Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)
Part 7
LOS MELIOS.-- Pues si vosotros por aumentar vuestro señorío, y los que están en sujeción por eximirse y libertarse de servidumbre se exponen a tantos peligros, gran vergüenza y cobardía nuestra será, si estando en libertad, como estamos, la dejásemos perder y no hiciésemos todo lo posible, antes de caer en servidumbre.
LOS ATENIENSES.-- No es lo mismo en este caso, ni tampoco obraréis cuerdamente si os guiáis por tal consejo, porque vuestras fuerzas no son iguales a las nuestras, y no debe avergonzaros reconocernos la ventaja. Por tanto, lo mejor será mirar por vuestra vida y salud, que no querer resistir, siendo débiles, a los más fuertes y poderosos.
LOS MELIOS.-- Es verdad, pero también sabemos que la fortuna en la guerra muchas veces es común a los débiles y a los fuertes, y que no todas favorece a los que son más en número. Por otra parte entendemos que el que se somete a otro, no tiene ya esperanza de libertarse, pero el que se pone en defensa, la tiene siempre.
LOS ATENIENSES.-- La esperanza es consuelo de los que se ven en peligro, aunque algunas veces trae daño a los que tienen causa justa, porque tenerla, y bien grande, no los echa a perder por completo, como hace con aquellos que todo lo fían en esto de esperar, lo cual es peligroso, pues la esperanza, a los que se han confiado en ella en demasía, no les deja después vía ni manera por donde poderse salvar. Por lo cual, vosotros, pues os conocéis débiles y flacos y veis el peligro en que estáis, os debéis guardar de él y no hacer como otros muchos que, teniendo primero ocasión de salvarse, después que se ven sin esperanza cierta acuden a lo incierto, como son visiones, pronósticos, adivinaciones, oráculos y otras semejantes ilusiones, que con vana esperanza llevan los hombres a perdición.
LOS MELIOS.-- Bien conocemos claramente lo mismo que vosotros sabéis, que sería cosa muy difícil resistir a vuestras fuerzas y poder, que sin comparación son mucho mayores que las nuestras, y que la cosa no sería igual; confiamos, sin embargo, en la fortuna y en el favor divino, considerando nuestra inocencia frente a la injusticia de los otros. Y aun cuando no seamos bastantes para resistiros, esperamos el socorro y ayuda de los lacedemonios, nuestros aliados y confederados, los cuales por necesidad habrán de ayudarnos y socorrernos, cuando no hubiese otra causa, a lo menos por lo que toca a su honra, por cuanto somos población de ellos, y son nuestros parientes y deudos. Por estas consideraciones comprenderéis que con gran razón hemos tenido atrevimiento y osadía para hacer lo que hacemos hasta ahora.
LOS ATENIENSES.-- Tampoco nosotros desconfiamos de la bondad y benignidad divina, ni pensamos que nos ha de faltar, porque lo que hacemos es justo para con los dioses y conforme a la opinión y parecer de los hombres, según usan los unos con los otros; porque en cuanto toca a los dioses, tenemos y creemos todo aquello que los otros hombres tienen y creen comúnmente de ellos; y en cuanto a los hombres, bien sabemos que naturalmente por necesidad, el que vence a otro le ha de mandar y ser su señor, y esta ley no la hicimos nosotros, ni fuimos los primeros que usaron de ella, antes la tomamos al ver que los otros la tenían y usaban, y así la dejaremos perpetuamente a nuestros herederos y descendientes. Seguros estamos de que si vosotros y los otros todos tuvieseis el mismo poder y facultad que nosotros, haríais lo mismo. Por tanto, respecto a los dioses, no tememos ser vencidos por otros, y con mucha razón; y en cuanto a lo que decís de los lacedemonios, y de la confianza que tenéis en que por su honra os vendrán a ayudar, bien librados estáis, si en esto solo os tenéis por bienaventurados, como hombres de escasa experiencia del mal; mas ninguna envidia os tenemos por esta vuestra necedad y locura. Sabed de cierto que los lacedemonios entre sí mismos, y en las cosas que conciernen a sus leyes y costumbres, muchas veces usan de virtud y bondad, mas de la manera que se han portado con los otros, os podríamos dar muchos ejemplos. En suma os diremos por verdad lo que de ellos sabemos, que es gente que solo tienen por bueno y honesto lo que le es agradable y apacible, y por justo lo que le es útil y provechoso; por lo cual, atenerse a sus pensamientos, que son varios y sin razón en cosa tan importante como esta en que os van la vida y las honras, no sería cordura vuestra.
