Historia de la decadencia de España
Part 48
Salió, con efecto, el confesor, aunque honrado con el título de Embajador extraordinario en Roma, dándole á escoger entre este puesto y la embajada de Alemania; y debió al celo del Arzobispo de Toledo, que lo sacó en su coche hasta Fuencarral, que no le hiciese pedazos el pueblo. Luego el Nuncio de Su Santidad, que había tenido mucha parte en todos estos sucesos, inclinándose más á la parte de D. Juan, que no á la del jesuíta, fué á ver al Príncipe á Torrejón de Ardoz, donde ya había estado de antemano á visitarle, y acabó de calmar á éste aparentemente, aunque bien pronto se tocó el desengaño. Así terminó pacíficamente aquella primera revolución que tan amenazadora se presentó en un principio. Quedó en ella la autoridad real, que era, al cabo, lo único que quedaba incólume en España, humillada y escarnecida; quedó la Reina madre sin decoro á los pies de un bastardo ambicioso y rebelde y de unos cuantos Grandes más envidiosos que amantes de su patria; quedó el poder del Gobierno vencido por tres compañías de caballos y dos de infantes, que apenas sumarían quinientos soldados. Perdió mucho, en fin, el Gobierno en aquellas circunstancias, y, en cambio, la nación no alcanzó ventaja alguna. ¡Ejemplo notable para los Reyes y para los Gobiernos! Jamás en nación bien gobernada pudiera un bastardo rebelde con unos cuantos cómplices y algunos centenares de soldados traer á tan miserable situación á la Reina; pero como España aborrecía su Gobierno, como sus torpezas y su inhabilidad la hacían merecedora de tal aborrecimiento, ¿qué abnegación no necesitaban los ciudadanos para tomar su defensa? ¿Qué imposible no era que en tal trance quisieran ellos salvarla? D. Juan no tenía títulos para pedir lo que pedía, ni para hacer lo que hacía contra la Reina y sus favoritos; pero ella no debía tampoco abusar en provecho de éstos y de su familia del poder que tenía; y ya que la nación no se decidiese á tomar la venganza por sus manos, miraba con razón friamente que espiase sus faltas á manos de sus enemigos. ¡Pero triste venganza de la nación era esta, que si castigaba las faltas del Gobierno pasado, no remediaba ninguno de sus males! Los sucesos mostraron pronto que las naciones no deben contentarse con sustituir personas á personas, ni con asistir á tales revoluciones y venganzas, sino que deben por sí mismas defender sus derechos y procurar sus beneficios.
No fué la salida del confesor Everardo más que la primera jornada de una comedia que debía pasar por hartas peripecias todavía. Había cedido la Reina atemorizada; pero como terca á la par que tímida, aumentó si era posible su odio á D. Juan, determinada más que nunca á humillarle, mientras éste con la pasada victoria se hacía más imperioso y exigente que antes. Negó la Reina á D. Juan el permiso que la pidió para venir á la corte, ordenándole que se mantuviese á algunas leguas de distancia. Al propio tiempo le mandó que despidiese á la gente armada que había traído consigo. Ofendióse D. Juan de ambas demandas, y en lugar de avenirse á ellas, exigió de la Reina que nombrase una Junta de los mayores, más experimentados y celosos Ministros, donde se tratase de aminorar los tributos, de repartirlos por igual entre los vasallos, de hacer economías en la Hacienda, distribuir bien los empleos, reformar la milicia, y reparar la administración de justicia poco estimada. Y al propio tiempo que proveyese los puestos de confesor é Inquisidor general, que aún tenía á su nombre el Padre Nithard, en personas naturales de estos reinos, y que no se mezclasen en negocios políticos; que separase de la Presidencia de Castilla al Obispo de Plasencia por ser tan su enemigo, y que, de no separarle, le impidiese tomar parte en los negocios que á él le tocasen, lo mismo que al marqués de Aytona, que también se había señalado mucho en contra de su persona.
Con estas pretensiones tenía D. Juan las de que se pusiese en libertad al hermano de su secretario Patiño, que estaba preso todavía; que se despojase al Padre Nithard de todos sus puestos y honores, y que á él se le continuasen los títulos y propiedad del Gobierno de Flandes, que por no haber ido allá le había quitado la Reina. Esto escribía D. Juan en Guadalajara, adonde desde Torrejón se había retirado; y la Reina, en lugar de ceder á ninguna de tales exigencias, redobló las suyas y se dispuso á hacer más eficaz que antes la resistencia. Nombró la Junta que pedía D. Juan con el nombre de _Junta de Alivios_, á fin de que no creyese el pueblo que descuidaban sus intereses; negoció astutamente con D. Juan para entretenerle; y en el entre tanto, ordenó la formación de una coronelia ó regimiento, imaginada ya antes de la salida del confesor, que al mando del marqués de Aytona, y con el nombre de _Guarda de la Reina_, debía atender á su defensa, á la par que enviaba órdenes á Ciudad Real y Galicia para que los soldados que allí quedaban del ejército de Portugal se acercasen á la corte.
