Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 25

Chapter 254,081 wordsPublic domain

No por eso cesó Alcibíades de persuadir a Tisafernes para que hiciese amistad con los atenienses, a lo cual con mucha facilidad accedió este, porque ya le inspiraban temor los lacedemonios, por ser más poderosos en la mar que los atenienses.

No cesaba, pues, Alcibíades de ganar autoridad con Tisafernes, para que le diese crédito y fe; y mucho más después que entendió la diferencia que había habido entre los embajadores lacedemonios en Cnido, a causa de los artículos de la alianza hecha por Terímenes; diferencia ocurrida antes que los peloponesios fueran a Rodas.

Aun antes de esto había Alcibíades hablado a Tisafernes de lo que arriba hemos dicho, dándole a entender que los lacedemonios procuraban poner todas las ciudades griegas en libertad. Sobrevino después el discurso de Licas, a los reunidos en Cnido, donde dijo que no se debía aceptar, ni mantener, ni guardar el artículo del tratado de alianza, en que se decía que el rey debía ser puesto en posesión de todas las ciudades que él y sus predecesores habían dominado; discurso que confirmaba la opinión de Alcibíades, el cual, como hombre que pretendía grandes cosas, procuraba por todas las vías posibles mostrarse aficionado a Tisafernes.

En este tiempo, los mensajeros enviados con Pisandro por los atenienses que estaban en Samos, a la ciudad de Atenas, al llegar allí, propusieron al pueblo lo que se les había encargado, tocando sumariamente los puntos más principales, con especialidad el de que, haciendo lo que les demandaban, podrían tener al rey de su parte, y con su auxilio alcanzar la victoria contra los peloponesios. Siendo lo que pedían, como antes se dijo, llamar a Alcibíades, y cambiar la forma de gobierno del pueblo, se opusieron los de la ciudad con grande instancia, tanto por la afición que tenían al régimen popular como por la enemistad con Alcibíades, y decían que sería cosa exorbitante restablecer en su primera autoridad al que había violado las leyes, contra el cual los Eumólpidas y los Cérices[24] que pronunciaban las cosas sagradas habían llevado el testimonio de la corruptela y violación de sus ceremonias, y reconociéndose culpado Alcibíades se desterró voluntariamente. Añadían que después los ciudadanos se habían obligado por sus votos y ruegos a todas las iras y execraciones de los dioses si le volvían a llamar.

Viendo Pisandro la multitud de los que le contradecían, iba donde estaba la mayor parte de ellos, tomándoles por las manos a los unos y a los otros, preguntándoles si tenían alguna esperanza de victoria contra los peloponesios por otra vía, puesto que poseían tan numerosa armada como ellos, y gran número de las ciudades de Grecia en su alianza. Además, el rey y Tisafernes les proveían de dinero, mientras los atenienses no lo tenían ya ni podían esperar tenerlo, sino de parte del rey. Todos a quienes preguntaba le respondían que no veían otro remedio. Entonces él les replicó que esto no se podía hacer si no reformaban el gobierno y estado de la ciudad, y lo entregaban a corto número de hombres buenos, cosa que el rey deseaba para estar más seguro de la ciudad.

Por estas razones persuasivas de Pisandro, el pueblo, que al principio había hallado la mudanza de estado y gobernación cosa extraña, entendiendo, por lo que proponía Pisandro, que no había otro remedio de salvar el señorío de la ciudad, unos por temor, y otros por esperanza, accedieron a que la gobernación fuese reducida a mando de pocos ciudadanos buenos.

Hízose el decreto por el cual el pueblo dio encargo y comisión a Pisandro, en compañía de otros diez ciudadanos, de presentarse a Tisafernes y Alcibíades para hablar y acordar con ellos todo lo tocante a esto en la manera que les pareciese ser más útil para la ciudad.

Por el mismo decreto Frínico, y su compañero Escirónides, fueron privados del mando por causa de Pisandro, que les acusó. En lugar de ellos fueron elegidos Diomedonte y León, enviados a la armada.

