Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)
Part 24
En el invierno siguiente, concluidos ya los negocios de Farnabazo por mano de Calígito de Mégara, y de Timágoras de Cícico, pasaron veintisiete buques del Peloponeso a Jonia, cerca del solsticio[23], al mando del espartano Antístenes. Con él iban doce ciudadanos que los lacedemonios enviaron a Astíoco para asistirle y ayudarle, y darle consejo en los negocios tocantes a la guerra. Entre ellos, el más principal era Licas, hijo de Arcesilao. Tenían orden de dar aviso a los lacedemonios cuando llegaran a Mileto, y en todas las cosas proveer de tal manera que todo estuviese como convenía en tal negocio. Enviarían (si bien les parecía) los buques que habían llevado, o mayor número, o menos, como el negocio lo exigiera, al Helesponto a Farnabazo, al mando de Clearco, hijo de Ranfias, que iba en su compañía.
También tenían facultades, si les parecía que fuese bueno, para quitar la gobernación y mando de la armada a Astíoco y dársela a Antístenes, porque tenían sospecha de Astíoco por las cartas que Pedárito había escrito contra él.
Partieron, pues, los veintisiete barcos de Malea, y hallaron junto a Melos diez buques atenienses, de los cuales tomaron tres vacíos, que quemaron; y temiendo que los otros, que escaparon, diesen aviso de su llegada a los atenienses, que estaban en Samos (como sucedió), se fueron hacia Creta.
Después de navegar bastante tiempo, llegaron al puerto de Cauno, que está en tierra de Caria.
Pensando estar en lugar seguro, enviaron a decir a los que estaban en Mileto, que no los fueran a buscar.
Mientras tanto los quiotas y Pedárito no cesaban de hacer instancias a Astíoco para que fuese a socorrerlos, pues sabía que estaban cercados, y no debía desamparar la principal ciudad de Jonia, la cual estaba cercada por la parte de mar, y robada por la de tierra.
Decíanle además que en aquella ciudad había mayor número de esclavos que en ninguna otra de Grecia, después de Lacedemonia, y por ser tantos, les tenían gran miedo, y eran más ásperamente perseguidos que en otra parte, con lo cual, estando el ejército de los atenienses junto a la ciudad, y habiendo hecho sus fuertes, trincheras y alojamientos en lugares seguros, muchos de los dichos esclavos huyeron, pasándose a ellos; y como sabían la tierra, hicieron gran daño a los ciudadanos.
Con estas razones demostraban los quiotas a Astíoco que les debía socorrer, y en cuanto pudiera, impedir que acabasen el cerco de Delfinio, que aún no estaba concluido, porque después que lo estuviese, los barcos de los enemigos tendrían allí más espacioso lugar para guarecerse.
Viendo Astíoco las razones que le daban, aunque tenía resuelto no ayudarles como se lo había dicho y afirmado al tiempo que se separó de ellos, determinó socorrerlos. Pero avisado al mismo tiempo de la llegada de los veintisiete barcos y de los doce consejeros a Cauno, le pareció que sería cosa muy conveniente dejar todos los otros negocios para ir a buscar los diez barcos, con los cuales sería dueño de la mar, y traer los consejeros para que en completa seguridad le dijeran sus opiniones. Prescindió, pues, de la navegación proyectada a Quíos, y fue derecho a Cauno.
Al pasar cerca de Merópide, hizo saltar su gente en tierra y saqueó la villa, la cual había sido arruinada por causa de un temblor de tierra tan grande que no había memoria de otro mayor, y que no solamente derribó los muros de la villa sino también la mayor parte de las casas.
Los ciudadanos, advirtiendo la llegada de los enemigos, huyeron, parte de ellos a las montañas, y otra parte por los campos, de tal manera, que los peloponesios tomaron todo lo que quisieron de aquella tierra, llevándolo a sus barcos, excepto los hombres libres, que dejaron ir.