Luego mandó de improviso á Guadalajara al general de la caballería D. Diego Correa, para que si no licenciaba D. Juan al punto su caballería, diese orden á los capitanes de que se apartasen de él, so pena de desleales é inobedientes. No atendieron los capitanes á las amenazas de D. Diego; y D. Juan, lejos de licenciar su escolta, comenzó á reforzarla con algunos miqueletes catalanes y gente que acudía á su servicio. Pero al propio tiempo el regimiento de la Guarda se formaba á toda prisa, y el marqués de Aytona, su Coronel, ofrecía mantener con él en respeto á D. Juan y á la Corte. Entraron á mandar las compañías jóvenes de las mejores casas, deseando lucir en Madrid y á vista de las damas sus arreos y bizarría; el conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, el de Fuensalida, el de Cartageneta, luego duque de Montalto, el marqués de Jarandilla, el de las Navas, el duque de Abrantes y otros caballeros particulares: llenáronse con sargentos y cabos viejos y no pocos soldados veteranos; mas para completarlas pronto se admitió en ellas á toda la chusma y gente de vida airada que quiso acudir de diversas partes de España; y se las señaló cuartel en el barrio de San Francisco, uniformándolas y armándolas con todo esmero. Representó la villa de Madrid contra la formación de este regimiento con libertad notable, manifestando en veinte proposiciones los perjuicios que habían de originarse, y lo propio el Consejo de Castilla consultó en contra de esto á la Reina. Pero ésta no hizo caso de las reclamaciones de la villa, y ordenó al Consejo que no la hablase más del asunto. Á la verdad la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra habían dado dictámenes favorables á la formación del regimiento, y en ellos fortalecía la Reina su intento.
Quejóse D. Juan altamente; mas no recibió otra respuesta sino la de que excusase el escribir y entrometerse tanto en los negocios públicos. El regimiento estaba ya formado; D. Juan se mostraba prevenido; aguardábase de un momento á otro que se remitiese la cuestión á las manos, haciendo campo de batalla las calles de la corte: ya se señalaba el día y la hora en que D. Juan había de caer sobre Madrid, y se proveían de víveres los vecinos, alarmados, para no salir de sus casas; faltaban en el mercado los mantenimientos, y todo era confusión y espanto, cuando de repente se terminó todo sin venir á las armas. El Nuncio, que andaba también ahora de mediador, logró que D. Juan se contentase con el Virreinato de Aragón y el Vicariato general de los reinos, que dependían de aquella Corona, separándose de la Corte (1669) y dejándolo todo como estaba.
Rugieron de cólera muchos de los partidarios de don Juan al saber su sumisión, y que por tal empleo hubiese abandonado á su partido, que ya nada menos deseaba sino apartar de los negocios á la Reina; y el pueblo de Madrid, que con la formación del regimiento de la Guardia se había puesto todo de su parte, esperando su llegada por momentos para tomar las armas, rompió en altas quejas y murmuraciones contra el Príncipe que así lo abandonaba. Y cierto que la resolución de D. Juan debía parecer extraña al común de sus partidarios, porque ni el empleo que se le daba era de tal honor que pudiera juzgársele por él seducido, ni de hombre de tan altas pretensiones podía sospecharse que la humildad lo hubiese tocado en el alma. Pero contemplando bien los sucesos, parece acertada su conducta. La corta edad del rey D. Carlos y su natural enfermizo, que le traían siempre á las puertas del sepulcro, llamaban ya por entonces la atención de todo el mundo; el mismo Luis XIV había empezado á poner en duda la validez de la renuncia de su mujer Doña María Teresa á la Corona de España; y en Alemania, donde la casa imperial se juzgaba con derecho á suceder en ella, y en otras Cortes de Europa tratábase ya de este asunto y de las probabilidades de una guerra de sucesión. No debía ser por cierto D. Juan quien menos cuenta tuviese con tales probabilidades: la Reina y el confesor le habían acusado de querer usurpar la Corona al Rey; pero esto no parece probable. Porque si la nación dejaba de buena voluntad insultar á la Gobernadora, no habría dejado de seguro atacar al Rey niño, cuya tierna edad movía en su favor la antigua generosidad española; y porque el mismo D. Juan, que apenas había podido, sobre todo en los últimos días, hacer rostro á la Reina, no había de imaginar que semejante empresa le fuera posible. Lo probable es que D. Juan aspirase á ocupar el Trono el día en que falleciese su sobrino.