La acusación de Pisandro contra Frínico consistía en que había entregado y sido traidor a Amorges, y que le parecía no era suficiente para guiar las cosas que se habían de tratar con Alcibíades.

Pisandro organizó el régimen y gobierno como estaba antes que el régimen popular fuese establecido, así tocante a las cosas de justicia como a los que habían de administrarla, e hizo tanto, que el pueblo todo junto consintió en quitar la democracia, que es el régimen popular.

En lo demás proveyó en todo lo que le pareció ser necesario para el estado de las cosas presentes, y se embarcó con sus diez compañeros para buscar a Tisafernes.

IX.

Derrotados los de Quíos en una salida que hicieron contra los sitiadores atenienses, son estrechamente cercados y puestos en grande aprieto. -- Las gestiones de Alcibíades para pactar alianza entre Tisafernes y los atenienses no dan resultado. -- Renuévase la alianza entre Tisafernes y los lacedemonios.

Al tomar el mando de la armada Diomedonte y León, la llevaron contra Rodas: y viendo que los buques peloponesios estaban en el puerto, y lo guardaban de manera que no podían entrar, fueron a desembarcar a otro lugar, en el cual salieron sobre ellos los de Rodas, y los rechazaron.

Volvieron a embarcarse y fueron a Calce, y de allí, y también de Cos, hacían más ásperamente la guerra a los rodios, y con mucha facilidad podían ver si algunos barcos peloponesios pasaban por aquellos parajes.

En este tiempo el laconio Jenofántidas fue de Quíos a Rodas de parte de Pedárito, diciendo a los lacedemonios que allí estaban que la muralla que los atenienses habían levantado contra la ciudad de Quíos estaba ya acabada, y que si toda la armada no iba muy pronto en socorro de la ciudad, se perdería. Oído esto determinaron de común acuerdo ir a socorrerla.

Entretanto Pedárito y los de Quíos salieron sobre las trincheras y fuertes que los atenienses habían hecho alrededor de sus naves, con tanto ímpetu y vigor que derribaron y rompieron parte de ellas, y cogieron algunos barcos, pero acudiendo los atenienses en socorro de su gente, los de Quíos se pusieron inmediatamente en huida. Pedárito, queriéndolos contener y abandonado de todos los que estaban cerca de él, fue muerto, y gran número de los de Quíos con él, cogiendo los atenienses muchas armaduras.

Con motivo de esta pérdida fue la ciudad mucho más estrechamente cercada que antes, así por mar como por tierra, y juntamente con esto tenía grande necesidad de víveres.

Cuando Pisandro y sus compañeros se reunieron con Tisafernes, comenzaron a tratar de la alianza, porque Tisafernes temía más a los peloponesios que a ellos, y quería (siguiendo el consejo de Alcibíades) que continuara la lucha para debilitar más las fuerzas de los beligerantes.

Tampoco estaba seguro del todo Alcibíades de Tisafernes, y para probarlo propuso condiciones tales que no se pudieran aceptar, lo que a mi parecer deseaba Tisafernes con diversos fines, pues tenía miedo a los peloponesios, y no osaba buenamente apartarse de ellos.

Alcibíades, viendo que Tisafernes no tenía deseo de convenir la alianza, tampoco quería dar a entender a los atenienses que carecía de influencia para hacerle condescender, antes deseaba hacerles entender que lo tenía ya ganado, pero que ellos eran la causa de romperse las negociaciones porque le hacían muy cortos ofrecimientos.

Para lograr su objeto les pidió en nombre de Tisafernes, por el cual hablaba en su presencia, cosas tan grandes y tan fuera de razón, que era imposible otorgarlas, a fin de que nada se conviniera. Pedía primeramente, toda la provincia de Jonia con todas las islas adyacentes a ella, y concediéndolo los atenienses a la tercera junta que tuvieron, por mostrar que tenían mucha autoridad con el rey, les demandó que permitiesen que este hiciera barcos a su voluntad, y con ellos fuese a sus tierras con el número de gente y tantas veces cuantas quisiese. A esta exigencia no quisieron los atenienses acceder, pero viendo que les pedían cosas intolerables, y considerándose engañados por Alcibíades, partieron con grande enojo y despecho, y se volvieron a Samos.

