Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)
Part 22
»Respecto a lo que decís que os ofendimos invadiendo vuestra ciudad en día de fiesta, contra razón y justicia durante la paz y alianza entre ambas partes, pensamos que vosotros habéis errado y delinquido mucho más que nosotros, porque si al venir a vuestra ciudad la hubiéramos asaltado o destruido las posesiones que tenéis en los campos, pudiera decirse con razón que os habíamos ofendido; pero si algunos de vuestros conciudadanos, de los más ricos y poderosos de la ciudad, deseando apartaros de la alianza y amistad de los extraños y uniros a las leyes y costumbres comunes de los otros beocios, nos vinieron a llamar de su grado, ¿qué injuria os hicimos en ir? Si hay algún delito en esto, antes debe ser imputado a los que guían, que a los guiados. A nuestro parecer, no hay yerro de una parte ni de otra, pues aquellos que, también eran ciudadanos como vosotros, y tenían más que perder que vosotros, nos abrieron las puertas y metieron en la ciudad, no como enemigos, sino como amigos, para imponer orden y que los malos no se hiciesen peores, y los buenos fuesen premiados según merecían. Así que más venimos para corregir vuestras costumbres, que para destruir vuestras personas; reanudando la primera y pasada amistad y parentesco que teníamos y procurando que no tuvieseis enemistad alguna, y vivieseis en paz y amor con todos los confederados. Bien lo demostramos con los hechos, pues entrados en vuestra ciudad no hicimos acto alguno de enemigos, ni injuriamos a nadie, antes mandamos pregonar públicamente que todos los que quisiesen vivir en libertad, según las leyes y costumbres de Beocia, viniesen hacia nosotros; vinisteis de buena voluntad, y hechos los convenios quedasteis en paz y sosiego; mas después que visteis que éramos pocos no nos tratasteis de igual modo, pues aun suponiendo que os ofendimos entrando en vuestra ciudad sin consentimiento de todos los del pueblo, ni nos amonestasteis primero con buenas palabras que saliésemos de ella sin ejecutar novedad alguna, como habíamos hecho primero nosotros, sino que contra el tenor de los conciertos que acabábamos de ajustar, vinisteis con toda furia a dar sobre nosotros. Y no sentimos tanto a los que murieron en el combate a vuestras manos, porque se podría decir que en cierto modo fueron muertos por derecho de guerra, como a los que humildes, con las manos tendidas, se os rindieron, los cogisteis vivos, prometiéndoles salvar sus vidas, y después los mandasteis matar, cometiendo en breve espacio de tiempo tres grandes injusticias: una, faltar a los convenios hechos: otra, matar a aquellos con quien los habíais hecho, y la tercera, prometernos falsamente que no los mataríais si no hacíamos daño en vuestras tierras; y con todo esto tenéis atrevimiento de decir que os ofendimos sin razón, y que no merecéis ningún castigo.
»Ciertamente seréis declarados inocentes y absueltos de la pena, si estos jueces quieren juzgar sin justicia; pero si son buenos y rectos, debéis ser bien castigados por causa de todos estos delitos.
»Os recordamos estas cosas, varones lacedemonios, así por vuestro interés, como por el nuestro, para que, por lo que toca a vosotros, sepáis que habréis hecho justicia condenando a estos de Platea, y por lo que a nosotros atañe, se conozca que al pedir el castigo de estos lo demandamos santa y justamente. Ni tampoco os deben mover a compasión las virtudes y glorias que les oís contar de sus antepasados, si algunas hay, pues estas deberían favorecer a los que son ofendidos; pero a los que hacen alguna mala acción, antes les deben doblar la pena, porque fueron delincuentes sin causa para ello. Ni menos les deben aprovechar sus llantos y lamentaciones miserables para que les tenga compasión, por más que imploren nuestros parientes ya difuntos y giman su soledad y desconsuelo, pues acordaos de nuestros compañeros muertos por ellos cruelmente, cuyos padres, o de muchos de ellos, murieron en la batalla de Queronea cuando os llevaban el socorro de Beocia, y los otros quedan ya viejos y desconsolados en sus casas, demandando la venganza con más justa razón que estos os piden el perdón, pues son dignos de misericordia los que contra justicia y razón sufren injurias, mal o daño; pero los que por su culpa los padecen, merecedores son de que los otros se alegren de su mal cuando los vean en miserias y desventuras, como ahora están estos plateenses, solos y desamparados por su culpa, pues por su voluntad desecharon sus amigos y aliados, los mejores que tenían, y se apartaron de ellos, ofendiéndoles antes por odio y mal querencia que por razón, sin que les injuriásemos en cosa alguna, de modo que el mayor castigo será inferior al que merecen.