LOS MELIOS.-- Decid lo que quisiereis, que nosotros creemos en ellos y tenemos por cierto que, aun cuando no les moviese la honra, a lo menos por su interés y provecho particular no desampararían esta ciudad poblada por ellos, viendo que por esta vía se mostrarían traidores y desleales a los otros griegos sus aliados y confederados, y esto redundaría en utilidad y provecho de sus enemigos.
LOS ATENIENSES.-- Luego vosotros confesáis que no hay cosa provechosa si no es segura, y asimismo que no se ha de emprender cosa alguna por el provecho particular, si no hay seguridad, y que por la honra y justicia se han de exponer los hombres a peligro, lo cual los lacedemonios hacen menos que otros algunos.
LOS MELIOS.-- Verdaderamente pensamos que se aventurarán y expondrán a peligro por nosotros, pues tienen motivo para hacerlo más que otros algunos, por ser nosotros más vecinos y cercanos al Peloponeso, lo que les permite ayudarse mejor de nosotros en sus haciendas, y podrán más seguramente confiar en nosotros por el deudo y parentesco que con ellos tenemos, pues somos naturales y descendientes de ellos.
LOS ATENIENSES.-- Así es como decís, mas la efectividad del socorro no consiste de parte de los que le han de dar en la confianza y benevolencia que tienen a los que lo piden, sino en la obra, considerando si son bastantes sus fuerzas para podérselo dar. En esto los lacedemonios tienen más miramiento que otros, porque desconfiados de sus propias fuerzas, buscan y procuran las de sus aliados para acometer a sus vecinos, por lo cual no es de creer que conociendo que somos más poderosos que ellos por mar, quieran aventurarse ahora a pasar a esta isla a socorreros.
LOS MELIOS.-- Aunque eso sea, los lacedemonios tienen otros muchos hombres de guerra, sin ellos, que pueden enviar, y la mar de Creta es tan ancha, que será más difícil a los que la dominan poder encontrar a quienes quieran venir por ella a esta parte, que no a los que vinieren ocultarse a sus perseguidores. Aun cuando esta razón no les moviere a venir, podrán entrar en vuestras tierras y en las de vuestros aliados, es decir, en las de aquellos contra quien no fue Brásidas, y por esta vía os darán ocasión para que penséis más en defender vuestras propias tierras que en ocupar las que no os pertenecen.
LOS ATENIENSES.-- Vosotros experimentaréis a vuestra costa, si os dejáis engañar en estas cosas, lo que sabéis bien por experiencia de otros; que los atenienses nunca levantaron cerco que tuviesen puesto delante de algún lugar o plaza fuerte por temor. Vemos que todo cuanto habéis dicho en nada atañe a lo que toca a vuestra salvación. Esto solo había de ser lo que entendiesen y debiesen procurar los que están en vuestra apurada situación. Porque todo lo que alegáis con tanta instancia sirve para lo venidero, y tenéis muy breve espacio de tiempo para defenderos y libraros de las manos de los que están ya dispuestos y preparados para destruiros.