Tisafernes en este invierno fue otra vez a Cauno, con intención de juntarse de nuevo con los peloponesios, y hacer alianza con las condiciones que él pudiese, pagándoles el sueldo a su voluntad, a fin de que no fuesen sus enemigos y temiendo que si los peloponesios se veían obligados a dar batalla por mar a los atenienses, fuesen vencidos por falta de gente, puesto que la mayor parte no había sido pagada, o no quisieran combatir, desarmando los barcos, consiguiendo de esta manera los atenienses lo que deseaban, sin su ayuda, o porque sospechaba y temía que, por cobrar su paga, los soldados peloponesios robasen y saqueasen las posesiones del rey que estaban cerca, en tierra firme. Por estas razones, y por conseguir su fin, que era mantener a los beligerantes en igual fuerza, habiendo hecho ir a los peloponesios, les entregó la paga de la armada y convino el tercer tratado con ellos en esta forma.

«El tercer año del reinado del rey Darío, siendo Alexípidas éforo de Lacedemonia, fue hecho este tratado en el campo de Menandro entre los lacedemonios y sus aliados de una parte, y Tisafernes, Hierámenes, y los hijos de Farnaces de la otra, sobre los negocios que interesan a ambas partes.

»Primeramente que todo lo que pertenece al rey en Asia, quede por suyo y pueda disponer a su voluntad.

»Que ni los lacedemonios ni sus aliados entrarán en las tierras del rey para hacer daño en ellas, ni por consiguiente, el rey en las tierras de los lacedemonios y sus aliados. Y si alguno de estos hiciese lo contrario, los otros se lo prohibirán e impedirán. Lo mismo hará el rey si alguno de sus súbditos invadiera las tierras de los confederados.

»Que Tisafernes pague el sueldo a las tripulaciones de los buques que están al presente aparejados, esperando que los del rey vengan: y entonces los lacedemonios y sus aliados paguen los suyos a su costa si quisieren, y si tienen por mejor que Tisafernes haga el gasto, estará obligado a prestarles el dinero, que le será devuelto una vez terminada la guerra, por los mismos aliados y confederados.

»Que cuando los barcos del rey lleguen, se junten con los de los aliados y todos hagan la guerra contra los atenienses el tiempo que le pareciese bien a Tisafernes y a los lacedemonios, y a sus confederados. Si creyeran mejor apartarse de la empresa, que lo hagan de común acuerdo y no de otra manera.»

Tales fueron los artículos del tratado, después de lo cual Tisafernes procuró con gran diligencia hacer ir los barcos de Fenicia, y cumplir todas las otras cosas que había prometido.

Casi en el fin del invierno los beocios tomaron la villa de Oropo y con ella la guarnición de atenienses que estaba dentro, logrando esto con acuerdo de los de la villa y de algunos eretrieos, y con esperanza de que después harían rebelar Eubea, porque estando Oropo en tierras de Eretria que tenían los atenienses, necesariamente la pérdida de ella había de ocasionar gran daño y perjuicio a la ciudad de Eretria, y a toda la isla de Eubea.

Después de esto los eretrieos enviaron mensaje a los peloponesios que estaban en Rodas, para hacerles ir a Eubea: pero porque el negocio de Quíos les parecía más urgente y necesario, por el apuro en que la villa estaba, no acudieron a esta empresa y partieron de allí para socorrer a Quíos.

Al pasar cerca de Oropo vieron los trirremes de los atenienses que habían partido de Calce, y que estaban en alta mar, pero por ir a diversos viajes, no acudieron los unos contra los otros, siguiendo cada cual su rumbo, a saber: los atenienses a Samos, y los peloponesios a Mileto, pues conocieron muy bien que no podían socorrer a Quíos sin batalla.

Entretanto llegó el fin del invierno y el de los veinte años de la guerra que Tucídides ha escrito.

