Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 6

Chapter 64,020 wordsPublic domain

Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban las más poderosas y nombradas ciudades.

Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy honradamente.

El número de los que murieron en esta batalla fue este: de los argivos, orneatas y cleoneos cerca de setecientos, de los mantineos doscientos, y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales murieron los capitanes de los atenienses y argivos. De la parte de los lacedemonios no hubo tantos que se pueda hacer gran mención, ni tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; mas cuando llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que habitan fuera del istmo del Peloponeso que venían en socorro de los lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneas, y de tal manera la deshonra e infamia que habían recibido de los atenienses, así en la isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria, donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y permanecía siempre tal cual había sido antes.

Sucedió que un día antes de la batalla, los epidaurios, creyendo que todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos, y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de los mantineos, y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro, juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los lacedemonios celebraban sus fiestas Carneas, combatieron la ciudad y la tomaron, e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno que les cupo, reedificaron el templo de Juno que estaba fuera de la ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron, regresaron a sus tierras.

Esto ocurrió aquel verano.

X.

Pactan primero la paz y después la alianza los lacedemonios y los argivos. -- Hechos que realizan los lacedemonios y los atenienses sin previa declaración de guerra.

Al empezar el invierno siguiente, habiendo los lacedemonios celebrado sus fiestas de Carneas, salieron al campo y fueron a Tegea. Estando en aquel lugar, enviaron mensajeros a los argivos para tratar de la paz.

Había en la ciudad de Argos muchos que tenían parentesco con los lacedemonios, los cuales en gran manera deseaban quitar el gobierno democrático existente, reduciéndole a pocos gobernadores con Senado y cónsules, y después de perdida aquella jornada hallaron muchos más de esta opinión. Para poderlo realizar, querían ante todas cosas ajustar la paz con los lacedemonios y, hecha esta, pactar alianza. Por este medio esperaban atraer al pueblo a su opinión.

Los lacedemonios, para tratar la paz, enviaron a Licas, hijo de Arcesilao, que tenía casa en Argos, al cual dieron encargo que demandase dos cosas tan solamente a los argivos, a saber: si querían hacer guerra, de qué manera la querían hacer; y si querían paz, de qué suerte la querían. Sobre lo cual hubo grandes discusiones de ambas partes, porque se halló allí a la sazón Alcibíades, de parte de los atenienses, que procuraba estorbar la paz con todas sus fuerzas. Mas al fin los que eran del partido de los lacedemonios convencieron e indujeron al pueblo a tomar y aceptar la paz en la manera siguiente:

«Ha parecido al concejo, justicia y gobernadores de los lacedemonios hacer la paz con los argivos en esta forma: Primeramente los argivos quedan obligados a devolver a los orcomenios sus hijos que tienen en su poder, a los menalios sus ciudadanos y a los lacedemonios los suyos que detienen dentro de Mantinea. Además mandarán salir su gente de guerra que tienen de guarnición dentro de Epidauro, y derrocarán el muro que allí han hecho, y si los atenienses, como consecuencia, no mandaran también salir los suyos que allí están en guarda, que sean tenidos y reputados por enemigos así de los lacedemonios como de los argivos. De igual modo, si los lacedemonios tienen en su poder algún hijo de los argivos o de sus aliados, los devolverán, jurando hacerlo así unos y otros.

»Todas las ciudades y villas que están dentro del Peloponeso, grandes o pequeñas, serán en adelante francas y libres, y en su libertad y franquicia vivirán según sus leyes y costumbres antiguas, y si algunos enemigos quisieren entrar en armas dentro de la tierra del Peloponeso contra alguna de estas ciudades, las otras le darán socorro y ayuda según su parecer y consejo, todas de común acuerdo.

»Los aliados de los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso permanecerán en el mismo ser y estado que los confederados de los argivos y lacedemonios, cada uno en su término y jurisdicción.

»Cuando fuere pedido socorro por alguno de los aliados de ambas partes y se unieran a ellos para dárselo, después de mostradas las presentes capitulaciones, podrán pelear juntamente con ellos, y ayudarles o regresar a sus casas como los aliados quisieren.»

Estos artículos fueron aceptados por los argivos, y tras esto los lacedemonios que estaban sobre Tegea partieron de allí y volvieron a su tierra.