Desde allí fue Astíoco a Cnido, en donde al llegar, y cuando ordenaba a su gente saltar a tierra, le avisaron los de la villa que cerca había veinte naves atenienses al mando de Carmino, uno de los capitanes de Atenas, que por entonces estaban en Samos, y a quien habían enviado para espiar el paso de los veintisiete buques que iban del Peloponeso, en busca de los cuales iba también Astíoco; y le habían dado los otros capitanes comisión de costear el paso de Sime, de Calce, de Rodas y de Licia, porque ya habían sido advertidos los atenienses que la armada de los peloponesios estaba en Cauno.
Estando, pues, Astíoco avisado de esto, quiso ocultar su viaje y caminó hacia Sime por ver si podría encontrar los dichos veinte buques. Mas sobrevino un tiempo de aguas tan turbio y oscuro, que no los pudo descubrir, ni menos aquella noche guiar, y tener los suyos en orden, de tal manera, que al amanecer, los que estaban a la extrema derecha, se hallaron a la vista de los enemigos, metidos en alta mar; y los que estaban a la izquierda, iban aún navegando alrededor de la isla.
Cuando los atenienses los vieron, pensando que fuesen los que habían estado en Cauno, y a los cuales iban espiando, los acometieron con menos de veinte naves. Al llegar a ellos, al primer encuentro, echaron a pique tres; y muchos de los otros los pusieron fuera de combate, creyendo que tenían ya la victoria segura.
Mas viendo que había mayor número de buques de los que pensaban, y que iban cercándoles en todas partes, comenzaron a huir; en cuya huida perdieron seis de sus barcos, y los otros se salvaron en la isla Teutlusa. De allí se fueron hacia Halicarnaso. Hecho esto, los peloponesios volvieron a Cnido, y después que se unieron a los otros veintisiete barcos que estaban en Cauno, fueron todos juntos a Sime, donde alzaron un trofeo, y después volvieron a Cnido.
Los atenienses que estaban en Samos, al saber el combate ocurrido en Sime, fueron con todo su poder hacia esta parte; y viendo que los peloponesios que estaban en Cnido no se atrevían a acometerles, ni siquiera a dejarse ver, tomaron todas las barcas y otros aparejos para navegar que hallaron en Sime, y después volvieron a Samos.
En el camino saquearon la villa de Lórima que está en tierra firme.
Los peloponesios, habiendo juntado en Cnido toda su armada, hicieron reparar y componer lo que era menester, y entretanto los doce consejeros con Tisafernes fueron a buscarles allí, y hablaron de las cosas pasadas; consultando entre sí si había algo de lo pasado que no fuese bueno; y la manera de continuar la guerra con la mayor ventaja posible para el bien y provecho, así de los peloponesios como del rey.
Licas sostuvo que los artículos de la alianza no habían sido convenientemente hechos, pues decía no era justo que todas las tierras que el rey o sus predecesores habían poseído, volvieran a su poder; porque para ello sería menester que todas las islas, los locros y la tierra de Tesalia y de Beocia quedaran nuevamente en su dominio; y que los lacedemonios, por el mismo caso, en lugar de poner a los otros griegos en libertad, los pusieran bajo la servidumbre de los medos, por lo cual deducía que era necesario hacer nuevos artículos, o dejar de todo punto su alianza; y que para obtener esto, no era menester que Tisafernes pagase más sueldos.
Al oír Tisafernes esta proposición, quedó muy triste y despechado, y se fue muy enojado y lleno de cólera contra los peloponesios, los cuales, después de su partida, siendo llamados por algunos de los principales de Rodas, fueron hacia allá pensando que con aquella ciudad ganarían gran número de gente de guerra y buques, y que mediante su ayuda y la de sus aliados, hallarían cantidad de dinero para sustentar su armada.
Partieron, pues, aquel invierno de Cnido con noventa y cuatro naves, y arribaron cerca de Camiro, que está en la isla de Rodas, por lo cual los de la ciudad y tierra, que no sabían nada de lo que se había tratado, se asustaron de tal manera que muchos huyeron, dejando la ciudad por no estar cercada de muros; mas los lacedemonios enviaron por ellos y reunieron a todos, como también a los de Lindo y Yaliso, persuadiéndoles para que dejasen la alianza y amistad de los atenienses.
