Historia de la decadencia de España

Part 49

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Era el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada que lo mandaba, hombre devoto y de honradas costumbres, pero no poco ambicioso y de carácter firme y terco, y por estas cualidades irreconciliable enemigo de D. Juan, de quien estaba ofendido, y de todos los suyos. Sabía y deploraba los desórdenes del regimiento; buscaba y proponía de buena fe maneras de remediarlo; pero no consentía ni en salirse con su regimiento de Madrid, ni en oprimir tanto á sus soldados que llegasen los ciudadanos á encimárseles tratándolos sin temor. Su objeto era el mismo que tan desastrosamente llevaban á cabo sus soldados, el dominar y espantar á Madrid por la parcialidad que había mostrado hacia don Juan. Lo único que le desagradaba era la forma, porque él hubiera apetecido que se llevara á cabo sin muertes, robos ni injusticias; cosa imposible en verdad y que demuestra que tampoco eran grandes los talentos de Aytona. Aun quiso éste que sus soldados en todo se distinguiesen de los ciudadanos y demás soldados, á fin de que conservasen más su espíritu de cuerpo, la unión entre sí y la enemistad contra todos los otros, y para ellos les dió un traje particular que se llamó chamberga, según unos, porque era el mismo que usaban los soldados de Schoemberg, según otros porque los traía cierto Mr. de Chavaget que vino á servir á España y estuvo en el ejército de Portugal. De aquí vino el llamarse aquel regimiento de la chamberga ó chambergos; y chambergos por un lado y golillas por otro, que así llamaban ellos á los cortesanos, continuaron revolviendo á Madrid, hasta que muerto Aytona y trocadas las circunstancias, pasó el regimiento al ejército de Cataluña, cuando las cosas de la guerra lo hicieron allí necesario.

Pero ya por este tiempo la atención pública que estaba distraída antes con la chamberga, se encaminaba á otros objetos. El principal era la privanza de Valenzuela. Había llegado esta en breve espacio á sus últimos términos. Nombróle la Reina su primer caballerizo, y el marqués de Castel-Rodrigo, que vuelto del Gobierno de Flandes, donde le había sucedido el Condestable de Castilla, desempeñaba el cargo de Caballerizo mayor, escandalizado porque ni siquiera se hubiese consultado con él, representó á la Reina sobre la cortedad de los títulos del favorecido: ella entonces, para remediar el mal, lo hizo conde de San Bartolomé de Pinares. No había aún la Corte acabado de murmurar sobre esta gracia, cuando muerto el de Castel-Rodrigo, que fué á poco, cargado de años y servicios, pretendiendo su empleo de Caballerizo mayor casi todos los Grandes de España, fué preferido á todos el nuevo conde de San Bartolomé de Pinares. Y como se murmurase más que antes, naturalmente, para que no hubiese ocasión de olvidar tal ejercicio, salió á poco en favor del mismo Valenzuela el nombramiento de grande de España de primera clase. Sobraban ya motivos para que la envidia y la emulación por una parte, y por otra la honradez y la virtud, se declarasen contra Valenzuela, cuando la Reina, impaciente por terminar su obra, lo declaró por su primer Ministro, dado que ocultamente hacía ya tiempo que lo era.

La ira de los cortesanos y Ministros contra Valenzuela comenzó á endulzarla un tanto en la apariencia el verlo ya árbitro de todas las mercedes y dueño de todo el Gobierno; pero, como suele acontecer, se refugió en lo íntimo de los corazones, esperando para estallar mejores tiempos, sin escasear entre tanto ocultamente las sátiras ni las burlas. Cierto día, amaneció puesto cerca de Palacio un retrato de la Reina y Valenzuela: ella la mano sobre el corazón con un letrero que decía: «Esto se da», y él la mano sobre las insignias de todos los empleos y dignidades, con letra también que decía: «Esto se vende». En tanto, el pueblo clamaba descaradamente contra aquella vergonzosa privanza, y para acallarlo no escaseó sus trazas Valenzuela. Tomó de tal suerte sus medidas, que cuando en Madrid andaban escasos los mantenimientos, ahora durante su Ministerio se hallaban siempre abundantes en los mercados; resucitó los regocijos del tiempo del Conde-Duque; de suerte que Madrid ardía en fiestas continuamente, corridas de toros, mascaradas y comedias, donde Candamo y Solís y algún otro ingenio, de los pocos que había dejado tras sí Felipe IV, alcanzaban altos aplausos; y acometió obras de mucha importancia para ocupar á los ociosos y adornar á la corte, siendo una de ellas el terminar la reedificación de la Plaza Mayor de Madrid, que tenía un ángulo por tierra desde el último incendio, y otra el puente de Toledo, y otra, á lo que se cree, el arco de Palacio.