»Y tampoco dicen verdad al suponer que se rindieron voluntariamente, viniendo con las manos alzadas en la batalla, sino que por pacto expreso se sometieron a vuestro juicio. Por tanto, siendo esto así, rogamos y requerimos a vosotros, varones lacedemonios, que cumpláis las leyes de Grecia que estos malamente han quebrantado, dando a nosotros, sin razón ofendidos, la justa paga y galardón merecido a los servicios que hemos hecho, sin que por las razones de estos nos sea denegado. Y dad también ejemplo a todos los griegos, de que no paráis mientes tanto en las palabras como en los hechos, porque cuando las obras son buenas no requieren muchas palabras para alabarlas; mas para paliar y dorar un mal hecho, son menester discursos artificiosos.
»Si los que tienen la autoridad de juzgar y sentenciar, como vosotros la tenéis al presente, después de recopiladas todas las dudas, conociesen sumariamente y de plano de la causa, sin más largas y dilaciones, ninguno procuraría forjar lindas frases para excusar los hechos torpes y feos.»
De esta manera hablaron los tebanos.
Cuando los jueces lacedemonios hubieron oído ambas partes, determinaron perseverar en la pregunta que habían hecho al principio a los de Platea, es a saber: si durante la guerra prestaron algún beneficio a los lacedemonios, porque les parecía que todo el tiempo anterior no se habían movido a hacer mal ninguno, según las leyes y convenciones que Pausanias hiciera con ellos después de la guerra de los medos, hasta tanto que recusaron las condiciones para ser neutrales antes que se les pusiese el cerco, y porque después que los de Platea rechazaron aquellas condiciones, los lacedemonios no quedaban ya obligados por el convenio de Pausanias. Por esta razón los de Platea merecían todo el mal que les viniese de su parte. Les llamaron ante sí, uno en pos de otro, y les preguntaron si habían hecho algún beneficio a los lacedemonios o a sus aliados en aquella guerra, y viendo que no respondían nada a esta pregunta, les mandaron salir del Senado y llevarles a otro lugar, donde todos fueron muertos, siendo de los de Platea más de doscientos, y de los atenienses, que habían venido en su ayuda, más de veinticinco; sus mujeres las llevaron cautivas. La ciudad la entregaron a los megarenses, que habían sido lanzados de ella por las discordias y parcialidades que tenían, y a los otros plateenses, que habían estado de parte de los lacedemonios, para que la habitasen todos juntos. Mas pasado el año la destruyeron y asolaron hasta los cimientos, y la reedificaron junto al templo de Juno, donde hicieron un albergue de doscientos pies de largo por todas partes, con todos sus aposentos arriba y abajo, y le adornaron con la clavazón, vigas, puertas y maderas de las casas que habían derribado, poniendo en él sus lechos y dormitorios, y dedicándole a la diosa Juno. Además le hicieron otro templo nuevo de piedra labrada, que tenía cien pies de largo. Todas las tierras del término de la ciudad de Platea las arrendaron por diez años para que las labrasen y cultivasen, parte de ellas a los tebanos, y la mayor parte a los lacedemonios, los cuales las tomaron por agradar a los tebanos, pues, a causa de ellos, habían sido contrarios de los plateenses, y también porque pensaban que los mismos tebanos les podían aprovechar mucho en la guerra contra los atenienses.
