Historia de la decadencia de España

Part 19

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Y, sin embargo, ni España ni Francia se consideraban en estado de guerra. Las últimas ventajas ganadas por los españoles trajeron al fin moderadas pretensiones á los contrarios, y así se ajustó el tratado que se llamó de Monzón (1626), en el cual quedó reconocida la libertad de la Valtelina, que pudo en adelante elegir magistrados y disponer de todas sus cosas sin más obligación que pagar un razonable tributo y reconocer como soberanos á los grisones. No le salieron bien á la liga franco-italiana sus intentos, porque dado que la Valtelina no quedara en poder de nuestra Nación, todavía era de gran utilidad para nosotros el verla poseída por católicos y tan agradecidos al favor de España.

Pero ni Venecia ni Saboya podían nada solas, y á Francia la obligó á ceder la necesidad, porque á la sazón ardía toda en guerras civiles entre el Rey y sus vasallos protestantes. Era la Rochela el refugio y guarida del protestantismo francés, y para desarraigarlo y exterminarlo parecía preciso rendir aquella plaza, empresa difícil por ser ella fuerte de suyo, y porque los ingleses no dejaban de socorrerla con sus armadas. Había también serios disgustos por entonces entre Luis XIII y Carlos I de Inglaterra á causa del infeliz matrimonio de éste con la princesa Enriqueta, hermana del Rey de Francia; cosa que más animaba al inglés á dar ayuda á los rebeldes franceses. España, no bien satisfecha de Inglaterra desde la empresa de Cádiz, se ofreció á hacer alianza con el Monarca francés para vengar las mutuas injurias en formal guerra. No aceptó Luis XIII, porque quería excusar en lo posible los empeños con Inglaterra á fin de que, lejos de aumentar sus esfuerzos contra él, se apartase del mantenimiento y defensa de la Rochela; mas como viese á los bajeles ingleses á la boca de aquel puerto impidiendo á los suyos que lo bloqueasen, solicitó al fin, con muchas instancias de nuestra Corte, que enviase en su ayuda una armada. Oyó bien la propuesta Olivares, y previniendo costosamente la del Océano, que mandaba el hábil general D. Fadrique de Toledo, la envió á aquellos mares, bien que no fuese ya de efecto, porque por lo avanzado del invierno las escuadras inglesas estaban recogidas en sus puertos, y el Rey de Francia traía puestos á los de la Rochela en el extremo de rendirse; con que al poco tiempo tornaron los bajeles á anclar en nuestras costas. Hubo aduladores del favorito que celebrasen la jornada; mas cierto que nada se ha hecho más infeliz.

Estábase esperando la flota de América, que era el único recurso con que contaba la Monarquía para atender á sus inmensos apuros de dinero; sabíase que los holandeses la acechaban cuidadosamente para apoderarse de ella, y en lugar de enviar la armada á buscarla y traerla segura á nuestros puertos, se concertó aquella expedición inútil que, dejando sin defensa nuestros mares, dió ocasión fácil á que lograsen los enemigos su intento, apoderándose de la flota (1627) y de los cuantiosos caudales que traía, no lejos de las Islas Terceras. Además, sucedió, como sucede en todas las resoluciones mal imaginadas y ejecutadas, que ni los franceses quedaron con agradecimiento, ni nosotros con ventaja. Murmuraron que la armada se había enviado lentamente con todo intento para que llegase tarde el socorro; y á la par los españoles comenzaron á decir, por su parte, que el ministro francés, Richelieu, no solicitó la armada si no para que, sobreviniendo el invierno, se destrozase en aquellos mares del Norte tan procelosos, haciéndonos este daño, ya que otros no le consentían las circunstancias. Quizás fuera más acertado en los nuestros el decir que con esta traza burló la escasa previsión del Conde-Duque, y atendió á privarnos de los caudales que venían de América. De todas suertes, aquella expedición parece injustificable á los ojos del recto juicio, porque á España no la convenía, por cierto, que la Francia se desembarazase de las guerras civiles, sino más bien que se entretuviese con ellas, y era imbécil contradicción el ayudar allí á Luis XIII contra sus súbditos, cuando, por otra parte, no se escasearon los manejos y el dinero á fin de lograr de éstos que aquí y allá promoviesen sediciones. Cabalmente, por el propio tiempo se abrieron tratos para ello con el duque de Rohan, caudillo de los descontentos franceses, si no bien conocidos, no tan obscuros que no haya razonables sospechas de que los hubo. Ni tardó España en recibir la recompensa del auxilio que había dado á tanta costa á Luis XIII contra los de la Rochela. Por aquellos mismos días ajustó aquel Monarca un tratado con Holanda, donde se comprometió á pagarles gruesos subsidios con tal que mantuviesen viva la guerra contra España. Y no tardó en presentársele ocasión de mostrar más y más la mala voluntad que nos tenía.

