificando a la criatura, no podréis decirle nada al comandante, porque aquí mismo... Ya me conocéis... Contento está el comandante de vos... No entro de guardia hasta la madrugada: estaré abajo, y si siento llorar otra vez al pequeño Claudio... Sin duda os habréis comido las golosinas que traje para él...
--Vámonos, Plobertin --dijo el sargento--. El comandante ha mandado que se le deje tranquilo.
Se fueron. El muchacho calló. Arropándole para que durmiera, le dije:
--Empecinadillo, no hay más remedio que resignarse a la muerte. Duerme, niñito mío; recemos antes. ¿Sabes rezar?
Sus labios articularon dos o tres vocablos de los más feos, atroces e indecentes de nuestra lengua.
--Eso no se dice, chiquillo. ¿_Mamá_ Santurrias no te ha enseñado el Padre nuestro, ni siquiera el Bendito?
Me contestó en la lengua que sabía.
--Chiquillo, ¿tú no sabes que hay un Dios, el que te da de comer, el que te ha dado la vida, el que ahora ha dispuesto que me la quiten a mí?