Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 3

Chapter 33,939 wordsPublic domain

Los lacedemonios, entendiendo que poco a poco las ciudades del Peloponeso se confederaban con los argivos, y que los corintios habían sido autores y promovedores de esto, les enviaron algunos embajadores, haciéndoles saber que si se apartaban de su amistad y alianza por juntarse a los argivos, contravendrían su juramento y obrarían contra toda razón no queriendo aprobar y confirmar el tratado de paz hecho con los atenienses, atento que la mayor parte de las otras ciudades confederadas lo había aprobado, y que en el contrato de sus alianzas se contenía, que lo que fuese hecho por la mayor parte de ellos fuese tenido y guardado por todos los otros, si no había algún impedimento justo por parte de los dioses o héroes.

Antes de responder a esta demanda, los corintios reunieron todos sus aliados, es a saber, a aquellos que no habían aún aceptado el tratado de paz por común acuerdo con los lacedemonios, para inducirles a entrar en la liga y confederarse contra ellos, alegando algunas cosas en que los lacedemonios les habían hecho agravio al otorgar aquel tratado de paz, mayormente porque en él no estaba puesto que los atenienses les restituyeran las villas de Solio, Anactorio y algunos otros lugares que pretendían haberles tomado, y también porque no estaban determinados los corintios a desamparar a los de Tracia, que por su amonestación y persuasión se habían rebelado contra los atenienses, a los cuales habían prometido particularmente por juramento, que no les abandonarían así al comienzo, cuando se rebelaron con los de Potidea, como después otras muchas veces, por lo cual no se tenían por quebrantadores de la alianza que hicieron antes con los lacedemonios, si ahora no querían aceptar el tratado de paz que estos habían hecho con los atenienses, visto que no lo podían hacer sin quedar por perjuros para con los tracios. Además, en un artículo de su tratado de alianza se decía que la parte menor hubiese de aceptar lo que hiciese la mayor, si no hubiera algún estorbo o impedimento de los dioses, lo cual reputaban que ocurría en este caso, pues contraviniendo a su juramento ofendían a los dioses, por los cuales ellos habían jurado. Así respondían respecto a este artículo.

En cuanto a la liga y alianza con los argivos, que habiendo consultado estos con sus amigos y aliados harían todo aquello que hallen ser justo y razonable.

Después que los embajadores de los lacedemonios fueron despedidos con esta respuesta, los corintios mandaron venir ante ellos, en su Senado, a los embajadores de los argivos que ya estaban en la ciudad antes que los otros partiesen, y les dijeron que no curasen de diferir más la alianza con ellos, sino que fueran al primer consejo y la concluyesen.

Pendiente esto llegaron allí los embajadores de los eleos, los cuales primeramente hicieron alianza con los corintios, y de allí, por su orden, fueron a Argos, donde hicieron lo mismo, porque también estaban muy descontentos de los lacedemonios, a causa de que antes de la guerra con los atenienses, siendo los de Lépreo ofendidos por algunos de los arcadios, se acogieron a los eleos y les prometieron que si les socorrían en aquella guerra, después de acabada, cuando fueran expulsados de su tierra los arcadios, les darían la mitad de los frutos que cogiesen. Verificada la expulsión, los eleos se convinieron y acordaron con los lepreatas que tenían tierra a labrar, que les pagasen cada año un talento de oro todos juntos, el cual se ofreciese al templo de Júpiter en Olimpia, y este tributo pagaron sin contradicción algunos años, hasta la guerra de los atenienses y peloponesios, mas después rehusaron hacerlo, tomando por excusa las cargas y tributos que sostenían por razón de la guerra. Y porque los eleos les querían obligar a que lo pagasen, los lepreatas acudieron a los lacedemonios, a quienes también los eleos sometieron por entonces la cuestión para que la decidieran, pero después, sospechando que juzgasen contra ellos, no quisieron proseguir la causa ante aquellos, sino que fueron a talar la tierra de los lepreatas. No obstante esto, los lacedemonios pronunciaron su sentencia, por la cual declararon que los lepreatas no estaban obligados en cosa alguna a los eleos, que sin razón habían talado su tierra.