Pocos días después estando allí presentes los mismos que habían tratado la paz, yendo y viniendo a menudo los unos con los otros, fue acordado entre ellos que los argivos hiciesen alianza con los lacedemonios, apartándose de aquella que primero habían hecho con los atenienses, los mantineos y los eleos, y la ajustaron del modo siguiente:

«Ha parecido a los lacedemonios y a los argivos hacer alianza y confederación entre ellos por cincuenta años de esta manera:

»Primeramente, ambas partes estarán a derecho y justicia según sus leyes y costumbres antiguas.

»Ítem, las otras ciudades que están en el Peloponeso francas y libres, y que viven en libertad, podrán entrar en esta alianza y tener y poseer su tierra y jurisdicciones y señorío según han acostumbrado.

»Ítem, que todas las otras ciudades confederadas con los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso serán de la misma forma y condición que los lacedemonios, y asimismo los aliados de los argivos de la suerte y condición de los argivos, teniendo y gozando igualmente de sus términos y jurisdicción.

»Ítem, que siendo necesario enviar socorro o ayuda a alguna de las tales ciudades confederadas, los lacedemonios y argivos juntamente proveerán sobre esto lo que les pareciere justo y razonable, lo cual se entiende cuando alguna de estas ciudades tuviere cuestión o diferencia con otras que no sean de esta alianza por razón de sus términos u otro motivo. Pero si alguna de tales ciudades confederadas tuviere diferencias con otra, las someterá al arbitraje de una de las otras ciudades que fuere de confianza a ambas partes, para juzgarlas y determinar amigablemente, según sus leyes y costumbres.»

De esta manera fue hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, por medio de la cual todas las cuestiones que había entre estas dos ciudades cesaron y se extinguieron.

También acordaron no recibir embajada ni mensaje de los atenienses en una ciudad ni en otra sin que primeramente sacasen la gente de guerra que tenían en el Peloponeso y derrocasen los muros que habían hecho en Epidauro, prometiéndose no hacer paz ni guerra sino de común acuerdo.

Tenían los lacedemonios y argivos en proyecto muchas cosas, mas principalmente querían hacer una expedición a tierra de Tracia, y con tal motivo enviaron sus embajadores a Pérdicas, rey de Macedonia, para atraerle a su devoción y alianza; mas el rey no quiso, por lo pronto, comprometerse a ello ni apartarse de la amistad de los atenienses, aunque tenía gran respeto a los argivos por ser natural de Argos, y por esto pedía tiempo para decidirse.

Los lacedemonios y argivos revocaron el juramento que habían hecho con los calcídeos e hicieron otro nuevo, y pasado esto, enviaron sus embajadores a los atenienses para pedirles que derrocaran el muro que habían hecho en Epidauro.

Los atenienses, considerando que la gente de guarnición que habían dejado en Epidauro era muy poca en comparación de la que reunían los aliados para la defensa de la comarca, enviaron a su capitán Demóstenes para que sacase de allí las tropas de guarnición. Demóstenes, al llegar a Epidauro, fingió que quería hacer unos juegos y fiestas fuera de la ciudad, y con esto hizo salir la gente de todos los otros que allí estaban de guarnición. Cuando todos salieron cerroles las puertas, y después se juntó con los de la villa, renovó con ellos la alianza que tenían con los atenienses y les dejó el muro objeto de la cuestión.

Hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, al principio los mantineos rehusaron entrar en ella; mas viendo que eran muy flacas sus fuerzas contra los argivos, a los pocos días hicieron tratos y conciertos con los lacedemonios y les dejaron libres las villas y ciudades que les tenían usurpadas.

Hecho esto, los lacedemonios y los argivos enviaron cada cual de ellos mil hombres de guerra a Sición, y quitando al pueblo el gobierno de la ciudad y dándolo a ciertos ciudadanos que nombraron senadores, lo cual hicieron primero los lacedemonios, y luego tras ellos lo mismo los de Argos en su ciudad, para que la república se gobernase por consejo y senado, de la misma manera que la ciudad de Lacedemonia.

Todas estas cosas se hicieron al fin del invierno, cerca de la primavera, que fue el año catorce de la guerra.

En el verano siguiente los de Dío, que habitan en tierra de Atos, se rebelaron contra los atenienses, y aliándose con los calcídeos y los lacedemonios pusieron en buen orden todas las cosas de Acaya que no estaban a su gusto.

