Historia de la decadencia de España
Part 46
De ello ofrece larga muestra el Real Museo de Madrid. Allí está el retrato de Felipe III, obra de Velázquez, y el pincel de este grande hombre sigue al mismo Felipe IV desde la niñez hasta la edad madura, acertando á trazar las huellas que la edad y los placeres iban dejando en su rostro, con inimitable maestría. Allí están Doña Isabel de Borbón, la bella francesa, y Doña Mariana, la orgullosa austriaca; allí los príncipes infortunados D. Baltasar y D. Felipe Próspero; allí la infanta Doña Margarita y aun el Conde-Duque, á quien el Rey amó tanto ó más que á los de su familia, del propio pincel de Velázquez, retratados. La historia de la Virgen, casi entera, representada por Bartolomé Esteban Murillo; sus cuadros místicos y los de Zurbarán encantan allí los ojos de los artistas, después de haber presenciado las devociones del licencioso Rey en sus palacios; el flamenco Snyders ha dejado allí pintadas sus cacerías y el Padre Mayno ha conservado en alegoría su esperanza de reducir á Flandes. Y á la par se ven por dondequiera las glorias de los primeros días del reinado: de una parte la campaña del gran duque de Feria contra el Monferrato, representada en la marcha sobre Acqui, cuadro del aragonés José Leonardo; de otra campaña del mismo Duque en la Alsacia, representada con el socorro de Constanza y la expugnación de Reginfeld, cuadro del florentino Vicente Carducci; ya el cuadro del madrileño Eugenio Caxés, que señala el desembarco de los ingleses cerca de Cádiz al mando del conde Lest, y la conducta valerosa de aquel Maestre de campo D. Fernando de Girón, que enfermo y atormentado de la gota se hace llevar en silla de manos á disponer tan gloriosa victoria, ya el cuadro con que el Vicente Carducci, antes citado, pinta á D. Gonzalo de Córdoba, venciendo en la memorable batalla de Fleurus, ya el cuadro de Leonardo, donde pinta la rendición de Breda y al buen marqués de Spínola, que acompañado del de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, recibe las llaves de la ciudad, y aquel otro que al propio asunto dedicó Velázquez, uno de los mejores de su autor, conocidísimo con el nombre de _Cuadro de las Lanzas_. Por último, por Velázquez y Van-Dick está allí retratado el victorioso Cardenal Infante, y por Rubens la victoria de Nordlinghen. Nunca más altos asuntos han sido tratados por más ilustres pinceles. Zurbarán en tanto, con sus _trabajos de Hércules_, Toledo con sus batallas marítimas, Alonso Cano, pintor, escultor y arquitecto de grandes obras y poco afortunada vida, Ribera, el _Españoleto_, Esteban March, Rizzi, los floristas Arellano y Vander Hamen, y otros muchos que fuera ocioso enumerar, se emplean en adornar el Alcázar Regio, el Buen Retiro, los sitios reales del Pardo y Aranjuez y el llamado _La Zarzuela_, y hacen que aquél sea con razón reputado en España por el Siglo de Oro de la pintura.