Habíase entrometido el conde de Olivares en otra cuestión en Italia, que tuvo menos favorables resultas que aquella de la Valtelina, con motivo de la sucesión del Ducado de Mantua. Pretendíanla el conde de Nevers para su hijo primogénito, y César Gonzaga, duque de Guastalla, protegido del Emperador. Cuál de los dos compitiese con más derecho es cosa que no importa á nuestro propósito; porque, aunque aparentase Olivares la parte del Emperador, no hay duda que su verdadero intento era tomar para España lo mejor del territorio disputado. Dícese que ajustó para ello un tratado con el duque de Saboya estipulando la reaparición del Monferrato entre aquel Príncipe y España. El caso es que el Saboyano se puso de nuestra parte en aquella ocasión, ó bien por el cebo de la ganancia, ó porque con las anteriores derrotas creyese débiles para defender su partido á los franceses. Y ello fué que á los principios, no rendida aún la Rochela, hallaron el conde de Olivares y el duque de Saboya poco estorbo á sus intentos.

Habíase quitado poco antes el gobierno de Milán al duque de Feria por trazas de D. Gonzalo de Córdova, que quería sucederle, y lo logró en efecto. Este General entró con el Ejército de España en el Monferrato y se puso delante del Casal, la más importante de sus plazas, mientras los saboyanos tomaban (1628) á Pontestura, Niza de la Palla y Alba. Al punto el de Nevers pidió ayuda á Francia, que no pudo darle otra si no el permiso de reclutar soldados en sus tierras; mas el Ejército así levantado y compuesto de cerca de diez y seis mil hombres, al mando del marqués de Uxelles, se dispersó al paso de los Alpes, sin llegar á poner el pie en Italia. Con esto amenazaron ruina por un momento las cosas de aquel Príncipe. Pero no bien libre del embarazo de la Rochela encaminó Richelieu á Italia el ejército que había llevado á cabo la conquista, persuadiendo al rey Luis XIII que él en persona fuera á mandarle, como si se tratase de la salvación de su reino. Súpolo Olivares, y no fiando ya tan grande empeño de D. Gonzalo de Córdova, aunque tan probado en valor y militar experiencia, determinó reemplazarle por el más hábil, sin duda, de nuestros capitanes, que era Ambrosio de Spínola, marqués de Spínola y de los Balbases, el cual con tanto acierto y fortuna, como antes hemos visto, estaba gobernando los ejércitos de Flandes. Envióle órdenes para que dejara aparte aquella guerra y encomendándola á manos menos expertas, acudiese él á Italia. No quiso Spínola ir allá sin pasar antes por Madrid, donde pidió dineros para hacer la guerra con mejor fortuna que en Flandes, y título de Vicario ó Gobernador absoluto de aquellas provincias y ejércitos, para que en España con consultas, informes y dilaciones no se estorbasen sus propósitos. Todo se le ofreció; pero luego en nada de ello se vió cumplimiento, y aquel ilustre capitán halló en Italia la misma imposibilidad que en Flandes para humillar á nuestros enemigos.

