Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 4

Chapter 44,072 wordsPublic domain

Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias, aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los medios que podían para romperla con ocasión de esto; y entre otros, era uno Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad en la ciudad. Este aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de él, porque era joven; y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios, y que el tratado de paz hecho con ellos, era solo por apartar a los argivos de su amistad, y después declararles la guerra.

Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudaría con todo su poder.

Los argivos, teniendo aviso de esto, y entendiendo que los beocios no habían hecho alianza con los atenienses, y también que los atenienses estaban en gran discordia con los lacedemonios, prescindieron de las negociaciones de sus embajadores que trataban la paz y alianza con los lacedemonios, y entendieron hacerla con los atenienses, la cual tenían por mejor y más útil y provechosa para ellos que la otra, porque los atenienses habían sido siempre, desde los tiempos antiguos, sus amigos, y se gobernaban por señorío y estado popular como ellos, y porque les podían dar gran favor y ayuda por mar si temían guerra, siendo como eran en el mar los más poderosos.

Inmediatamente enviaron sus embajadores con los de los eleos y mantineos a Atenas para tratar y concluir la alianza. Al mismo tiempo llegaron a Atenas los embajadores de los lacedemonios, que eran Filocáridas, León y Endio, que, según parece, eran los más aficionados a los atenienses y a la paz, los cuales fueron enviados así por la sospecha que tuvieron los lacedemonios de que los atenienses hiciesen alianza con los argivos en daño de ellos, como también para demandar que les devolvieran a Pilos en cambio de Panacto, y también para excusarse de la alianza que habían hecho con los beocios, y para mostrarles que no la habían hecho con mala intención ni en perjuicio de los atenienses.

Todas estas cosas fueron propuestas por los embajadores lacedemonios ante el Senado de Atenas, y además declararon que tenían pleno poder para tratar y convenir sobre todas las diferencias pasadas.

Viendo esto Alcibíades, y temiendo que si estas cosas fuesen publicadas y declaradas al pueblo le inducirían a consentir con ellos, y por tanto a rehusar la alianza de los argivos, usó de la astucia e ingenio para estorbarlo, hablando secretamente con los embajadores, y diciéndoles que en manera alguna declarasen al pueblo que tenían poder bastante para entender en todas las diferencias, prometiéndoles que, si lo hacían así, pondría a Pilos en sus manos; que él tenía para ello los medios y autoridad, y sabía cómo persuadir al pueblo, como los había tenido antes para hacer que se opusiera a las demandas de los otros embajadores de los lacedemonios. Además les prometió que compondría todas las otras diferencias que tenían, haciendo esto por apartarlos de la conversación con Nicias, y también para por este medio calumniar a los embajadores, insinuar entre el pueblo que no había en ellos verdad ni lealtad, e inducirle a que hiciese alianza con los argivos, los mantineos y los eleos, según sucedió, porque cuando los embajadores se presentaron delante de todo el pueblo, siendo preguntados si tenían pleno poder para entender y tratar sobre todas las diferencias, respondieron que no, lo cual era contrario totalmente a lo que habían dicho primero delante del Senado. Tanto enojó esto a los atenienses, que no les quisieron dar más audiencia, poniéndose de acuerdo con Alcibíades, que comenzó con esta ocasión a cargarles la mano más que lo había hecho antes.

A persuasión suya mandaron entrar los argivos y los otros aliados que habían venido en su compañía para ajustar y convenir la confederación y alianza con ellos, mas antes que la cosa fuese efectuada del todo tembló la tierra, por lo cual fue dejada la consulta para un día después.