Pero como la vanidad es una misma en todos los tiempos, deseoso Valenzuela de hacer más y más pública su fortuna, comenzó á lucir en las fiestas divisas muy parecidas á aquélla que tan cara le costó al conde de Villamediana; una de ellas decía, _yo solo tengo licencia_, y otra, _á mí solo es permitido_. Ambas de grande escándalo: públicamente se escarnecían á la Reina y al favorito, y quien más los adulaba y obedecía, más se ocupaba en difamarlos. Los más altos los despreciaban personalmente, aunque no osaban oponerse á su poder; los más bajos los aborrecían, aunque se aprovechasen de sus larguezas y pareciesen contentos con el pan y los espectáculos que se les ofrecían, como á aquellos viles ciudadanos de la Roma imperial. Y así quieto D. Juan, la nobleza expectante, tranquilo el pueblo porque no le aquejaban escaseces ni grandes desdichas, fueron pasando los primeros meses de la privanza de Valenzuela. Pero pronto su inexperiencia para gobernar la Monarquía y los sucesos mismos vinieron reciamente á combatirle, dando fuerza á sus naturales y encubiertos enemigos para derribarle. Si D. Juan estaba quieto, era por conveniencia propia, pero sin dejar de atender por eso ni él ni sus partidarios á satisfacer las venganzas de lo pasado y preparar las cosas futuras; bien se vió lo primero con el suceso del Padre Nithard, en Roma. Andaba éste allí harto desairado, y con temores de que á instancia de D. Juan, que las hacía muy grandes, se le despojase de todos sus títulos, cuando habiendo vacado algunos capelos, y tratándose de dar uno de ellos á España, escribió la Reina á S. S. secretamente, suplicándole que honrase con él á su antiguo confesor, sin reparar en que el Consejo de Castilla había ya propuesto oficialmente las personas que lo merecían. Mas se tenía ya tan poca cuenta con los deseos de la Reina, que el marqués de San Román, nuestro Embajador en Roma, en vez de apoyarlos como debía, hizo que el Papa, lejos de honrar con un capelo al Padre Nithard, le obligase á renunciar sus cargos.

Sintió mucho este desaire la Reina, y como el nuevo favorito Valenzuela era amigo del confesor, continuó esforzándose en conseguir que se mejorase su suerte. Logrólo al fin, haciendo que tres años después de su salida de España se le nombrase Arzobispo de Edessa, y Cardenal con el título de San Bartolomé de Isola, y dejándole ya bien acomodado, ni la Reina pensó más en él, ni él se ocupó más en las cosas de España. Pero es indecible lo que D. Juan se afanó durante todos estos años para evitar que su antiguo enemigo obtuviese la púrpura, sin desarmarle la humildad con que éste se le ofreció en su nuevo estado. Al propio tiempo que atendía á esto, atendía también D. Juan al estado de la salud del Rey, que tanto le interesaba, porque iba de mal en peor cada día, y corriendo el año de 1670, no bien terminadas las turbulencias, enfermó tan gravemente que se llegó á desesperar de su vida. Entonces, como era natural, redobló sus cuidados para ganarse el amor de los pueblos aragoneses, gobernándolos con algún acierto y justicia, y lisonjeando mucho á la nobleza y al pueblo. Pero el Rey se recobró, aunque continuando en sus achaques, y D. Juan tuvo lugar de fijar de nuevo sus ojos en la corte.

