I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

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Otros autores conjeturan que los Indios de América son originarios de los Fenicios, fundándose en la opinión de Aristóteles, que en su libro _Mirabilibus Auscultationibus_, lib. II, cap. IV, dice: "Unos Fenicios navegaron cuatro días hacia el occidente, con el viento oeste, y aportaron á unas islas incultas que estaban en continuo movimiento, subiéndolas y cubriéndolas el mar, dejando en seco gran cantidad de atunes, que comerciaban trayéndolos salados, con ganancia considerable;" islas que se cree sean las del archipiélago de los Azores; opinando algunos que de allí pasaron á las islas Hespérides y después á Tierra Firme de América, viaje, que, según cálculos, efectuaron los Fenicios en la Olimpiada 110, pues al decir de Dionisio Halicarnaso, en su _Vita Aristoteles_, Aristóteles nació en la Olimpiada 99 de la Creación del Mundo (3670, ó sean, 1293 años antes de J. C.) De este viaje discurren varios autores, entre ellos Juan de Solórzano, en su _Política Indiana_, lib. I, cap. V, fol. 20, que unos de los primeros pobladores de América fueron Fenicios, fundándose, igualmente, en la semejanza de las costumbres y ceremonias de éstos y de aquellos. Además, invocan dichos autores, en apoyo de su aserto, que á los Fenicios se les atribuye ser los primeros en el arte de la navegación, en dar batallas marítimas, en someter á los pueblos sus vecinos, como dice el historiador judío, Claudio Josefo, en su _Autobiographia_; el geógrafo prusiano, Felipe Cluvier, en su _Universam Geographiam_, y el religioso servita, Felipe Ferrari, en su _Lexicon Geographiam_.

Además, la opinión de los autores citados se funda también en la semejanza de lengua, religión y costumbres de los Fenicios con las de los Indios americanos, pues muchas voces de la lengua fenicia (que es la hebrea antigua y que después fué dialecto de ésta), son iguales en significado que la de los Indios. Los Fenicios, como los Americanos, practicaban, dicen, la circuncisión; y la idolatría de unos y otros en sacrificar niños y mujeres, se observaba en ambas razas, pues, según el P. Cogolludo, en su _Historia de Yucatán_, lib. IX, cap. 403: "Por singular diré un modo de sacrificar que tienen (los de Yucatán) semejante al que se hacía al ídolo Moloch (de los Fenicios), que siendo de bronce ó metal, de hechura de un hombre hueco y abierto por la espalda, tendidos los brazos, ponían en ellos la miserable víctima racional que sacrificaban, y dándola fuego, quedaba allí abrasada." "¿Quién pudo llevar á Yucatán sacrificio tan particular, añade el P. Fr. Gregorio García, en su _Origen de los Indios_, lib. IV, parágrafo VII, pág. 236, sino los mismos Fenicios que poblaron á Nueva España?" agregando "que no sólo sacrificaban los enemigos, sino que estos sacrificios eran en tan gran número, que de los sacrificados podía volverse á poblar el Nuevo Mundo."