Había comenzado las hostilidades el francés por exigir al duque de Saboya que diese paso á su ejército para el Monferrato, donde Casal se miraba reducida al último apuro; y como éste no le contestase sino ambiguas palabras, determinó fiar el propósito á las manos. Las gargantas de Suza, que era por donde mejor podían entrar en Italia los franceses, estaban defendidas por tres recintos de fortificación y algunos reductos, que guarnecían dos mil setecientos saboyanos mandados por el mismo Duque y príncipe del Piamonte, su hijo. Llegaron delante de ellas los franceses: acometieron el primer recinto los mariscales de Crequi y de Basompière, y lo ganaron fácilmente, por no defenderlo como debieran los saboyanos. Los otros dos recintos fueron luego abandonados sin resistencia alguna. La rota de los saboyanos pareció completa, y los franceses fueron con tal ímpetu tras ellos, que hicieron prisioneros al mayor número, y tuvieron ya casi entre sus manos al Duque y á su hijo. Entonces fué famoso el hecho de un capitán español, que á dicha se hallaba entre los saboyanos, el cual, recogiendo algunos soldados, dió cara á los franceses y detuvo á todo el ejército, lo bastante para que el Duque y su hijo se pusiesen en salvo.

Los franceses entraron en seguida en Suza, y el Duque se apresuró á ajustar paces con el vencedor, temiendo ya mayores daños: evacuó las plazas que había ocupado en el Monferrato, y abrió los Alpes á los franceses. Con esto D. Gonzalo de Córdova, que gobernaba todavía á los nuestros, porque aún no era llegado Spínola, hubo de levantar el cerco del Casal, culpado de tibio y poco diestro en los ataques, y los franceses, logrado su objeto, repasaron los Alpes, dejando en resguardo de aquella plaza un Cuerpo de tres mil quinientos hombres á las órdenes de Toiras, capitán famoso por la constancia con que defendió la isla de Rhé en la guerra contra los rocheleses. Firmóse en seguida un tratado que se llamó de Suza, entre los caudillos de los ejércitos beligerantes, por el cual se estipularon condiciones ventajosas al de Nevers y á Francia; mas no fué de efecto alguno, porque habiendo llegado Spínola á Italia, contando con su superior talento y fortuna, se determinó el comenzar de nuevo las hostilidades. Envió para ello el Emperador dos ejércitos á las órdenes de los condes de Merode y de Colalto: el uno á invadir la Valtelina, el otro á conquistar el Mantuano, mientras que los españoles se posesionaban de nuevo del Monferrato. Y el duque de Saboya, viendo tan mejorada la parte de España y Austria, tornó á declararse por nosotros, y se puso otra vez en campo.

Así la guerra comenzó nuevamente como si nada se hubiese pactado. Verdad es que el concierto de Suza, mirado como vergonzoso en España y en el Imperio, no fué ratificado, mas siempre es de notar la perfidia diplomática de aquellos tiempos, porque así se hacían tratados, como se rompían, sin otro norte que la conveniencia y el interés del momento. Richelieu, que era el más pérfido de todos los diplomáticos, irritado ahora con las Potencias aliadas contra el Mantuano, se determinó á pasar él mismo á Italia mandando un ejército. Púsose delante de Pignerol, plaza importante de la frontera de Saboya (1630), y la tomó en dos días. Spínola, Colalto y el duque de Saboya reunieron sus fuerzas al saberlo, para defender la línea del Pó, y detuvieron sus pasos, obligándole á volverse á Francia. Pero no tardó en volver con el Rey mismo, y los Generales franceses conquistaron en poco más de un mes toda la Saboya, derrotando en Javennes al príncipe del Piamonte que mandaba las tropas saboyanas é imperiales con horrible destrozo y mucha presa de armas y banderas. Causó el dolor la muerte al duque de Saboya, Carlos Manuel, hombre de larga y azarosa vida, que no hubo perfidia que no hiciese, ni hazaña que le espantase, para echar de Italia á los extranjeros y ponerla toda bajo su mano.