Al comienzo de la primavera, el espartano Dercílidas fue enviado con pequeño número de tropas al Helesponto para hacer rebelar la villa de Abido contra los atenienses, la cual es colonia de Mileto.

Por otra parte, los de Quíos, viendo que Astíoco tardaba tanto en ir a socorrerles, viéronse obligados a combatir por mar con los atenienses, yendo a las órdenes del espartano León, que eligieron por capitán después de la muerte de Pedárito, en el tiempo en que estaba Astíoco en Rodas, a donde fue con Antístenes desde Mileto.

Tenían doce buques extranjeros que fueron en su socorro, cinco de Turios, cuatro de los siracusanos, uno de Anea, otro de Mileto, otro de León, y treinta y seis de los suyos.

Salieron todos los que eran para pelear, y fueron a acometer la armada de los atenienses animosamente, habiendo escogido un lugar muy ventajoso para ellos.

Fue el combate áspero y peligroso de una parte y de otra: en el cual los de Quíos no llevaron lo peor, mas sobrevino la noche separándolos y volvieron los quiotas dentro de la villa.

En este tiempo cuando Dercílidas llegó a Helesponto, la villa de Abido se le rindió y la entregó a Farnabazo.

Dos días después la ciudad de Lámpsaco hizo lo mismo, de lo cual advertido Estrombíquides, que estaba delante de Quíos, fue de súbito con veinticuatro naves atenienses para socorrer y guardar aquel paraje: entre estos barcos había algunos construidos para transporte de tropas, en los que iban hombres de armas.

Llegado a Lámpsaco, y habiendo vencido a los habitantes que salieron contra él, tomó en seguida la villa por no estar amurallada, y después de haber restablecido a los hombres libres fue a Abido. Mas viendo que no tenía esperanza de tomarla ni aprestos para cercarla, se dirigió desde allí a la ciudad de Sesto, situada en la tierra del Quersoneso, enfrente de Abido, la cual los medos habían poseído algún tiempo, y en ella puso numerosa guarnición para defensa de toda la tierra de Helesponto.

Por causa de la partida de Estrombíquides, los de Quíos se hallaron más dueños de la mar con los milesios, y sabiendo Astíoco el combate naval que estos de Quíos habían librado contra los atenienses, y el viaje de Estrombíquides, mostrose tan animado y seguro, que fue con solo dos naves a Quíos, donde tomó todas las que halló, llevándolas consigo. De allí se dirigió a Samos, y viendo que los enemigos no querían salir a combatir, porque no se fiaban mucho los unos de los otros, volvió a Mileto.

X.

Gran división entre los atenienses, lo mismo en Atenas que fuera de ella, y en la armada que estaba en Samos, por el cambio de gobierno de su república, que les causó gran daño y pérdida.

Las cuestiones entre los atenienses empezaron entonces por el cambio de gobierno en la ciudad que privó del mando al pueblo, dándolo a cierto número de hombres buenos.

Cuando Pisandro y sus compañeros volvieron a Samos, pusieron el ejército que allí estaba a sus órdenes, y muchos de los samios amonestaban a los más principales de la villa para que tomasen la gobernación de ella en su nombre, pero muchos otros querían mantener el estado y mando popular, por lo cual sobrevinieron grandes divisiones y escándalos entre ellos.

También los atenienses que estaban en el ejército, habiendo consultado el negocio entre ellos, y viendo que Alcibíades no tomaba la cosa a pecho, determinaron dejarle y que no le volvieran a llamar, porque les parecía que cuando fuera a la ciudad no sería suficiente, ni bastante para tratar los negocios bajo el régimen de la aristocracia, que es gobernación de pocos buenos, antes era cosa conveniente que los que estaban allí, puesto que de su estado se trataba, dijeran la manera cómo se había de guiar este negocio, especialmente cómo se proveería sobre el hecho de la guerra.

Para esto cada cual, liberalmente, se ofrecía a contribuir con su propio dinero y con otras cosas necesarias, conociendo que ya no trabajaban por el común provecho sino por el interés particular.

