Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 21
Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado, exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!» «¡El Cielo os libre de tenerla jamás!--interrumpió el viejo dando un profundo suspiro--. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy sensato--dije entonces al filósofo--. Nada iguala al gusto de vivir con sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena gana, hijo mío--me respondió--. Ya he observado vuestra fisonomía; mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó: «¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades! Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un buen destino que no estará sujeto a mutaciones.»
Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de lo que acababa de oír.
No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello, no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo.
Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho, determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las decidoras de la buenaventura.
CAPITULO X
De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario.
Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo. Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa que mandarme. «Puede ser--dijo--te encargue por la mañana un asunto y entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción, que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas acciones o vituperar las malas.
Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine en que, si no era un bribón, me faltaba poco.
Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo castillos en el aire.
Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana; pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré esta noche con ella. No es esto lo más--añadió, entregándome una bolsa con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llévale mi retrato y toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente! ¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»
Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués, añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el arte podía prestarle. «Amable Estela--le dije al entrar--, imán de los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado; pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»
Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento, volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa: «Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito--me dijo ella--. Este señor principia por donde aún raras veces acaban otros.» «A ti es, mi querida--respondí yo--, a quien debo este regalo, que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera--dijo ella--te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido, pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en una situación aventajada.»
Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el capítulo siguiente.
CAPITULO XI
De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.
Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten las desgracias que nos amenazan.
Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués. Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa, contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo, como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo. Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente funesto.»
Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me buscasen aquella misma noche.
No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja fresca hasta la hora de marchar.
Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.
Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero, el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda, donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán, y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba enferma de peligro.
Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá, discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno, que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta entonces me había hecho representar.
CAPITULO XII
Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este oficial y qué negocio le había llevado a Madrid.
Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo, que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco. Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad. En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de ser delicado en punto de honor.
A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos. Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya, siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son siempre tan modestos.
Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus memoriales. «Porque, en fin, señor caballero--añadió encogiéndose de hombros--, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de reparo.» «No pierda usted las esperanzas--dije al capitán--. Usted sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No debo lisonjearme con esa esperanza--respondió D. Aníbal--; aun no hace tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué le dijo a usted, señor oficial?--le respondí--. ¿Tal vez el estado en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo verá--respondió Chinchilla--. Este secretario me ha dicho claramente: «Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español. Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita: en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí--siguió el capitán--lo que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.» Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo, suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien, se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia, lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante, a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.
Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis. Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir, sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra; antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a Nápoles, Lombardía y los Países Bajos.
Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene? Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de gratificación.»
Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto, que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia? Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme; yo le ofrezco mis facultades.» «Perico--dijo el oficial--, pues qué, ¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos--respondió el joven--es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo así--prosiguió, sonriéndose, el capitán--, recurro a tu protección.» «Desde luego se la concedo a usted--repitió Perico--. Dígame usted su asunto y prometo sacar raja del primer ministro.»