Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

Part 21

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En el mismo verano[72], después de recobrada la isla de Lesbos, Nicias, hijo de Nicérato, partió por mar con ejército a la isla de Minoa, que está junto a Mégara, donde había un castillo que los megarenses guardaban para su defensa. Nicias intentó tomarlo para tener allí un punto fuerte que estuviese más cerca que los que tenían en Búdoro y Salamina, y para que cuando los peloponesios saliesen al mar, no se pudieran esconder allí sus galeras, como habían hecho muchas veces los corsarios, ni pasar cosa alguna por mar a los megarenses. Salió Nicias de Nisea y atacó el castillo, batiendo dos torreones que daban al mar; tomados estos, dejó libre la entrada a las naves para que pudiesen pasar sin peligro entre la isla y la villa de Nisea. También hizo un muro a través del estrecho de tierra firme que venía a dar a la isla por donde podían enviar socorro al castillo. Hechos estos fuertes y reparos en breve tiempo, dejó en aquellos guarnición y volvió con el resto de su ejército.

En este mismo verano, los de Platea, por falta de víveres, no pudieron defenderse más del cerco de los peloponesios, y capitularon de esta suerte.

El general de los peloponesios, acercándose a los muros de la ciudad y conociendo que estaban tan escasos de fuerzas que no se podían defender, no los quiso combatir ni tomarlos, porque los lacedemonios le ordenaron que tomara la ciudad por tratos, antes que por asalto, si pudiera, a fin de que si se ajustaba algún concierto entre peloponesios y atenienses, y acordaban que las ciudades y villas tomadas por guerra de ambas partes se devolviesen, pudieran excusar la devolución de Platea, so color que no había sido tomada por combate, sino que se había rendido por propia voluntad.

Así, pues, envió un parlamentario a los de Platea para decirles si querían rendirse a merced de los lacedemonios, y dejar a su discreción el castigo de los que habían sido culpados, con la condición de que ninguno fuese castigado sin ser primero oído en juicio y sentenciada su causa. Consintieron los de Platea viéndose en tan extrema necesidad, que no podían defenderse más, y por este medio los peloponesios se apoderaron de la ciudad, y proveyeron a los moradores de víveres para algunos días hasta que llegaron cinco jueces, enviados para determinar el hecho, los cuales, sin formar proceso particular, reunieron a los que estaban dentro de la ciudad y preguntáronles solamente si, después de la guerra comenzada, habían hecho algún beneficio a los lacedemonios y a sus aliados. A esta demanda los de Platea pidieron que les dejasen responder más largo por común acuerdo de todos, lo que otorgaron los jueces. Entonces eligieron a Astímaco, hijo de Asopolao, y a Lacón, hijo de Eimnesto, que eran huéspedes y conocidos de los lacedemonios, y saliendo delante, pronunciaron este discurso:

IX.

Discurso de defensa de los de Platea ante los jueces de Lacedemonia.

«La gran confianza que teníamos en vosotros, varones lacedemonios, nos hizo entregar nuestra ciudad y nuestras personas en vuestro poder, no esperando el juicio criminal que vemos, sino otro más civil y humano, y que nos someterían a otros jueces, no a vosotros. También esperábamos que nos fuera lícito contender en derecho sobre nuestra causa; pero sospechamos haber sido engañados en ambas esperanzas, porque creemos que este juicio es sobre nuestras vidas, y que no venís a juzgarnos con justicia, siendo evidente señal de ello que no precede ninguna acusación a que debamos responder, sino solamente nos demandan que hablemos.

»La pregunta es muy breve, a la cual, si queremos responder con verdad, nuestra respuesta será contraria y perjudicial a nuestra causa; y si respondemos mintiendo, podrán convencernos de falsedad. Viéndonos perplejos, forzoso es que hablemos, aunque nos parece más seguro incurrir en peligro hablando que callando; porque si los que están puestos en tales extremos no dicen aquello que pudieran decir, siempre les queda tristeza en el corazón, y les parece que si lo hubieran dicho pudiera ser causa de su salvación.

»Entre todas las dificultades que se nos ofrecen, la más difícil es persuadiros de lo que digamos: porque si no fuésemos conocidos unos de otros, podríamos alegar testimonios de cosas que no supieseis; pero sabéis la verdad de todo, y por esto no tememos que nos acuséis de ser en virtud y bondad inferiores a los otros amigos y confederados vuestros, que hasta en esto bien nos conocemos, sino que sospechamos que por agradar y complacer a otros estamos sentenciados antes del juicio. No obstante, procuraremos mostraros nuestro derecho en las diferencias que tenemos con los tebanos y con vosotros y los otros griegos, trayéndoos a la memoria nuestros beneficios, e intentando si podemos persuadiros de la razón.