Por esta causa la ciudad de Rodas se rebeló, y tomó el partido de los peloponesios.
Un poco antes habían sido advertidos los atenienses que estaban en Samos de que esta armada se encontraba ya en camino de Rodas, y partieron todos juntos, esperando socorrerla y conservarla antes de que se rebelase. Mas al llegar a la vista de sus enemigos, conociendo que era ya tarde, se retiraron a Calce, y de allí a Samos.
Después que los peloponesios se fueron de Rodas, los atenienses tuvieron con los rodios muchas escaramuzas y encuentros, y en su compañía iban los de Samos, de Calce y de Cos.
Los peloponesios sacaron a la orilla, en el puerto de la ciudad, sus naves, y estuvieron allí ochenta días sin hacer ningún acto de guerra; durante cuyo tiempo cobraron treinta y dos talentos de los rodios.
VIII.
Siendo Alcibíades sospechoso a los lacedemonios, persuade a Tisafernes para que rompa la alianza con los peloponesios y la haga con los atenienses. -- Los atenienses envían embajadores a Tisafernes para ajustarla.
Durante este tiempo, y antes de la rebelión de Rodas, después de la muerte de Calcideo y de la batalla junto a Mileto, los lacedemonios tuvieron gran sospecha de Alcibíades, de tal manera, que escribieron a Astíoco le matase, porque era enemigo de Agis, su rey, y en lo demás tenido por hombre de poca fe. Advertido de esto Alcibíades se unió a Tisafernes, con el cual había hablado de cuanto sabía contra los peloponesios, diciéndole todo lo que pasaba entre ellos; y siendo causa de que este disminuyera el sueldo que pagaba a los soldados, y que, en lugar de una dracma ática que les daba cada día, les diese tres óbolos, y no más, y aun estos muchas veces no se los pagaba, por consejo del mismo Alcibíades, diciendo que los atenienses entendían mejor lo referente a la mar que ellos, y no pagaban a sus marineros y pilotos sino este sueldo, que él no quería dar más; y no lo hacía, tanto por ahorrar dinero ni por falta que tuviese de él, cuanto por no darles ocasión a gastarlo mal y emplearlo en malos usos, haciéndose cobardes y afeminados, pues lo demás de lo que les era necesario para sustentar a los marineros lo gastarían en cosas superfluas, con lo que llegarían a ser más cobardes y muelles. Añadía que lo que les suprimía de la paga por algún tiempo, lo hacía para que no tuviesen intención de irse y dejar los barcos, si no les debían nada, lo cual no osarían hacer cuando sintiesen que les detenían alguna parte de su sueldo.
Para poder persuadir de esto a los peloponesios, había sobornado Tisafernes, por consejo de Alcibíades, a todos los pilotos de los buques y a todos los capitanes de las villas por dinero, excepto al capitán de los siracusanos, Hermócrates: el único que resistía a todo esto cuanto podía, en nombre de todos los confederados.
El mismo Alcibíades vencía con razones, hablando a nombre de Tisafernes a las ciudades que pedían dinero para guardarse y defenderse. A los de Quíos decía que debían tener vergüenza de pedir dinero, atento que ellos eran los más ricos de toda Grecia y habían sido puestos en libertad, y librados de la sujeción de los atenienses, mediante el favor y ayuda de los peloponesios, no siendo justo demandar a las otras ciudades que pusieran en peligro sus ciudadanos y sus haciendas y dineros, por conservar la libertad de dicha ciudad.
En cuanto a las otras ciudades que se habían rebelado contra los atenienses, aseguraba que tenían gran culpa en no querer pagar para la defensa de su libertad lo que acostumbraban a dar a los atenienses de impuesto y subsidio. Y aun decía más: que Tisafernes tenía razón en ahorrar el dinero de aquella manera para sustentar los gastos de guerra, a lo menos hasta que recibiese nuevas de si el rey quería que el sueldo fuese pagado por entero o no; y si se lo mandaba pagar por entero, hacerlo así, no habiendo por tanto falta de su parte, prometiendo recompensar a las ciudades a cada una, según su estado y calidad.
