I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.
Part 8
Un erudito etnógrafo francés, Moreau de Jonnes, en su notable obra _Statistique des peuples de l'antiquité_, ha dicho: "DE TOUTES LES PARTIES DE L'HISTOIRE, LA PLUS FÉCONDE EN ERREURS EST LA RECHERCHE DE L'ORIGINE DES PEUPLES." En verdad, refiriéndose tan sólo al Continente americano, el origen de las diversas razas de los Indios es uno de los problemas más difíciles de resolver, pues es casi imposible determinar, con exactitud, la procedencia de cada una de ellas, porque su origen se pierde entre la confusa sucesión de los siglos. El P. José de Acosta, en su _Historia natural y moral de las Indias_, califica de "arrojado y temerario al que pretendiera determinar la procedencia de los Indios." Apesar de haberse buscado las semejanzas entre las razas americanas y las europeas, africanas y asiáticas, las similitudes entre las lenguas del Antiguo Mundo y el Nuevo, y aún comparada la arqueología americana con la de Europa, la del Africa y la del Asia, no se ha podido aún decir la última palabra acerca de este problema sociológico.
Apesar de ello, la opinión que parece merecer alguna atención, es la expuesta por el erudito P. Fr. Gregorio Garcia en su ya citada obra _Origen de los Indios en el Nuevo Mundo_, religioso que, después de examinar las controversias de los muchos autores que han escrito sobre el mismo tema y de analizarlas una por una, termina por dar su parecer sobre la materia. He aquí lo que á este respecto opina este autor en el libro IV, cap. XXV de su referida obra: "Unos indios proceden de Cartagineses, que poblaron la Española ó Isla de Santo Domingo, Cuba, etc; otros, proceden de aquellas diez tribus que se perdieron, de quien hace mención Esdras; otros, proceden de la gente que pobló ó mandó poblar Ophir en la Nueva España y Perú; otros, proceden de la gente que vivía en la Isla Atlántida de Platón; otros, de algunos que partieron de las partes próximas y más cercanas á la sobredicha isla, pasaron por ella á las de Barlovento, que está bien cerca de donde ella estaba, y de aquellas á la Tierra Firme; otros, proceden de Griegos; otros, de Fenicianos; otros, de Chinos, Tártaros y otras naciones."--En seguida, agrega el mismo autor: "La primera razón y fundamento que para esto tengo, es hallar en estos indios tanta variedad y diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos, costumbres y trajes; el segundo fundamento es, la dificultad que tiene creer que todos los indios proceden de gente que fuese á aquel Nuevo Mundo de sólo una parte del Viejo y con sólo un modo y manera de viaje; el tercer fundamento es, que se hallan en aquellas partes costumbres, leyes, ritos, ceremonias, vocablos y otras cosas de Cartagineses, de Hebreos, de Atlánticos, de Españoles, de Romanos, de Griegos, de Fenicianos, de Chinos y de Tártaros, argumento de mucha fuerza para probar que los Indios por su comunicación y trato amigable y por vía de conquista y guerra, se fueron mezclando de tal manera, que el linaje, costumbres, lenguas y leyes, han escapado mestizos de diversas naciones, cuales son las sobredichas. Esto es mi parecer y lo que siento acerca del origen de los Indios."
Participamos, no del todo, de la opinión del P. Gregorio García: en cuanto á lo referente al reino de Ophir y á la Isla Atlántida, lo primero, lo consideramos como una opinión aún incierta y no dilucidada del todo; y lo segundo, creemos que fué en época remota una porción de la misma América. Cuanto á lo demás, hasta cierto punto convenimos en ello, porque la diversidad de lenguas, leyes, ritos, ceremonias, costumbres, trajes y otras particularidades que en aquella época distante distinguían á las agrupaciones indígenas y que aún existen en diversas comarcas del Continente americano, puede ser una prueba aceptable ó evidente de que los Indios postdiluvianos de América son de origen diverso y proceden de razas distintas.