Viendo los lacedemonios que los eleos no querían pasar por su juicio y sentencia, enviaron su gente de guerra en socorro de los lepreatas, por lo cual los eleos pretendían que los lacedemonios habían contravenido al tratado de alianza hecho entre ellos y los otros peloponesios, en el que se establecía que las tierras que cada cual de las ciudades poseía al comienzo de la guerra, les debiesen quedar, diciendo que los lacedemonios habían atraído a ellos la ciudad de los lepreatas, que les era tributaria.

Esta fue la ocasión y pretexto para hacer la alianza con los argivos, y poco después la hicieron los corintios y los calcídeos que habitan en Tracia. Los beocios y megarenses estuvieron a punto de hacer lo mismo, pretendiendo que habían sido menospreciados por los lacedemonios, pero se detuvieron considerando que la manera de vivir de los argivos, que era señorío y mando del pueblo, no era tan conveniente para ellos como la de los lacedemonios que se gobernaban por un cierto número de personas, a saber, por un consejo y senado que tenía el mando y autoridad sobre todos.

V.

Comunicaciones que recatadamente tienen atenienses y lacedemonios. -- Hechos de guerra y tratados que en este verano se hicieron.

Durante este verano los atenienses se apoderaron de la ciudad de Escíone por fuerza, mataron todos los hombres jóvenes, cautivaron a los niños y a las mujeres, y dieron todas las tierras de los escionios a los plateenses, sus aliados, para que las labrasen y se aprovecharan de ellas.

También hicieron regresar a Delos a los ciudadanos que habían sido echados de allí, atendiendo así a los males y daños que habían sufrido por la guerra, como a los oráculos de los dioses que se lo amonestaban.

Los focenses y los locros comenzaron la guerra entre sí, y los corintios y los argivos, que ya estaban aliados y confederados, fueron a la ciudad de Tegea con esperanza de poder apartarla de la alianza de los lacedemonios, y por medio de esta, porque tenía gran término y jurisdicción, atraer a sí a todas las demás del Peloponeso. Mas viendo los corintios que los tegeatas no se querían separar de los lacedemonios por queja alguna que hubiesen tenido antes con ellos, perdieron la esperanza de que ningunos otros quisieran unirse a ellos en amistad, rehusándolo los de Tegea. No por eso dejaron de solicitar a los beocios para que se aliasen y confederasen con ellos y con los argivos, y para que en adelante se rigiesen y gobernasen todos por común acuerdo, porque los beocios habían hecho la tregua de diez días con los atenienses. Después de la conclusión de la paz de cincuenta años arriba dicha, les demandaban que enviasen sus embajadores con ellos a los atenienses para que fuesen comprendidos en la misma tregua, y si no lo querían hacer, los beocios renunciasen del todo esta tregua y en adelante no hiciesen ningún tratado de paz y de tregua sin los corintios.

A esto respondieron los beocios, respecto a la alianza, que ellos entenderían en ella, y en cuanto a lo demás enviaron sus embajadores con los de los corintios a Atenas, y demandaron a los atenienses que comprendieran a los corintios en la tregua de diez días, pero los atenienses respondieron a todos, que si los corintios estaban aliados con los lacedemonios les bastaba aquella alianza para con ellos, y no habían menester otra cosa.

Oída esta respuesta, los corintios procuraron con gran instancia que los beocios renunciasen la tregua de diez días, pero estos no lo quisieron hacer; visto lo cual los atenienses quedaron satisfechos de hacer tregua con los corintios sin alguna otra alianza.

En este verano los lacedemonios, con su ejército al mando de Plistoanacte, su rey, salieron contra los parrasios que viven en tierra de Arcadia y son súbditos de los mantineos. Fueron los lacedemonios llamados a esta empresa por algunos de los ciudadanos parrasios a causa de los bandos y sediciones que había entre ellos, y también iban con intención de derrocar los muros que los mantineos hicieron en la villa de Cipsela, donde habían puesto guarnición, villa asentada en los términos de los parrasios en la región de Escirítide en tierra de Lacedemonia.

