Historia de la decadencia de España

Part 45

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La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el caso escandaloso de D. Antonio de Amada, que en 1654 horrorizó á la Corte. Era éste criado del marqués de Cañete, y por su bizarría y buenas partes muy querido de todos. Aconteció que el Marqués golpease á la mujer de uno de sus lacayos, porque quiso impedirle que hiriese á su marido. Ofendido éste determinó matar al Marqués, y ya anochecido al bajar las escaleras, escondiéndose detrás del D. Antonio de Amada, le disparó una estocada de que quedó muerto, huyendo él al punto. Fué preso Amada, y aunque protestó de su inocencia hasta lo último, fué condenado á muerte sin oirle en derecho. Hallábase con órdenes menores, y lo reclamó la justicia eclesiástica; pero no oyéndola, en el momento de ejecutarse el suplicio, envió el Cardenal Arzobispo de Toledo, con licencia del Rey, cuadrillas de frailes y de criados que robaron al supuesto reo llevándolo á casa del Prelado. No tardó la justicia ordinaria en forzar la casa de éste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron á favorecer al verdugo, porque con la muerte del de Cañete cada cual temía por su vida, principalmente habiendo habido un cochero que respondiese por aquellos días al duque de Pastrana «que todos eran hombres y que cada uno se tenía por hijo de su padre», palabras y temor que ha conservado Barrionuevo[25] y que bien muestran lo que era por entonces la grandeza, y el estado que alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los clérigos, estaban de parte de Amada y hubo que desterrar á muchos y aun al mismo Cardenal que se negó á cumplir la orden. Temíase un conflicto entre la grandeza y el clero donde hubiera que llegar á las armas, cuando un suceso inopinado vino á llenar á toda la corte de espanto. El lacayo que había muerto al de Cañete estando á punto de morir de heridas, que se ocasionó en la fuga, declaró que D. Antonio de Amada era inocente, y que él era el culpable. La vergüenza y el dolor del Rey fueron grandes; el escándalo tal, que en mucho tiempo no se trató de otra cosa en la corte. Por los mismos días el Condestable de Castilla mató á un criado suyo, é hizo armas contra un alcalde de Corte, y el suceso fué venir á quedar sin castigo, porque ni siquiera cumplió el corto destierro que se le impuso. Tal se entendía entonces la igualdad sagrada de la justicia.

[25] _Avisos inéditos._

Si volvemos los ojos á las Cortes de los reinos, tampoco hallaremos consuelo alguno. Reúnense periódicamente las de Castilla; pero continúa en ellas sólo el brazo popular, y éste es impotente para hacer prevalecer sus determinaciones. Mejoróse su constitución en los primeros años de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso introducido por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de las ciudades, con que desaparecía completamente la representación del reino. Todavía, durante este reinado, se vieron sus derechos subsistentes y respetados: todavía sin votarse en ellas no se cobraron impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el dinero que pedía. Pero el Conde-Duque halló medio de reprimir aquellas centellas de libertad é independencia como á su tiempo dijimos, reconociendo en los procuradores la facultad de conceder tributos por sí propios, sin venir autorizados de las ciudades. Así, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante no hubo más resistencia.

Poco resistieron también las de Aragón, aunque á la verdad menos solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fué más indócil, y sobre todo Cataluña. Pero la libertad de las Cortes en estas últimas provincias, y sobre todo en Cataluña, lejos de ser favorable á la nación, fué tan funesta como atrás hemos visto. Ajenas las Cortes en esta provincia á toda idea nacional, mirando sólo su particular conveniencia, no lograron su resistencia á los despilfarros del Rey, sino que los pagase sola Castilla, y aún que Castilla atendiese sola á la defensa de todos. Luego estas mismas Cortes contribuyeron á tan lastimosos levantamientos que pusieron á punto de perderse del todo la Monarquía. La falta de libertad en los unos, y en los otros la libertad sobrada, no habiéndose conservado en todos una libertad razonable; el no haberse preferido la unidad nacional á cualquiera otra ventaja; los males del provincialismo; las desventajas de la desunión de nobles y plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representación é influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organización política, no corregidos por Fernando el Católico, por Carlos V, ni por Felipe II, salieron ahora á la faz de la nación. ¡Cuántas lastimosas consecuencias debían preverse! Guerras civiles, desconcierto, impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar á Felipe IV y sus Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organización política; pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los suscitan, y aunque no los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta justicia. Tampoco ha de contárseles por únicos responsables en el mayor mal que hubieran producido la intolerancia religiosa y el rigor de la Inquisición, que era la ruina intelectual de España. Ni esta ruina, ni siquiera la decadencia, se conocieron en los primeros años de Felipe IV. Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo el poder intelectual de la nación se había consagrado á la literatura: esto se vió más y más en el reinado que acabamos de narrar, hasta que le tocó también á la literatura la hora de la decadencia.