Fué á tiempo que los sucesos traían ya muy apurados á la Reina y al favorito; porque mientras por acá nos ocupaban tan mezquinas cuestiones, todo era por fuera desconcierto. En Cerdeña, provincia hasta entonces pacífica, fué asesinado alevosamente el Virrey, que era el marqués de Camarasa, por unos cuantos nobles conjurados contra él, á causa de haberle atribuído sin razón una muerte, también alevosamente cometida, contra persona principal. Alzáronse en seguida en armas los conjurados, temerosos del castigo; fortificáronse primero en un convento, y luego se embarcaron para el cabo de Sacer, donde se establecieron, y desde allí corrían los caminos, obligaban á pagar tributo á las poblaciones, y traían muy revuelta la isla, hasta que fué preciso enviar allá á D. Francisco Tuttavilla, Duque ahora de San Germán con alguna tropa, el cual guarneció bien las fortalezas, puso á precio las cabezas de los más culpables, desarmó al resto, y dió orden en todo. También Valencia fué teatro de algunos desórdenes que, afortunadamente, se aplacaron sin gran dificultad.

Y entre tanto, los filibusteros ó hermanos de la costa, que á fines del anterior reinado habían comenzado á infestar los mares de América, llegaron á causarnos horribles daños; robaban casi todas las flotas y caudales, y uno de sus caudillos, por nombre Morgán, acometió con seiscientos hombres á Portobello, y la saqueó; luego ejecutó lo mismo en la isla de Santa Catalina, y llevó hasta Panamá el terror de su nombre sin que se hallasen bajeles en nuestros mares que pudieran tomar de tales desafueros venganza. Pero lo principal eran las cosas de Flandes. Luis XIV con tal poder militar como hasta entonces no se hubiese conocido en Europa, disponiendo á causa de la unidad que había alcanzado su nación y de lo muy poblada que estaba, de ejércitos tres veces más numerosos que los de sus mayores enemigos, favorecido por la suerte con los mejores generales de su siglo, ciego de orgullo con las ventajas que había alcanzado en sus primeras empresas, sediento de dominación, y estimando en más la conquista de una aldea, que la vida de millares de sus vasallos, despótico, iracundo y aconsejado por Ministros que hacían su fortuna mientras él hacía como que mandaba ejércitos y ganaba batallas y rendía fortalezas, adulado ya por muchos con aquel título de Grande que no le cuadraba sino por estar al frente de una nación grande y de grandes capitanes y ejércitos, no reconocía freno alguno, y proclamaba audazmente que no había más ley que su voluntad en Europa. Irritado con Holanda porque había detenido el curso de sus conquistas sobre España, coligándose para ello con Inglaterra y Suecia en el año pasado de 1667, no tardó en hallar pretexto para declararle la guerra. Embistióla con tres ejércitos á un tiempo según su costumbre, tan numerosos, que era imposible que los holandeses pudieran disputarle el campo, y para que tampoco pudieran disputarle el mar, donde ellos eran muy poderosos, ajustó una liga ofensiva y defensiva con los ingleses, juntándose ambas armadas para oprimir la holandesa. Pidió auxilio la República al Emperador y á España; pero ni una ni otra potencia se atrevieron á declararse por lo pronto.