Al llegar los lacedemonios a tierra de los parrasios comenzaron a robar y talar, y viendo esto los mantineos dejaron la guarda de su ciudad a los argivos, y con todo su poder acudieron a socorrer a sus súbditos, mas viendo que no podían defender los muros de Cipsela y guardar la ciudad de los parrasios juntamente, determinaron volverse.

Los lacedemonios pusieron a los parrasios, que les llamaron en su ayuda, en libertad, derrocaron aquellos muros, y regresaron a sus casas. Después del regreso, llegó también la gente de guerra que había ido con Brásidas a Tracia, y que Cleáridas trajo por mar cuando quedó ajustada la paz. Declarose por decreto que todos los hilotas y esclavos que se habían hallado en aquella guerra con Brásidas quedasen libres y francos, y pudieran vivir donde quisieran. Al poco tiempo enviaron a todos estos, con algunos otros ciudadanos, a habitar la villa de Lépreo, que está en término de los eleos, en tierra de Lacedemonia, porque ya los lacedemonios tenían guerra con los eleos.

Por otro decreto los lacedemonios desautorizaron y declararon infames a los que cayeron prisioneros de los atenienses en la isla frente a Pilos, por haberse entregado con armas a los enemigos, y entre los que así se rindieron había algunos que ya estaban elegidos para los cargos públicos de la ciudad. Hicieron esto los lacedemonios, porque siendo aquellos reputados y tenidos por infames, no emprendiesen alguna novedad en la república si llegaban a tener algún cargo de autoridad y mando en ella. De esta suerte los declararon inhábiles para adquirir honras y oficios ni tratar ni contratar, aunque poco tiempo después les habilitaron.

En este mismo verano los de Dío tomaron la ciudad de Tiso, en tierra de Atos, confederada con Atenas.

Durante toda esta estación atenienses y peloponesios comerciaron entre sí, aunque siempre se tenían por sospechosos desde el principio del tratado de paz, porque no habían restituido de una parte ni de otra lo que fue acordado en él. Los lacedemonios, que eran los primeros que debían restituir, no habían devuelto a los atenienses la ciudad de Anfípolis ni las otras plazas, ni habían obligado a sus confederados en tierra de Tracia a que aceptasen el tratado de paz, ni tampoco a los beocios y los corintios, aunque decían siempre que si los tales confederados no querían aceptar el tratado de paz, se unirían a los atenienses para forzarles a ello, y para esto habían señalado un día sin poner nada por escrito ni obligación, dentro del cual, los que no hubiesen ratificado y aprobado aquel tratado de paz, fuesen tenidos y reputados por enemigos de los atenienses y de los lacedemonios.

Viendo los atenienses que los lacedemonios no cumplían nada de lo que habían prometido y capitulado, opinaban que no querían mantener la paz, y por esto también dilataban la devolución de Pilos, arrepintiéndose de haber entregado los prisioneros, y reteniendo en su poder las otras villas y plazas que habían de restituir por virtud del contrato, hasta tanto que los lacedemonios hubiesen cumplido su compromiso, los cuales se excusaban diciendo que ya habían hecho lo que podían devolviendo los prisioneros que tenían y mandado salir de Tracia su gente de guerra, pero que la devolución de Anfípolis no estaba en su mano; y en lo demás, que ellos trabajarían por hacer que los beocios y los corintios entrasen en el contrato, y la ciudad de Panacto fuese restituida a los atenienses, como también todos los atenienses que se hallasen prisioneros en Beocia. En cambio pedían a los atenienses que les devolvieran la ciudad de Pilos, o a lo menos si no la querían entregar, que sacasen de ella a los mesenios y los esclavos que tenían dentro, como ellos habían sacado la gente de guerra que estaba en Tracia, y que pusiesen en guarda de la ciudad, si quisiesen, de los suyos propios.

De esta manera pasaron todo aquel verano las cosas en tranquilidad, tratando y comunicando los unos con los otros.

VI.

Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios.

En el invierno siguiente fueron mudados los éforos o gobernadores de la ciudad de Esparta, en cuyo tiempo fue concluido el tratado de paz. En su lugar eligieron otros que eran contrarios a la paz, y se hizo una asamblea en Lacedemonia donde se hallaron presentes los embajadores de las ciudades confederadas a los peloponesios y los de los atenienses, los corintios y los beocios. En esta asamblea fueron debatidas muchas cosas de todas partes, mas al fin terminó sin tomar resolución alguna.