Por esta causa enviaron a Pisandro, y la mitad de los embajadores que habían negociado con Tisafernes, a Atenas, para ordenar allí en los negocios, y les dieron comisión de que por todas las ciudades por donde pasasen de las que obedecían a los atenienses, pusiesen el gobierno de la aristocracia, que es el de poco número de los mejores y principales.

La otra mitad de los embajadores se esparció, y fueron cada uno a diversos lugares para hacer lo mismo.

Ordenaron a Diítrefes, que estaba entonces en el cerco de Quíos, fuese a la provincia de Tracia, que le había sido dada para ser gobernador de ella.

Partió este del cerco, y al pasar por Tasos quitó la democracia; es decir, el régimen popular, y entregó la gobernación a pocos hombres buenos; pero cuando se ausentó de la ciudad, la mayor parte de los tasios, habiendo cercado su villa de muros, poco más de un mes después de la partida de Diítrefes, se persuadieron unos a otros, diciendo que no tenían necesidad de gobernarse por el mando de los que los atenienses les habían enviado, ni de vivir sometidos a lo que estos ordenaran, antes esperaban que dentro de muy poco tiempo volverían a su prístina libertad con el favor de los lacedemonios, porque los ciudadanos que habían sido desterrados de su ciudad, se refugiaron en Lacedemonia, y procuraban con todo su poder que enviasen los lacedemonios sus barcos de guerra y que la villa se rebelase.

Sucedioles de la misma manera que lo tenían previsto y deseado: la ciudad sin daño alguno fue puesta en su libertad, y la gente popular que les había sido contraria, fue sin escándalo privada del gobierno.

A los que eran del partido de los atenienses, a quienes Diítrefes había dado la gobernación, ocurrió todo lo contrario de lo que pensaban.

Lo mismo sucedió en muchas otras ciudades sujetas a los atenienses, considerando, a mi parecer, que ya no había para qué tener miedo de los atenienses, y que aquella manera de vivir bajo su obediencia, so color de buena policía, no era a la verdad sino una servidumbre encubierta, dando a entender que la verdadera libertad consistía en el régimen democrático.

Cuanto a lo de Pisandro y sus compañeros que habían ido con él, pusieron la gobernación de las ciudades por donde pasaron, en mano de pocos buenos a su voluntad, y de algunas tomaron hombres de armas que llevaron con ellos a Atenas, donde hallaron que sus cómplices y amigos habían procurado y aun hecho muchas cosas conformes a su intención para quitar el estado popular.

Un tal Androcles, que tenía grande autoridad en el pueblo, y había sido de los primeros en pedir la expulsión de Alcibíades, fue muerto por conspiración secreta de algunos mancebos de la ciudad, y por dos causas: la primera por su grande influencia en el pueblo; y la segunda, por ganar y alcanzar gracia y amistad con Alcibíades; pues pensaban que sería restituido en su autoridad, esperando que traería a Tisafernes al bando ateniense.

Con iguales fines y de la misma manera hicieron matar a algunos que les parecía ser contrarios a este negocio.

También hicieron entender al pueblo, con arengas y discursos elocuentes, que por ninguna vía se había de dar sueldo sino a los que servían en la guerra, y que, en la gobernación de los negocios comunes, no habían de entender más de quinientos hombres, y estos de los que eran poderosos para servir en las cosas públicas con sus personas y bienes.

Al mayor número parecía muy honrosa esta mudanza, y aun los mismos que habían sido causa de restablecer en su ser y estado el gobierno popular, esperaban aún por este cambio tener autoridad, porque aún quedaba la costumbre antigua de juntarse el pueblo y el Senado del haba en todos los negocios[25], y de oír la opinión de todos, y de seguir la mejor y más autorizada; pero ninguna se podía proponer sin la deliberación del pequeño consejo que ejercería la autoridad. En este consejo consultaban aparte todo lo que se debía proponer, conforme a sus intentos; y cuando exponía su opinión ninguno osaba contradecirla por el temor que tenían, viendo el grande número y autoridad de los gobernadores.