Además, Alcibíades aconsejaba a Tisafernes que procurase no poner fin a la guerra, y que no hiciese venir los buques que estaban dispuestos en Fenicia, ni tampoco los que había hecho armar en Grecia para juntarlos con los del Peloponeso, porque, haciendo esto, los peloponesios serían señores de la mar y de la tierra, siéndole más provechoso que los entretuviese siempre en diferencias y guerras, porque por esta vía siempre quedaba en su mano y poder excitar una parte contra la otra y vengarse de la que le hubiese ofendido. Pero si permitía que una de las partes fuese vencida y que la otra tuviese señorío en la mar y en la tierra, no hallaría quien le ayudase contra ella, si le quería hacer mal, y sería menester que él mismo, en tal caso, con grande daño y con muy gran gasto, se expusiese solo al peligro, que más valía con poca costa entretenerlas en diferencias, y de esta manera mantener su estado con toda seguridad.
De esta suerte daba a entender a Tisafernes, que la alianza de los atenienses sería mucho más provechosa al rey que la de los lacedemonios, porque los atenienses no procuraban dominar por la tierra; y su intención y manera de proceder en la guerra era mucho más provechosa para el rey que la de los otros, por causa de que, siendo sus aliados, sojuzgarían por mar y reducirían gran parte de los griegos a su servidumbre, y los que habría en tierra, habitantes en las provincias del rey, quedarían vasallos de este, es decir, lo contrario de lo que pretendían los lacedemonios, quienes deseaban poner a todos los griegos en libertad, porque no era de creer que ellos, que procuraban librar a los griegos de la servidumbre de otros griegos, quisiesen permitir que quedaran en la de los bárbaros. Por eso harían lo necesario para poner en libertad a todos los que antes no lo habían estado y que por entonces eran súbditos del rey.
Aconsejábale, pues, que dejase destruir y debilitarse unos a otros, porque después que los atenienses hubiesen perdido gran parte de sus fuerzas, los peloponesios tendrían tan pocas, que fácilmente los echaría de Grecia.
Con estas persuasiones se avenía fácilmente Tisafernes con Alcibíades, y conocía muy bien que este decía verdad, porque lo podía comprender y conocer, por las cosas que cada día acontecían.
Siguiendo su consejo, pagó primeramente el sueldo a los peloponesios, mas no les permitía que hiciesen la guerra, diciéndoles que era necesario esperar los buques de los de Fenicia, que no tardarían en ir, y hacía esto, cuando los veía muy preparados y revueltos a combatir. De tal manera esterilizó la empresa y debilitó esta armada, que era muy hermosa y grande, haciéndola inútil.
En otras ocasiones se declaraba más abiertamente con palabras, diciendo que de mala gana hacía la guerra en compañía de los aliados: lo manifestaba así por persuasión de Alcibíades, el cual juzgaba ser esto lo más acertado y lo aconsejaba tanto al rey como a Tisafernes, cuando se hallaba a solas con ellos.
Inspiraba esta conducta de Alcibíades principalmente el deseo que tenía de volver a su tierra, lo cual esperaba alcanzar algún día, si no quedaba del todo destruida, con tanto más motivo, si llegaba a saberse que tenía grande amistad con Tisafernes, como se supo, porque cuando los soldados atenienses que estaban en Samos entendieron su familiaridad con Tisafernes, y que había ya tenido manera de hablar con los más principales de Atenas y de exponer la conveniencia de que le llamaran a los que tenían más autoridad en la ciudad, advirtiéndoles que quería reducir la gobernación de ella a oligarquía, que es el mando de corto número de hombres buenos, y haciéndoles entender que, por esta vía, Tisafernes estrecharía más la amistad con él, la mayor parte de los capitanes y pilotos de los barcos, y los otros más principales que estaban en la armada, que sin excitaciones ajenas aborrecían el mando popular llamado democracia, celebraron consejo, y después que el asunto fue discutido en el campamento, al poco tiempo se divulgó en la ciudad de Atenas.