No en todas partes era tan desdichada la guerra: Felipe Spínola, hijo de Ambrosio, se apoderó de Acqui, Ponzone, Roque-Vignal y Niza de la Palla, y el padre ganó á Pontestuna y Rosignano, y cercó de nuevo á Casal. Toiras, que la defendía, hizo algunas salidas contra los nuestros con poca fortuna, y en una de ellas fué completamente derrotado, de suerte que no volvió á salir de los muros de la ciudad. Pero en tanto el ejército francés continuaba su marcha en demanda del Casal para levantar el cerco. Llegaron delante del puente de Cariñán, defendido de tropas saboyanas y españolas, donde se hallaba Felipe de Spínola y estaba bastante fortificado; mas el ataque de los franceses fué impetuoso y la defensa flaca, con que pareció vergonzoso al paso que lograron aquéllos. No supo resistir el valeroso Ambrosio de Spínola á la pena de aquel suceso; preguntó si su hijo quedaba muerto, herido ó prisionero, y respondiéndole que no, perdió el juicio, no dijo ya palabra más, y postrado en la cama murió «de los que no osaron morir», según la frase elocuente de un autor contemporáneo. Singular muerte, que coronó dignamente la vida de tan gran capitán, uno de los mejores de aquel siglo, en que los hubo muy grandes.

Vino á sucederle el marqués de Santa Cruz, don Alvaro de Bazán, que pasó con larga experiencia de mar á estrenarse sin alguna en los ejércitos de tierra, y debajo de su mando se continuó el sitio del Casal. Habían rendido los imperiales á Mantua á pesar del socorro de los venecianos, poniendo en fuga al ejército de éstos, no lejos de Villabona, doble en número y fuerzas. Junto ahora el ejército del marqués de Santa Cruz con el del marqués de Colalto, eran superiores al enemigo que ya delante de las líneas del Casal intentaba el socorro: de suerte que con esperanzas de destruirlos, pedían á voces los nuestros que se empeñase la batalla. Iban á cumplirse sus votos, cuando mediando el famoso Julio Mazzarino, Nuncio del Papa, que comenzaba entonces su larga carrera, se ajustó una tregua y suspensión de armas entre nuestros Generales y los contrarios, censuradísima de los mejores capitanes y soldados españoles é imperiales, que juzgaban que con ella se les quitaba de las manos gloriosa victoria y presa segura; tregua á que siguió muy luego la paz que ya todos anhelaban, espantado el Emperador con las victorias de Gustavo Adolfo, la España falta de dinero con que continuar la guerra, y la Francia amagada de nuevas guerras civiles. Firmóse primero en Ratisbona, y como se ofreciesen algunas dificultades, se hicieron aún en Quierasco dos tratados, que pusieron un término á la contienda. Ninguna de las potencias beligerantes quedó satisfecha, aceptándolos todas ellas por fuerza; pero es indudable que los franceses obtuvieron considerables ventajas. Quedó Mantua por el conde de Nevers, su protegido, aunque reconociendo el feudo del Emperador, y el duque de Saboya, aunque sin conocimiento de España ni del Imperio, les dió la importante plaza de Pignerol, que dejaba abiertas á sus armas las puertas de Italia. Prestóse á esto el nuevo duque de Saboya, porque Francia se comprometió por su parte á hacer que se le cediesen la ciudad de Alba y otras pertenencias del Monferrato en los tratados pendientes á título de indemnización por los derechos que pretendía tener á aquel Estado, promesa á la verdad no bien cumplida: solamente España nada ganó en una guerra en la cual había hecho no pequeños gastos y sacrificios.