Al día siguiente, de mañana, Nicias viose engañado por Alcibíades no menos que los embajadores de los lacedemonios que fueran inducidos por él a negar al pueblo lo que primero habían dicho en el Senado. Mas no por eso dejó Nicias de insistir de nuevo en la asamblea, y mostrarles que la alianza debía hacerse y renovar la amistad con los lacedemonios, y que para esto debían enviar embajadores a Lacedemonia para saber más ampliamente su voluntad e intención, y entretanto diferir la alianza con los argivos, mostrándoles que era honra suya evitar la guerra y la vergüenza de los lacedemonios, y pues las cosas de los atenienses estaban en buen estado, que se supiesen guardar y conservar, pues los lacedemonios que habían quedado con pérdida tenían más motivo para desear la fortuna de la guerra que no ellos. Finalmente, tanto les persuadió Nicias que acordaron los atenienses enviar sus embajadores a Lacedemonia, y entre ellos fue nombrado el mismo Nicias, a los cuales ordenaron que dijesen a los lacedemonios que si querían tratar con verdad y mantener la paz y alianza, devolvieran a los atenienses la ciudad de Panacto reedificada, y en lo demás dejasen a Anfípolis y se apartasen de la alianza de los beocios si no querían entrar en el tratado de paz con las mismas condiciones que en él había sido dicho y declarado, a saber: que cualquiera de las partes no pudiese hacer tratos con ciudad alguna sin que en ellos entrase la otra. Declararon además que si querían contravenir el tratado de paz y alianza haciendo lo contrario de lo que primero habían capitulado, supiesen que los atenienses tenían ya concluida la alianza con los argivos que quedaban en Atenas esperando la resolución de esta embajada, y juntamente con estas enviaron otras muchas quejas y agravios contra los lacedemonios por no haber guardado ni cumplido el tratado de paz, todas las cuales fueron dadas por instrucción a los embajadores atenienses para que se las expresaran a los lacedemonios.

Cuando los embajadores llegaron a Lacedemonia y expusieron su demanda en el Senado a los lacedemonios, y en el último término les notificaron que si no querían dejar la alianza con los beocios (en el caso que estos no quisiesen aceptar el tratado de paz como hemos dicho), los atenienses concluirían la alianza con los argivos y los otros aliados suyos, los lacedemonios, por consejo del éforo Jénares, y los de su bando respondieron que no se apartarían de la alianza de los beocios en manera alguna, aunque siendo requeridos por Nicias que jurasen de nuevo guardar el tratado de paz y amistad que habían hecho antes entre sí, lo juraron de buen grado.

Hizo esto Nicias temiendo que si volvía a Atenas sin efectuar algo de lo que llevaba a cargo, después le calumniarían por haber sido autor del tratado de alianza con los lacedemonios, según después sucedió. Cuando Nicias regresó de su embajada, y los atenienses entendieron por su relación la respuesta de los lacedemonios, y que no había efectuado nada con ellos, consideráronse muy injuriados, y por consejo y persuasión de Alcibíades concluyeron la alianza con los argivos que estaban en Atenas, el tenor de la cual es el siguiente:

«Queda hecha confederación y alianza por espacio de cien años por parte de los atenienses con los argivos, los mantineos y los eleos, así para ellos como para sus amigos y compañeros a quien presiden una parte y otra sin fraude, ni dolo, ni engaño, así por mar como por tierra, a saber: que una parte no pueda mover la guerra, ni hacer mal ni daño a la otra ni a sus aliados ni súbditos bajo cualquier causa, ocasión o motivo que sea.

»Además, que si algunos enemigos durante este tiempo entraren en tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos estarán obligados a socorrerles con todas sus fuerzas y poder tan pronto como fuesen requeridos por los atenienses. Y si sucediese que los enemigos hubieran ya salido de tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos los deban tener y reputar por sus enemigos ni más ni menos que los tendrán los atenienses.

»Que no sea lícito a ninguna de estas ciudades aliadas y confederadas hacer tratado o concordia con los enemigos comunes sin el consentimiento de las otras, y lo mismo harán los atenienses para con los argivos, mantineos y eleos cuando los enemigos entrasen en su tierra.