Además de esto convinieron los que estaban en Samos, que algunos de ellos fuesen a Alcibíades para tratar con él sobre este hecho, como lo hicieron; el cual les prometió primero que los haría amigos de Tisafernes, y después del rey con tal de que ellos mudasen la democracia, que es gobernación popular, y la redujesen a oligarquía, que es el mando y gobierno de pocos hombres buenos, como arriba se ha dicho. Aseguraba que de esta manera el rey tendría mayor confianza en ellos.
Los que fueron enviados ante él se lo concedieron fácilmente, porque les parecía que de esta manera los atenienses podrían alcanzar la victoria en esta guerra, como también porque ellos mismos, que eran los principales de la ciudad, esperaban que el gobierno vendría a caer en sus manos cuanto antes y porque muchas veces eran perseguidos por la gente popular.
De vuelta a Samos, después que comunicaron y persuadieron de la cosa a los que estaban en el campo, se fueron a Atenas y mostraron al pueblo cómo llamando a Alcibíades, y poniendo el gobierno en las manos de pocos buenos, a saber, de los más principales de la ciudad, tendrían al rey de su parte, y les proveería de dinero para pagar su gente en aquella guerra.
El pueblo al principio no condescendió; pero por el gasto que tenían con la guerra y con el pago de las tropas, creyendo que el rey las pagaría, aunque de mala gana, se vieron obligados a consentirlo.
A esto ayudaban mucho los que eran apasionados por el cambio, tanto por el amor que tenían a Alcibíades, como por su provecho particular.
También daban a entender al pueblo todo lo que Alcibíades les había dicho muy detalladamente sobre grandes y seguros proyectos.
Mas Frínico, que aún era capitán de los atenienses, no hallaba cosa buena que cuadrase a sus propósitos y le parecía que Alcibíades, en la situación en que se encontraba, no deseaba más la gobernación de los principales, que el estado popular, siendo únicamente su propósito amotinar la ciudad, esperando que por alguna de las partes sería llamado y restituido en su estado: lo cual Frínico quería impedir de todas maneras, tanto por su particular provecho, como por evitar la división que habría en la ciudad.
Además no comprendía por qué el rey se quería apartar de la amistad de los peloponesios para aliarse con los atenienses; viendo que los peloponesios eran ya tan prácticos en la mar y de tanto poder como los atenienses, y tenían muchas ciudades en las tierras del rey; porque de juntarse con los atenienses, de quienes apenas se podría fiar, no le había de suceder sino grandes gastos y trabajos, siéndole más fácil y conveniente conservar la amistad con los peloponesios que en ninguna cosa le habían ofendido.
Por otra parte, aseguraba saber que las otras ciudades, cuando entendiesen que la gobernación de la democracia de Atenas era transferida del pueblo a poco número de hombres buenos, y que también por el mismo caso habían ellos de vivir de la misma manera, los que estuvieran ya rebelados, no por eso volverían a la amistad y obediencia de los atenienses; y los que no lo hubiesen hecho, no dejarían de hacerlo, porque esperando recobrar su libertad, si los peloponesios conseguían la victoria, no escogerían estar en la sujeción de los atenienses, de cualquier manera que su estado se gobernase, ora fuese por el mando del pueblo o por el de los principales ciudadanos.
Por otra parte, los que eran tenidos por nobles y por más principales, consideraban que no tendrían menos trabajo estando la gobernación en mano de pocos que cuando estaba en las de todo el pueblo; porque también serían maltratados por los aficionados a tomar dádivas y a corromperse, inventores de cosas malas por hacer su provecho particular, temiendo que en el nuevo estado y bajo la autoridad de los que tendrían este gobierno, pudieran ser los ciudadanos castigados hasta con la pena de muerte, sin oír sus descargos, y sin el recurso de apelar al pueblo, el cual castigaba tales violencias.