La afición del Rey y de la Corte á las comedias, hizo que fuera este género de literatura el que más alto llegase; de modo que á calificar por una sola cosa este reinado, así como el de Felipe III puede decirse que fué de frailes y de monjas, de éste hay que decir que fué de cómicos y comedias. Jamás en tiempo ni en nación alguna se ha cultivado con más entusiasmo y más talento el arte dramático que en España y en el reinado de Felipe IV. Catorce años le duró la vida á Lope de Vega, después de muerto Felipe III, y en todo este tiempo no dejó de componerlas; de suerte que su nombre va también unido al de Felipe IV. Calderón fué ya todo suyo, y Tirso y Moreto y Rojas y el corcovado Alarcón escribieron para su placer y el de su Corte, _La vida es sueño_, _El desdén con el desdén_, _El Burlador de Sevilla_, _D. Juan Tenorio_, _García del Castañar_ y _La verdad sospechosa_, obras inmortales. Á la par de estos ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos, brillaron Luis Vélez de Guevara, y Montalbán; hizo Guillén de Castro el original del _Cid_; la Hoz y Mata escribió su _Castigo de la miseria_; Diamante su _Judía de Toledo_; Solís sus obras dramáticas que eclipsaron más tarde el mérito singular de sus páginas históricas; D. Fernando de Zárate y el judaizante Enríquez Gómez las suyas, ya sean dos ellos, ya sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de Mescua, Matos Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan grande ingenio como los primeros, dignos todavía de admiración y aplauso. Y aun el catálogo dramático no está terminado, porque detrás de los poetas de primero y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todavía: Villaizan, á cuyas comedias asistía siempre disfrazado Felipe IV, tal era la estimación en que las tenía; Zabaleta, el primero que escribió artículos de costumbres, ingenioso en ellos, penoso en sus reflexiones y escritos morales; el novelista Salas Barbadillo, funesto en la poesía épica, y no muy aventajado en la lírica; D. Alonso del Castillo Solórzano, también novelista y bueno, no así poeta, aunque algunas de sus novelas estén en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D. Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. José y D. Diego, Jiménez Enciso, D. Gerónimo Cáncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribió obras sino de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en componer comedias; Vélez el hijo, la célebre monja de Méjico, sor Juana Inés de la Cruz, Monroy, un cierto maestro León harto distinto del gran lírico en mérito y fama, Muget y Solís, Matías de los Reyes, y el doctor Felipe Godínez, más dado que á las humanas á las comedias religiosas.

En éstas se emplearon también, el maestro José de Valdivieso, no mejor dramático que épico; el trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de deplorable gusto é ingenio, que hacía las delicias de la corte en sus sermones, y la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesuítas Céspedes, Calleja y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, anónimos y poetas aprendices ó perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar entre ellos el nombre de Luis Quiñones de Benavente, que pretendió resucitar en España la ditirámbica imitación de Aristóteles, uno de los cuatro géneros en que está dividida la imitación poética: la cual consistía en juntar en una misma pieza, verso, música y baile. No podía ser la presentación más alta; pero ni aun el nombre ni la materia de sus obras correspondieron con ella, y sólo fué autor de bailes, entremeses y sainetes, en cuyo género de escribir le acompañaron Cáncer y Avellaneda y algunos otros de los escritores menos estimados de la época. También escribió comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en otra parte decimos, no falta quien suponga que las escribía el propio Monarca bajo el título de _un ingenio de esta corte_, bien que este género de anónimos fuese entonces empleado de muchos.