»Que ninguna de estas ciudades permitirá ni dará licencia para pasar por su tierra ni por la de sus amigos y aliados a quien presiden, ni por mar ninguna gente de armas para hacer guerra si no fuere con acuerdo y deliberación de las cuatro ciudades. Y si alguna de estas ciudades demandare socorro y ayuda de gente a las otras, la ciudad que pidiere el socorro sea obligada a proveer y abastecer de vituallas a su costa por espacio de treinta días, contados desde el primer día que el tal socorro llegare a la ciudad que le demanda. Pero si la ciudad hubiese menester el socorro por más tiempo, quedará obligada a dar sueldo a los tales soldados, a saber: tres óbolos de plata cada día por cada hombre de a pie, y a los de a caballo una dracma. La ciudad tendrá mando y autoridad sobre estos hombres de guerra, y ellos estarán obligados a obedecerla, mientras estuvieren en ella. Mas si en nombre de todas cuatro ciudades se formase ejército o armada, tenga caudillo y capitán de parte de todas cuatro.

»Este tratado de alianza deberán jurarlo los atenienses al presente en nombre suyo, y de sus aliados y confederados, y después se jurará en cada una de las otras tres ciudades y de sus aliados en la más estrecha forma que pueda ser, según su costumbre religiosa, después de hechos los sacrificios correspondientes por estas palabras:

»Juro mantener esta confederación y alianza según la forma y tenor del tratado acordado y otorgado sobre ella, justa, leal y sencillamente, y no ir ni venir en contrario con cualquier pretexto, arte ni maquinación que sea. Este juramento será hecho en Atenas por los senadores y los tribunos, y después confirmado por ellos. Y en la ciudad de Argos, por el Senado y los ochenta varones del consejo. En Mantinea, por la justicia y gobernadores, y confirmado por los adivinos y caudillos de la guerra. En Elea o Élide, por los oficiales tesoreros y sesenta varones del gran consejo, y será confirmado por los conservadores de las leyes. El juramento será renovado todos los años, primero por los atenienses, los cuales irán para este efecto a las otras tres ciudades treinta días antes de las fiestas olímpicas, y después los representantes de las otras tres ciudades irán a Atenas para hacer lo mismo diez días antes de la gran fiesta llamada Panacteas.

»Será escrito el presente tratado con su juramento y esculpido en una piedra que se ponga en lugar público, a saber: en Atenas, en el más eminente lugar de la ciudad; en Argos, junto al mercado en el templo de Apolo; y en Mantinea y en Élide, en el mercado junto al templo de Júpiter. En nombre de estas cuatro ciudades será puesto en las próximas fiestas olímpicas en una tabla de bronce, y podrán estas ciudades por común acuerdo añadir a este tratado lo que bien les pareciere en adelante.»

De esta manera fue ajustada la liga y confederación entre estas cuatro ciudades sin que se hiciese mención alguna que por esta alianza se apartaban del tratado de paz y alianza hecha entre los atenienses y los lacedemonios.

VII.

Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos, declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y eran perjuros.

Esta alianza y confederación no fue agradable a los corintios, y siendo requeridos por los argivos, sus aliados, para que la ratificasen y jurasen, rehusaron hacerlo diciendo que les bastaba la que habían hecho antes con lo mismos argivos, mantineos y eleos, por la cual prometieron no hacer guerra ni paz una ciudad sin la otra, y ayudar para defenderse la una a la otra, sin pasar más adelante, y obligarse a dar ayuda y socorro para ofender y acometer a otros. De esta suerte los corintios se apartaron de aquella alianza y tomaron nueva amistad e inteligencia con los lacedemonios.

Todas estas cosas fueron hechas en aquel verano que fue cuando, en las fiestas olímpicas, el arcadio Andróstenes ganó el premio y joya en los juegos y contiendas de ellas.

En aquellas fiestas los eleos prohibieron a los lacedemonios hacer sacrificios en el templo de Júpiter, y tomar parte en los juegos y contiendas si no pagaban la multa a que habían sido condenados por ellos, según las leyes y estatutos de Olimpia, pues decían que los lacedemonios enviaron tropas contra la ciudadela de Firco, y dentro de la ciudad de Lépreo durante la tregua hecha en Olimpia, y contra el tenor de ella. La multa montaba a dos mil minas de plata[3], a saber: por cada hombre armado, que eran mil, dos minas, según se contenía en el contrato.