Esta era la opinión de las otras ciudades sujetas a obediencia de los atenienses, las cuales lo habían conocido por experiencia; de todo lo cual decía Frínico estar bien informado, y por esta causa no hallaba cosa conveniente que cuadrase a lo que Alcibíades había propuesto.
No obstante todo esto, los que al principio fueron de opinión contraria, no dejaron de perseverar en ella, y ordenaron enviar comisionados a Atenas, entre los cuales fue Pisandro para proponer al pueblo la restitución de Alcibíades en su anterior estado, y quitar la democracia, es a saber, del estado popular.
Supo esto Frínico, y conociendo la manera como los mensajeros habían de proponer la restitución de Alcibíades en su estado, y dudando que el pueblo lo hiciese, y si lo hiciese que le pudiera sobrevenir algún daño por la resistencia que había hecho a aquel proyecto, teniendo Alcibíades la principal autoridad, acordó usar de un ardid, y fue enviar secretamente uno de sus criados a Astíoco, capitán de la armada de los peloponesios, que estaba aún en Mileto, al cual avisó por carta de muchas cosas, y entre otras de como Alcibíades dañaba todos los negocios de los peloponesios y trataba de hacer la alianza entre Tisafernes y los atenienses. En la carta añadía que debían perdonarle de lo que aconsejaba y advertía, por ser cosa grandemente perjudicial a su ciudad y patria; pero que lo hacía para dañar a su enemigo.
Astíoco no hizo caso de la carta porque ya no tenía poder para castigar a Alcibíades, puesto que no dependía de él; pero fue donde estaban Tisafernes y Alcibíades, en la ciudad de Magnesia, y les certificó lo que le habían escrito de Samos, denunciando a Frínico para congraciarse con Tisafernes, por su provecho particular, como se sospechaba, y por lo mismo no exigía con apremio la paga de los soldados que dilataba Tisafernes.
Alcibíades tomó la carta de Frínico y la envió a los caudillos que estaban en Samos, requiriéndoles y aconsejándoles que mataran a Frínico.
Avisado este, y viendo el peligro en que estaba, escribió otra vez a Astíoco, quejándose de él por haber descubierto y dado la carta a sus enemigos y proponiéndole otro partido, que era poner en su poder todo el ejército que estaba en Samos, para que matase a todos, dándole medios harto fáciles a causa de que la villa no tenía muro, y se excusaba otra vez con él, diciendo que no por hacer esto o cosa semejante le habían de tener por malo, pues lo hacía por evitar el peligro en que estaba su vida, persiguiendo a sus mortales enemigos.
Este proyecto hízolo saber también Astíoco a Tisafernes y a Alcibíades, por lo cual, avisado Frínico, suponiendo que en seguida enviaría Alcibíades noticias a Samos sobre este asunto, se presentó a los otros capitanes y les dijo cómo le habían advertido que los enemigos, considerando que la ciudad no tenía muro, y que el puerto era tan pequeño, que apenas cabían en él sus barcos, habían concertado atacar el campamento, por lo cual era de opinión que debían inmediatamente con gran diligencia construir los muros alrededor de la villa; y en lo restante hacer buenas centinelas, y grandes guardias: añadiendo que por la autoridad que tenía sobre ellos, como jefe, les ordenaba a hacerlo así. Y lo hicieron de buena gana, tanto por evitar el peligro que les amenazaba, como también para poder guardar la ciudad, y conservarla en lo porvenir.
Poco después llegaron las cartas de Alcibíades a los otros capitanes de la armada, dándoles aviso de lo que trataba Frínico, y de cómo les quería entregar a los enemigos, los cuales no tardarían mucho en ir a acometerles. Mas los capitanes y los otros que lo escucharon, dieron a ello poca fe, antes juzgaban que lo que escribía era por enojo, y que calumniaba a Frínico, suponiendo que tenía inteligencia con los enemigos, de cuyos proyectos Alcibíades estaba bien informado, anunciándolos con seguridad de acierto; por esta causa, las cartas de Alcibíades no dañaron a Frínico, antes encubrieron lo que este había escrito a Astíoco.