Por último, hablando de las cosas que alcanzaron estímulo y esplendor de Felipe IV, es imposible olvidar los juegos de cañas, toros y fiestas caballerescas que tanto alegraron en su tiempo los funerales de la Monarquía. No parece sino que para tales ejercicios nació predestinado este Príncipe, porque en los regocijos que por su nacimiento se celebraron en Valladolid, hubo ya famosas cañas en las cuales corrieron con los caballeros de la Corte el mismo Felipe III y su privado el duque de Lerma. Hijos tales ejercicios de la antigua galantería española y árabe, fueron ordinarios en tiempo de Carlos V, pocos en los días de Felipe II, raros en los de Felipe III, mas Felipe IV les dió mayor vida que hubiesen tenido nunca. Apenas hubo fiesta en su reinado en que él no corriese cañas por su persona. Corriólas famosísimas en 1623 con ocasión de la venida del príncipe de Gales en la Plaza Mayor de Madrid: las cuadrillas fueron diez con más de quinientos caballos, gobernándolas el Conde-Duque y Monterrey, el marqués de Villafranca y los principales señores de la Corte; el lujo fué increíble y la destreza y gallardía del Príncipe muy celebrada. Corriólas también el Rey en 1636 con diez y seis cuadrillas de á doce caballeros, donde rompió él por su persona tres lanzas. El casamiento de la infanta Doña María con el Rey de Hungría; la elección de éste como Rey de romanos; el nacimiento del príncipe D. Baltasar Carlos, y otros tales sucesos, dieron ocasión á fiestas de toros y cañas de gran magnificencia, donde el Rey lució igualmente su bizarría. En las del nacimiento de D. Baltasar fueron los caballeros sesenta, contándose el mismo Rey, con número inmenso de músicos y escuderos. La edad y los pesares del Rey también trajeron esto, como todo, á decadencia en sus últimos días.
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LIBRO NOVENO
SUMARIO
Carácter de Doña Mariana de Austria y del Padre Nithard; elevación de éste y primeras desavenencias con D. Juan.--Proyectos ambiciosos de Luis XIV; acomete á Flandes y toma muchas plazas.--Paces con Portugal.--Preparativos de guerra y donativos; pérdida del Franco Condado y paz de Aquisgrán, donde se recupera.--Ordénase á D. Juan que pase al gobierno de Flandes; muerte de Malladas; niégase D. Juan á ir á Flandes; quítale la Reina el gobierno; dispónese prenderle en Consuegra; su fuga á Cataluña; división de la Corte y de la nación en dos partidos; dirígese en armas D. Juan desde Barcelona á Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don Juan á Torrejón de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre Nithard.--Nuevos disgustos entre la Reina y D. Juan; el Regimiento de la Guardia; niégase D. Juan á deshacer sus fuerzas; nómbranle Vicario de los reinos de Aragón; intentos de D. Juan.--Principios de la privanza de Valenzuela; desórdenes de los Guardias de la Reina; gobierna Valenzuela la Monarquía; desastres en América; nueva guerra con Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega á su mayor edad y llama á D. Juan al Gobierno; destierro de Valenzuela y de la Reina.--Sucesos de la guerra.--Flandes; batalla de Seneff; pérdida del Franco Condado: Ayre, Condé, Valenciennes, Cambray, Gante é Iprés, rendidas al enemigo; batalla de Mons.--Cataluña; inteligencias en la parte de Rosellón; hazañas de los miqueletes y ventajas del duque de San Germán; combate glorioso del Tech; batalla de Maurellás; heroísmo de los miqueletes; gloriosa defensa de Gerona; el capitán Boneu; combate de Vilanadal; pérdida de Puigcerdá.--Sicilia; insurrección contra el Virrey en Mesina; dase esta ciudad á Francia; combate naval; viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda; combates navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses á Mesina; paz vergonzosa de Nimega.--Gobierno de D. Juan de Austria; su descrédito; casamiento del Rey; muerte de D. Juan.
ERA la reina gobernadora Doña Mariana de Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron, rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del Gobierno.
El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard. Favoreció la casualidad su propósito; porque veinte horas después del fallecimiento del Rey faltó también el cardenal Sandoval, Arzobispo de Toledo, con lo cual quedó en la junta un puesto vacante. Aguardaba todo el mundo con curiosidad la provisión de empleo tan alto, cuando la Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragón, que como Inquisidor general era de los miembros de la Junta, le ordenó que aceptase el Arzobispado de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistióse el de Aragón como era natural, porque en aquellos tiempos no había ya cargo alguno en la nación que pudiera compararse con el suyo; pero la Reina le obligó á consentir en ello, nombrando en seguida al Padre Nithard Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la junta. Por muy prevista que estuviese la privanza del confesor, causó el suceso profundo y general disgusto.