Además, la opinión del P. Fr. Gregorio García está robustecida por la del abnegado misionero P. Domeneck, que en su obra _Desiertos del Nuevo Mundo_, se expresa en los siguientes términos: "Nuestra convicción, en este interesante asunto, es que la América ha sido poblada por emigraciones voluntarias ó accidentales, de diversas naciones; que estas diversas naciones, después de multiplicarse, se encontraron, se mezclaron, y que, por el cruzamiento de las razas, la diferencia de los climas, los cambios de vida y muchas otras razones de la misma naturaleza, perdieron su carácter primitivo, para formar otra combinación heterogénea de color, de costumbres, de gustos, de lengua y de religión, que desvía la ciencia y la investigación del anticuario."
Por consiguiente, admitiendo, en parte, la opinión de los PP. García y Domeneck, trataremos de ampliar y robustecer este punto tan debatido; empresa bastante escabrosa, teniendo que atenernos, en muchos casos, á lo dicho por historiadores antiguos y modernos, que no siempre están en concordancia unos con otros.
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Veamos ahora las opiniones emitidas por los antiguos y modernos historiadores, referente á la grande isla Atlántida, cuya existencia en época remotísima ha sido puesta en duda por algunos autores; viendo ciertos etnógrafos, en ella, el camino por el cual vinieron las primeras emigraciones á América.
Platón fué el autor más antiguo que dió noticia de la existencia de la Atlántida, pues en su _Timeo ó la Naturaleza_, que escribió 430 años antes de la era cristiana, se expresa así, dirigiéndose á los Atenienses: "Se tiene por cierto que en tiempos remotos vuestra virtud resistió á innumerables enemigos que salieron del Mar Atlántico; habían tomado y ocupado casi toda Europa y Asia...... pues existía á la boca del estrecho y casi á su puerta, una isla que comenzaba desde cerca de las columnas de Hércules, y que dicen fué mayor que el Asia y la Libia: dicha isla mantenía relaciones y comercio con otras islas y por ellas se comunicaba con un continente, situado en la frontera, y el cual era vecino del verdadero mar."[66].
Plutarco, en su _Symposiacon_; Séneca el Trágico, en su _Medea_, acto II: Tertuliano, en _Hermógenes_, cáp. XXII y en _De Pallio_, cap. II; Luciano, en _Hermotino_; Orígenes, en _Periarcon_, lib. II, cap. III; Pamelias, en _Pallio_, cap. II; Vossio, en _Mathematicas_, cap. XLII, § X; Aristóteles, en su libro _Del Mundo_; Rodigino, en sus _Lecturas antiguas_, lib. I, cap. XXII y lib. XVII, cap. XXXV; San Clemente, en su _Epístola_; San Jerónimo, en _Ad Ephesios_, lib. I, cap. II; y algunos otros autores notables de la antigüedad, como Crantor, Porfirio, Proclo, Marcilio, Ficio, Diodoro de Sicilia y tantos otros concuerdan en que "DESPUÉS DE LA ISLA ATLÁNTIDA SE NAVEGABA Á OTRAS ISLAS VECINAS Á LA TIERRA CONTINENTE Y QUE DESPUÉS DE ELLA SE SEGUÍA EL VERDADERO MAR." Se colije de allí que _las islas vecinas á la tierra Continente_, son las conocidas de Cuba, Puerto Rico, Jamáica y otras; la _tierra Continente_, es México y el Perú; y _el verdadero mar_, el Pacífico.
Cuanto á la gran Tierra ó Isla Atlántida que se cree haya dado su nombre al Océano Atlántico[67], es conocida hoy únicamente por las controversias suscitadas entre los escritores antiguos y modernos sobre su existencia y el punto que ocupó, pues opinan que se hallaba extendido desde las Canarias hasta las Azores, y que estos dos grupos de islas denominadas antiguamente Islas Afortunadas (quizá por haber escapado del gran cataclismo que hundió la Atlántida), son los restos de aquella tierra, que, en una noche, fué sumergida, dicen, por un gran cataclismo ó fuertes conmociones volcánicas[68]. Y al atenernos á la opinión de autores antiguos, parece que habría existido esa gran isla y podido sus habitantes trasladarse fácilmente al Continente americano.