Con tales poetas y comedias no podían menos de ser muchos y buenos los comediantes[26]. Señaláronse desde los fines del reinado de Felipe III hasta la muerte de Felipe IV, aquella María Calderón, en quien tuvo el príncipe á D. Juan de Austria; la Baltasara, que purgó sus libertades de cómica con penitente y solitaria vida; la hermosa Josefa Vaca y su marido Alonso Morales, llamado el _príncipe de los representantes_; los dos Olmedos, padre é hijo, hidalgos é infanzones; el desvergonzado Juan Rana, encanto por sus gracias de la corte; Roque de Figueroa, el Néstor de los cómicos; María Riquelme, notable por haber sido virtuosa en las tablas; Bárbara Coronel, mujer varonil, célebre en aventuras y costumbres impropias de su sexo, homicida á lo que se cree de su esposo; Eufrasia de Reina, casada á un tiempo con dos maridos; la famosa _Amarilis_ María de Córdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro; Sebastián del Prado, que fué con la infanta Doña María Teresa á París, y durante mucho tiempo representó allí comedias españolas con grande aplauso y ganancia, y otros innumerables hidalgos, clérigos, frailes y personas de toda condición y estado, aficionados á tal género de vida, donde la piedad del siglo no extendía sus tiránicas leyes, ni clavaba la Inquisición, tan severa contra los libros y las ideas, su garra sangrienta.

[26] PELLICER: _Historia del Histrionismo en España_.

Y todavía hay que añadir que así como al Rey se le encuentra entre los poetas dramáticos, á las Princesas españolas es preciso contarlas entre las cómicas de su época. Por el mes de Mayo de 1622 se representó en los jardines de Aranjuez una comedia fantástica del conde de Villamediana titulada: _La gloria de Niquea_; labrándose teatro de madera y telas á mucha costa. Asistieron el Rey, los infantes D. Carlos y D. Fernando y gran concurso de cortesanos; de modo que no se vió, según el narrador[27], lugar vacío. Hizo en esta comedia de Villamediana el papel de _Reina de la hermosura_ la misma Doña Isabel de Borbón, por cuya causa parece cierto que murió luego el poeta, la infanta Doña María representó el papel de _Niquea_; y los demás las damas y criadas de la Real Casa, entre ellas una negra esclava que fué muy aplaudida. Es sabido también que la infanta Doña María Teresa, luego Reina de Francia, representó con sus damas una zarzuela de Bocángel Unzueta para celebrar la venida á España de la reina Doña Mariana de Austria. Pero á pesar de la inaudita afición que tales hechos demuestran á la poesía dramática, no tardó en caer éste á la par con los otros géneros de literatura.

[27] Prólogo á las _Obras del_ CONDE DE VILLAMEDIANA.

Había heredado Felipe IV de su padre á Góngora, poeta de funesta originalidad, pues hallando ya manoseada la forma clásica, inventó para distinguirse de los demás una extraña y contraria á todos los buenos principios, que de su nombre se llamó _gongorismo_, y también _culteranismo_, por la afectación de cultura de que en ella se hizo alarde. En vano escribió Rioja, ó más bien perfeccionó, aquella inimitable canción de _las Ruinas de Italia_[28] con tan noble y clásico estilo, al paso que componía sus bellas _silvas á las flores_; en vano Jáuregui hizo aquella famosa traducción poética, que es aún la única que haya superado al original; en vano rivalizó Villegas con Anacreonte, y Espinosa con Teócrito; en vano Quevedo descargó los terribles golpes de su crítica contra la nueva escuela: él mismo fué arrastrado por ella antes de mucho con Lope, otro de sus enemigos, con el mismo Jáuregui y los más de los grandes líricos de aquella era. Señaláronse entre los sectarios de Góngora y apóstoles de la nueva forma, aquel hijo infeliz del correo Mayor hereditario, que con el nombre de conde de Villamediana fué tan trágicamente famoso, y de Salazar Mardones, que redujo á reglas y doctrinas lo que era antes deplorable uso y extravío. No tardó éste en comunicarse de la poesía lírica á la dramática, afeando sobre manera los dramas de Calderón y de Lope, introduciendo una afectación de sentimiento que mató la verdad, y un alambicamiento de estilo que obscureció los más bellos rasgos del ingenio; á la poesía épica en la que produjo abortos tan monstruosos como los poemas del mismo Lope, el _Macabeo_ de Silveira y _La Virgen de Atocha_ de Salas Barbadillo; á la historia que ennoblecida con las páginas inmortales de Moncada y de Mello hubo de llorar lastimosamente que Céspedes de Meneses el novelista narrase en culto los primeros años de Felipe IV; y al púlpito mismo donde si el Padre Paravicino hacia las delicias de la corte, no era sino explicando la noble y sencilla doctrina de Cristo en el lenguaje hinchado y pedantesco, salpicado de retruécanos, paranomasias, conceptillos, trasposiciones, neologismos latinos y griegos y alusiones mitológicas que en verso y prosa formaban los distintivos y especiales caracteres de la nueva escuela.