Posteriormente, el Dr. Amend, en su obra _Los Fenicios descubridores de América_, para sostener su opinión de ser éstos originarios de los Indios Americanos, dice, también, que las creencias religiosas de los Aztecas guardan una extraordinaria semejanza con las de los Fenicios, pues adoraban un ídolo medio hombre, medio animal, al que ofrecían en abundancia sacrificios humanos, y era análogo al Baal ó Moloch de los Fenicios." Además, agrega este autor, por las tradiciones de los Aztecas sobre su origen y los monumentos pictóricos que han escapado del furor de destrucción de los Españoles, se colije que la civilización primitiva de la América Central procede del Yucatán y de los distritos vecinos. Al efecto, dice, es tradición que mil años antes de la era cristiana, Votán y su pueblo vinieron del oeste en siete embarcaciones; que en la costa americana, desde el Estrecho de Darién hasta California, encontraron habitantes sumidos en la mayor abyección; que Votán hizo cuatro viajes á su país y que en uno de ellos visitó la ciudad de las tres serpientes (Benares, sobre el Ganges) y las ruinas de la Torre de Babel; que después de estos cuatro viajes se estableció en la América Central, fundando allí la ciudad de Palenque, que es la más antigua de América, siendo por consiguiente Votán el primer legislador americano. El Dr. Amend deduce de allí la conformidad entre el arte arquitectónico de los Aztecas y de los Fenicios ó sea el arte egipcio (siendo los Fenicios el único pueblo que en aquellos tiempos pudo residir en Egipto). Empero, los ornamentos arquitectónicos de los monumentos de Centro América y México guardan cierta analogía con los de los Asirios, Persas, Griegos y Egipcios, debido, según opinión del Dr. Amend, á que los Fenicios por su comercio entraron en relaciones con estos pueblos, apropiándose de un gran número de estilos para su arte y arquitectura, y por eso, dice, se hallan, sobre todo en México, donde más claramente se presentan las señales de la civilización fenicia: esas combinaciones de ornamentos empleados por los Fenicios, proceden del arte de aquellos diversos pueblos. Después de estas conjeturas, concluye el Dr. Amend diciendo que los Aztecas (con cuyo nombre designa en general á los habitantes de la América Central y México), son productos de la civilización fenicia, pues cree que los buques de éstos, tanto por su tamaño y construcción, cuanto por su tripulación, eran capaces de emprender tales expediciones, y que las familias transportadas en esos buques eran bastante numerosas para poblar las islas del mar del Sur, así como una parte del Continente americano, para ejercer una influencia entre los abyectos aborígenes del país.

Sobre este mismo punto, el Dr. Pablo Félix Cabrera, de Guatemala, publicó en Londres, en 1822, un _Examen Crítico de la Historia de América_, en el que afirma que todos los que desde principios del siglo XIX han escrito sobre el origen de los Americanos, deben acusarse de negligentes, por haber pasado en silencio la «Constitución Diocesana del Obispo de Chiapa,» Dr. Francisco de Vega, impresa en Roma, en 1702, en la que este prelado hace referencia á un pequeño tratado histórico escrito en lengua índica por Votán, señor de Tapanahuasec, el que vió la gran casa (probablemente la Torre de Babel), que se elevaba desde la Tierra hasta el Cielo. Según tradición de los Indios, los preciosos documentos de su historia fueron colocados por el mismo Votán en la Casa Lóbrega ó subterránea construida por él, confiando su custodia á una mujer distinguida y á cierto número de indios plebeyos que debían ser designados anualmente á este efecto: sus órdenes fueron respetuosamente observadas durante varios siglos por los habitantes de Tacoaloya, en la provincia de Soconuzco; documentos que fueron destruídos por el Obispo Vega, cuando este prelado hizo su visita episcopal á Tacoaloya, en 1691[48].

En fin, parece haber evidencia que los Fenicios visitaron el Continente del Nuevo Mundo en tiempos remotos, pues el sabio Humboldt refiere que un misionero franciscano encontró en una caverna de la orilla occidental del Cauca, cerca de Uruana, una roca de granito que tenía esculpidos caracteres semejantes al alfabeto fenicio, caracteres que han confirmado, en parte, la probabilidad de que los Fenicios hayan sido unos de los primeros pobladores de esta sección de América.

También en la embocadura del río Tantón, en Massachussetts, se encontró otra roca con caracteres fenicios. En 1873, se halló en el Brasil otra piedra con una inscripción fenicia en ocho renglones, que, según su traducción, inducen á creer que en el reinado de Hiram, una expedición de Fenicios de Sidonia salió del puerto de Aziongabar (hoy Akaba), en el Mar Rojo, la que navegó durante doce meses lunares á lo largo de la costa de Egipto, y que, extraviada de su derrotero por un fuerte temporal, aportó á las costas del Nuevo Continente. Esa piedra con esa inscripción fenicia, es, se dice, una de las más antiguas y la más notable constancia de que los Fenicios ocuparon, primero, las regiones orientales, y pasaron de allí á las regiones occidentales de América.