»Para responder a la pregunta breve que nos hicisteis, de si durante esta guerra hemos hecho algún bien a los lacedemonios o a sus confederados, os respondemos que si nos preguntáis como enemigos, no os hemos ofendido, ya que no os hayamos hecho bien alguno; y si nos preguntáis como amigos, nos parece que habéis errado contra nosotros más que nosotros contra vosotros, pues comenzasteis la guerra sin que quebrantásemos la paz; y cuando la de los medos, nosotros solos de todos los beocios fuimos a acometerles con ayuda de los otros griegos, por defender la libertad de Grecia. Aunque éramos gentes criadas en tierra firme, batallamos por mar junto a Artemisio; y después, cuando pelearon con ellos en nuestra tierra, nos hallamos siempre allí en socorro vuestro y de Pausanias, participando más de lo que permitían nuestras fuerzas en todas las empresas hechas por los griegos en aquellos tiempos, y particularmente en las vuestras, lacedemonios, estando toda vuestra tierra de Esparta en gran aprieto después del terremoto, cuando vuestros hilotas o siervos huyeron a Ítome, pues os enviamos la tercera parte de nuestro pueblo en vuestro socorro.

»Razón será, por tanto, que os acordéis de las muchas y buenas obras que os hicimos en tiempos pasados; que si después fuimos vuestros enemigos, culpa vuestra es, pues siendo acometidos por los tebanos, pedimos y rogamos vuestra ayuda y socorro, y nos la negasteis, diciendo que acudiéramos a los atenienses, nuestros vecinos, porque vosotros estabais muy lejos. De manera que por guerra, ni habéis recibido de nosotros injuria alguna, ni la esperáis recibir en adelante. Y si no nos quisimos rebelar ni apartar de los atenienses por vuestro mandato, no por esto os ofendimos, porque habiéndonos ellos ayudado contra los tebanos, nuestros enemigos, en lo cual vosotros os mostrasteis tardíos y perezosos, no fuera razón desampararlos, mayormente visto que a grandes ruegos nuestros nos tomaron por compañeros y aliados, recibimos mucho bien de ellos, y nos recogieron por sus ciudadanos, por lo que era justo hacer pronto todo lo que nos mandasen. Si vosotros y ellos, siendo caudillos de los vuestros, hicisteis alguna cosa mala en compañía de vuestros aliados y confederados, no se debe imputar a los que os siguieron, sino a los caudillos y capitanes que los guiaron y llevaron a hacerla.

»Los tebanos, además de muchas injurias anteriores, nos hicieron esta postrera, que, como sabéis, ha sido causa de todos nuestros males, pues que en tiempo de paz, y en un día de fiesta solemne, entraron y tomaron nuestra ciudad, y si por esto fueron castigados, tuvieron el pago merecido; que es lícito y permitido por ley común y general, guardada y observada entre todas gentes, matar al que acomete a otro como enemigo. Si por esto nos quisiereis ahora hacer daño, sería contra toda razón y justicia, y mostraríais ser malos jueces si, por agradar a los que son vuestros aliados en esta guerra, juzgaseis a su voluntad, atendiendo a vuestro interés y no a la justicia y a la razón.

»Aunque solo atendáis a vuestro provecho, pensad que si estos os son útiles ahora, nosotros lo hemos sido mucho más en lo pasado, y no solamente a vosotros, sino también a todos los griegos, estando en mayores peligros; porque al presente tenéis fuerzas y poder para acometer a los otros, pero entonces, cuando el rey bárbaro quería imponer el yugo de servidumbre a toda Grecia, los tebanos nuestros contrarios fueron con él, siendo, pues, justo contrapesar este nuestro yerro de ahora (si yerro se puede llamar) con el servicio que entonces os hicimos, mayor y de más peso que el yerro cometido.