Muchos son los escritores, tanto antiguos como modernos, que, además de Platón, dan cuenta de la Atlántida, entre otros, Homero, en su _Odisea_ y en su _Iliada_; Solón, en su _Tratado de las Leyes_; Hesiodo, en su poema _Caja de Pandora_; Eurípides, en su tragedia _Electra_; Plinio, en su _Historia Natural_; Aristóteles, en su _Mirandis Naturæ_; Lippio, en su _Phisiologia Stoicæ_; Pamelio, en su _Apologotico de Tertuliano_; Crantor, en sus _Comentarios de Crisias_; Diodoro de Sicilia, en su _Bibliotheca Historica_; Plutarco, en su _Vida de Sertorio_; Arnobio, en su obra _Contra los Gentiles_; Becano, en su _Original de Autuerpia_; Turnebo, en su _Adversus_; Vivas, en sus _Notas sobre San Agustín_; Bosio, en su obra _De Signis Eclesiastes_; Gomara, en su _Historia Indiana_; Zárate, en el prólogo de su _Historia del Perú_; Solórzano, en su _Política Indiana_; Luis de León, en su _Abdias_; Meseia, en su _Silva_; Maluendo, en su _Antechristi_; Pineda, en su obra _De rebus Salomone_; Maydo, en sus _Días Caniculares_; Hervas, en su _Catálogo de Lenguas_; y otros más, concordando todos en que la Atlántida existió en tiempos muy remotos, para desaparecer, en el espacio de una noche, por efecto de un gran cataclismo geológico. Opinan también que "los Indios americanos tienen su origen de la gente que vivía en la Isla Atlántida, que de allí pasaron primero á las islas de Barlovento ó Hespérides, cerca de la Atlántida, y de aquellas á la Tierra Firme de América, pues según afirma Platón en su _Timeo_, y con él Hesiodo, Eurípides y Solón, "la Isla Atlántica era una isla de tanta grandeza, que era mayor que Africa y Asia juntas, desde la cual había contratación y comercio á otras islas, y de estas islas había comunicación y trato á la Tierra Firme y Continente que estaba frontero de ellas, vecino del verdadero mar;" añadiendo además, Platón: "que los habitantes de la isla Atlántica tenían conocimientos de la navegación y arte de hacer navíos y que tenían grande suma y copia de navíos y aún puertos hechos para conservación de ellos."
Estas noticias dadas por Platón en su _Timeo_, son, lo repetimos, las más antiguas y circunstanciadas sobre la isla Atlántida ó Atlántica, sobre su situación y extensión[69]; empero, á juicio de algunos críticos, ellas no bastan ni dan fundamento para haber asegurado la existencia, en aquellos tiempos, de la vastísima isla de la Atlántida, que algunos autores creen que haya sido parte de la misma América.
El hecho real es, que la existencia de la pretendida Isla Atlántida se halla aún envuelta en el mayor misterio. Se supone que en época remotísima haya habido comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, y que esa misma porción de tierra fuera la desaparecida con el cataclismo á que aluden Platón y demás autores antiguos.
Kircher, en su _Mundus subterraneus_, lib. III, cap. XII, dice: "Las Canarias y las Azores, islas del Océano Atlántico, ¿no podrían ser los restos de la tierra conocida con el nombre de Atlántida? Estas islas tienen montañas muy sólidas y elevadas, y los valles intermediarios quedaron sumergidos cuando por efecto del temblor de tierra y del diluvio, este Continente desapareció de las aguas del mar."
Otro escritor contemporáneo, Feliciano Cajaravilla, en sus _Consideraciones histórico-críticas sobre los antiguos habitantes del Perú_, asienta también al respecto, que "es presumible que en el decurso de muchos años ó siglos talvez, el estudio constante y los adelantos siempre crecientes de las ciencias geológicas y experimentales, lleguen á evidenciar lo que hasta hoy no es más que una conjetura, con todos los caracteres de probabilidad, esto es que el Continente Americano estuvo unido haciendo parte del Antiguo Mundo y que fué separado por algún cataclismo terráqueo á manera de aquel que en 1309 (según aseveran Gerardo Mercator en su _Colección de Mapas_, de 1595, y J. Hundy en su obra _Das Neue Tief oder Schiffart_, de 1630), separó la isla de Ruggen, de las costas de Meklemburgo, de la isla de Ruden."