Parécenos, pues, que os mostraréis bien faltos de juicio y entendimiento si no pensáis entre vosotros algún buen medio mejor que el de ponderar la vergüenza que podréis sufrir en adelante, lo cual varias veces ha sido muy dañoso en los grandes peligros; y muchos ha habido que considerando el mal que les podría ocurrir si se rindiesen, han aborrecido el nombre de servidumbre que tenían por deshonroso, prefiriendo el de vencidos por considerarlo más honroso. Así, por su poco saber, han caído en males y miserias incurables, sufriendo mayor vergüenza por su necedad y locura, que hubieran sufrido por su fortuna adversa si la quisieran tomar con paciencia. Si sois cuerdos, parad mientes en esto, y no tengáis reparo en someteros y dar la ventaja a gente tan poderosa como son los atenienses, que no os demandan sino cosas justas y razonables, a saber: que seáis sus amigos y aliados, pagándoles vuestro tributo. Y, pues, os dan a escoger la paz o la guerra, que la una os pone en peligro, y la otra en seguridad, no queráis por vanidad y porfía escoger lo peor, que así como es cordura, y por tal se tiene comúnmente no quererse someter a su igual, cuando el hombre se puede honestamente defender, así también es locura querer resistir a los que conocidamente son más fuertes y poderosos, los cuales muchas veces usan de humanidad y clemencia con los más débiles y flacos. Apartaos, pues, un poco de nosotros, y considerad bien que esta vez consultáis la salud o perdición de vuestra patria, que no hay otro término, y que con la determinación que toméis, la haréis dichosa o desdichada.
Dicho esto, se salieron los atenienses fuera. Los melios también se apartaron a otro lugar, y después de consultar entre sí gran rato, determinaron rechazar la demanda de los atenienses, respondiéndoles de esta manera:
LOS MELIOS.-- Varones atenienses, no cambiamos de parecer, ni jamás desearemos perder en breve espacio de tiempo la libertad que hemos tenido y conservado de setecientos años a esta parte que hace está nuestra ciudad fundada; antes con la buena fortuna que nos ha favorecido siempre hasta el día de hoy, y con la ayuda de nuestros amigos los lacedemonios, estamos resueltos a guardar y conservar nuestra ciudad en libertad. Empero todavía os rogamos os contentéis con que seamos vuestros amigos, sin ser enemigos de otros, y que de tal manera hagáis vuestros tratos y conciertos con nosotros para el bien y provecho de ambas partes, saliendo de nuestras tierras y dejándonos libres y en paz.
Cuando los melios hubieron hablado de esta manera, los atenienses, que se habían retirado aparte, mientras ellos discutieron, respondiéronles de esta otra:
LOS ATENIENSES.-- Ya vemos que solo vosotros estimáis, por vuestro propio parecer y mal consejo, las cosas venideras por más ciertas que las presentes que tenéis a la vista, y os parece que lo que está en mano y determinación de otro, lo tenéis ya en vuestro poder como si estuviese hecho. Os ocurrirá, pues, que la gran confianza que tenéis en los lacedemonios y en la fortuna, fundando todas vuestras cosas en esperanzas vanas, será causa de vuestra pérdida y ruina.
Esto dicho, los atenienses volvieron a su campo sin haber convenido nada; por lo cual los caudillos y capitanes del ejército, viendo que no había esperanza de ganar la villa por tratos, se prepararon a tomarla por combate y fuerza de armas, repartiendo las compañías en alojamientos de lugares cercanos, poniendo a la ciudad de Melos cerco de muro por todas partes, y dejando guarnición, así de los atenienses como de sus aliados, por mar y por tierra. Hecho esto, la mayor parte del ejército se retiró, y los que quedaron, entendían en combatir la ciudad para tomarla.
En este tiempo, habiendo los argivos entrado en tierra de los fliasios, fueron descubiertos por estos y salieron contra ellos, peleando de manera que mataron ochenta.
Por otra parte, los atenienses, que estaban en Pilos, hicieron una entrada en tierra de Lacedemonia y llevaron gran presa, aunque no por esto los lacedemonios tuvieron las treguas por rotas, ni quisieron comenzar la guerra, sino que solamente publicaron un decreto, por el cual permitían a los suyos que pudieran recorrer y robar la tierra de los atenienses. No había ciudad de todas las del Peloponeso que hiciese guerra abierta contra los atenienses, a excepción de los corintios, que la hacían por algunas diferencias particulares que tenían con ellos.