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No han faltado autores entre ellos Kircher, en su _Œdipus Ægiptiacus_ que hayan alegado que los Egipcios sacaron de su tierra numerosas colonias con las que poblaron la China, el Japón y las Indias Occidentales, pues, dicen, eran muy diestros en la navegación y hábiles en las guerras navales: agregan que los indios mexicanos no solamente heredaron sus costumbres, sino que se asemejaban en sus prácticas, observando que la división del tiempo era semejante en unos y otros, pues partían el año en dieziocho meses, cada uno de veinte días ó sean trescientos setenta al año, dejando cinco días fuera de él, que los Mexicanos denominaban _Nemontemi_ y los Egipcios _Nisi_ ó _Epagomenos_. En las pirámides de ambas razas, dicen también, se reconoce igualmente semejanza, porque si los reyes de Egipto las fabricaban con tanto gusto y solidez, en Teotihuacan de México, existen también algunas que tienen más de sesenta varas de ancho y ciento cincuenta de alto, en cuyas cimas colocaban los Indios las imágenes del Sol y la Luna, junto á las cuales hay otras pequeñas en que se enterraban los caciques; pirámides que, según opinión del insigne cosmógrafo mexicano Carlos de Sigüenza[49], en su obra _Mercurius volans et novum Mexicam restauratum præ se ferens_, deben haber sido hechas algunos siglos después del Diluvio Universal. Igual semejanza, dicen los mismos autores, se nota entre los laberintos de Tezcuco en México y el de Heracleópolis en Egipto; y también traen á colación la similitud en la superstición é idolatría de unos y otros, pues que ambos adoraban el Sol, la Luna, las estrellas y los animales; como asimismo los dos pueblos usaban la poligamía y creían en la trasmigración de las almas.

Por otro lado, el abate Brasseur de Bourbourg y últimamente Mr. Jorge Meikleyson, afirman que las ruinas de los antiguos monumentos de Yucatán tienen mucha semejanza en su arquitectura con los antiguos monumentos de Egipto, á excepción de los geroglíficos, que en ambos países no guardan ninguna analogía. También, según estos últimos autores, en los idiomas egipcio y mexicano existen ciertas analogías lingüísticas. Empero, nada se puede confirmar al respecto, mientras un futuro Champillión no descubra la llave de los geroglíficos que se ostentaban en las antiquísimas murallas de los monumentos de México y de la América Central. Otros autores opinan, que tanto en los geroglíficos de los monumentos egipcios, cuanto en el antiguo idioma griego, se hallan muchas voces quechuas, como lo confirma el egiptólogo Bunsen en su obra _Misión del Egipto en la historia del Mundo_, y con él otros sabios, lo que induciría á creer que los Mexicanos fueron descendientes de los Egipcios.

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Otra versión es, que los Troyanos, por los años 2806 de la Creación del Mundo, ó sea 2164 años antes de la era de Cristo, navegaron á las Indias Occidentales y poblaron aquellas comarcas, pues así lo asevera el P. Simón de Vasconcelos en su _Noticia del Brasil_, libro X, N^{o} 90, diciendo: "Otros dijeron que estos primeros pobladores fueron de naciones Troyanas y compañeros de Eneas, que, después de derrotados por los Griegos, en la famosa destrucción de Troya, se dividieron, buscando tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales se engolfaron en el largo Océano y pasaron á las partes de América." Vasconcelos, para sostener ese fundamento, se apoya en un pasaje del lib. III, de la _Eneida_ de Virgilio, que al referirse al sitio de Troya, dice que después de la destrucción de esa antigua ciudad, "los Troyanos se dispersaron, peregrinando por varias tierras lejanas y desiertas."