En este mismo tiempo los del pueblo y comunidad de Argos, que habían ya conspirado para volver a tomar el gobierno de la república, aguardaron el momento en que los lacedemonios se estaban ejercitando todos desnudos en sus juegos, según lo tienen por costumbre, y levantándose contra los gobernadores de la ciudad y personas principales, les acometieron con armas y mataron algunos de ellos y a otros echaron fuera de la ciudad, los cuales, antes de salir, enviaron a pedir a los lacedemonios socorro y ayuda, pero estos tardaron mucho en llegar por estar ocupados en sus juegos. Cuando los dejaron, salieron al campo a socorrer los gobernadores; al llegar a Tegea supieron que estos habían ya salido, y regresando a su tierra, acabaron sus juegos.

Después fueron embajadores, así de parte de los que habían sido echados de la ciudad como de la comunidad que gobernaba la república, los cuales fueron oídos por los lacedemonios en presencia de sus aliados, y después de grandes controversias entre ellos, declararon que sin causa ni motivo los gobernadores habían sido echados de la ciudad, acordando ir contra la comunidad en favor de los gobernadores, y por fuerza de armas restablecerlos en sus cargos.

Como este acuerdo se dilatase de poner en ejecución por algunos días, los de la comunidad, temiendo ser asaltados por los lacedemonios, se confederaron de nuevo con los atenienses, pensando que por tal medio estos les ampararían y defenderían. Así hecho, mandaron rehacer y fortificar la muralla que va desde la ciudad hasta la mar, a fin de que si les tomaban el paso para meter vituallas por parte de mar, las pudiesen meter por tierra. Esta obra hicieron teniendo inteligencias con algunas ciudades del Peloponeso, con tan gran diligencia que no hubo hombre ni mujer, viejo ni mozo, grande ni pequeño que no emplease su persona en este trabajo, y también los atenienses les enviaron sus maestros y obreros y carpinteros, de manera que los muros fueron acabados al fin del verano.

Viendo esto los lacedemonios, mandaron reunir todos sus aliados, excepto los corintios, y al comienzo del invierno fueron a hacerles la guerra al mando de Agis, su rey; y aunque tenían algunas inteligencias con los de la ciudad de Argos, como por entonces no les eran útiles, determinaron tomar la muralla nueva, que aún no estaba del todo acabada, por fuerza de armas, y la derribaron. Después tomaron por combate y asalto un lugar que estaba en tierra de Argos, llamado Hisias, y lo saquearon y mataron a todos los hombres de edad madura que hallaron dentro, regresando después a sus tierras.

Pasado esto, los argivos salieron de la ciudad con todo su poder contra los fliasios y les tomaron toda la tierra por haber acogido a los gobernadores que ellos echaron de la ciudad de Argos, aunque algunos de estos tenían casas y heredades en la tierra.

En el mismo invierno los atenienses hicieron la guerra al rey Pérdicas en Macedonia, so color que había conspirado contra ellos en favor de los lacedemonios y de los argivos, y que cuando los atenienses aparejaron su armada para enviarla a tierra de Tracia contra los calcídeos y los de Anfípolis al mando de Nicias, Pérdicas había disimulado con ellos, de manera que aquella empresa no pudo tener efecto, por lo cual le declararon su enemigo.

Estos sucesos ocurrieron aquel invierno, que fue el fin del decimoquinto año de esta guerra.

Al principio del verano siguiente, Alcibíades, con veinte naves, pasó a Argos, y al llegar allí, entró en la ciudad y prendió a trescientos ciudadanos que tenía por sospechosos de seguir el partido de los lacedemonios, enviándoles desterrados a las islas que los atenienses poseen en aquellas partes.

XI.

Del sitio y toma de la ciudad de Melos por los atenienses y de otros sucesos que ocurrieron aquel año.

En este mismo tiempo los atenienses enviaron otra armada de treinta barcos contra los de la isla de Melos, en la cual iban mil doscientos hombres de guerra muy bien armados, y trescientos flecheros, y veinte caballos ligeros.

En esta armada había seis naves de las de Quíos, y dos de las de Lesbos, sin el socorro de los otros aliados, y de las mismas islas, que serían mil y quinientos hombres.

Fueron estos melios poblados por los lacedemonios, y por eso recusaban ser súbditos a los atenienses como todas las otras islas de aquella mar, aunque al principio no se habían declarado contra ellos: mas porque los atenienses los querían obligar a que se unieran a ellos, les quemaban y talaban las tierras, tratándoles como a enemigos y declarándoles la guerra.