[28] Atribuída después de escrito este libro á Rodrigo Caro.--(_Nota de P. de G._)

No se comprende á no recordar los antecedentes y meditar sobre ellos, cómo pudo sobrevenir de repente revolución tan completa. El genio y la fatalidad de un solo hombre no bastaban para eso, y más cuando él, aunque eminente, no alcanzaba superioridad alguna sobre tan ilustres varones como hubo entre sus secuaces. Traslúcese antes de examinar y estudiar el asunto, que algo había en los espíritus, algo en lo general de la nación que facilitara la empresa, y aun acaso impusiese la nueva escuela á muchos que voluntariamente no la habrían seguido jamás. Este algo era cabalmente el apartamiento de las ciencias y el exclusivo culto de la poesía y buenas letras que hemos ya señalado.

En todo el tiempo de Felipe IV apenas se oye hablar de un solo hombre eminente en filosofía, ni siquiera en aquella aristotélica y platónica tan estudiada de antes; nada se sabe de matemáticas, ni de física, ni de astronomía; crecen en tanto los teólogos, y se hacen por sus controversias estériles, famosos entre todos los teólogos del mundo, que los respetan y admiran y escuchan ávidos sus decisiones; se aumentan cada día los comentaristas escolásticos de las leyes, convirtiendo en un logogrifo la jurisprudencia, aunque no faltan jurisconsultos de nota como Crespí de Valdaura, Ramos del Manzano y otros; pululan los economistas, pero éstos con menos fortuna que nunca, pues sólo Fernández de Navarrete en su _Conservación de monarquías_ que escribió comentando una gran _consulta_ del Consejo de Castilla en 1619, y algún otro merecen ser recordados. Conocen generalmente los principales males de la nación; censúranles con juicio; pero, al lado de tal ó cual observación prudente, aparecen en tales autores cuanto la impertinencia y el delirio pueden producir de más absurdo. Así siguieron y comentando las palabras de la consulta famosa de 1619, halla el licenciado Navarrete las mayores enfermedades que aquejasen á la sazón á España, en lo costoso de los vestidos, la veleidad de las modas, la glotonería, el andar en coche y otras cosas por el estilo, al paso que sobre los mayorazgos cortos y la administración de justicia y la manera de colonizar de nuevo á España, y los males de la vanidad ociosa, y la conveniencia de acortar las profesiones religiosas, y hacer menos extensos ciertos estudios, que sólo producían holgazanes, pronuncia admirables sentencias.

El único libro de aquella época donde luce su actividad y libertad el espíritu humano, es el de _las Empresas políticas_ de Saavedra; mas su autor lo pensó y escribió en tierra extranjera, y allí publicó las primeras ediciones[29]. Si luego se imprimió y pudo circular por España, debióse antes sin duda á la posición y al influjo del autor, que no á lo inculpable del texto. Y sin embargo Saavedra, si es todavía un escritor de primer orden, pensador no lo es tanto; tiene harto más de elocuente, de claro, de bello en la expresión, que no de profundo ú original en sus apreciaciones y juicios.

[29] _Idea de un príncipe cristiano representada en cien empresas diversas._ Mónaco: por Nicolau Enrico: 1640.--El modelo del Príncipe de Saavedra Fajardo lo constituía el Rey católico D. Fernando V de Aragón.--(_Nota de P. de G._)

Era que desde el primer tercio del reinado de Felipe IV, la Inquisición tenía casi terminada su obra, la obra triste y laboriosa de más de un siglo; era que apenas dejaba ya pasar un rayo de luz el anillo de la serpiente. Y muerta la filosofía que produce las ideas y las matemáticas que las relacionan y las aplican; muertos la observación y experimentos de las ciencias naturales; ociosa la razón y vacía la inteligencia, ¿qué había de hacer la literatura, encerrada ya en los estrechos límites de lo pasado y entregada á su sola actividad, sino devorarse á sí misma? Tarde ó temprano eso tenía que suceder, y eso sucedió á fines del reinado del infeliz Felipe IV. Porque no es la literatura, no es la poesía la más perfecta de sus manifestaciones, sino la forma de objetos preexistentes, un cierto espejo donde se reflejan las épocas con sus sentimientos justos ó injustos y sus verdaderos ó falsos principios, y como forma y espejo que es, no tiene potencia para crear por sí sola la substancia que encierran los objetos que representa. Tal vez nacen hombres que á su cualidad de poetas juntan la de filósofos eminentes y van más allá de su siglo y pintan y reflejan cosas no existentes todavía. Pero la singularidad de tales genios no contradice ni impide la marcha general del arte y sus naturales condiciones; ni en el caso presente, perseguida con inaudita saña, hubiera podido la filosofía andar más segura debajo del manto vistoso de la poesía, que debajo de los latinos _in folium_ salmantinos y complutenses. Y así como mientras manan y corren las ideas en poderoso río, producen sus riberas lozanas y numerosas las flores de la literatura, así cuando suspenden su movimiento las aguas y no acuden nuevas y se estancan las antiguas, viene como arriba decimos, la esterilidad y la decadencia, tarde ó temprano.