Señalóse entre los que murmuraban de la elevación insólita del jesuíta, el bastardo príncipe D. Juan de Austria, que era quien más desfavorecido se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doña Mariana de Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en España, acusándola, de sus derrotas primero, y luego más quejoso de ella por su destierro, envidioso desde entonces porque con sus gracias hubiese cautivado al Rey á punto de fiar de ella más que de él, quitándole la privanza que tenía por segura y aun enajenándole su amor, de suerte que ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey en esta última hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el título de Infante, que aunque bastardo pretendía, teniendo en menos la aptitud de la Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud públicamente se burlaba, y cuyos principios escarnecía, y á la par de esto, más rico en ambición que en mérito, pensando que á hombre como él estaba reservado sólo el salvar en tan difíciles circunstancias la Monarquía, y que era desconocer la grandeza de su capacidad el que donde estaba para gobernar, otros gobernasen, y más un teatino y una mujer, cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y él por tal se tenía, D. Juan no debía ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si él era quien más hostilizaba á la Reina y al confesor, también era la persona contra quien el confesor y la Reina estaban más enconados. Esperaban éstos una ocasión en que echarle de la corte con honroso pretexto, cuando el mismo D. Juan, anticipándose, se salió de Madrid cierto día y se retiró á Consuegra, donde antes había estado retirado, residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla en la Orden de San Juan, cuya dignidad poseía. Publicaba que después de haber presidido en el consejo secreto de su padre, no podía tolerar compañero tan inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard. No contentó á éste ni á la Reina la retirada, recelando con razón que la hacía para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle lejos y de suerte que no tuviera por qué querellarse. Y no tardó en ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.
La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida á robos, correrías y desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aquí ni allí ejército que emprendiese operaciones formales. Había querido hacer la paz la Reina gobernadora no bien murió Felipe IV; pero los Consejos del reino con laudable impulso de patriotismo se negaron á ello, no queriendo renunciar al derecho que asiste á España de ser una, ya que por entonces faltase el poder de ejecutarlo. Meditábase aún levantar tropas y buscar dinero con que avivar de nuevo las hostilidades: dinero era lo principal, porque se veía á la poca gente que por allí teníamos salir á robar por los caminos y por las calles de nuestras mismas poblaciones para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender á esta guerra: acontecimientos gravísimos lo estorbaron. Luis XIV andaba buscando ocasión desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la debilidad del Gobierno y de la impotencia de la nación, despojándonos á mansalva de los dominios que nos quedaban todavía. Un leguleyo, por nombre Duhan, natural de Turena, había descubierto, revolviendo y compulsando antiguos libros, que en el estado de Bravante había vigente una ley, la cual disponía que siempre que un poseedor pasase á segundas nupcias, hubiese de reservar los bienes patrimoniales para los hijos del primer matrimonio.
No necesitó más Luis XIV, y extendiendo al punto un manifiesto donde pretendía probar que aquella ley civil debía considerarse como ley política, exigió que España le entregase por su mujer María Teresa, única sucesora que había quedado del primer matrimonio de Felipe IV, el Bravante y cualquiera otro país donde tal derecho de reserva hubiese. Rechazó, como era natural, Doña Mariana de Austria la pretensión y el manifiesto del francés; y aun refutólo victoriosamente el doctor D. Francisco Ramos del Manzano con sólidas y eruditas razones. Pero ni la negativa de la Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano pudieron apartar al rey Luis de su propósito. Concertó una alianza con Portugal para que nos entretuviese en nuestra frontera, á fin de que no pudiésemos asistir á Flandes con alguna ayuda, concentró numerosas tropas en las dos provincias más próximas á los Países Bajos, preparó víveres y municiones, y ajustó tratados con los Príncipes alemanes confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los socorros que pudiera ó quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la fuerza con la pretensión (1667), entró sin más justificación y declaración de guerra en los Países Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejército poderosísimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera sido costumbre usarlos tan numerosos.