A esto, los lacedemonios respondían que habían sido injustamente condenados; porque cuando enviaron su gente a Lépreo, la tregua no estaba aún publicada. Mas los eleos replicaban que no la podían ignorar, porque ya andaba entre sus manos, y ellos mismos habían sido los primeros que la habían notificado a los eleos. No obstante esto, contraviniendo a ella, habían emprendido aquel hecho de guerra contra ellos sin razón y sin que los eleos hubiesen innovado cosa alguna en su perjuicio.

A esto argüían los lacedemonios, que si así era, y si los eleos entendían, cuando fueron a notificar aquella tregua a los lacedemonios, que ya habían contravenido a ella, no era necesario que se la notificasen, como habían hecho después del tiempo en que pretendían haber realizado los lacedemonios la empresa de guerra contra ellos, y que no se podría asegurar que los lacedemonios hubiesen innovado ni intentado cosa alguna después de la notificación.

Los eleos perseveraron en su opinión, no obstante esta respuesta de los lacedemonios, y para más justificación suya les ofrecieron que si les querían devolver a Lépreo les perdonarían una parte de la multa que se les había de aplicar, y la otra, destinada al templo de Apolo, la pagaría por ellos: condición que no quisieron aceptar los lacedemonios.

Viendo esto, los eleos les hicieron otra oferta, a saber: que pues que no querían restituirles a Lépreo, a fin de que no quedasen los lacedemonios excluidos en aquellas fiestas, jurasen en las aras del templo de Júpiter delante de todos los griegos pagar aquella multa, andando el tiempo, si no lo podían hacer entonces; pero los lacedemonios tampoco quisieron aceptar este partido, por razón de lo cual fueron excluidos de sacrificar y de estar presentes a los juegos de aquellas fiestas, viéndose obligados a hacer sus sacrificios en su misma ciudad. A estos juegos acudieron todos los otros griegos, excepto los de Lépreo.

Los eleos, temiendo que los lacedemonios viniesen al templo y quisieran sacrificar por fuerza, mandaron poner cierto número de su gente en armas para que estuviese allí en guarda junto al templo, y con estos fueron enviados de Argos y de Mantinea dos mil hombres armados, mil de cada ciudad, y además, los atenienses enviaron su gente de a caballo que tenían en Argos, esperando el día de las fiestas. Todos ellos tuvieron gran miedo de ser acometidos por los lacedemonios, mayormente después que un lacedemonio llamado Licas, hijo de Arcesilao, fue castigado con varas por los ministros de justicia en el lugar de las carreras, por razón de que, habiendo sido atribuido su carro a los beocios porque había salido a correr en la carrera con los otros carros, lo cual no le era lícito, pues estaban prohibidos a los lacedemonios aquellos juegos y contiendas, como se ha dicho, este Licas, en menosprecio de la justicia, para dar a entender a todos que aquel carro era suyo, puso una corona de vencedor a su carretero en el mismo lugar de las carreras públicamente. Todos sospecharon que aquel no hubiera osado hacer tal cosa si no esperase ayuda de los lacedemonios, pero estos no se movieron por entonces de su lugar, y así pasó aquel día de la fiesta.

Acabadas las fiestas, los argivos y sus aliados fueron a Corinto a rogar a los corintios les enviasen personas con poderes para tratar una alianza con ellos. Allí se hallaron también presentes los embajadores de los lacedemonios, y tuvieron muchas conferencias acerca de esto, mas al fin, cuando oyeron el temblor de tierra, todos los que estaban allí reunidos para negociar se separaron unos de otros sin tomar acuerdo alguno, y se fue cada cual a su ciudad.

Ninguna otra cosa se hizo aquel verano.

Al empezar del invierno siguiente, los de Heraclea de Traquinia libraron una batalla contra los enianes, los dólopes y los melieos y algunos otros pueblos de Tesalia, sus comarcanos y enemigos, porque aquella ciudad había sido fundada y poblada contra ellos, y por esto, desde su fundación, nunca habían cesado de tramar y maquinar por destruirla. De esta batalla los heracleotas llevaron lo peor, muriendo muchos de los suyos, y entre otros el lacedemonio Jénares, hijo de Cnidis, que era su general; y con esto pasó el invierno, que fue el duodécimo año de la guerra.