Este fin tuvo la empresa y cerco de Platea, noventa y tres años después que los plateenses hicieron confederación y alianza con los atenienses.
XI.
Victoria naval que los peloponesios alcanzan contra los atenienses y corcirenses por las discordias que los últimos tenían entre sí.
Entretanto las cuarenta naves que los peloponesios habían enviado en socorro a los de la isla de Lesbos, al saber que la armada de los atenienses venía contra ellos, quisieron retirarse a toda prisa, y los vientos les llevaron a la isla de Creta. No pudiendo seguir su rumbo, fueron a dar a la costa del Peloponeso, donde se encontraron con trece barcos de los leucadios y de los ambraciotes junto al puerto de Cilene, de los que era capitán Brásidas, hijo de Télide, y por consejero tenía a Álcidas, el cual a la sazón llegó allí porque los lacedemonios, viendo que habían errado el tiro en la empresa de Lesbos, determinaron reparar y rehacer su armada y enviarla a Corcira.
Sabiendo que había divisiones en la ciudad y que los atenienses solo tenían doce naves en aquella parte surtas en el puerto de Naupacto, mandaron a Brásidas y Álcidas que se apoderasen de Corcira antes que pudiese ser socorrida por los atenienses, y esperaban buen éxito por la discordia que había entre los corcirenses.
Causa de estas disensiones fue que los corcirenses, cogidos por los corintios en la batalla naval que se dio junto a Epidamno, fueron puestos en libertad y enviados a sus casas so color de ir a traer su rescate, por el cual habían respondido sus amigos en Corinto, y que montaban a más de ochenta talentos. Mas a la verdad, era para que influyeran con los otros corcirenses, atrayéndolos a la obediencia de los corintios y apartándolos de la alianza con los atenienses. Sucedió que en este mismo tiempo aportaron dos navíos a Corcira, uno de los corintios y otro de los atenienses, y ambos conducían embajadores para tratar con los corcirenses, los cuales dieron audiencia a unos y otros, y al fin respondieron que querían quedar por amigos y confederados de los atenienses, según los pactos y convenios que tenían con ellos, y que también deseaban ser amigos de los lacedemonios, como lo habían sido antes. Esta respuesta fue acordada por consejo de Pitias, varón de grande autoridad y mando en la ciudad, y que pocos días antes se había hecho ciudadano de Atenas. Los ciudadanos que procuraban lo contrario, le llevaron a juicio acusándole de que quería poner la ciudad en dependencia de los atenienses, pero al fin fue absuelto de esta demanda, y después él acusó a cinco de sus adversarios, los más ricos de todos, de que habían cortado y arrancado los maderos del cerco de los templos de Júpiter y de Alcínoo, por lo que incurrían en pena de una fiatera[73] por cada palo, que era una multa considerable. Siendo condenados, se acogieron a sagrado hasta que les fuese perdonada o rebajada la pena, aunque Pitias se oponía con todas sus fuerzas y aconsejaba a los ciudadanos la aplicasen con todo rigor. Viéndose tan perseguidos por quien tenía tan gran poder y autoridad en el Senado, y sabiendo que, mientras viviese, todos seguirían el partido de los atenienses, se juntaron con otros muchos y entraron en el Senado con sus dagas debajo de las ropas, y allí mataron a Pitias y a otros senadores y particulares, hasta sesenta, salvándose los demás partidarios de Pitias, que fueron muy pocos, en el barco de los atenienses que aún estaba en el puerto. Después de hacer los conjurados esta mala hazaña, reunieron al pueblo y le dijeron que lo hecho había sido por el bien de la ciudad para que no cayese en servidumbre de los atenienses, y que en lo demás les parecía que debían ser neutrales y responder a ambas partes que no entrasen en su puerto sino en son de paz y como amigos, y solo con un navío, pues los que entraran con más número, serían reputados por enemigos. Leído y publicado este decreto, el pueblo le aprobó y confirmó, y enviaron sus mensajeros a los atenienses para darles a entender que les había sido necesario obrar así. También lo hicieron para amonestar a los corcirenses que se habían acogido a ellos, que no procurasen nuevas tramas en daño de la ciudad. Pero al llegar a Atenas estos mensajeros, fueron presos como hombres sediciosos que procuraban novedades, y juntamente con ellos los otros que habían persuadido y sobornado para que fuesen de su bando, y a todos los llevaron a Egina y metieron en prisión.