Cómo estuviesen los Países Bajos para resistir tal invasión, da pena recordarlo. Gobernábalos á la sazón el marqués de Castel-Rodrigo, Don Francisco de Moura, ilustre portugués que había seguido la parte de España, y en largas experiencias y servicios tenía dadas pruebas de su lealtad. No bien vió amenazadas sus provincias, escribió á la Reina una carta donde la decía: «Que mientras Francia hacía tan grandes preparativos de su parte, todo era desnudez y falta de recursos en Flandes; que tenía necesidad de los soldados españoles é italianos, y hasta tiempo para mejorar algo las cosas; que había abastecido en lo posible á Namur, Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos ánimos; pero que no por eso podían contarse por seguras tan importantes plazas, puesto que continuaban haciendo falta provisiones, y los doscientos mil escudos, que era la sólida cantidad que había recibido en dos meses, no bastaban para cubrir la centésima parte de las urgencias; que si los franceses entraban como se decía aquella primavera, no veía cómo habían de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien pudiera darse una provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento.» No logró el buen Marqués que la Corte atendiese á nada de esto, y cuando entró Luis XIV en persona en los Países Bajos, se halló para resistirle con algunos miles de hombres desorganizados y hechos á vivir de limosna en los caminos reales, sin víveres, ni artillería, ni capitanes. No hay que culpar de nada al marqués de Castel-Rodrigo; él hizo cuanto se podía hacer en tales circunstancias.
Voló las fortificaciones de muchas plazas por no tener soldados con que guarnecerlas, entre ellas á Armentieres, Condé y San Gillain: quiso hacer lo mismo con Charleroy, donde tenía á medio acabar grandes obras de fortificación; pero no llegó á tiempo de lograrlo. El Monarca francés en persona tomó esta ciudad é hizo acabar las fortificaciones. Jamás se ha hecho una campaña más ventajosa ni más ponderada que la que éste hizo en aquella ocasión; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sería la reputación de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales hazañas como entonces hicieron: pasear con cincuenta mil hombres y formidables trenes de artillería un país indefenso, tomar plazas voladas ya ó desmanteladas, sin víveres ni guarniciones, era cosa que cualquier Monarca hubiera hecho aún sin llamarse, como Luis, _el Grande_, y que la nación menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar á cabo.
Mientras el rey Luis fortaleció á Charleroy, el mariscal D'Aumont con diez mil hombres tomó á Bergues, y á Furnes, valerosamente defendida, á pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo. Luego el propio Rey, continuando su paseo militar, entró en Ath sin resistencia, y con poca en Tournay y D'Aumont se apoderó de Courtray, Oudenarde y Alost. Douay ofreció ya á Luis alguna resistencia, y dió tiempo á que se acabase de aprovisionar á Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El conde Croy, capitán flamenco de nombre, entró en ella con buena guarnición, y se dispuso á sostenerla hasta el último punto. No tardó en sitiarla el Monarca francés con todo su ejército, levantando formidables baterías: la defensa fué como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho días de trinchera abierta, aportillados los muros por todas partes, fué preciso capitular. En tanto el de Castel-Rodrigo había levantado algunos regimientos alemanes y otros de naturales, con los cuales, que sumarían seis mil hombres, envió al conde de Marsín al socorro de la plaza. Llegó tarde aquella gente; pero aun cuando hubiera llegado antes, era harto exiguo su número para que pudiese obrar cosa de provecho. No bien supo Luis que venía acercándose á su campo, deseando hacer un simulacro de batalla, y volver á París con la gloria de haber arrollado, á diez contra uno, nuestras banderas, envió numerosas tropas á su encuentro. Retiróse el de Marsín en buen orden; pero los franceses cerca del canal de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo desigualísimo del número, se defendió tan bien, que con pérdida de ochocientos hombres mató más de mil á los enemigos. Sin embargo, fué arrollada, que era lo que Luis XIV quería. Así acabó la campaña.