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Los Chinos, por su parte, conservan tradición de ser progenitores de los Indios Orientales y Occidentales, y que ellos, en unión de los Tártaros, Japoneses y Coreanos, atravesaron el estrecho marítimo de Annián, vinieron en seguida por tierra al reino de Quivirá y poblaron México, Panamá, Perú y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales. A este respecto, Bartolomé Leonardo de Argensola en su _Historia de la Conquista de las Molucas_, lib. I, fols. 11 y 12, asevera lo mismo y se funda para ello en la coincidencia de tener los Chinos é Indios el mismo color, flojedad, superstición y poca caridad. En conformidad con lo referido, se citan nombres de pueblos del Perú, México y otras partes de América, iguales á los de poblaciones de la China, del Japón y de Corea. Otras razones alegan algunos escritores para suponer que los Indios de América descienden de los Chinos y Tártaros, y es, á más de la conformidad de color, la semejanza de las facciones y disposición del cuerpo, el usar las trenzas del pelo, el aplastarse la cabeza los Conibos y los pies los Chinos, el canto de los Campas idéntico en el tono al de los Chinos; los dibujos de los Indios representando letras chinas; los muchos vocablos idénticos en el idioma de los aborígenes á los de los Chinos y que expresan la misma idea; como también ciertas costumbres y creencias, como adorar al Sol por Dios, reconocer un Dios superior á las otras divinidades, contar los meses por lunaciones, sepultarse con sus criados y riquezas, juzgando que hacían un viaje á la otra vida, y algunos otros usos y costumbres, semejantes entre ambas razas.

Autorizados autores sostienen, también, el hecho de ser los Chinos los progenitores de los Indios de América. Mr. Alejandro Darley, sacerdote que ha pasado muchos años realizando investigaciones históricas en Oriente, dice que el Continente de la América del Norte lo descubrió (diezisiete siglos antes de emprender Colón su descubrimiento) un marino de la China, llamado Hi-Li, el que desembarcó en la costa del Pacífico, el día 10 de Junio del año 207, antes de Cristo, cerca del punto donde hoy se alza la ciudad de Monterrey en California. Es tradición que el capitán Hi-Li volvió á su país con la noticia del descubrimiento que había efectuado, y, durante más de cien años, los barcos hicieron innumerables expediciones á la costa del Pacífico, sin intentar siquiera colonizar el nuevo país, y al fin suspendieron sus expediciones.

En apoyo del tiempo remotísimo en que los Chinos abordaron las playas de América, es notable el hecho del hallazgo que, últimamente, se ha hecho en las costas de Alasca, de una moneda acuñada hace más de mil años en el Celeste Imperio, la que posee, junto con otras monedas orientales, el que fué cónsul chino en Washington[50]. En la misma región hallaron los indios una antiquísima tumba en la que se lee en caracteres chinos, el nombre de Li-Lei-Lau. Además, se han encontrado otras reliquias que demuestran, de un modo evidente, que los Chinos vivieron en Alasca, muchos años antes de la Era Cristiana.

Cerca de San Miguel Amantla, en México, se descubrió recientemente una figura ó estatuita de tierra cocida, de unas siete pulgadas de alto, representando un chino, con ojos oblícuos, pantalón bombado y vestidos amplios, con grandes aros en las orejas, y en la cabeza el casquete con un botón en el medio, tal como lo llevan los mandarines. Junto á esa estatuita, que se calcula tenía ya más de 1500 años de enterrada allí, se halló el esqueleto de un hombre que representaba el tipo mongol, y que conservaba aún, al rededor del cuello, un collar de bolitas de una masa verde que jamás se encontró en México. Estos y otros hallazgos parecen comprobar que la antigua civilización de la América del Norte fué de origen chino ó mongol.