»Recordad que en aquel tiempo había muy pocos griegos que osasen aventurar sus fuerzas contra el poder del rey Jerjes, y que fueron más alabados los que, acometidos y cercados, no se cuidaron de salvar sus vidas y haciendas, sino que antes quisieron, con grande peligro de sus personas, emprender cosas dignas de memoria, entre los cuales fuimos nosotros los principalmente honrados. Sospechamos al presente morir por hacer lo mismo queriendo seguir a los atenienses con justicia y razón, mejor que a vosotros con cautela y astucia. Conviene formar siempre el mismo juicio de una misma cosa, y no poner todo vuestro bien y provecho sino en la fe y lealtad de los amigos y confederados, porque reconociendo siempre la virtud que han mostrado en las cosas pasadas, podréis fiar de ellos en las presentes. Considerad que ahora la mayor parte de Grecia os tiene y estima por dechado y ejemplo de la bondad, y si dais contra nosotros sentencia inicua (que al fin ha de saberse), en gran manera seréis culpados por habernos juzgado y sentenciado, siendo buenos, contra lo que la razón y el derecho requiere, poniendo en vuestros templos los despojos de los que tanto bien han merecido de toda Grecia, y os echarán en rostro que por satisfacer el deseo de los tebanos queráis destruir la ciudad de Platea, cuyo nombre, por honra y memoria de la virtud y esfuerzo de sus ciudadanos, vuestros antepasados esculpieron en el trípode y altar del dios Apolo en Delfos.

»Hemos llegado a tanta desventura que si los medos hubieran vencido fuéramos destruidos y alcanzando nosotros la victoria contra ellos, los tebanos nuestros grandes enemigos nos vencen por medio de vosotros, y nos ponen en dos grandísimos peligros, uno el de morir de hambre si no queríamos entregar la ciudad, y otro el de defender ahora nuestras causas en juicio criminal de muerte.

»Nosotros que fuimos los que más aventajaron la honra de los griegos con todas nuestras fuerzas (y aun más que estas podían soportar), somos ahora desamparados de todos, y no hay un solo griego de cuantos allí se hallaron presentes, amigos y aliados nuestros, que nos socorra y ayude en esta desdicha. Y aun vosotros, lacedemonios, que sois nuestra única esperanza, tememos que seáis poco firmes y constantes en este caso.

»Os rogamos, pues, que por honra y reverencia de los dioses que entonces fueron nuestros favorecedores, y por memoria de nuestros merecimientos y servicios hechos a todos los griegos, queráis ablandar vuestros corazones: y si por persuasión de los tebanos habéis determinado algo contra nosotros, lo revoquéis, no matando por agradarles a quien no debéis matar. Haciendo esto ganaréis crédito, y no caeréis en vergüenza ni deshonra por agradar a otro, porque fácil cosa será mandarnos matar; pero muy difícil después borrar la vergüenza e infamia en que incurriréis dando muerte a los que no somos vuestros enemigos, sino amigos que, forzados por pura necesidad, aceptamos la guerra; y en efecto, si libráis nuestras personas del peligro de muerte en que estamos, juzgaréis recta y santamente.

»Considerad que voluntariamente nos rendimos, que venimos humildes con las manos tendidas, y que las leyes de Grecia prohíben matar a los que así se presentan; que en todos tiempos os fuimos bienhechores y procuramos merecer todo bien de vosotros, lo cual podéis comprobar por los sepulcros que hay en nuestra tierra de vuestros ciudadanos muertos por los medos, a los que hacemos honras cada año públicamente, no así como quiera, sino con pompa y aparato solemne de vestiduras, ofreciéndoles en sacrificio primicias de todas las cosas mejores que da la tierra, como a hombres que somos de una misma patria, amigos y confederados y algunas veces compañeros de guerra, no portándoos vosotros como tales, sino juzgando rectamente, por mal consejo, nos mandáis matar.

»Recordad también que Pausanias ordenó enterrarlos en esta nuestra tierra como en tierra de amigos y aliados y si nos mandáis matar y dais nuestra tierra a los tebanos, no haréis otra cosa sino privar a vuestros mayores y progenitores de la honra que tienen, dejándolos en tierra de enemigos que los mataron. Además, pondréis en servidumbre la tierra donde los griegos conquistaron su libertad, dejaréis yermos los templos de dioses donde vuestros mayores hicieron sus votos y plegarias, mediante los cuales vencieron a los medos, y quitaréis las primeras aras y altares de los que los fundaron.

»Será ciertamente, varones lacedemonios, cosa indigna de vuestra honra y menos aún conveniente a las leyes y buenas costumbres de Grecia, a la memoria de vuestros progenitores y a nuestros servicios y merecimientos mandarnos matar sin haberos ofendido solo por el odio que otros nos tienen, siendo por el contrario más digno y conveniente perdonaros, quebrantar vuestra saña y dejaros vencer de la clemencia y misericordia, poniendo delante de vuestros ojos, no solamente los grandes males que nos haréis, sino también quiénes son aquellos a quien los hacéis, y que muchas veces tales males ocurren a los que menos los han merecido.