No había sido por cierto de los menores el sacar de Flandes á Ambrosio de Spínola, porque, aprovechándose de su ausencia los holandeses y de la ineptitud del conde de Berg, flamenco de nación, á cuyo cargo quedó el ejército, lograron sobre España grandes ventajas. Sorprendieron á Wesel, que estaba á la sazón muy bien guarnecida y fortificada, sin que les costase más que diez hombres la empresa; y de resultas de esta desgracia hubo que abandonar á Amesfort, desde donde los nuestros traían puesto en contribución el país hasta las mismas puertas de Amsterdam, dejando también el sitio ya bien adelantado de Haltem, para poner de nuevo el Issel entre nuestras banderas y las enemigas. Á la par con esto el príncipe de Orange sitió á Boduch, tantas veces perdida y recobrada por los españoles, ayudado de un cuerpo de tropas francesas que, al mando del mariscal de Chatillón, servía en Holanda, con permiso de su Rey. Resistió la guarnición cuatro meses y medio, pensando que sería socorrida; pero viendo que el de Berg no venía, tuvo que darse á partido.

Tal andaban por allí nuestras cosas, entre tanto que en Italia dejábamos que nuestra antigua superioridad se olvidase con el tratado de Quierasco que acabamos de mencionar, y que la mar, no más favorable que la tierra por aquellos días, pusiese en mano de los holandeses, envalentonados con la prosperidad de sus armas, la flota de Méjico, que quemaron después de trasladar á sus naves ocho millones que traía. Apoderáronse también los holandeses de Pernambuco, en el Brasil, no obstante la esforzada defensa de D. Martín de Albuquerque, que allí mandaba con poca gente y armas.

Mas fuerza será que ahora principalmente nos fijemos en las orillas del Rhin, donde más que en ninguna parte hallaba ocupación y cuidado la Corte de España. El emperador Fernando II, vencedor del elector Palatino y luego Rey de Dinamarca, que vino en su ayuda con alguno de los príncipes protestantes del Imperio, había hecho sentir su triunfo más de lo que fuera justo. Exasperados con esto los protestantes formaron una liga llamada de _Leipzig_ para resistir y oponerse á sus violencias, y como al propio tiempo moviesen guerra al Emperador los suecos con su gran rey Gustavo Adolfo, se formaron entre unos y otros terribles conciertos, que desde luego dejaron esperar efectos desastrosos para el Imperio. Entonces Fernando II imploró más vivamente que nunca el auxilio de España: decíase que Fernando obraba en todo á impulsos de nuestra política; que en su enemiga á los protestantes no pensaba más que en verlos aniquilados por todas partes; y verdaderamente España daba hartos motivos para que semejante opinión se acreditase.

Ya hemos dicho que en nuestro concepto no era solamente celo católico lo que movía á nuestra Corte, sino que con él se juntaban graves conciertos políticos á que la lealtad española no quería faltar, aunque viese ya de seguro que no habrían de proporcionarle ventajas, obrando de consuno para precipitarla en los mayores extremos. Aconteció que en los mayores apuros pasados el Emperador se hallase también en grande aprieto, porque tenía sobre sí al Rey de Dinamarca y los Príncipes protestantes con él coaligados. Escribió el Emperador á nuestra Corte pidiendo recursos, y entonces fué cuando del dinero que acababa de dar el reino con tanto trabajo y sacrificio para el objeto de levantar y mantener ejército que defendiese nuestras fronteras, se le enviaron trescientos mil ducados y cien mil más á su fiel amigo el duque de Baviera. Y esto á la par que de nuestros soldados que tanta falta hacían en Flandes, se distraía no pequeño número para guarnecer las plazas del Imperio y pelear contra sus enemigos. Ahora, con la invasión de Gustavo Adolfo y la Liga protestante de Leipzig fueron naturalmente mayores las exigencias y mayores los sacrificios. Era aquel Monarca famoso ya por sus victorias en las orillas del mar Báltico; irritado contra el Emperador, que había dado auxilios á la Polonia contra él faltando á la fe de los tratados, y luego había despedido desdeñosamente á sus embajadores, lleno de ambición y de amor á la gloria, fiado en su espada y en su fortuna, se determinó á invadir el Imperio. Contribuyó no poco á persuadirle á ello el ministro francés Richelieu, que veía en él un enemigo temible para la casa de Austria: no hubo intrigas, ni consejos, ni ofrecimientos de que no se valiese, y al fin hizo con él verdadera y completa alianza en 1631, dándole crecidos subsidios para mantener la guerra. Halló también Gustavo amigos y aliados en los Príncipes protestantes. Y con esto y su ejército, que aunque no pasaba de quince mil hombres, era hermosísimo y temible por la disciplina y valor tantas veces experimentados, consiguió destruir en Leipzig los ejércitos del Imperio y enseñorearse luego de mucha Alemania. Espantadas y previendo que los suecos llegarían á sus puertas, las ciudades católicas del Rhin que no las tenían, pidieron y obtuvieron guarniciones españolas, y algunos escuadrones más de los nuestros pasaron á Flandes á recorrer aquellas orillas.