Entretanto, los grandes y los principales de Corcira que seguían el partido de los corintios, al llegar el barco de estos y en él sus embajadores, juntamente con ellos acometieron a sus conciudadanos y aunque estos se defendieron durante algunas horas, al fin fueron vencidos y obligados a retirarse durante la noche a la fortaleza y más altos y fuertes lugares de la ciudad donde se parapetaron, y después se apoderaron del puerto de Hilaico. Los victoriosos ganaron la plaza del mercado de la ciudad, en torno de la cual los más de ellos tenían sus casas, y también tomaron el puerto que cae a la parte de tierra, a la bajada del mercado. Al día siguiente tuvieron una escaramuza a tiros de dardos y pedradas. Ambas partes enviaron a buscar en los campos a los siervos y esclavos para que viniesen a socorrerles, prometiéndoles la libertad, y ellos escogieron ayudar al pueblo contra los grandes; pero en favor de estos llegaron ochocientos infantes por la parte de tierra firme, y con ellos volvieron a la batalla por tercera vez, en la cual los de la comunidad vencieron a los grandes por estar en lugar más ventajoso, porque eran muchos más en número y porque las mujeres, que estaban de su parte, les dieron grande ayuda, sosteniendo el furor e ímpetu de los contrarios con mayor esfuerzo y osadía que requería su condición natural, y tirándoles tejas y piedras desde las casas.
Al acercarse la noche, los grandes, que iban de vencida, temiendo que el pueblo, con ímpetu y grita, fuese a ganar el puerto y las naves que tenían en él, y tras esto los matasen a todos, pusieron fuego a las casas que estaban en el mercado y alrededor de él, así a las que eran suyas como de los otros, para estorbar que pudiesen pasar de allí, ocasionando que se quemasen muchos bienes y mercaderías muy ricas y de gran precio. De venir el viento de parte de la ciudad se hubiese quemado toda. Con este fuego cesó el combate aquella noche y estuvieron todos en armas cada cual en guarda de su estancia. Mas la nave de los corintios, sabiendo que el pueblo había alcanzado la victoria, desplegó velas y se fue secretamente, y lo mismo hicieron muchos de los que habían acudido de tierra firme en favor de los grandes, volviéndose a sus casas.
Al día siguiente Nicóstrato, hijo de Diítrefes, capitán de los atenienses, arribó al puerto de Corcira con doce barcos y quinientos hombres mesenios que venían de Naupacto en socorro de los del pueblo; y para restablecer la paz y concordia les indujo a que fuesen amigos, y que tan solo castigaran a diez de los que habían sido la causa de la sedición y alboroto, aunque estos no esperaron la ejecución del juicio, sino que huyeron y se escaparon. En lo demás procuró que todos quedasen en la ciudad como antes, y que de común acuerdo aprobasen la alianza que tenían con los atenienses, es decir, que fuesen amigos de sus amigos, y enemigos de sus enemigos.