»Os suplicamos, pues, y pedimos por merced, según la necesidad presente lo requiere, y para ello invocamos el favor y ayuda de los dioses a quien sacrificamos en unos mismos altares, y a los de toda Grecia, accedáis a nuestros ruegos, no olvidándoos de los juramentos de vuestros padres, por honra de cuyos huesos y sepulcros, os rogamos, llamándolos en nuestra ayuda, muertos como están, para que no nos pongáis bajo la sujeción de los tebanos, ni queráis entregar vuestros grandes amigos en manos de aquellos que son crueles enemigos, recordándoos que este día en que nos vemos en extremo peligro, es aquel mismo en que hicimos tantas y tan buenas hazañas con vuestros antepasados.

»Mas porque a los hombres que se ven puestos en el extremo en que al presente nosotros estamos, les parece cosa muy dura dar fin a sus palabras, aunque por necesidad lo han de hacer, porque saben que, acabando de hablar, se les acerca más el peligro de su vida, dando fin a nuestras razones, os decimos solamente que no entregamos nuestra ciudad a los tebanos, pues esto no lo hiciéramos aunque supiéramos morir de hambre o de otra peor muerte, sino a vosotros, varones lacedemonios, confiando en vuestra fe. Por esto es justo que, si no logramos nuestra petición, nos restituyáis al estado que teníamos antes, con peligro de todo lo que nos pudiere ocurrir, y de nuevo os amonestamos no permitáis que los de Platea, que siempre fueron muy aficionados a los griegos, y que confiaron en vuestra fe, pasen de vuestra mano a la de los tebanos, sus capitales enemigos, sino que antes seáis autores de nuestra vida y salud, y pues a todos los otros griegos habéis libertado, no queráis destruir y matar solo a nosotros.»

Con esto acabaron los plateenses su razonamiento; pero los tebanos, temiendo que los lacedemonios, por su discurso, fuesen movidos a otorgarles algo de su demanda, salieron en medio pidiendo ser ellos también oídos, porque a su parecer habían dado muy larga audiencia a los plateenses para responder a la pregunta, y teniendo licencia también ellos para hablar, hicieron el razonamiento siguiente:

X.

Discurso de los tebanos contra los de Platea y muerte de estos.

«No os pidiéramos audiencia para hablar, varones lacedemonios, si estos hubieran respondido buenamente a la pregunta que les fue hecha, y no dirigieran su discurso contra nosotros, acusándonos sin culpa, excusándose fuera de propósito de lo que ninguno los acusaba; y elogiándose con demasía cuando nadie los vituperaba. Nos conviene contradecirles en parte lo que han dicho, y en parte redargüirles de falso, a fin de que no les aproveche su malicia ni nos dañe nuestra paciencia y sufrimiento; y después de oídas ambas partes juzgaréis los hechos como bien os pareciere.

»Bueno es primero que sepáis la causa de nuestras enemistades, que consiste en que habiendo nosotros fundado la ciudad de Platea, la postrera de todas las de Beocia, con algunas otras villas que ganamos fuera de nuestra tierra, lanzando de ellas los que antes las tenían, estos solos, desde el principio se desdeñaron de vivir bajo nuestro mando, no queriendo guardar nuestras leyes y ordenanzas, que todos los otros beocios tenían y guardaban; y viéndose obligados a ello se pasaron a los atenienses, con cuya ayuda nos han hecho muchos males, de que a la verdad ellos han recibido su pago y pena por igual.

»A lo que dicen que cuando los medos entraron en Grecia, ellos solos, entre todos los beocios, no quisieron seguir su partido, alabándose por ello en gran manera, y denostándonos, confesamos ser verdad que no fueron de parte de los medos, porque tampoco los atenienses fueron de su bando. Mas también decimos, por la misma razón, que cuando los atenienses vinieron contra los griegos, estos solos entre todos los griegos fueron de su parcialidad; y por esto debéis considerar lo que nosotros hicimos entonces, y lo que estos han hecho ahora. Nuestra ciudad en aquel tiempo no era regida por oligarquía, que es gobierno de pocos, ni tampoco por democracia, que es el mando de los del pueblo, sino por otra forma de gobierno que es muy odiosa a todas las ciudades, y muy cercana a la tiranía: es a saber, por poder absoluto de algunos grandes y particulares, los cuales, esperando enriquecerse si los medos hubieran alcanzado la victoria, obligaron por fuerza a los del pueblo a seguir su partido, y metieron los bárbaros. Aunque a la verdad esto no lo hicieron todos los de la ciudad, por lo que no deben ser vituperados, pues, como decimos, no estaban en libertad.