¡Dichosos los primeros que disfrutaron tales aguas, y halláronlas copiosas y claras!: ellos se hacen inmortales; los segundos las encuentran más turbias y más escasas, y con tanto ingenio como los primeros, es mucho menos lo que producen; mas los terceros sienten ya sed y repugnancia, anhelan por nuevas aguas, claras y copiosas, quisieran descubrir manantiales nuevos, los buscan por todas partes, y entonces nace fatalmente el hombre de la decadencia. Es siempre un hombre creador, de poderosa fantasía, de altos talentos, que debió ser de los primeros, y no lleva con paciencia ser de los últimos, que quisiera ser original, y no halla cómo serlo, oprimido por la fama de sus antecesores, no más dotados de genio que él, sino más afortunados en el nacimiento, deseoso de igualarlo, é imposibilitado de seguirles, jardinero en estío, espigador en invierno, que no halla flor ni grano que recompense su fatiga. Tal fué Góngora. Y cuando llegan ocasiones como ésta, cuando el hombre de la decadencia busca un camino por donde escapar del desierto que le rodea, por donde salir á la fama y á la gloria que le niega su época, no halla, no puede hallar más que uno solo, que es el de fabricar en la forma, ya que le falta con que fabricar en el fondo; es el de distinguirse por la palabra, ya que no puede hacerlo por el sentimiento ó la idea. En lugar de contener en frases sencillas ideas sublimes, encierra vulgares ideas en pomposas é hinchadas palabras; y en vez de dejar en hermosa desnudez el estilo, le viste de retruécanos, de paranomasias y de cuantas afectadas galas imagina. Desecha la metáfora natural por la violenta, abandona la palabra propia por la extraña, la nacional por la extranjera, confunde el alambicamiento con el ingenio, la pedantería con la erudición, lo relumbrante con lo claro y verdadero. Tal fué la escuela de decadencia introducida por Góngora en España. Y por tal inducción se explica solamente el que los más de los ingenios cedieran al momento al contagio, y que si hubo algunos que resistieron por cierto tiempo, no hubiese ninguno que al fin se salvara. Ellos, los genios afortunados, que habían nacido en una época de buen gusto, que habían alimentado su espíritu con los buenos modelos, todavía en medio de las aberraciones de la nueva escuela dejaron obras inmortales, principalmente en la dramática. Pero sus sucesores, criados ya en el cieno de la corrupción y del envilecimiento literario, no imitaron más que sus faltas, no aprobaron sino sus yerros, y á la par que la poseía, desaparecieron los poetas. Así acabó del todo el arte entre nosotros, perdido en las tinieblas del gongorismo, á la par que en Francia anunciaba Descartes la filosofía moderna, á la par que Corneille y Racine creaban la tragedia francesa, á la par que Molière perfeccionaba la comedia de nuestros días sobre modelos españoles.

Aquella gloria literaria tan superficial, aunque tan grande y seguida de tan mortal caída, fué acompañada de otra gloria no menor: la gloria de la pintura. Este arte, tan favorecido por Carlos V, por Felipe II y aun por el propio Felipe III, llegó durante el reinado de Felipe IV á su apogeo. No en balde aquellos dos primeros Monarcas habían hecho venir á España los primeros maestros y los mejores cuadros de su tiempo: con ellos se formaron en tiempo de Felipe III pintores inmortales, que en el reinado de Felipe IV fueron asombro de las artes. Tuvo este Monarca entre sus vanidades, la de que se empleasen en su obsequio los primeros pintores que entonces tuvo el mundo, españoles los más, no pocos italianos y flamencos de sus provincias súbditas ó dependientes: estos artistas transcribieron al lienzo todos los objetos de su amor, todos los asuntos que podían halagar su vanidad insaciable.