En cuanto a lo de Melos, estando puesto el cerco a la ciudad, los de dentro salieron una noche contra los que estaban en el sitio por la parte del mercado, y tomaron el muro que habían hecho hacia aquel lado, matando muchos de los que estaban de guarda en él. Además les cogieron gran cantidad del trigo y otras provisiones que metieron dentro de la ciudad, encerrándose en ella sin hacer otra cosa memorable este verano. Por causa de este suceso los atenienses procuraron en adelante poner mejores guardas de noche.
Tales fueron los sucesos de este verano.
Al comienzo del invierno siguiente los lacedemonios estaban resueltos a entrar en tierra de los argivos, para favorecer a los expatriados; mas hechos sus sacrificios para ello, como no se les mostrasen favorables, regresaron a sus casas. Algunos de los argivos que esperaban su venida, fueron presos como sospechosos por los otros ciudadanos, y otros de propia voluntad se ausentaron de la ciudad, temiendo ser presos.
En este tiempo los melios salieron otra vez de la ciudad, fueron sobre el muro que los atenienses habían hecho en aquella parte, y lo tomaron, porque había poca gente de guarda.
Sabido esto por los atenienses, enviaron nuevo socorro al mando de Filócrates, hijo de Demeas, el cual tenía a punto sus ingenios y pertrechos para batir los muros de la ciudad, pero los sitiados, por causa de algunos motines y traiciones que había entre ellos, se entregaron a merced de los atenienses, los cuales mandaron matar a todos los jóvenes de catorce años arriba, y las mujeres y niños quedaron esclavos, llevándolos a Atenas. Dejaron en la ciudad guarnición, hasta que después enviaron quinientos moradores con sus familias para poblarla con gente suya.
FIN DEL LIBRO QUINTO.
LIBRO VI.
SUMARIO.
I. Trátase de la isla de Sicilia y de los pueblos que la habitaban, y de cómo los atenienses enviaron a ella su armada para conquistarla. -- II. Hechos de guerra ocurridos durante aquel invierno en Grecia. La armada de los atenienses se apareja para el viaje a Sicilia. -- III. Discurso de Nicias ante el Senado y pueblo de Atenas para disuadirles de la empresa contra Sicilia. -- IV. Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a Sicilia. -- V. Discurso de Nicias a los atenienses, que, de nuevo y por medios indirectos, procura impedir la empresa contra Sicilia. -- VI. Los atenienses, por consejo y persuasión de Alcibíades, determinan la expedición a Sicilia. Dispuesta la armada, sale del puerto del Pireo. -- VII. Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada de los atenienses. Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada. -- VIII. Discurso de Atenágoras a los siracusanos. -- IX. Parte de Corcira la armada de los atenienses y es mal recibida así en Italia como en Sicilia. -- X. Llamado Alcibíades a Atenas para responder a la acusación contra él dirigida, huye al Peloponeso. Incidentalmente se trata de por qué fue muerto en Atenas Hiparco, hermano del tirano Hipias. -- XI. Después de la partida de Alcibíades los dos jefes de la armada que quedaron ejecutan algunos hechos de guerra en Sicilia, sitiando Siracusa y derrotando a los siracusanos. -- XII. Arenga de Nicias a los atenienses para animarlos a la batalla. -- XIII. Los siracusanos, después de nombrar nuevos jefes y ordenar bien sus asuntos, hacen una salida contra los de Catana. Los atenienses no pueden tomar Mesena. -- XIV. Los atenienses por su parte y los siracusanos por la suya envían embajadores a los de Camarina para procurar su alianza. Respuesta de los camarineos. Aprestos belicosos de los atenienses contra los siracusanos en este invierno. -- XV. Discurso de Eufemo, embajador de los atenienses, a los camarineos. -- XVI. Los lacedemonios, por consejo y persuasión de los corintios y de Alcibíades, prestan socorro a los siracusanos contra los atenienses. -- XVII. Los atenienses, preparadas las cosas necesarias para la guerra, sitian Siracusa. Victorias que alcanzan contra los siracusanos en el ataque de esta ciudad. Llega a Sicilia el socorro de los lacedemonios.
I.
Trátase de la isla de Sicilia y de los pueblos que la habitan, y de cómo los atenienses enviaron a ella su armada para conquistarla.
