Historia de la decadencia de España
Part 18
El conde-duque D. Gaspar de Guzmán, que lo era único y absoluto y lo fué por tantos años, no carecía ciertamente de talento, bien que no fuese tanto como su vanidad; pero no tenía la sagacidad política, la profunda comprensión, y la instrucción y vasta experiencia que necesitaba en tan peligrosas circunstancias la Monarquía. Fué también más atento al provecho propio y á contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa harto común por desgracia en los ministros y privados, sobre todo, en España y en aquellos tiempos. Con la grandeza de España, tomó para sí el título de duque de San Lúcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no tardó en formarse copiosísimas rentas. Luego, á cambio sin duda de los favores que á manos llenas recibía, dióle el ministro al Rey gratuitamente el título de _Grande_, y fué vergüenza que éste llegase á admitirlo como merecimiento, en lugar de despreciarle como lisonja. Hecho en que harto se dieron á conocer entrambos, mostrando bien desde los principios lo que de tal Príncipe y tal ministro podía esperar la Monarquía.
Eran muy grandes sus empeños en 1621 al empezar el nuevo reinado. Francia patrocinaba los intentos de los que pretendían la restitución de la Valtelina á su primer estado, y á los grisones, sus anteriores dueños, de cuyas manos la había quitado el duque de Feria, y también ayudaban á ello los holandeses con dos regimientos pagados á su costa. Faltaban cinco meses para cumplir las treguas ajustadas con éstos, todavía tenidos por rebeldes, treguas tan mal vistas de la soberbia española, que no hubo en catorce años, que duraron, quien quisiera prohijar su negociación, excusándose todos unos con otros ministros y embajadores y hasta el mismo príncipe Alberto. Continuaban conspirando contra nuestro poder los venecianos, libres del meditado castigo del otro reinado. Nápoles andaba á pleito con el Gobierno, y tenía en la corte diputados representando agravios de los virreyes, sobre todo del duque de Osuna, y en Sicilia estaban situadas por diferentes créditos las rentas del Rey, sin haber de dónde costear la defensa del reino. La Marina, que tanta gloria había alcanzado en el reinado de Felipe III, siendo la principal defensa de la Monarquía, quedaba arruinada; la armada del Océano constaba de solo siete navíos, y las galeras de España que eran aún en menor número, apenas salían del puerto por desproveídas. Las fuerzas de los protestantes alemanes, suscitadas de consuno contra el Imperio y contra España que era su aliada; las de Inglaterra, más quietas que seguras, mediante la plática de casamiento entre su príncipe y la infanta Doña María, comenzadas en el reinado de Felipe III y que ahora venían á formalizarse. Y entre tanto la Hacienda, tan afligida como atrás dejamos explicado, consignada á deudas antecedentes por todo el año de 1623, habiendo aún rentas sobre las que pesaban más largos empeños, sin que las medidas del conde de Olivares fuesen eficaces para traer los recursos que faltaban.
Á pesar de tan mala situación, el nuevo Gobierno no se arredró un punto; y á la verdad la fortuna sonrió en los principios sus empresas. No desalentados los protestantes alemanes con la pérdida de la batalla de Praga, continuaron la guerra contra el Emperador y el Rey de España, y éste por su parte no desistió de la alianza y de los empeños que con aquél contrajo su padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, y D. Gonzalo Fernández de Córdova, hijo del duque de Sesa y biznieto del Gran Capitán, que comenzaba entonces la carrera de las armas, atacaron en Hoecht sobre el Meín á Cristiano de Brunswick y al conde de Mansfeldt que mandaban á los protestantes (1622), y los pusieron en derrota; arrojáronse los protestantes en confusión á pasar el río por un puente que allí tenía, y hundiéndose éste al peso enorme, fueron muchos los que se ahogaron y otros se salvaron á gran pena, de suerte que su pérdida llegó á seis mil hombres entre muertos y prisioneros.