Ajustado este convenio, los gobernadores de la ciudad trataron con Nicóstrato, que les dejase allí cinco de sus barcos de guerra para impedir que los del bando contrario se rebelasen, y que en las otras naves embarcase todos los que ellos le señalasen de los contrarios, y los llevase consigo a fin de que no pudiesen organizar algún motín. Accedió Nicóstrato; mas al hacer la lista de los que habían de ser embarcados, temiendo estos ser llevados presos a Atenas, se acogieron al templo de Cástor y Pólux; y por más que Nicóstrato les amonestaba que viniesen con él sin miedo, no les pudo persuadir. Los del pueblo fueron a sus casas, y les tomaron las armas que tenían, y aun hubieran muerto algunos de ellos que encontraban en las calles, si Nicóstrato no se lo impidiera. Viendo esto los otros del mismo bando, se retiraron al templo de Juno, y serían hasta cuatrocientos, por lo que los del pueblo, sospechando que hiciesen alguna novedad, los aplacaron consiguiendo contentarlos con ir desterrados a una pequeña isla, que estaba frente al templo, donde les proveían de víveres y demás cosas necesarias para vivir.
Cuatro o cinco días después que aquellos ciudadanos fueron llevados a la citada isla, los navíos de los peloponesios, que se habían quedando en Cilene, a la vuelta de Jonia, cuyo capitán era Álcidas, y Brásidas su compañero, que serían en número de cincuenta y tres, arribaron al puerto de Síbota, ciudad en la tierra firme, y al amanecer dirigieron el rumbo hacia Corcira. Sabido esto por los de Corcira se alarmaron, así por causa de sus discordias civiles como por la venida de los enemigos a tal tiempo. Por tanto, armaron setenta barcos, y unos tras otros los enviaron al encuentro cargados como estaban con su gente de guerra, aunque los atenienses les rogaron que los dejasen ir delante y que tras ellos viniesen todos juntos. Navegando los corcirenses sin orden ni concierto alguno, cuando comenzaron a acercarse a los peloponesios, dos de sus barcos se vinieron a ellos, y los que estaban en los otros combatían entre sí muy desordenados. Viendo esto los peloponesios, enviaron de pronto veinte barcos contra ellos, y todos los otros fueron a embestir contra los doce de los atenienses, entre los cuales estaban los llamados _Páralos_ y _Salaminia_. Las naves corcirenses, por el mal orden en que iban, tropezaban unas con otras repartidas en muchas bandas, de manera que ellas mismas se dispersaron. Pero los atenienses, temiendo ser cercados por la multitud de barcos de los enemigos, no quisieron atacar el mayor escuadrón de los contrarios, sino que embistieron contra algunas naves y echaron una a fondo. Después se pusieron en caracol, cercando a los enemigos y procurando desconcertarlos y hacerles perder el orden. Viendo esto los veinte navíos de los peloponesios, que habían salido contra los corcirenses, y temiendo que les ocurriese lo que les había sucedido en la pasada batalla de Naupacto, acudieron en socorro de sus compañeros, y todos juntos fueron a dar contra los atenienses, que se retiraron poco a poco. Los corcirenses, por su parte, viendo que los peloponesios apretaban tanto a sus compañeros, no osaron esperar y se pusieron en huida. Después del combate quedaron allí hasta la noche los peloponesios victoriosos. Entonces los corcirenses, temiendo que los enemigos, siendo vencedores, les acometiesen en la ciudad, o que se pasasen a ellos los ciudadanos que habían desterrado en la isleta, o hiciesen alguna otra hazaña en perjuicio suyo, embarcaron aquellos ciudadanos llevándolos de nuevo a Corcira, y los metieron dentro del templo de Juno, poniendo en seguida guardas en la ciudad. Pero los peloponesios, aunque vencedores, no osaron ir contra la ciudad, y con trescientos prisioneros que cogieron a los corcirenses, se retiraron al puerto de donde habían partido. Tampoco al día siguiente se atrevieron a moverse, aunque la ciudad estaba muy temerosa y perturbada: y Brásidas, su capitán, era de opinión que fuesen a acometerla; empero, Álcidas que tenía el mando, fue de contrario parecer, y por ello desembarcaron en el cabo de Leucimna, desde donde hicieron mucho daño en los términos de Corcira. Por entonces los corcirenses, sospechando la llegada de los enemigos, parlamentaron con los que se habían retirado a los templos, y con los otros ciudadanos para convenir la manera de guardar la ciudad, y a algunos les persuadieron para que entrasen en las naves, que tenían en número de treinta, las mejores que pudieron reunir para resistir a los enemigos si llegaban.