En este invierno[4] los atenienses determinaron enviar otra vez a Sicilia una armada mucho mayor que la que Laques y Eurimedonte condujeron antes con intención de sojuzgarla, no sabiendo la mayor parte de ellos la extensión de la isla y la multitud de pueblos que la habitaban, así griegos como bárbaros, y por tanto que emprendían una nueva guerra no menor que la de los peloponesios, porque aquella isla tiene de circuito tanto cuanto una nave gruesa puede navegar en ocho días, y aunque es tan grande, no está separada de la tierra firme más que unos veinte estadios[5].
Al principio fue habitada Sicilia por muchas y diversas naciones, siendo los primeros los cíclopes y los lestrigones, que tuvieron solamente una parte de ella. No sé decir qué nación era esta ni de dónde fueron, ni a dónde pararon, ni sé otra cosa más que lo que los poetas dicen, y los que de estos tienen noticias. Después fueron los sicanos los primeros que la habitaron, los cuales dicen haber sido los primitivos moradores y que nacieron en aquella tierra; mas se ve claramente lo contrario, siendo en su origen iberos, llamados sicanos, del nombre de un río que está en Iberia, llamado Sicano, y que echados de su tierra por los ligures, se acogieron a Sicilia, la cual, por el nombre de ellos, llamaron Sicania, pues antes se llamaba Trinacria, y aun al presente los de aquella nación tienen algunos lugares de dicha isla a la parte de occidente.
Después de tomada Troya, algunos troyanos que huyeron de ella por temor a los griegos, se acogieron a tierra de los sicanos, donde hicieron su morada, y así troyanos como sicanos fueron llamados élimos, y habitaron dos ciudades, a saber: Erice y Egesta.
Tras de estos fueron a morar allí algunos focenses de los que, a la vuelta de Troya, arrojó una tormenta a las costas de Libia, desde donde pasaron a Sicilia.
Cuando los sicilianos fueron de Italia, siendo lanzados de allí por los ópicos, como es verosímil y dicen comúnmente, pasaron en dos bateles con la marea, aprovechando el tiempo oportuno para ello, porque el pasaje es muy corto. Parece claramente que debió suceder esto, porque aun hoy día hay sicilianos en Italia, la cual fue así nombrada de un rey de Arcadia llamado Ítalo.
Estos sicilianos pasaron en gran número, de manera que vencieron en batalla a los sicanos, obligándoles a retirarse a la parte de la isla que está hacia el mediodía, y con esto mudaron el nombre a la isla, llamando Sicilia la que antes llamaban Sicania. Porque a la verdad, ocuparon la mayor parte de los buenos lugares de ella, y los tuvieron, desde su primera invasión hasta que los griegos llegaron, por espacio de trescientos años. Aun ahora tienen lugares mediterráneos que están hacia las partes de Aquilón.
Durante este tiempo los fenicios fueron a habitar una parte de la isla en algunas pequeñas islas allí cercanas para tratar y negociar con los sicilianos; mas después, habiendo pasado muchos griegos por mar a la isla, dejaron la navegación, avecindáronse en la isla, y fundaron tres ciudades en los confines de los élimos, que fueron Motia, Solunte y Panormo, confiados de la amistad que tenían con los élimos, y también porque por aquella parte hay muy poco trecho de mar para pasar de Sicilia a Cartago. De esta manera, y por tanto número de diversas gentes bárbaras, fue habitada la isla de Sicilia.
Los griegos calcídeos que salieron de Eubea al mando de Tucles, fueron los primeros que allí arribaron, fundando la ciudad de Naxos, y fuera de ella edificaron el templo de Apolo Arquegeta, que allí se ve hoy día, donde, cuando quieren salir fuera de la isla, hacen primeramente sus votos y sacrificios.
Un año después de la llegada de los calcídeos, el corintio Arquias, que procedía de los descendientes de Hércules, fue a habitar aquel lugar donde al presente está Siracusa, habiendo primeramente lanzado de allí a los sicilianos que la tenían, y estaba entonces aquella ciudad toda fundada en tierra firme, sin que la mar la tocase por ningún punto. Mucho tiempo después se acrecentó la parte que entra dentro de la mar, que ahora está cercada de muralla, la cual, por sucesión de tiempo, se pobló en gran manera.