Algunos sabios del Celeste Imperio suponen, también, que los Indios de Norte América descienden de los tripulantes de algún barco chino, que hace más de veinte siglos fué arrojado por los temporales á las costas norte-americanas, y que, no pudiendo regresar á su país, se establecieron en aquella región, donde fueron extendiéndose.

Y, para corroborar aún más la existencia de Chinos en el suelo americano, en tiempos remotísimos, el Encargado de Negocios de China en México, Tun-Pul-Shun, hombre erudito y de vastos conocimientos en materia de antigüedades, ha manifestado, con pruebas abrumadoras, ante los miembros del Congreso de Americanistas, reunido en México, en 1910, que en las ruinas de San Juan Teotahuacan observó, con gran sorpresa, en uno de los artefactos desenterrados, una inscripción de uso corriente en su patria; artefacto que enseñó á los mismos miembros de ese Congreso, opinando que México fué en parte descubierto por sus paisanos. Y para afirmar más la veracidad de su dicho, Tun-Pul-Shun explicó que, efectivamente, es tradición en China, que en tiempo del reinado de Chun-Shi-Woo, una expedición compuesta de tres mil personas, entre las que iban bellísimas mujeres, salió á órdenes de un eminente sabio, de Pekin, á descubrir é invadir el Japón. Dicha expedición se hizo á la mar en pequeños bajeles, de los que nunca se volvío á tener noticias. Trascurrido algún tiempo, se descubrió la tumba del caudillo expedicionario en tierras japonesas, pero no se encontró indicios del resto de los tripulantes, creyéndose que algunos barcos hayan sido arrastrados á costas mexicanas, en donde desembarcaron, mezclándose con indios Toltecos, á quienes legaron sus costumbres y creencias.

El sabio barón Alejandro de Humboldt, en su obra titulada _Monumentos de América_, dice: "Por poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones Toltecas, sobre las instituciones monásticas, los ritos del culto, el calendario, la forma de los monumentos de Cholula, Sogomoso y Cuzco, se infiere que no fué del norte de Europa de donde los Quetzalcoath[51], Bochica[52] y Manco Capác[53] han sacado el código de sus leyes: todo parece conducirnos mas bien hacia el Asia y á los pueblos que han tenido contacto con los Tibetinos, Tártaros, Samnistas y Ainos barbudos de las islas de Fesso y Sachalin." El mismo Humboldt, agrega, que analogías en la conformación de la cabeza, como también analogías del idioma, hacen presumir que individuos de la raza china arribaron á la costa nordeste de América, y de allí al sud y al este de los ríos Gila y Missouri, no siendo extraño encontrar, entre los pueblos americanos, ídolos y monumentos arquitectónicos de un mismo carácter geroglífico, una noción exacta de la duración del año y algunas tradiciones referentes al primitivo estado del Mundo, que recuerdan los conocimientos, las artes y las opiniones religiosas de los pueblos asiáticos.

Juan Ranking, en su libro _Conquistas del Perú, México, Bogotá, Natchez y Tolomeca por los Mongoles_, para probar, á su juicio, que los Indios americanos descienden de raza asiática, dice: "Timoudgyn, hijo de Pikoutaï, jefe de una tribu de los Mongoles[54] residentes á las orillas del lago Baikal, en Siberia, fué proclamado _Gran Khan_, con el título de Genghis, el año 1205. Antes de la muerte de su nieto Kublai, el continente de Asia fué casi subyugado: la Europa se puso en consternación; el Japón fué invadido, y por los efectos de un temporal, el Perú y México fueron destinados para recibir á los generales y tropas que escaparon de esa poderosa expedición. Cuando estos Mongoles llegaron á América, la encontraron en un estado de completa ignorancia; pero, repentinamente, se fundaron dos imperios con la pompa, ceremonias y grandezas de los soberanos asiáticos: la arquitectura, que compite con los admirables trabajos de los Romanos; la elegancia de las obras de los plateros, que sorprenden aún á la vista de las más delicadas de los Europeos; el orden, la justicia, subordinación, leyes, instituciones civiles y militares, religión y costumbres, son tan idénticas á las de la familia Tschingis-Khan, que no puede dudarse por un momento su descendencia." El mismo autor, en un rapto de extravagante desvarío, agrega que "Manco-Capác[55] fué hijo del gran Khan-Kublai, que gobernó los Mongoles hasta el año 1257, y murió en el sitio de Hochen, en China, y por consiguiente nieto de Tschingis-Khan; que el abuelo de Montezuma fué un noble Mongol de Tangut." Ranking, pretende, además, fijar el origen de los Toltecos y Guatemaltecos, por las emigraciones tártaras que han tenido lugar hacia mediados del siglo vi, opinión que también es sostenida por Humboldt.