Cumpliéronse en esto las treguas con Holanda, y el archiduque Alberto envió al punto mensajes á las provincias unidas en república, ordenándolas que volviesen á su obediencia. Mandato ridículo, puesto que era su inutilidad tan evidente. Habíase calculado, no se sabe cómo, que aquella guerra costaba poco menos que la paz; erradísima cuenta, aunque no se mirase más que la destrucción lenta, pero segura, de los pocos ejércitos que quedaban á la Monarquía, sin que permitiese ya la despoblación reponerlos y reparar sus pérdidas. No se pensó en esto; y la guerra encendida del lado allá del Rhin se comunicó á esta otra orilla pudiéndose considerar como una sola por los accidentes comunes y porque los ejércitos ya acudían á una, ya acudían á la otra parte indistintamente. Comenzaron las hostilidades por decomisarse en nuestros puertos más de doscientos sesenta buques holandeses que comerciaban con bandera alemana; pero ellos vengaron bien esta pérdida. Armaron escuadras y corsarios que saquearon á Lima y el Callao; echaron allí á fondo veintidós bajeles que llevaban nuestra bandera; rindieron y dieron también á saco la ciudad de San Salvador en la bahía de Todos Santos, cogiéndola desprevenida á semejante ataque, y causaron en las costas del Brasil infinitos daños. Pero la fortuna no dejó de recompensarnos con una gloriosa victoria habida al punto mismo en que se rompió la tregua. D. Fadrique de Toledo, hijo del gran marqués de Villafranca y Capitán general de la Armada del Océano, salió de Cádiz con siete navíos y dos pataches, y hallando en el estrecho de Gibraltar una escuadra de hasta treinta y un bajeles holandeses, peleó con ellos diez horas, tomó cinco, echó tres á pique y obligó á las demás á huir con vergüenza. Fué grande el valor con que pelearon los españoles en este trance, y señaladamente el don Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno y otros Maestres de campo y capitanes. En tanto el marqués de Spínola, justísimamente honrado ahora con el título de marqués de Belvis ó los Balbases, dejadas las cosas del lado allá del Rhin volvió á Flandes.
Halló moribundo al archiduque Alberto, que de allí á pocos días rindió la vida, y así recayó sobre él todo el peso de los negocios, porque la Infanta, que quedó de señora, no sabía más que llorar su pérdida. Sin embargo, no tardó en poner á punto las cosas y entrar en campaña. Tomó á Genep y Meurs y fué á acamparse delante de Burich. Era su intento atraer á sí al príncipe Mauricio que mandaba á los holandeses, para que éste dejase descubierta á Juliers, y no le salió mal la traza. Desguarneció el holandés aquella fortaleza, y al punto Spínola envió allá al conde de Berg que, plantando sus cuarteles y abriendo luego sus trincheras, impidió el socorro y la rindió á los cinco meses de sitio. Spínola se puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante de los contrarios; pero acudiendo Mauricio al socorro, no pudo evitarse que metiera dentro más número de soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que levantar el cerco cuarenta y seis días después de plantado el campo. Mas este revés lo compensó con harta ventaja una dichosa victoria.
Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad, Cristian de Brunswick, dos de los principales corifeos de los protestantes en Alemania, echados de allí por los recientes triunfos del Emperador, acudieron á reforzar á los holandeses. Salió á estorbarlo D. Gonzalo Fernández de Córdova, que venía de vencerlos en Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y cometieron infinitos desórdenes; el número de su Caballería llegaba á seis mil soldados; el de la Infantería no se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho mil. Aguardólos D. Gonzalo cinco leguas de Bruselas en los campos de Fleurus, que caen en los confines de Bravante, y Namur con ocho mil infantes y mil quinientos caballos; y allí empeñó la batalla. La noche había sido tempestuosa, y los españoles, inferiores en número á sus contrarios, estaban también más fatigados que ellos; con todo, nuestra Infantería sostuvo con tal esfuerzo la carga de los numerosos caballos enemigos, que los puso en derrota obligándolos á abandonar á los infantes. Antes hubo algún desorden en el costado derecho de los nuestros, porque el Maestre de campo D. Francisco Ibarra, que allí mandaba con imprudente heroísmo, lejos de esperar á pie firme á los caballos enemigos, salió precipitadamente á su encuentro. Remedióse por virtud de nuestra Artillería, que hábilmente dirigió el capitán Oteiza; huyeron los caballos y quedaron los infantes. Entonces cayó sobre estos toda la furia de nuestra gente: murieron los más de los capitanes españoles, pero no por eso cejaron los soldados, y animados del ejemplo del General, rompieron también la Infantería enemiga y casi entera la pasaron á cuchillo. Los pocos de los enemigos que se salvaron de esta matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, bagajes y artillería. Murieron de ellos mil quinientos; de los nuestros el Maestre de campo Ibarra y mucha gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por la furia de los vencedores; pero los hubo de valía. Tal fué la batalla de Fleurus (1622), una de las gloriosas, que ganaron los españoles por el esfuerzo con que pelearon y que fué de mucha reputación al joven caudillo D. Gonzalo Fernández de Córdova. Duró cinco horas y media, y fué el pelear con tal furia, que en el escuadrón de la Infantería española no quedaron en pie más oficiales que el Maestre de campo Boquin y el capitán Castel. Siguió D. Felipe de Silva, que mandaba nuestra Caballería, el alcance de los enemigos, haciendo nuevos destrozos, y cerca de Ham, en la frontera de Lieja, degolló el resto de los fugitivos.
Recibiéronse con el júbilo natural en Bruselas las nuevas de estos sucesos, y dieron aliento para continuar la guerra con los holandeses, al paso que éstos sintieron profundamente aquel descalabro que venía tan en su daño. Sin embargo, por falta de recursos no pudo Spínola darle á la guerra poderoso impulso, y como los holandeses se mantenían á la defensiva casi siempre, se continuó con tibieza en los dos años sucesivos, limitándose todo á la empresa de Amberes que intentaron los holandeses sin éxito alguno.
Al fin, comenzó el famoso sitio de Breda. Henchido de arrogancia Felipe IV, como quien no había experimentado reveses todavía, ni escuchaba más que lisonjas, escribió aquel mandato célebre: «Marqués de Spínola, tomad á Breda», y no hubo más si no comenzar el sitio (1626), el cual pudo compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnición era tan numerosa, que llegó en ocasiones á cuarenta mil hombres; la artillería mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedió á la constancia y al valor de los españoles. En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército pretendió obligarlos á levantar el cerco: frustrados una vez y otra sus intentos, murió sin verlos logrados, y Breda se rindió al fin á los dos meses de sitio. Sucedió á Mauricio en el mando de los ejércitos enemigos su hijo Enrique de Nassau.
Con este suceso vinieron á juntarse, para desvanecer del todo á nuestra Corte, los triunfos de D. Fadrique de Toledo en la América Meridional. Corrió allá este General en demanda de los holandeses, que habían hecho ya extensas y ricas conquistas en las Islas y Tierra Firme; recobró la bahía de Todos Santos, Guayaquil y Puerto Rico, y con pérdida de todo, los echó de aquellos países y de aquellas aguas. Fué también glorioso, aunque no de mucho contento, el triunfo alcanzado por la armada de Nápoles contra los piratas berberiscos. Salió contra ellos el conde de Benavente, Virrey del reino, con quince galeras y los acometió con mucho brío; pero atravesado por una bala en lo más recio, lidiando como quien era, no le dió tiempo la muerte si no para que por señas ordenase imperiosamente á sus oficiales que continuasen el combate. Continuólo, en efecto, D. Francisco Manrique, en quien recayó el mando, y apresó al fin toda la escuadra enemiga, menos la capitana, que el almirante turco Azan hizo volar, por no rendirla. Con no menos fortuna peleó D. García de Toledo con cuatro naves africanas, rindiéndolas cerca de Arcilla; y los gobernadores de la plaza de África hicieron también por su parte mucho daño en los piratas berberiscos, ahuyentándolos de delante de sus muros, señaladamente D. Alonso de Contreras, que mandaba en la Mamora. Aguó en parte la alegría el mal suceso de la _Esclusa_; envió Spínola al conde de Horn á sorprender aquella plaza y no pudo lograrlo: antes se retiró herido y con pérdida de cuatrocientos hombres. Mas de todas suertes las cosas de la guerra estaban de buen aspecto hasta entonces.