Siete años después de fundada Siracusa, Tucles y los calcídeos salieron de Naxos, expulsaron a los sicilianos que habitaban en la ciudad de Leontinos, y la tomaron, y lo mismo hicieron en la ciudad de Catana, de donde lanzaron a Evarco, que los de la tierra decían había sido el primer fundador.
En este mismo tiempo Lamis fue de Mégara para habitar en Sicilia y asentó, con la gente que llevaba para poblar, junto a un río llamado Pantacias, y un lugar nombrado Trótilo. Desde allí pasó a habitar con los calcídeos, en la ciudad de Leontinos, y por algún tiempo gobernaron la ciudad juntamente; mas, al fin, por discordias y disensiones le echaron de ella, y fue con su gente a morar a Tapso, donde murió. Muerto Lamis, los suyos abandonaron la comarca, y mandados por un rey siciliano nombrado Hiblón, que había entregado la tierra a los griegos por traición, vinieron a morar a Mégara. Del nombre de este rey fueron llamados hibleos, y doscientos cuarenta y cinco años después que allí llegaron, los expulsó un rey de los siracusanos nombrado Gelón.
Antes de esto, cerca de cien años después de establecerse allí, fundó la ciudad de Selinunte Pámilo, el cual, siendo echado de Mégara, que era su ciudad metrópoli, con los otros de su nación creó esta colonia.
La ciudad de Gela fue fundada y poblada por Antifemo, natural de Rodas, y Entimo, de Creta, según afirman todos comúnmente que trajeron cada cual de su tierra cierto número de pobladores con sus casas y familias, cerca de cuarenta y cinco años después que Siracusa se comenzó a habitar, y pusieron nombre de Gela a aquella ciudad a causa del río que pasa allí cerca, que es así llamado, y la edificaron donde antes estaba asentada una villa cercada de muros llamada Lindios.
Pasados ciento ocho años después, los de Gela, dejando su ciudad bien poblada por los dorios, fueron a habitar la ciudad que ahora se llama Acragas, al mando de Aristónoo y de Pístilo. La llamaron así de un río que pasa por ella que tiene este nombre, y establecieron el gobierno y estado de la ciudad según las leyes y costumbres de su tierra.
La ciudad de Zancle primeramente fue habitada por algunos corsarios que vinieron de la ciudad de Cumas, que está en la región de Ópica. Mas después, como aportase allí gran multitud de otros griegos, así de Calcis como de la tierra de Eubea, fue llamada Cumas, y venían por caudillos de estos griegos, Perieres, natural de Cumas, y Cratémenes, natural de Calcis. Llamábase antiguamente aquella ciudad Zancle, porque está asentada en figura de una hoz que los sicilianos en su lengua llaman _zanclon_. Estos de Zancle fueron después echados de su ciudad por los samios y por algunos otros jonios que, huyendo de la persecución de los medos, pasaron a Sicilia.
Poco después Anaxilas, que era señor de los de Regio, los lanzó de allí, pobló la ciudad de gentes de diversas naciones y la llamó Mesena[6], del nombre de la ciudad de donde él fue natural.
La ciudad de Hímera fue fundada por los zancleos, los cuales, al mando de Euclides, de Simo y de Sacón, la poblaron de cierto número de sus gentes. Poco tiempo después llegaron muchos calcídeos, y gran número de siracusanos, lanzados de su ciudad por los bandos contrarios, llamados milétidas, y por la mezcla de estas dos naciones se hizo un lenguaje compuesto de dos, a saber: la mitad calcídeo, y la mitad dorio; la manera de vivir fue según las leyes y costumbres de los calcídeos.
Las ciudades de Acras y de Cásmenas los siracusanos las fundaron y poblaron; Acras cerca de setenta años después que fue habitada Siracusa, y Cásmenas cerca de veinte años después de la fundación de Acras.