Un astrólogo de Flandes le había predicho que llegaría á tener cetro en sus manos; predicción que, hallada entre los papeles del hermano de su secretario Patiño, sirvió no poco á la Reina para acusarle de rebeldes intentos; y es evidente que tan difícil como se ofrecía la empresa de destronar á Carlos II, tanto era difícil la de sucederle, viniendo á disputarse la Corona los extranjeros. Dados tales intentos y circunstancias, nada más ventajoso para D. Juan que el Vicariato general de los reinos de Aragón que se le daba: amábanle ya aquellos pueblos, y estaban muy declarados en su servicio, y su natural independiente y duro, su valor y constancia le aseguraban en todo evento, que podría fundar allí un Trono, y ya que no traer á su obediencia el resto de España, sostenerse en él contra todo género de enemigos. Pudiérase creer, aun para esto, preferible el apoderarse del gobierno de toda la Monarquía; pero no sin error ciertamente. Porque en primer lugar, en Castilla andaba muy dividida en dictámenes la nobleza; y si tal se mostraba cuando D. Juan no pretendía más que sustituir en el Gobierno á la Reina, al verle en el Trono pudiera contarse seguido de pocos, combatido de muchos, sin apoyo cierto en aquella clase, por su riqueza, tan importante aún en el Estado. Luego no parecía conveniente comenzar empeñando una batalla en las calles de Madrid, y llenándolas de sangre y odios para venir un día á ocupar la Corona y defenderla contra los extranjeros. Y tal batalla no podía menos de empeñarse y de ser dudosa, porque el marqués de Aytona con su regimiento, y el Almirante de Castilla y los enemigos de D. Juan con las tropas que habían llegado á la corte, estaban resueltos á sostenerse hasta el último punto, siendo tal la terquedad de la Reina, que se disponía á salir en el trance por las calles con el Rey niño en los brazos alentando á los suyos y desconcertando á los contrarios.
Para vencer tal resistencia necesitaba D. Juan valerse del pueblo de Madrid, movido ya, según dice un anónimo contemporáneo, «en inteligencia de que era menester hacer pedazos toda esta campana rota de Monarquía para que volviese en nueva fundición á cobrar su antiguo sonido»; pueblo compuesto en no poca parte de vagamundos hambrientos y extranjeros, sin amor al Rey ni interés en el bien de España, de cuya gente podían temerse en la ocasión los mayores escándalos y desórdenes, lo cual pondría en contra del partido de D. Juan al clero, á los ricos y á todos los Grandes y nobles, que serían naturalmente los perjudicados. Por último, aun llegado D. Juan á punto de desempeñar el Gobierno, desterrada ó metida la Reina en un convento, como acaso se pensaba, si venía á morir el Rey niño; ¿qué pretexto tan horrible no hallaría para cebarse en él la calumnia, y cuán dañoso no sería el entrar á disputar un trono á Rey extranjero con la sospecha de haber envenenado al Rey propio? Tales consideraciones obraron sin duda en el ánimo de D. Juan, puesto que las publicaron algunos de sus más allegados amigos, para persuadirle á aceptar el empleo que se le ofrecía. No dejaron también de censurar los parciales de la Reina el que hubiese dado á D. Juan tal empleo, principalmente los que temían que quisiera alzarse en vida del Rey con la Corona, diciendo que era ponerle en la mano los medios para que, ya que no lograse el todo, dividiese, en su provecho, la Monarquía, quedándose con aquellos reinos de Aragón, por tan débiles lazos unidos aún con Castilla. Ni falta razón para decir que, con efecto, fué aquello en la Reina imprudencia notable, y que, á ser menores los intentos de D. Juan y á contentarse, desde luego, con ser Rey de una parte de España, hubiera producido quizás lastimosos frutos. Mas quiso la Providencia que ni lo acertado de la conducta de D. Juan ni lo imprudente de la conducta de la Reina fueran de consecuencia alguna en adelante, que tal sabe y suele burlar todos los propósitos humanos.