Entre tanto, nuestra diplomacia andaba ocupada en una cuestión que tuvo cierta importancia. Desde 1617 corrían pláticas entre la Corte de España y la de Inglaterra sobre el matrimonio de la infanta Doña María, hermana de Felipe IV, con el príncipe de Gales, hijo primogénito del rey Jacobo. Siguiólas tibiamente Felipe III, cuyo espíritu devoto no consentía que viese con buenos ojos á hija suya casada con un Príncipe protestante. Pero no bien comenzó á reinar Felipe IV, vino á Madrid el conde de Bristol, encargado de llevar á efecto aquella idea, y comenzaron con calor las negociaciones. Solicitaba el inglés juntamente con la mano de la Infanta, el que la España y el Emperador devolviesen sus Estados al Conde Palatino, su deudo, el cual acababa de perderlos, como fautor de la guerra de Alemania. En vano quiso el Rey de España separar del todo entrambos asuntos; el Embajador inglés, fingiendo que los separaba, los juntaba más cada día.
Por aquí comenzó el disgusto de nuestra Corte, tan predispuesta á mirar mal el matrimonio por la diversa religión del de Gales; reclamó, por su parte, cierta libertad para los católicos de Inglaterra, como condición del matrimonio, y no alcanzó si no buenas palabras. Ni España cedía en lo del Palatino, ni Inglaterra en lo de la libertad religiosa, y así caminaban (1623) perezosamente los tratos, cuando, con sorpresa de todos, el príncipe de Gales se presentó en Madrid de incógnito, acompañado del marqués Bukingham, luego Duque del propio título. Pasáronse en festejos y cumplimientos los primeros días: visitó el de Gales á la Infanta, y parecía más dispuesto con su visita, que lo estuviese antes á llevar á efecto el matrimonio. Mas nuestra Corte, circunspecta y austera, no por eso apresuró las cosas. Consultósele al Papa, y respondió bien; formáronse dos juntas, una de teólogos y otra de ministros, y ambas fueron de favorable dictamen: y así se llegó á fijar ya día para los desposorios. Pero á medida que más adelante llegaban los tratos, más empeño manifestaban los ingleses en que se estipulase la restitución del Palatinado, y más los españoles exigían que se concediesen grandes y verdaderas ventajas á la iglesia católica en Inglaterra. Así forcejearon por largo los negociadores, sin ceder ni conceder unos ni otros. Jamás asunto matrimonial ha sido tratado con más lentitud y estudio. Olivares puso en él una atención que con harta más justicia reclamaban los apuros de la Monarquía. Hubo nimiedad y pequeñez de miras por nuestra parte, y algo de malicia y doblez por parte de los contrarios.
Al fin se rompieron los tratos. El príncipe de Gales se marchó de Madrid con buen semblante, pero agraviado en lo íntimo del alma; y aunque dejó poderes para continuar las negociaciones, no se volvió á hablar más de ellas. No faltó quien alabase al de Olivares por haber evitado con dilaciones y astucia la proyectada alianza, mas sin razón plausible. Si la Infanta hubiera llegado á contraer matrimonio con el príncipe de Gales, que luego fué Carlos I, la desdichada suerte de los esposos, lejos de traernos ventajas, nos hubiera traído acaso más enemistades y males. Pero como esto no se podía prever, contando con circunstancias comunes y naturales, era desacierto notable el no aprovechar la alianza de una nación que empezaba á llamarse dueña de los mares, exponiendo á sus iras nuestro comercio y nuestras flotas, ya no seguras de los holandeses.