Los peloponesios, después de robar y arrasar la tierra hasta la hora de mediodía, se reembarcaron y fueron a Leucimna. A la noche siguiente les fue hecha señal con luces de que habían partido sesenta navíos de los atenienses del puerto de Léucade en busca de ellos[74], como era verdad, porque al saber los atenienses las revueltas que había en Corcira y la llegada de la escuadra de Álcidas, enviaron a Eurimedonte, hijo de Tucles, con sesenta navíos, hacia aquellas partes.
Álcidas y los peloponesios se fueron costeando a su tierra con la mayor diligencia que podían, y para no ser sentidos si se engolfaban en alta mar, atravesaron por el estrecho de Léucade derechamente hacia la otra costa.
Los corcirenses, al saber de cierto la partida de los peloponesios y la llegada de los atenienses, volvieron a meter en su ciudad a los que habían lanzado fuera, y mandaron partir las naves donde habían embarcado su gente de guerra hacia el puerto de Hilaico; y navegando a lo largo de la costa, todos cuantos enemigos encontraron en su viaje los mataron. Después hicieron salir de los barcos a los ciudadanos que habían persuadido para que se embarcasen, y de allí se fueron al templo de Juno, persuadiendo a los que se habían acogido a él, que serían hasta cincuenta, a que vinieran a defender su causa ante la justicia: hiciéronlo así, y todos fueron condenados a muerte. Sabido esto por los que no pudieron ser persuadidos de acudir al juicio y se habían quedado en el templo, se suicidaron unos ahorcándose de los árboles, otros se mataron entre sí, y otros por modos extraños de darse muerte; de manera que no escapó uno solo.
Además, por espacio de siete días, que Eurimedonte estuvo allí con sus sesenta barcos, los corcirenses mandaron matar a todos los de la ciudad que tenían por enemigos, so color de que habían querido destruir el pueblo. Algunos fueron muertos por causa de enemistades particulares; y otros, por el dinero que les debían, fueron muertos a manos de sus mismos deudores, realizándose en aquella ciudad todas las crueldades e inhumanidades que se acostumbran en semejantes casos, y mucho peores, como matar el padre al hijo; sacar los hombres de los templos para matarlos, y aun asesinarlos dentro de los mismos templos. Algunos murieron tapiados en el templo de Baco. Tan cruel fue aquella sedición.
XII.
Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba.
Esta sedición y guerra civil pasó tan adelante como arriba hemos contado. Y por haber sido la primera en aquellas partes, parecía mayor y más cruel, aunque después reinó casi en todas las ciudades de Grecia, porque la mayor parte de los del pueblo eran del partido de los atenienses, y los grandes y principales seguían el de los lacedemonios. Tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de la guerra; mas después de comenzada, no cesaban de llamar en su ayuda los contendientes a los de su bando para hacer mal a los otros, porque los que buscaban novedades, tomaban de ello pretexto y ocasión paro hacerlo. Esto produjo muy grandes males en las ciudades, y ocurrirán siempre mientras hubiere hombres inclinados a ello, mayores, menores, de varia manera, según que fueren los casos y mudanzas de las cosas; lo cual no sucede en tiempo de paz, porque entonces los hombres atienden más al bien de la república que al suyo particular, y nadie les obliga a estas enemistades. Mas la guerra, porque acarrea consigo la falta y necesidad de las provisiones y vituallas, y quita la abundancia de todas las cosas necesarias para la vida y mantenimiento cotidiano, haciéndose señora de todo por fuerza, fácilmente atrae la mala voluntad de muchos, a que sigan el estado y condición del tiempo de presente.