Algunos escritores modernos sostienen que la geología prueba la imposibilidad completa de la Atlántida, de la que serían restos las islas que subsisten en el Océano Atlántico. Joaquín M. Bartrina, en la conferencia que sustentó en el Ateneo Barcelonés el 22 de Abril de 1878, sobre el tema _La América precolombiana_, opina que: "Talvez leyendo con más atención el debatido texto de Platón veríamos que no en el Océano Atlántico, sino en otro mar, como por ejemplo, el Negro, podríamos situar su Atlántida, que al fin era una isla cuya extensión, tan exagerada fija Platón...... La hipótesis de la Atlántida, por lo fantástica y teatral, puede ahora admitirse en las creaciones de la imaginación."
Este juicio de Bartrina tocante á la Atlántida, lo hallamos demasiadamente lijero y poco acorde con la opinión emitida al respecto por tantos sabios de la antigüedad.
Empero, quizá sea una hipérbole la existencia de la pretendida Isla Atlántida emitida por Platón y demás autores citados, pues algunos historiadores más modernos, entre ellos Francisco López de Gomara, en su _Historia General de América_, cap. CCXX, es de opinión que "la gran Isla Atlántida, mayor que Asia y Africa juntas, según lo ha dicho Platón, existió en realidad y EXISTE TODAVÍA, PORQUE NO ES OTRA QUE LA MISMA AMÉRICA;" asentando en apoyo de sus conjeturas, que el Océano Atlántico no es de bastante extensión para haber contenido en su seno una isla ó continente igual á Asia y Africa conjuntamente[70].
Y no solamente Gomara opina que la antigua Atlántida haya formado parte del Continente Americano, sino también varios otros historiadores y geógrafos contemporáneos, como Malte-Brun, en su _Géographie Universelle_; Letronne, en su _Essai sur les Andes cosmographiques_; Gosselin, en su _Géographie de l'Amérique_; Martín, en sus _Études sur la terre de Platon_; Postel, en su _Cosmogonie descriptive_; y Welflict, en su _Histoire Universelle des Indes Orientales_; reconociendo todos, la misma afirmación asentada al respecto por Gomara.
El presbítero Juan de Velasco, en el tomo I, de su _Historia del Reino de Quito_, pág. 151, robustece aún más la opinión de Gomara, pues dice: "El que hubiese habido antiguamente comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, es asunto que puede llamarse no sólo verosímil, sino también demostrado en el día. Lo persuaden así las observaciones y cartas del bajo fondo que Mr. Buache presentó á la Academia de París en el año 1737, las cuales, examinadas después, demuestran la dirección de montes subaqueos, puestos como sobre una cordillera, desde el cabo Tagrin de Africa hasta la costa del Brasil en América."