Claros indicios de serlo se ofrecieron de allí á poco. Porque habiendo muerto por entonces el rey Jacobo de Inglaterra, no bien se halló en el trono Carlos I, su primera diligencia fué acudir al agravio que de parte de España tenía. Entró en tratos con Francia, Holanda, Saboya y venecianos para humillar nuestro poder, y envió una armada de ochenta bajeles con el conde de Lest por general, á que se apoderase de Cádiz y Lisboa y las saquease, destruyendo los bajeles allí surtos y robando la flota que debía venir de América aquel año y se estaba esperando. Á la verdad no salieron como pensaba estos intentos. Llegó la armada al frente de Lisboa, y hallándola bien prevenida, siguió navegando la vuelta de Cádiz. Echó el inglés diez mil hombres en tierra: ganó la torre del Puntal defendida de quince soldados solamente, y dándose ya por dueño de todo, se encaminó á la ciudad con escuadrón formado. Salió á escaramucear con él D. Fernando Girón, fuera de la muralla, con seiscientos españoles, tan valerosos, que al primer acontecimiento desbarataron la vanguardia británica, matándola más de ochocientos hombres. Retiróse luego; pero como supiesen los contrarios que ya acudía al socorro el duque de Medinasidonia, Capitán general de Andalucía, con la nobleza y gente de las ciudades circunvecinas y algunos soldados, no atreviéndose á mantener el campo, se embarcaron precipitadamente (1625) apartando de las costas sus naves. Con esto, el rey Carlos I se dió por vengado, y no volvió á hostilizarnos: poco después se labraron conciertos que nos libertasen de aquel nuevo enemigo, aunque, á decir verdad, más bien nos le quitó de encima la revolución que ya comenzaba á rugir en Inglaterra. Hubo también la fortuna de que á los pocos días de rota la armada inglesa llegase la armada de la Plata con diez y seis millones en moneda, sin tropezar con las naves contrarias. Nueva ocasión de soberbia y desvanecimiento para nuestra Corte. Creíase poderosa porque tenía capitanes y soldados heroicos, y tomaba por fuerza y vigor del Estado lo que no era más que virtud y aliento de algunos individuos. No estaba lejano el tiempo en que á estos los fuese consumiendo la guerra, y en que se viesen en toda su desnudez las flaquezas.
Continuaron aún en Italia los prósperos sucesos. Dejamos al duque de Feria ocupando el territorio de la Valtelina, levantando fuertes para mantenerla á nuestra devoción, y á los grisones, sus antiguos dueños, pugnando por recobrar lo perdido con ayuda de los holandeses y del Rey de Francia. De la importancia de aquel territorio para asegurar la dominación española en Italia no había que dudar, y aun por eso ponían más empeño en quitarlo de nuestras manos los contrarios. Firmóse un tratado en Madrid en 1621, en el cual se estipuló la restitución de la Valtelina á los grisones: mas nuestra Corte no quiso cumplirle. Hízose otro convenio en Roma, donde se estipuló que los fuertes levantados allí por los españoles se pondrían en poder del Papa, el cual los mandaría arrasar en seguida, y entonces fué Francia, gobernada ya por Richelieu, la que se negó á cumplir lo pactado. Así fué que los españoles entregaron realmente los fuertes al marqués de Bagni, Comandante de las tropas del Papa; pero un ejército francés, al mando del marqués de Croeuvres, pasó la frontera no bien se habían retirado los nuestros, y tomó posesión de ellos, bien por flaqueza, bien por connivencia con las guarniciones pontificias, como se sospechó fundadamente. Al propio tiempo el duque de Saboya y los venecianos, tan antiguos enemigos de España, recelosos también ahora de nuestros intentos por la ocupación de la Valtelina, se aunaron con los franceses.
Coaligóse el duque de Feria para desbaratar aquella liga con las repúblicas de Génova y de Luca, y los duques de Parma, Módena y Toscana; y de una y otra parte comenzaron al punto las hostilidades. El duque de Feria envió á D. Gonzalo Fernández de Córdova, que después de la victoria de Fleurus había pasado á ocupar de nuevo los fuertes que no hubiesen tomado aún los franceses, visto cuán mal guardados estaban de las tropas pontificias. Entraron los españoles en Chiavena. Hubo á sus puertas varios combates, en los cuales señalaron los nuestros su valentía, fortificándose y peleando de manera que durante año y medio mantuvieron el puesto, sin que de allí pudiera desalojarlos el marqués de Croeuvres, á pesar de la superioridad de sus fuerzas, hasta que ellos mismos se salieron, ajustada la paz. Entre tanto, otro ejército francés de diez mil hombres, al mando de los mariscales de Lesdiguières y de Crequi (1625), entró en Italia: unióseles con el suyo el duque de Saboya, y con veintisiete mil hombres que entre unos y otros contaban, invadieron el Genovesado, tanto para llamar por allí la atención de España, como para castigar á aquella república por la fiel amistad que nos tenía. Confiaban tanto los enemigos en sus fuerzas, que llegaron á hablar de repartirse el Milanés y el Genovesado. El éxito no correspondió á tan soberbias esperanzas. El príncipe del Piamonte tomó á Siena y sitió á Savona: su padre, el duque de Saboya, derrotó en batalla campal al ejército combinado de Génova, Parma y Módena con pérdida de mil muertos y setecientos prisioneros; y el condestable de Lesdiguières, después de seis semanas de sitio, rindió la importante plaza de Gavi. Estremecióse la república de Génova viendo ya al enemigo casi á sus puertas, y por un momento se juzgó perdida. Pero el duque de Feria, hábil capitán no menos que buen político, no era hombre que descuidara por su parte las cosas. Con los pocos recursos que se le enviaron de España juntó un ejército de veintiocho mil hombres, y entró en el Monferrato para cortar las comunicaciones y aun la retirada del enemigo. Cayó al punto el desaliento, compañero inseparable de las privaciones en la gente francesa, y ya no se pensó más en su campo sino en dejar la campaña con menor daño y afrenta.
Á dicha entró entonces el marqués de Santa Cruz con su armada dentro del puerto de Génova, limpiando de enemigos toda la Liguria marítima, y alentados los republicanos con este socorro, salieron de sus muros y recobraron todas las plazas que habían perdido, obligando también al príncipe del Piamonte á levantar el sitio que tenía puesto á Savona. Y desordenados del todo los franceses con tales sucesos, repasaron los Alpes con no poca lesión de su orgullo. Pero no tardaron en volver al socorro de Verrua. Tenía sitiada aquella plaza D. Gonzalo Fernández de Córdova, y debajo de ella abrigaba el duque de Saboya el resto de su ejército, metidos en fortísimos retrincheramientos. El forzar la plaza y los retrincheramientos era muy difícil empresa; pero con todo eso no se hubiera malogrado á no sobrevenir inopinados accidentes. Inundó el Pó los campos vecinos de la plaza, y obligó á los españoles á abandonar sus trincheras. Y en esto llegaron los franceses mandados por Lesdiguières, Crequi y el mariscal de Vignoles, y aprovechándose de tales circunstancias tomaron por asalto varios reductos donde apoyaban sus líneas los españoles. Recobráronlos éstos con mucho valor, pero no fué ya posible continuar el sitio, socorrida la plaza. Negociábase en tanto entre nuestra Corte y la de Francia sin llegar muchos meses á concierto, y era extraño de ver cómo entrambas naciones se hacían guerras y trataban de paces, sin considerarse por eso como enemigas. Aun llegó á acontecer que habiendo apresado los franceses tres naves españolas que iban con socorros á Génova, navegando bajo el seguro de la paz á lo largo de sus costas, ordenó el Rey de España que los bienes de los comerciantes de aquella nación fueran confiscados en todos sus dominios; medida á la cual respondió el de Francia confiscando en sus Estados las haciendas y mercaderías de todos los españoles, portugueses, lombardos, napolitanos y genoveses.