Gobernaba entonces en Flandes el conde de Monterrey, D. Juan Domingo Zúñiga y Fonseca, hombre de mayores partes que fué su padre, el cual, temeroso de que aquel nublado viniese á caer sobre él, aprestó lo mejor que pudo sus plazas, pidió á la Reina gobernadora socorros, y con los que se le enviaron juntó un ejército de hasta doce mil hombres, que bajo su mando y el del conde de Marsín atendiese en todo caso á la resistencia. No había terminado Monterrey sus preparativos, cuando ya los franceses eran dueños de la mayor parte de Holanda. Redobló sus súplicas la república pidiendo auxilios, y el conde de Monterrey, viendo que si Luis XIV acababa de conquistar á Holanda no podría sostenerse Flandes bajo nuestra mano, accedió al fin á ellas, enviando al conde de Marsín con seis mil hombres (1672) á que se juntase con el ejército holandés, que al mando del Príncipe de Orange sitiaba á Charleroy. No se pudo tomar la plaza, y al año siguiente comenzaron los franceses la campaña, sitiando á Maestrick. Temió perderla el Príncipe de Orange, como en efecto sucedió, y volvió á pedir socorro á los españoles; y Monterrey, no consultando más que la conservación de aquellos Países Bajos que tan poca cuenta nos tenía, y sin reparar en los peligros á que exponía la nación, ni orden aún de la corte, envió refuerzo de tropas numeroso á los holandeses para que intentasen salvar la plaza. Fué esto en vano como decimos, y Luis XIV hizo vivas reclamaciones al Gobierno de la Reina contra esta conducta del conde de Monterrey. Pero ya Holanda había hecho hartas gestiones en Madrid y en Viena, y estaba para firmarse entre las tres potencias una liga ofensiva y defensiva, con que las reclamaciones del Monarca francés no fueron oídas.

Solicitó éste entonces la neutralidad de España con lisonjeras ofertas, y cierto que nada nos convenía tanto en tales circunstancias, aun siendo cierto como era, que de semejante neutralidad había de originarse luego la pérdida de toda Flandes; pero á nuestra Corte habían acabado de cegarla las ventajas que ofrecía Holanda para concluir la liga, y así fué que no dió más oídos á las ofertas, que hubiese dado á las reclamaciones del francés. Que el conde de Monterrey enviado á gobernar aquellas provincias, con el deseo natural de asegurarlas se inclinase á la liga holandesa, merece alguna excusa, y que en Madrid, donde los menos avisados miraban ya como inevitable la pérdida de los Países Bajos, y como utilísimo su abandono, hubiese gobierno que empeñara una guerra por resguardarlos, merece reprobación muy grande. Era comenzarla sin soldados, sin capitanes, sin armas ni tesoros, exponernos á nuevas derrotas y afrentas. Y esto sin contar con la poca fe que debía inspirar Holanda, movida entonces de la necesidad á hacernos grandes ofrecimientos; pero que una vez fuera de peligro, había de procurar naturalmente antes que por nosotros por sí propia, como sucedió, y sin tener más en cuenta, cosa también probada en los efectos, que en semejantes alianzas lleva siempre la peor parte el más débil y que nosotros éramos los más débiles entonces. Sólo el agradecimiento de que Holanda hubiera acudido á salvarnos cuando Luis XIV invadió antes nuestros estados de Flandes, pudiera excusar tal socorro y liga, aunque á decir verdad, la paz que entonces obtuvimos por mediación de tal potencia, fué tan á costa nuestra, que poco hubiera de habernos agradecido ella mediación semejante. Pero acaso es lo cierto que el Emperador miraba con miedo á los franceses en las orillas del Rhin, recelando que roto el valladar de Holanda, vinieran á hacerse árbitros de Alemania, y que la reina Doña Mariana tenía como siempre más en cuenta los intereses del imperio y de su familia que no los de la nación que gobernaba.