Cuanto á la opinión de los mismos autores antiguos, de haberse sumergido la Atlántida con un gran cataclismo producido por lluvias torrenciales, ó irrupciones volcánicas que grandes terremotos produjeran, el predicho Gomara supone que aquel funesto acontecimiento pudo haber tenido lugar sólo en la parte que quizá antiguamente unía la Africa con la América; en cuyo caso Platón habría sufrido involuntariamente un error, sin haber querido inventar una fábula, como lo pretenden algunos, entre otros el P. José de Acosta, que en su _Historia Natural_, cap. XXII, dice: "Todo lo referido por Platón en su _Timeo_, respecto de la pretendida Isla Atlántida, es fábula." Este mismo concepto del P. Acosta ha sido combatido por algunos escritores contemporáneos suyos, entre ellos, el P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, desde la pág. 146 hasta la 151, probando que los intérpretes de Platón, como Crantor, Marcilio, Ficino y Plotino, en la antigüedad, Juan Serrano, posteriormente, tienen por verídico lo referido por el filósofo de Atenas en su _Diálogo de Timeo_. Además, Platón ha sido tenido en todo tiempo en tan grande estima y reputación en materia de filosofía, de historia y aún de teología, que su gran saber le ha merecido el epíteto de «Divino.» Sietecientos y cincuenta años antes de que Platón escribiera su _Timeo_, según él mismo lo asevera, "sucedió la guerra entre los Atenienses y los Atlantes, y después hubieron espantosos terremotos y extraordinarias lluvias que inundaron completamente la isla, desapareciendo de la superficie del Océano." Según lo refiere el mismo Platón, si la guerra entre los Atenienses y Atlantes tuvo lugar en el siglo trigésimo de la Creación del Mundo, según la cronología hebráica, sobreviniendo en seguida la espantosa catástrofe á que alude el gran filósofo griego, evidente es, que la América (ó sea la misma Atlántida, á juicio de Gomara), pudo haber sido habitada desde tiempos inmemoriales, como lo comprueban los esqueletos humanos que, junto con osamentas de mamíferos de las épocas Terciaria y Cuaternaria se han encontrado en el suelo de este Continente, restos que, hipotéticamente hablando, se remontan á una época antediluviana.
En resumen, eminentes hombres de ciencia de la actual época, después de largas investigaciones practicadas últimamente tocante á la Atlántida, han llegado á la conclusión de que esta famosa isla existió en verdad, como lo demuestran en las publicaciones que en estos últimos tiempos se han hecho en Berlín, corroborando, también, que la isla Atlántida formaba parte de un vasto Continente, que no pudo ser otro que el de Africa ó de América, hace ya como unos quince mil años, habiendo desaparecido á raiz de un colosal fenómeno sísmico, que la borró del Mundo para siempre. En tal virtud, las conclusiones emitidas por esos hombres de ciencia, parecen confirmar la obscura tradición que dejara Platón.
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Volviendo á los primitivos habitantes de América, al atenernos á la tradición hebráica, tanto ellos como todos los de la Tierra entera, (salvo Noé y su familia), habrían perecido en la catástrofe del Diluvio Universal[71], acaecido, según algunos cronologistas, 1656 años después de la Creación (ó 2348 antes de la era cristiana). Desde esta catástrofe universal trascurrió mucho tiempo para que el Nuevo Mundo volviera á repoblarse, pues los hijos de Noé llamados Sem, Cam y Jafet, vivieron en las llanuras de Senaar, entre el Tigris y el Eufrates, y tuvieron gran descendencia, multiplicándose extraordinariamente en el decurso de los cuatrocientos años que, se supone, mediaron desde el Diluvio hasta la construcción de la Torre de Babel, monumento que los descendientes de Noé intentaron elevar en muestra de su poder y orgullo; pero este intento desagradó tanto al Criador, que, en castigo de la osadía de esos hombres, hizo que se confundiera la lengua de tal modo, que no entendiéndose los unos con los otros, se separaron, quedando la torre sin concluirse: á la confusión de las lenguas en Babel, sucedió la dispersión del linaje humano, formándose, desde entonces, todos los reinos de la Tierra.
Los descendientes de Sem (cuyos hijos fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aran) fueron los que menos se extendieron por el mundo, pues permanecieron en la Asia Occidental, cuna del Género Humano, después del Diluvio.
Los descendientes de Cam (cuyos hijos fueron Cus, Misraim, Fut y Canaán), se propagaron por el Occidente de Asia y por el norte y oriente de Africa; y los descendientes de Jafet[72], cuyos hijos fueron Goomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mosoc y Tiras), ocuparon en Europa y Asia dilatadas regiones, dominando países poblados antes por los de Sem, y sometiendo á los de Cam, siendo estos descendientes de Jafet los que formaron las dos razas más numerosas y difundidas por todo el mundo, cuales son, la _Turania_, que desde el centro de Asia se extendió hasta la cuenca del Danubio, en Europa, y la llamada _Indo-Europea_, que se dilató desde la India hasta el occidente de Europa, y después hasta el hemisferio de América y de Oceanía[73]. Estas tres grandes razas apesar de su separación han conservado siempre la semejanza de su origen.