Al propio tiempo que llegaba á Zaragoza D. Juan comenzaba á declararse la privanza de D. Fernando de Valenzuela, hombre de pocos años, de algún talento, de conversación graciosa y amena, audaz, de hermosa figura y, para aquel tiempo, donde esto era todavía de estimación, dotado de una gran cualidad, que era ser poeta tierno, amoroso y dulce, muy dado á las preciosidades y sutilezas del culteranismo lírico y dramático no despreciable. Era natural de Ronda, donde se le tenía por hidalgo; vino á Madrid, á buscar fortuna, á tiempo que, hallándose el duque del Infantado de partida para Roma, á ocupar el puesto de Embajador, pudo conseguir que le tomase por su criado. Sirvióle bien, y á su vuelta el Duque le premió con lograrle un hábito de Santiago; pero muerto de allí á poco su protector, se halló desvalido y en lastimosa pobreza. Entonces discurrió introducirse con alguna de las personas que tenían parte en el Gobierno, y sabiendo que el Padre Nithard, acobardado con las amenazas de don Juan y de sus partidarios, andaba buscando personas de bríos que le resguardasen y acompañasen, se ofreció á ello con gran decisión y rendimiento. De tales principios llegó á encaramarse tanto en la confianza del Padre Everardo, que acabó por hacérsele necesario, y éste, porque más le sirviese, le dió entrada en Palacio mismo, siendo allí su Ministro y mensajero.
No tardó Valenzuela en aprovechar diestramente sus idas y venidas á Palacio; valióse de su buena gracia para enamorar á una camarista llamada Doña María Eugenia de Uceda, en quien tenía puesto su afecto la Reina. Casóse con ella, y para favorecer tal matrimonio, le hizo la Reina caballerizo suyo, creciendo desde este punto de hora en hora su grandeza. Sirviéronle los apuros en que puso á la Reina y al confesor la llegada de D. Juan á Torrejón de Ardoz para mostrar su fidelidad y aptitud, y cuando salió desterrado el Padre Everardo, fué la persona con quien éste comunicaba las cosas que quería que supiese la Reina. Dióse en esto tanta traza, que la Reina, que en los primeros días que siguieron á la salida del confesor no quería oir ni consultar á nadie sobre sus asuntos, necesitando, al fin, un confidente, puso en él los ojos. Habíala llamado ya la atención, no sólo por las noticias favorables que de él tenía y por los servicios que la había hecho, sino por ciertas comedias suyas que se habían representado en Palacio, y á las cuales había ella asistido con las damas y las personas más allegadas de la Corte, mostrándose todos muy complacidos. Parecióle, por sus talentos y gracia, el más á propósito para enterarle de las cosas que pasaban en Madrid; de lo que se intentaba ó murmuraba contra ella, y para aconsejarse en sus determinaciones, mucho más siendo él por quien se comunicaba todavía con el Padre Everardo. Dió parte de este intento á Doña María Eugenia, la cual, pensando más en lo que había de ganar su ambición que en lo que podía perder con aquel trato su cariño conyugal, la oyó con regocijo y facilitó el que á las altas horas de la noche entrase su marido en el aposento real. Pronto Valenzuela se hizo en él más necesario aún que se hubiese hecho el Padre Everardo. Las primeras conferencias las tuvieron Valenzuela y la Reina delante de Doña María Eugenia. Pero no consta que siempre se observase lo mismo.
Ignoró el pueblo de Madrid, por algún tiempo, esta privanza. Notábase que la Reina, que no hablaba ni consultaba con nadie, estaba enterada de todo, hasta de los menores detalles de las cosas; que sabía los secretos y las conversaciones más recónditas; y como se ignoraba quién fuese el confidente, le designaban con el nombre de Duende de Palacio. Mas como eran tantos ojos á ver y observar, tampoco tardaron mucho en averiguar la fortuna del Valenzuela, produciendo, desde los principios, grande escándalo. Con esto y con las intrigas de los partidarios de D. Juan y el disgusto del pueblo por la formación del regimiento de la Guarda de la Reina, quedó Madrid, después de la ida del Príncipe á Zaragoza, tan revuelto, poco más ó menos, como antes.
Forjaron algunos de los descontentos, para alarmar al pueblo, un decreto que suponían firmado por la Reina gobernadora, en el cual se ordenaba registrar todas las armas ofensivas y defensivas, prohibiendo su uso por tiempo limitado; y esto solo, estuvo en poco que no produjese un conflicto, porque el uso de las espadas y broqueles sobre todo era tan general, que no había ciudadano alto ó bajo que no se sintiese perjudicado y resuelto á resistir la orden. Desvanecida esta alarma, comenzaron á originarlas no menores las fechorías que cometían los soldados de la guardia por todas partes.