Su único Ministro y consejero Valenzuela, contentándose con que le dejase hacer la Reina todas las mercedes y disponer de todas las cosas en España, más pensaba en adular sus gustos, favoreciendo contra el interés propio los intereses del imperio, que no en contrariarlos á riesgo de perder algo en su privanza. Y los mismos Consejos donde más que en ninguna otra parte se conservaba el espíritu antiguo de la Monarquía, no juzgando aún que debieran abandonarse las provincias de Flandes, y no excusando, por ser de antiguo natural la alianza con el Emperador, antes que ofrecer como en otras cosas resistencia, se prestaron de buena voluntad á favorecer las miras de la Reina. Tenían fija la vista los Consejos en aquella idea de que mientras en Flandes se entretuviesen las armas francesas se libraban de su poder nuestras fronteras; y á la verdad había ahora cierta apariencia de razón, porque abiertas como estaban nuestras fronteras sin plazas ni ejércitos que las defendiesen, despoblado y miserable el país, no parecía posible detener hasta Madrid la marcha de los numerosos ejércitos de Luis XIV. Pero se olvidaba el que con mantener tan costosas guerras en Flandes cada día se enflaquecía más el reino y quedaba más indefenso; y no se contaba con el patriotismo y el valor de España que había de despertar al ver insultados sus hogares, como se vió luego en estos mismos años de desdicha por la parte de Cataluña. El hecho fué que se ajustó un tratado en El Haya (1673) por el cual Holanda se comprometió á no hacer paz ni treguas con los franceses hasta que hubieran devuelto á España cuanto la habían arrebatado desde la paz de los Pirineos, y con esto comprometióse el Emperador á tener siempre sobre el Rhin un ejército de treinta mil hombres, y España á atacar en todas sus fronteras y con todas sus fuerzas á Francia.

Rota la guerra en virtud de tales conciertos, sostúvose, como podía esperarse, con poco crédito. Aumentáronse con ella los ordinarios apuros de dinero, crecieron las exacciones y todos los males de la guerra, suscitáronse nuevas sublevaciones en el reino como la de Messina; y Valenzuela, sin saber cómo atender á tan graves negocios, se hallaba en los apuros más grandes cuando se vió hecho blanco de las iras de D. Juan y su partido. Sostúvose contra todo mientras duró la regencia de Doña Mariana, acrecentándose en aquella mujer terca el cariño que le tenía, á medida que más combatido le miraba; pero en esto veníase á más andar la época en que había de ser mayor de edad el Rey niño, lo cual debía cambiar forzosamente la situación de las cosas.

Mostraba ya el rey Carlos II lo que había de ser en adelante. Llamábanle el imbécil, cuando no debía llamársele sino el infeliz. La debilidad de su constitución física, los continuos achaques que ella le ocasionaba, aquel andar siempre alrededor del sepulcro, de manera que parecía que Dios no le hubiera concedido el nacer sino para que viese y llorase con sus propios ojos su muerte, habían hecho decaer su espíritu, llenándole de timidez y de preocupaciones, quitándole el valor para resolver por sí mismo lo más pequeño, impidiéndole el estudio, la meditación, el trabajo, y todo aquello, en fin, que podía prepararle á desempeñar con tino las obligaciones de su estado. Su vida era un perpetuo gemido, un continuo temor, un doloroso holgar, una impotencia tan grande para los placeres del cuerpo como para los deleites del espíritu: Rey el más á propósito que pudiera hallarse para completar y sellar la ruina de España, digno, en verdad, de esta Monarquía agonizante. Y, sin embargo, á Carlos II no le faltaban tanto como se ha creído ni el entendimiento ni la voluntad: bien comprendía el mal y el bien, y quería tanto lo uno como aborrecía lo otro. Jamás ningún Rey ha amado más á sus vasallos; jamás ninguno ha rogado tanto á Dios por ellos, ni ha llorado tanto sus desdichas; jamás ninguno les ha hecho, por su persona, menos daño, ni ha sido menos digno de aborrecimiento; para Carlos los males de la nación eran unos con los suyos, y, desde que tuvo discernimiento, juntó al de sus dolores físicos el peso de los dolores morales que cada una de las desventuras de la nación le ocasionaba. Detestaba, sin murmurar, á Valenzuela; censuraba, en su conciencia, los escándalos de la madre, y más el poco amor que mostraba á los españoles; amaba á D. Juan, porque no le conocía y porque los partidarios de éste, astutamente, le habían hecho entender que era bueno y generoso y amigo del bien de España.