Al llegar la armada de los atenienses a la isla de Melos, Cleomedes, hijo de Licomedes, y Tisias, hijo de Tisímaco, que eran los jefes de la armada, antes que hiciesen mal ni daño alguno a los de la isla, enviaron embajadores a los de la ciudad, para que parlamentasen con ellos, los cuales fueron oídos, aunque no delante de todo el pueblo, sino solamente de los cónsules y senadores.

Los embajadores expusieron sus razones en el Senado, sobre lo que les mandaron los capitanes, y los melios respondieron a ellas, y fue debatida la materia entre ellos por vía de preguntas y respuestas de la manera siguiente:

LOS ATENIENSES.-- Varones melios, porque tenemos entendido que no habéis querido que hablemos delante de todo el pueblo, sino solamente aquí en esta asamblea aparte, pues sospecháis que aunque nuestras razones sean buenas y verdaderas, si las proponemos de una vez todas juntas delante de todo el pueblo, acaso este, engañado por ellas, será inducido a cometer algún yerro, a causa de no haber discutido antes la materia punto por punto, y altercado sobre ella, será necesario que vosotros hagáis lo mismo, a saber: que no digáis todas vuestras razones de una vez, sino por sus puntos. Según viereis que nosotros decimos alguna cosa que no os parezca conveniente ni ajustada a razón, vosotros responderéis a ella, y diréis libremente vuestro parecer. Ante todas cosas decidnos si esta manera de hablar por pregunta y respuesta que os proponemos, os agrada o no.

LOS MELIOS.-- Ciertamente, varones atenienses, esta manera de discutir los asuntos a placer y despacio no es de vituperar, pero hay una cosa del todo contraria y repugnante a esto; y es que nos parece que vosotros no venís para hablarnos de la guerra venidera, sino de la presente, que está ya dispuesta y preparada, y la traéis, como dicen, en las manos. Por tanto, bien vemos que vosotros queréis ser los jueces de esta discusión, y el final de ella será tal, que si os convencemos por derecho y por razón, no otorgando las cosas a vuestra voluntad, comenzaréis la guerra, y si consentimos en lo que vosotros queréis, quedaremos por vuestros súbditos, y en vez de libres, cautivos y en servidumbre.

LOS ATENIENSES.-- A la verdad, si os habéis aquí reunido para discutir sobre cosas que podrían ocurrir, o sobre otra materia que no hace al caso, antes que para entender de lo que toca al bien y pro de vuestra república, según el estado en que ahora se encuentra, no es menester que pasemos adelante, pero si venís para tratar de esto que os atañe, hablaremos y discutiremos.

LOS MELIOS.-- Justo es y conveniente a toda razón, y por tanto debemos sufrirlo, que los que están en el estado que nosotros al presente, hablen mucho, y cambien muchas razones respecto a muchas cosas, atento que en esta asamblea la cuestión es sobre nuestras vidas y honras, por lo cual, si os parece, nuestra conversación será como vosotros habéis propuesto.

LOS ATENIENSES.-- Conviniendo pues hablar de esta suerte, no queremos usar con vosotros de frases artificiosas ni de términos extraños, como si por derecho y razón nos perteneciese el mando y señorío sobre vosotros, por causa de la victoria que en los tiempos pasados alcanzamos contra los medos, ni tampoco será menester hacer largo razonamiento para mostraros que tenemos justa causa de comenzar la guerra contra vosotros por injurias que de vosotros hayamos recibido.

Tampoco hay necesidad de que aleguéis que fuisteis poblados por los lacedemonios, ni que no nos habéis ofendido en cosa alguna, pensando así persuadirnos de que desistamos de nuestra demanda, sino que conviene tratar aquí de lo que se debe y puede hacer, según vosotros, y nosotros entendemos el negocio que al presente tenemos entre manos, y considerar que entre personas de entendimiento las cosas justas y razonables se debaten por derecho y razón, cuando la necesidad no obliga a una parte más que a la otra; pero cuando los más flacos contienden sobre aquellas cosas que los más fuertes y poderosos les piden y demandan, conviene ponerse de acuerdo con estos para conseguir el menor mal y daño posible.