Andaba tal la hacienda, que á pesar de todo el cuidado que se puso en asistirla, faltaron desde los primeros meses las asistencias. No se necesitó de más para que se repitiesen en Madrid aquellas lastimosas escenas de los días de Felipe IV, poco antes de la caída del Conde-Duque. El reposo en que había estado el reino por algunos años había favorecido á las justicias para corregir los desórdenes y castigar á los malvados; al calor de las turbaciones engendráronse de nuevo criminales y crímenes sin cuento, y unos y otros con la formación del regimiento de la Guardia vinieron á compendiarse en Madrid. Bien habían previsto esto la villa y el Consejo en sus representaciones; pero la Reina no oyó nada, aguijada del deseo de asegurarse contra don Juan; y ahora los naturales comenzaban á recoger de tal determinación amargos frutos. Viéronse casos espantosos en pocos días. Dos de los soldados, yendo á robar unos melonares, mataron al dueño de él, que era el ventero de Alcorcón, y saquearon la venta. Salieron Ministros de Madrid á averiguar el suceso, y tropezando con otros del regimiento que ya había allí, se trabaron de palabras, y viniendo á las manos pelearon justicia contra justicia, hasta que los de la militar con los soldados obligaron á sus contrarios á encerrarse en la venta, y allí les pusieron cerco determinados á no dejar uno á vida. Pudieron los sitiados avisar á Carabanchel, de donde salieron en su socorro la hermandad del lugar y de otros comarcanos, y como también á los soldados les hubiesen venido de refuerzo no pocos de sus compañeros, se dió en aquellos campos una batalla donde, fueron muchos los muertos y heridos de ambas partes, retirándose al cabo los soldados, muy inferiores en número á sus contrarios. Juraron aquellos vengarse de los de Carabanchel, y una noche se acercaron algunos al lugar con propósito de robar; pero también tuvieron poca ventura, porque salieron los vecinos á ellos, mataron dos y trajeron tres prisioneros á la cárcel de la corte. Entonces irritados al último punto los soldados, se juntaron hasta en número de cincuenta, y con todo arreo y ordenanza militar fueron á talar y quemar los panes del pueblo. Estaba este ya aparejado á la defensa, cerradas las bocas calles, sin más que un portillo por donde se entrase, con cuerpo de guardia constante. No bien sus espías les avisaron el propósito y número de los soldados, los lugareños salieron á su encuentro, no pareciéndoles número desproporcionado á sus fuerzas, y pelearon con ellos tan valerosamente, que mataron hasta doce, retirándose los demás escarmentados.
Tales sucesos merecen ser recordados, porque de ellos se infiere cómo andarían en Madrid las cosas de gobierno, cuando á sus puertas se verificaban sin remedio ni espanto. Lo más eficaz que se le ocurrió al marqués de Aytona para corregir á sus soldados, fué encerrarlos en el barrio de San Francisco, desocupando todas las casas y prohibiéndoles de noche la salida. Otros arbitrios que dió eran triviales é inútiles, ya que aquel no fuese en todo de ejecución posible. Pasó la Reina su dictamen al Consejo de Castilla, y éste aprovechándose de la ocasión, la representó con gran libertad y firmeza, que no había más remedio sino echar al regimiento de la corte, diciendo que «la principal obligación de los Reyes es castigar los delitos, carga de muy gran peso, pero estrechísima, porque pasó á los Reyes con la traslación que hicieron los pueblos.» Así las disputas y discusiones iban poco á poco encendiendo los espíritus y haciendo brotar las doctrinas más liberales de entre las cenizas á que la Inquisición las había reducido. Poco después el mismo Consejo hizo una descripción de los excesos del regimiento, verdaderamente horrible: «Son los testigos más vecinos, decía, las quejas universales que dan los caminantes y tragineros de lo que á las entradas de Madrid les sucede, quitándoles lo que traen, y á los que no tienen los maltratan ó matan, dejándoles desnudos. Los frutos de las viñas los han talado. Las huertas las han destruído; del ganado que se apacentaba en prados en contorno de esta villa, han quitado muchas cabezas y tratado mal á los pastores; las casas de los hombres de negocios, depositarios y asentistas, no se ven libres de tientos y papeles en que les piden socorros con amenazas; pocas personas se escapan de las peticiones que les hacen los soldados á título de la necesidad que padecen.» Y la evidencia de estos daños era tal, que la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra que habían opinado por que se formase el regimiento, ahora aconsejaron también á la Reina que lo echase de Madrid.