Con tales sentimientos y con tal Rey no era difícil que se preparase la vuelta de D. Juan y la caída de sus enemigos: sólo faltaba que llegase el día en que, cumplidos los catorce años, tuviese autoridad para mandar en el reino. Mientras llegaba, D. Juan logró que se le permitiese venir á Madrid en tres distintas ocasiones, con que logró restablecer su partido, allegar nuevos parciales, y prepararlo todo para la ocasión que esperaba; y con el fin de que aun entonces no le faltasen pretextos con que disculpar su enemistad á la Reina, no cesó de dirigirla peticiones y cargos, ya porque no castigaba al conde de Aranda, noble aragonés y antiguo Virrey de aquel reino, que suponía que había querido envenenarlo, ya porque no le devolvía su plaza en el Consejo de Estado, permitiéndole vivir en Madrid, ya, en fin, por otros motivos que fuera ocioso enumerar y que inventaba á su placer cada día. La reina Doña Mariana, llena de inquietudes y de temores, veía acercarse el nublado, sin poder esquivar la tormenta; día y noche pasaba las horas meditando y buscando medios y arbitrios con que resistir á sus adversarios, ó bien derramando de sus ojos, harto fatigados ya, copiosas lágrimas. Movíala, más que su propia suerte, que al cabo era Reina y madre, la suerte de Valenzuela, que no tenía otro apoyo ni otra defensa que su lealtad. Bien veía que el destierro, cuando no la muerte, le esperaba. Por más que día y noche revolvía en su mente los pensamientos, todos eran ineficaces, todos pequeños para mal tan grande como amenazaba. Fijóse en el propósito de sacar de España á D. Juan ó perderle en la gracia del joven Rey, y, para ello, le designó como la única persona capaz de salvar la Italia, que, abrasada en la sedición Sicilia y amagada Milán de Saboya y Francia, corría peligro de perderse, y aconsejó á su hijo que le nombrase lugarteniente en aquellos estados. Comprendió D. Juan el intento, y aunque el peligro era verdadero, como el patriotismo no era muy grande en su corazón, se determinó á frustrarlo excusando el ir por entonces á Italia, como á Flandes en otro tiempo. Lo que hizo fué valerse de tal título y nombramiento de Virrey de Italia para visitar á Barcelona y otras ciudades de su devoción con pretexto de enviar socorro, y para acercarse, por último, á Madrid alrededor del día 6 de Noviembre de 1675, en que el Rey cumplía los catorce años.

Día amargo fué aquel para la reina Doña Mariana. Los Grandes de España y palaciegos del partido de D. Juan habían persuadido secretamente al joven Rey de que la primera determinación que tomase fuera la de nombrar á D. Juan su primer Ministro, encargándole de todas las cosas del Gobierno. Entre los regocijos de la corte por aquel suceso iba ya á firmarse el decreto que esperaba D. Juan en el palacio del Buen Retiro, adonde ya había llegado, cuando la Reina, enterada del caso, llena de desesperación, corrió al punto á buscar á su hijo, consiguió hablarle á solas, le rogó, le suplicó, y tanto hizo y tantas lágrimas derramó, que logró rendir al flaco Rey y le arrancó una orden separando á don Juan de la lugartenencia de Italia, con orden verbal de que se alejase al punto de la corte y volviera á residir en Zaragoza. Así permanecieron durante un año las cosas, gobernando, como antes, la Reina y Valenzuela en nombre de Carlos; pero D. Juan y sus partidarios no descansaron un punto hasta urdir una nueva trama, que tuvo harto mejor éxito que la pasada. Vuelto á persuadir el Rey de que era necesario llamar á D. Juan al Gobierno, le aconsejaron que una noche saliese de Palacio y se fuese al Retiro, dejando orden á las puertas de que por ningún motivo permitiesen salir á la Reina. Ya en el Retiro el Rey, rodeado de personas afectas todas á D. Juan, sin querer abrir las cartas que al saber el suceso le escribió desde Palacio la Reina, expidió el decreto nombrando á su hermano, D. Juan de Austria, que no excusaba darle tal título, á que le asistiese y tomase sobre sus hombros (1676) el grave peso de la Corona. Así, al cabo de tantos años de vanos esfuerzos, logró D. Juan vencer á la Reina y obtener el Gobierno que deseaba. Dióselo Dios por pocos años, y con menos fortuna, encerrando en el sepulcro las esperanzas más altas que tenía, si las tuvo como se cree.