»Recobrada después, y empezando a vivir conforme a nuestras leyes y costumbres antiguas, cuando salieron los medos y entraron los atenienses con armas en Grecia, queriendo someter a su señorío nuestra tierra y ocupando de hecho una parte de ella, a causa de nuestras sediciones y discordias civiles, nosotros, después de la victoria que les ganamos junto a Queronea, libertamos a toda Beocia, y ahora estamos resueltos, juntamente con vosotros, a libertar lo restante de Grecia de la servidumbre, contribuyendo para ello tanto número de gente de a pie y de a caballo y aparatos de guerra cuanto otra ninguna ciudad de los amigos y confederados, y esto baste para purgar el crimen que nos suponen de haber seguido el partido de los medos.

»Demostraremos ahora que vosotros los plateenses sois los que habéis ofendido e injuriado a los griegos más que todos los otros, y dignos por ello de toda pena. Decís que por vengaros de nosotros, os hicisteis aliados de los atenienses; pues deberíais ayudar a los atenienses solos, contra nosotros solos, y no contra los otros griegos, que si los atenienses os quisieran obligar a esto, teníais a los lacedemonios que os hubieran defendido y amparado por virtud de la misma alianza que con ellos hicisteis contra los medos, en la cual fundáis toda vuestra argumentación; cuya alianza también fuera bastante para defenderos de nosotros si os quisiéramos ofender, y aun para daros toda seguridad.

»Resulta, pues, claro que voluntariamente, y no forzados, tomasteis el partido de los atenienses. Y en cuanto a lo que decís, que fuera gran vergüenza desamparar y abandonar a los que os habían hecho bien, mayor vergüenza y afrenta es desamparar a todos los griegos, con quien os habéis juramentado y confederado, que no a los atenienses solo, y a los que libertaban Grecia, que no a los que la ponían en servidumbre; a los cuales tampoco hicisteis igual servicio, sin afrenta y deshonra vuestra, porque los atenienses, llamados, vinieron en vuestra ayuda para defenderos de ser ofendidos, según decís, mas vosotros fuisteis a ayudarles para ofender a otros, y ciertamente es menor vergüenza no dar las gracias ni hacer servicios iguales en caso semejante, que donde se debe por razón y justicia, quererlo pagar con injusticia y maldad: pues haciendo vosotros lo contrario, está claro y manifiesto que lo que solos entre todos los beocios hicisteis de no querer seguir el partido de los medos, no fue por amor a los griegos, sino porque los atenienses no lo seguían, queriendo siempre vosotros hacer lo que estos hacían, muy contrario a lo que todos los otros griegos querían.

»Ahora venís sin aprensión alguna a pedir que os hagan bien aquellos contra quien fuisteis con todas vuestras fuerzas y poder por agradar a otros; lo cual ni es justo ni razonable, sino que, pues escogisteis antes a los atenienses que a otros, sean ellos ahora los que os ayuden si pueden. Ni tampoco os conviene aquí alegar la conjuración y confederación que se hizo de todos los griegos en tiempo de los medos para ayudaros y aprovecharla en vuestro favor, pues vosotros los primeros la rompisteis, dando ayuda y socorro a los eginetas y a otros de los que no entraron en esta liga. Y esto no lo hicisteis apremiados a ello, como nosotros para seguir el partido de los medos, sino de vuestro grado, sin que nadie os forzase estando en vuestra libertad, y viviendo según vuestras leyes, como habéis vivido hasta hoy.

»Ni tampoco hicisteis caso de la última amonestación antes que os pusiesen cerco, para que fueseis neutrales, y vivieseis en paz y sosiego.

»Decidnos, pues, quiénes hay de todos los griegos que con más razón deban ser aborrecidos y odiados que vosotros, que quisisteis mostrar vuestro esfuerzo empleándolo en su daño y mengua. Si en algún tiempo fuisteis buenos, como decís, no era por natural inclinación, porque la verdadera de los hombres se conoce en que es constante, como ha sido la vuestra, en tomar este camino inicuo y malo, siguiendo a los atenienses en una querella tan injusta, y esto baste para mostrar que nosotros seguimos el partido de los medos contra nuestra voluntad, y que vosotros seguisteis el de los atenienses de buen grado.