Fracciones de alguna de esas razas (probablemente la de Jafet) atravezarían talvez la gran isla de la Atlántida (quizá parte de la misma América), cuya existencia en aquellos remotos tiempos, como lo hemos dicho ya, es testificada por numerosos autores antiguos, y de ahí, según opinión de esos mismos autores, pasarían á las playas del Nuevo Continente, estableciéndose allí y repoblando ese Hemisferio.
Posteriormente, con el trascurso de los tiempos, de presumir es, que varias otras inmigraciones se dirigirían al Nuevo Mundo, antes del funesto hundimiento de la Isla Atlántida, cuya fecha exacta no conserva la tradición, si bien Platón da á entender que esa catástrofe aconteció por el año 3163 de la Creación.
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Si se tratara de averiguar cuáles serían las causas primordiales de esas inmigraciones en aquellos tiempos lejanos, podrían atribuirse, en parte, y quizá sin equivocarse, á las no interrumpidas guerras que entonces devastaban y diezmaban las diversas nacionalidades del Antiguo Mundo, entre las cuales figuraban ya grandes Estados.
Para que se juzgue cuán fundada puede ser nuestra hipótesis, citaremos algunas de esas numerosas guerras de exterminio, ciertos de que, por su relación, no será aventurado, lo repetimos, colegir que ellas han podido, en parte, influir en las diversas inmigraciones que tanto de Europa, de Africa y de Asia han aportado á las playas americanas, en esas épocas remotas, en busca de un país al abrigo de esas guerras vandálicas que en los Antiguos Continentes causaran la desaparición de tantos reinos é imperios.
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El Egipto es la nación civilizada más antigua de la Tierra, pues se remonta á una época en que todos los demás pueblos estaban aún en completa barbarie: era ya floreciente en tiempo de Abraham (2296 años antes de la era cristiana), pues su dinastía de reyes, según Manethon, sacerdote egipcio y autor de la _Historia Universal de Egipto_ (que vivió en el reinado de Ptolomeo Filadelfo, 263 años antes de J. C. y encargado de custodiar los archivos sagrados en el templo de Hierópolis), se remonta al quincuagésimo primer siglo y aún más lejos, siendo, sin disputa, una de las monarquías más antiguas del Mundo, y, con razón, señalados sus habitantes, por algunos egiptólogos, como unos de los primeros pobladores de América.
Los Egipcios tuvieron guerras durante muchos siglos consecutivos. Primero, contra los Hyksos de la Caldea ó reyes pastores, que invadieron ese reino, y contra los cuales lucharon durante ciento cincuenta años, lucha que al fin terminó con la expulsión de los invasores, consumada por el rey de Tebas, Ahmes ó Amosis I, recobrando entonces el Egipto su anterior esplendor. Mas, en la larga lucha contra los Hyksos, los soberanos de Egipto se hicieron conquistadores, pues invadieron sucesivamente la Etiopia, la Escitia, la Tracia, la Siria, la India, la China y el Japón, sosteniendo guerras que duraron el largo espacio de cinco siglos. Años más tarde, lucharon nuevamente los Egipcios contra los Etiopes, que se desbordaron sobre ese reino y se aliaron con Oseas, rey de Judea, para resistir á Salmanazar, rey de Asiria. Por fin, Cambises, rey de Persia, invadió también este reino y lo sometió á su vez á su dominio, hasta que, con la muerte de Cleopatra, cayó bajo la tutela de los Romanos, quienes lo redujeron á provincia de su imperio, en el año 29 antes de J. C.
De suponer es, que en tantos siglos de luchas sostenidas por los Egipcios, algunas colonias huyeran de las devastaciones que aniquilaban su país, dirigiéndose á América, pues, como dice la Historia, ellos fueron muy diestros en la navegación.
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La Grecia fué la primera nación en el arte de navegar, (después de los nietos de Noé, por la sucesión de Jafet) pues la navegación de Argos, en tiempo de Fineo, rey de Bitinia, es la más remota de todas las conocidas.