No tardó en presentarse en ellas Gustavo Adolfo. Púsose primero delante de Maguncia, ciudad importantísima y señora de toda la comarca, por lo cual tenía dentro dos mil soldados españoles que mandaba D. Felipe de Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin formalizar el sitio, y aunque intentó hacerlo por Cassel, halló tan bien defendido el paso de los españoles que no pudo lograrlo. Entonces tomó el camino de Berg para buscar punto por donde lograr sin estorbo su intento. Tenían guardados los españoles los pasos, y no hubiera podido llevar á ejecución su intento á no ser tanta su temeridad y la de sus soldados. Pasó él mismo cierto día con una barca á reconocer la orilla que ocupaban los nuestros, donde, acometido, estuvo á punto de ser preso, y aún lo fuera, sin duda alguna, á saberse quién era; mas como no pudo escapar, vuelto á su campo, escogió trescientos hombres, los más valientes del ejército, y al mando del conde de Brahe los envió en dos barcas á que tomasen pie en la ribera opuesta. Acudieron á ellos los españoles, y hubo un combate encarnizado y terrible, durante el cual pasó el Rey con doblado número de gente; y los nuestros, ya inferiores, dejando muchos muertos en el campo, tuvieron que meterse en Maguncia. Dió Gustavo Adolfo tanta importancia á esta victoria, que levantó una columna en el campo para que la perpetuase. En seguida fué sobre Oppenheim para quedar desembarazado de estorbos antes de formalizar el cerco de Maguncia. Había dentro de aquella plaza no más que quinientos españoles, los cuales, entrada por asalto, pagaron todos con la vida el obstinado valor con que se defendieron. Maguncia entonces fué inmediatamente acometida, poniéndose á la orilla izquierda del Rhin los suecos, mientras el landgrave de Hesse Cassel ocupaba la orilla derecha para impedir los socorros. Defendiéronse los nuestros, aunque sin esperanzas algunas de obtenerlos por espacio de cuatro días, haciendo grande estrago en los contrarios; pero las fortificaciones no eran muy robustas, y no tardaron en ver la brecha abierta y en disposición de ser asaltada, con que les fué preciso capitular bajo honrosos partidos. Rendida Maguncia, apoderáronse fácilmente los suecos de otros lugares, y pronto de las plazas del Palatinado no quedó más que Franckenthal en poder de los españoles. Cerca de esta plaza derrotaron aún los suecos algunas compañías nuestras que iban de Flandes al socorro. Tras esto se derramaron por ambas orillas del Rhin, ahuyentando fácilmente las partidas y destacamentos de españoles que las guardaban (1632), ayudándoles no poco en todo esto al decir de los historiadores alemanes, el rigor de la estación, que enflaquecía á los nuestros y no estorbaba en nada sus operaciones, como gente acostumbrada á más duro clima.