LOS MELIOS.-- Puesto que queréis que, sin tratar de lo que fuere conforme a derecho y razón, se hable de hacer lo mejor que pueda practicarse en nuestro provecho, según el estado de las cosas presentes, justo y razonable es, no pudiendo hacer otra cosa, que conservemos aquello en que consiste nuestro bien común, que es nuestra libertad; y por consiguiente al que continuamente está en peligro, le será conveniente y honroso, que el consejo que da a otro, a saber, que se deba contentar con lo que puede ganar y aventajar por industria y diligencia conforme al tiempo, ese mismo consejo lo tome para sí. A lo cual vosotros, atenienses, debéis tener más miramiento que otros, porque siendo más grandes y poderosos que los otros, si os sucediera peligro o adversidad semejante, tanto más grande sería vuestra caída; y de mayor ejemplo para los demás el castigo.

LOS ATENIENSES.-- Nosotros no tememos la caída de nuestro estado y señorío, porque aquellos que acostumbran a mandar a otros, como los lacedemonios, nunca son crueles contra los vencidos, como lo son los que están acostumbrados de ser súbditos de otros, si acaso consiguen triunfar de aquellos a quienes antes obedecían. Mas este peligro que decís lo tomamos sobre nosotros, quedando a nuestro riesgo y fortuna, pues no tenemos ahora guerra con los lacedemonios. Hablemos de lo que toca a la dignidad de nuestro señorío y a vuestro bien y provecho particular, y de vuestra ciudad y república. En cuanto a esto os diremos claramente nuestra voluntad e intención, y es que queremos de todos modos tener mando y señorío sobre vosotros, porque será tan útil y provechoso para vosotros como para nosotros mismos.

LOS MELIOS.-- ¿Cómo puede ser tan provechoso para nosotros ser vuestros súbditos, como para vosotros ser nuestros señores?

LOS ATENIENSES.-- Os es ciertamente provechoso, porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os pueden venir a causa de la guerra; y nuestro provecho consiste en que nos conviene más mandaros y teneros por súbditos que mataros y destruiros.

LOS MELIOS.-- Veamos si podemos ser neutrales sin unirnos a una parte ni a otra, y que nos tengáis por amigos en lugar de enemigos. ¿No os satisfará esto?

LOS ATENIENSES.-- En manera alguna, que más daño nuestro sería teneros por amigos que por enemigos, porque si tomamos vuestra amistad por temor, sería dar grandísima señal de nuestra flaqueza y poder, por lo cual los otros súbditos nuestros a quien mandamos, nos tendrían en menos de aquí en adelante.

LOS MELIOS.-- ¿Luego todos vuestros súbditos desean que los que no tienen que ver con vosotros sean vuestros súbditos como ellos, y también que vuestras poblaciones, si hay algunas que se os hayan rebelado, caigan de nuevo bajo vuestras manos?

LOS ATENIENSES.-- ¿Por qué no tendrían este deseo puesto que los unos ni las otras no se han apartado de nuestra devoción y obediencia por derecho ni razón, sino solo cuando se han visto poderosos para podernos resistir, y creyendo que nosotros, por temor, no nos atreveríamos a acometerles?

Además, cuando os sojuzguemos, tendremos más número de súbditos, y nuestro señorío será más pujante y más seguro, porque vosotros sois isleños, y tenidos por más poderosos en mar que cualquiera de las otras islas, por lo cual, no conviene que se diga podéis resistirnos, siendo como somos los que dominan la mar.

LOS MELIOS.-- Y vosotros, decid, ¿no ponéis todo vuestro cuidado y seguridad en vuestras fuerzas de mar?

Puesto que nos aconsejáis dejemos aparte el derecho y la razón por seguir vuestra intención y provecho, os mostraremos que lo que pedimos para nuestro provecho, redundará también en el vuestro, pues se os alcanza muy bien que queriendo sujetarnos sin causa alguna, haréis a todos los otros griegos, que son neutrales, vuestros enemigos, porque viendo lo que habréis hecho con nosotros, sospecharán que después hagáis lo mismo con ellos. De esta suerte ganáis más enemigos, y forzáis a que lo sean también aquellos que no tenían voluntad de serlo.

LOS ATENIENSES.-- No tememos tal cosa por considerar menos ásperos y duros a los que viven gozando de su libertad en tierra firme, en cualquier parte que sea, que a los isleños que cual vosotros no sean súbditos de nadie, y también a los que están sujetos y obedientes por fuerza cuando tienen mala voluntad; porque aquellos que viven en libertad, son más negligentes y descuidados en guardarse, pero los sujetos a otro poder por sus desordenadas pasiones, muchas veces por pequeño motivo se exponen ellos y exponen a sus señores a grandes peligros.