Mariano Eduardo de Rivero, en su _Estudio general de América_, y junto con él otros historiadores, opinan "que á consecuencia de las guerras entre los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la expulsión de estos últimos al norte de Asia, una parte pasó el estrecho de Behring, y fueron esos los jefes que fundaron les imperios de América." Tchudi y Ribero, en sus _Antigüedades Peruanas_, dicen también "No admite duda que Quetzalcolt, Bochica, Manco-Capác y demás reformadores de la América Septentrional, Central y Meridional, eran sacerdotes budhistas que por su doctrina superior y civilizatriz, consiguieron señorear los ánimos de los indígenas y elevarse á la supremacia política." Al aceptar, á este respecto, la apreciación de Humboldt, Ranking, Tschudi y demás escritores, de presumir es, que el número de esos invasores haya sido muy considerable[56].

El anticuario inglés Mr. Brerewood pretende también que la América ha sido poblada originariamente por pueblos tártaros.

Mr. de Guignes, que ha compulsado los anales del Celeste Imperio, asegura que los Chinos comerciaban con América hacia el año 458 de la era actual, y que remontaron hasta la costa frente al Kamtchatka, siendo positivo que los Chinos poseían, en aquella época, flotas capaces de arribar á las Indias Occidentales.

Vásquez de Coronado, en su expedición (1539) vió en las costas de México, cuatro navíos con proas adornadas de oro y plata, cuyos capitanes le dijeron que acababan de navegar treinta días en viaje de la China.

Según Pedro Menéndez de Avilés, hallóse en las costas del Mar del Norte los cascos de varios bajeles chinos, y también se asegura que en el puerto de Guatusco, en México, se vió negociantes vestidos de seda, que se supone eran Chinos. Notable es, dice este último autor, que el hermoso monumento piramidal de los alrededores de Guatusco, llamado el «Castillo,» es uno de los que tiene más semejanza con la arquitectura china.

En fin, muchos autores creen que el Asia septentrional ha poblado el norte de la América.

Tocante á las lenguas, se asevera que el dialecto de los indios Mohawks es casi semejante en un todo al idioma tártaro.

Mr. Duponceau, en una disertación latina escrita por un sabio Mexicano sobre las lenguas indígenas de Anahuac, prueba la grande analogía de estas lenguas con el idioma chino, principalmente la Otomi, que no solamente tiene similitudes de palabras, sino similitudes gramaticales, cuyas formas de construcción son las mismas que el idioma chino; lo que prueba, dice este autor, la comunicación más ó menos directa que ha habido entre los Chinos y los Anahuacos.

En los tiempos más cercanos á nosotros, algunas otras relaciones entre la América y los Chinos ó Mongoles han sido señaladas.

No solamente los autores citados, sino la mayoría de los historiadores, atribuyen á los asiáticos el mérito de haber introducido la civilización primitiva en América, trazando, al efecto, muchos paralelos entre éstos y las primeras razas del Continente Americano, en sus tradiciones, costumbres, y, sobre todo, en la similitud de sus rasgos fisionómicos.

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