Cuando alguno les contradecía, buscaban manera para matarle, y no se perseguía ni encausaba a los homicidas, por lo cual el pueblo estaba en tanto peligro y tenía tanto miedo, que ninguno osaba hablar, y a todos les parecía que ganaban mucho callando, si no recibían otra incomodidad o violencia.

Tanto mayor era su tribulación cuanto que imaginaban ser más grande el número de los comprometidos en la conspiración de los que en realidad había, porque huían de saber cuáles eran los conjurados y cómplices de esta secta por lo difícil de conocerse todos en una población numerosa, y también porque unos no sabían la intención de otros, y no osaban quejarse uno a otro, ni descubrir su secreto, ni tratar de vengarse secretamente.

La sospecha y desconfianza era, pues, tan grande en el pueblo, que no osaban confiarse a sus conocidos y amigos, dudando que fuesen de la conspiración, porque había en ella hombres de quienes jamás se creyera. Por esta razón no se sabía de quién fiarse en el pueblo, y la mayor seguridad de los conjurados consistía principalmente en esta general desconfianza.

Llegando, pues, Pisandro y sus compañeros en esta época de turbación, acabaron muy a su placer y en poco tiempo su empresa. Primeramente les hicieron consentir que se eligiesen diez secretarios, los cuales tuviesen plena autoridad para manifestar al pueblo lo que acordaran poner en consulta por el bien de la ciudad en un día determinado. Llegado el día, y reunido el pueblo en un campo, donde estaba edificado el templo de Neptuno, a diez estadios de la ciudad, no propusieron otra cosa los dichos decemviros sino que era muy necesario respetar la libre opinión de los atenienses donde quiera que la expusieran, y que cualquiera que impidiese, injuriase o estorbase esta libertad, sería con todo rigor castigado.

Después fue pronunciado el siguiente decreto:

«Que todos los magistrados de nombramiento popular fuesen quitados, no pagándoles sus sueldos, y que se eligiesen cinco presidentes, los cuales nombrarían después cien hombres, y cada uno de ellos escogería otros tres que serían, en suma, cuatrocientos; los cuales, cuando se reunieran en consejo o asamblea, tendrían amplia y cumplida autoridad de ordenar y ejecutar lo que viesen que era para el bien y provecho de la república. Además reunirían los cinco mil ciudadanos cuando bien les pareciese.»

Este decreto lo pronunció Pisandro, el cual así en esto como en las otras cosas, hacía de buena gana todo lo que entendía que aprovechaba a suprimir y abrogar el gobierno popular. Pero el decreto había sido mucho tiempo antes imaginado y consultado por Antifonte, persona de gran crédito, pues no había en aquel tiempo ninguna otra en la ciudad que le excediese en virtud, y que además era muy avisado y prudente para hallar y aconsejar expedientes en los negocios comunes. Junto con esto tenía mucha gracia y elocuencia en decir y proponer, y con todo ello jamás iba a la junta del pueblo, ni a otra congregación contenciosa si no le llamaban. Por eso el pueblo no tenía de él sospecha, estimándole a pesar de la eficacia y elegancia de sus palabras, hasta el punto de que no queriendo entremeterse en los negocios, cualquier hombre que tuviese necesidad de él, ora fuese en materia judicial, o con la asamblea del pueblo, se tenía por dichoso y muy favorecido si podía contar con su consejo y defensa.

Cuando el régimen de los cuatrocientos fue quitado, y se procedió contra los que habían sido principales autores, siendo acusado como los demás, defendió su causa, y respondió a mi parecer mejor que nunca lo hizo hombre alguno, de que yo me acuerde.

A este régimen popular se mostraba también muy favorable Frínico por el miedo que tenía a Alcibíades, que había sabido todo lo que él trató con Astíoco, estando en Samos, y le parecía que no volvería a Atenas en tanto que la gobernación de los cuatrocientos durase; Frínico era estimado por hombre constante y esforzado en las grandes adversidades, porque habían visto por experiencia que nunca se mostró falto de esfuerzo y corazón.