Vueltos cada cual a su casa, Cleóbulo y Jénares, que eran los dos éforos nuevamente elegidos que presidían por entonces en Lacedemonia, y deseaban el rompimiento de la paz, tuvieron negociaciones privadas con los beocios y los corintios, amonestándoles que atendiesen al estado general de las cosas, y al en que ellos estaban por entonces, sobre todo a los beocios, que así como habían sido los primeros en hacer alianza con los argivos, quisieran de nuevo confederarse con los lacedemonios, mostrándoles que por este medio no estarían obligados a tener alianza con los atenienses, y que antes de las enemistades que esperaban y de que se rompiesen las treguas, siempre los lacedemonios habían deseado más la alianza y amistad de los argivos que la de los atenienses, porque siempre habían desconfiado de estos, y por eso querían ahora asegurarse, sabiendo que la alianza de los argivos les venía muy a propósito a los lacedemonios, para hacer la guerra fuera del Peloponeso. Por tanto, rogaban a los beocios que dejasen de buen grado a los lacedemonios la ciudad de Panacto, para que, restituida esta ciudad, ellos pudiesen recobrar a Pilos si fuese posible, y por este medio comenzar la guerra de nuevo contra los atenienses con más seguridad.

Dichas tales cosas a los embajadores de los beocios y de los corintios por los éforos y algunos otros lacedemonios, amigos suyos, para que hiciesen relación de ellas a sus repúblicas, partieron. Antes de llegar a sus ciudades encontraron en el camino dos gobernadores de Argos, y hablaron mucho con ellos, para saber si sería posible que los beocios quisieran entrar en su alianza, como habían hecho los corintios, los mantineos y los eleos, diciéndoles que si esto se hacía, les parecía que serían bastantes para declarar la guerra a los atenienses, o a lo menos, por medio de los beocios y los otros confederados, llegar a algún buen concierto con ellos. Estas noticias fueron muy agradables a los beocios, porque les parecía que concordaban con lo que sus amigos los lacedemonios les habían encargado y que los argivos otorgaban lo que los otros deseaban, determinando entre ellos enviar embajadores a tierra de Beocia para este efecto, y con esto se despidieron unos de otros. Llegados los beocios a su tierra, relataron a los gobernadores de su ciudad todo lo que habían escuchado de los lacedemonios y lo que había pasado con los argivos en el camino, lo cual celebraron los gobernadores, porque la amistad de los unos y de los otros les venía bien, y porque ambas partes, sin previo acuerdo, se mostraban propicias al mismo fin.

Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales, después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.

Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse unos a otros contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses, que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo y Jénares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que habían determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos, que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta de solicitud.

En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna, donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.

Pasado esto hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los lacedemonios, que si restituían Panacto a los atenienses, también estos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses la ciudad de Panacto, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como la habían hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panacto, esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor inclinación que los éforos que gobernaban entonces tenían a los beocios que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo de la primavera, que fue el onceno año de la guerra, los beocios derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panacto.

Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado hasta los cimientos a Panacto y hecho alianza particular con los lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen todas con estos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios en Panacto fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios, y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios, porque habían rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, y codiciado el imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los lacedemonios a Éustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos, y muy aceptos y agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza, pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia, declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza, y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antene, pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o a algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los lacedemonios les respondieron que no era menester hablar más sobre esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción, diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber alcanzado la victoria. Además que la guerra no debiese pasar más adelante de los límites de la ciudad de Argos, o Lacedemonia, y de sus términos.

Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos, y propusiesen el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto partieron de Lacedemonia los embajadores.

Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panacto y los prisioneros atenienses, a saber, Andrómedes, Fédimo y Antiménidas, hallaron que Panacto había sido asolada por los beocios, porque decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses, confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores se los enviaron; y tocante a Panacto, les dijeron que no tenían por qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa de devolverla.

No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada, y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas usaron con los embajadores de palabras muy duras, y les despidieron sin otra conclusión.