Sorprendida con ella nuestra Corte, dejóla comenzar y acabarse sin acertar á poner algún remedio. Lo primero que se discurrió fué hacer las paces con Portugal, atendiendo á que mantener la guerra en ambas fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante paz, que rompía para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser en alguna ocasión por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin embargo, fuera mejor aún abandonar ó vender toda Flandes con tal de sostener aquí la guerra, que no dejar de hacerla aquí para sostenerla en defensa de aquellas provincias. Mas el honor nacional, vilmente insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo de la venganza, y de otra, como la guerra con Portugal había sido tan desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusiéronse todavía alguna cosa los Consejos y Ministros á quien se consultó; pero al cabo cedieron, y por medio de aquel marqués de Heliche y del Carpio, prisionero en Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las negociaciones; y siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se ajustaron las paces al empezar Febrero de 1668.
En ellas se acordó restituir á Portugal las plazas que durante la guerra habían recobrado las armas del rey Católico, y al Católico las que durante la guerra le tomaron las de Portugal, con todos sus términos, quedando las plazas con la artillería que tenían cuando se ocuparon, y los moradores libres para ausentarse ó quedarse, como mejor les conviniera; declarando que en tal restitución de plazas no entrase la de Ceuta, con la cual había de quedarse el rey Católico, por ciertas razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que ésta no había dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su voluntad se había unido á nuestra corona, no reconociendo nunca al de Braganza. Restableciéronse todas las cosas del comercio y tráfico al punto que tenían cuando murió el rey D. Sebastián, y se devolvieron de ambas partes los bienes confiscados.
Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvió toda su atención á Francia. Imaginóse un préstamo que podían hacer las personas pudientes del reino, mil de ellas á mil ducados, y otras á mil quinientos; mas este préstamo no llegó á ejecutarse. Lográronse sólo ciertos donativos de personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos que enviar á Flandes. Permitíase, á pesar de la guerra que el Embajador francés, que era el Arzobispo de Embrún, permaneciese en Madrid y espiase nuestras acciones, cosa que de mucho antes venía sucediendo, á punto, como en otra ocasión hemos dicho, que más se sabían en París que en Madrid mismo nuestras flaquezas. De este Embajador quedan despachos sobre el tal donativo, donde se dan curiosos detalles: señalóse el viejo marqués de Mortara, dando, á pesar de los apuros de su casa, no de las más ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla también contribuyó con mil pistolas, los Consejeros de Castilla cedieron la mitad de sus emolumentos de un año, y el conde de Peñaranda, el Arzobispo de Toledo, el cardenal duque de Montalto y otros grandes contribuyeron de la propia manera. Impúsose un tributo sobre los carruajes y las mulas; rebajóse un quince por ciento más á la deuda de juros reales; no hubo cosa en que no se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la plata que venía de América para los particulares, consejo de que se culpó en lo sucesivo á D. Juan de Austria, y no se llevó á efecto. Al propio tiempo se mandó al duque de Osuna, Virrey á la sazón de Cataluña, que hiciese una diversión en el territorio francés: juntó éste un pequeño ejército, y con él, no hizo más que entrar en algunos lugares abiertos de la frontera y amenazar á Bellegarde. Pero en el ínterin Inglaterra, Holanda, Suecia, y además varios Príncipes alemanes, alarmados con las ventajas obtenidas con Luis XIV en Flandes, ajustaron un tratado por el cual se comprometieron á arreglar las diferencias de España y Francia, obligando á ceder por las armas á cualquiera de estas Potencias que se empeñase en continuar la guerra. Comenzaron por proponer la suspensión de armas, y el Rey de Francia se avino á conceder una tregua de tres meses; pero fué acabada la campaña de 1667, y cuando el invierno dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqués de Castel-Rodrigo hubo de contestar, según se cuenta, que ya no necesitaba de más treguas que las que la estación había naturalmente de ofrecerle.