Al principio del verano los beocios tomaron la ciudad de Heraclea, y echaron de ella al lacedemonio Agesípidas, que la gobernaba, diciendo que lo hacía mal y que sospechaban que estando los lacedemonios ocupados en guerra en el Peloponeso los atenienses la tomasen. Esta acción produjo en los lacedemonios gran rencor contra ellos.

En este mismo verano Alcibíades, capitán de los atenienses, con la ayuda de los argivos y de otros aliados fue al Peloponeso, llevando consigo muy pocos soldados atenienses, y algunos flecheros y confederados, los que halló más dispuestos, y atravesó tierra de Peloponeso, dando orden en las cosas necesarias; y entre otras, aconsejó a los de Patras que derrocasen el muro desde la villa hasta la mar, pensando hacer otro sobre el cerro que está de la parte de Acaya, mas los corintios y los sicionios, que entendieron que esto se hacía contra ellos, los estorbaron.

En el mismo verano hubo una gran guerra entre los epidaurios y los argivos, por motivo de que los epidaurios no habían enviado las ofrendas al templo de Apolo Pitaeo, como estaban obligados; el cual templo caía en la jurisdicción de los argivos, mas en realidad de verdad, era porque los argivos, y Alcibíades con ellos, buscaban alguna ocasión para ocupar la ciudad de Epidauro si pudiesen, así por estar más seguros contra los corintios, como también porque desde el puerto de Egina podían atravesar más fácil y más derechamente que desde Atenas, rodeando por el cabo de Escíleo. Con este pretexto se aparejaban los argivos para ir a cobrar la ofrenda de los epidaurios por fuerza de armas.

En este tiempo los lacedemonios salieron al campo con todo su poder, y se juntaron en Leuctra, que es una villa de su tierra, al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, el cual los quería llevar contra los de Liceo sin descubrir su intención a persona alguna: mas habiendo hecho sus sacrificios para aquel viaje, y no siéndoles favorables, se volvieron a sus casas, tomando primero el acuerdo de reunirse de nuevo el mes siguiente, que era el de junio.

Después de partir, los argivos salieron con todas sus fuerzas contra ellos cerca del fin de mayo, y caminaron todo un día hasta entrar en tierra de Epidauro, y la robaron y destruyeron. Viendo esto los epidaurios, enviaron aviso a los lacedemonios y a los otros aliados suyos para que les diesen socorro y ayuda, mas los unos se excusaron, diciendo que el mes señalado para reunirse no había aún llegado, y los otros fueron hasta los confines de Epidauro, y allí se detuvieron sin pasar más adelante.

Mientras los argivos estaban en tierra de Epidauro, llegaron a Mantinea los embajadores de las otras ciudades aliadas suyas, y a instancia de los atenienses; y después que estuvieron todos juntos, el corintio Eufámidas dijo que las obras no eran semejantes a las palabras, porque hablaban y trataban de paz, y entretanto, los epidaurios y sus aliados se habían juntado y puesto en armas para ir contra los argivos. Por tanto, que la razón demandaba que la gente de guerra se retirase de una parte y de otra; y hecho así se empezara a tratar de paz. En esto consintieron los embajadores de los atenienses, y mandaron retirar la gente que había entrado en tierra de los epidaurios, y después volvieron a reunirse todos para tratar de la paz, mas al fin partieron sin tomar resolución, y los argivos volvieron de nuevo a hacer correrías en la tierra de Epidauro.

Por este mismo tiempo los lacedemonios sacaron su gente para ir contra los de Carias; mas como los sacrificios no se les mostrasen favorables para esta jornada, regresaron.

Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la tierra de los epidaurios, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades, que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra, en busca de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel verano.

Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de pelea en socorro de los epidaurios, al mando de Agesípidas, y por ello los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos, porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo contrario, les harían gran ofensa.

Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo, que decía cómo los lacedemonios habían contravenido el tratado de paz y quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos, para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los epidaurios, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente entradas, escaramuzas y combates.

Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no había gente de defensa dentro, y que todos estaban en campaña, pero la hallaron bien provista, y se volvieron sin hacer lo que pretendían.

En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.

VIII.

Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno.