Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 7

Chapter 74,210 wordsPublic domain

Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven! Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad. Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»

Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía, más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño, pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que cantaban los versos siguientes:

¡Ay de mí! ¡Un año felice parece un soplo ligero; pero, sin dicha, un instante es un siglo de tormento!

Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas. Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.

Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--, aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.» Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una ligera idea de las perfecciones que le adornaban.

Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle. Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo, pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar con paciencia nuestra desgracia.

Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome: «Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»

CAPITULO VI

Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.

«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis señas.

»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación. Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama: ambas se mostraron duras e inaccesibles.

»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al día siguiente.

«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!» Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que la hice llorar.

»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido. Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere, y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de sus disimulos.»

»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.»

»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que hago en mi cuarto!»

»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío, escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado. Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto, pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del que usted le hace.»

»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y se volvió al momento a casa de don Jorge.

«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón. Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera. Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia, si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado. Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación, me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me hacía, y desapareció al momento.»

»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--, que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle jamás de mí.

»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde. Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.

»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella, e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las mujeres el último que llega.

»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia. De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.

»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia. Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara, el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras: «Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña Elena.--_Don Agustín de la Higuera._»

»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio que me señala.»

»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» «Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban mis intentos.»

»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó muerto.

»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se entra en la ciudad, me encontrarás.»