Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Part 2

Chapter 23,984 wordsPublic domain

Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados, remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.» Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas--continuó, enjugándose sus hermosos ojos--, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán, suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas; en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso--añadió ella misma--que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a que me quiero arriesgar.»

Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo; antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León, acompañada de todos los que entrábamos en la comedia.

Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano; bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad. Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien, era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación. Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos, lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora. Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante, y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado.

Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra, bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también, el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos, pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella; mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción. Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso o qué historia representaba aquella pintura. «Señora--le respondió doña Elvira--, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.» Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en los términos siguientes:

CAPITULO IV

El casamiento por venganza.

NOVELA

«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano, que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto, esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su desapiadado corazón.

»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su educación.

»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto, que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto.

»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia. Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes. Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud. Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique. «Señora--le dijo--, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa profunda tristeza?» «Señor--respondió ella--, no puedo ocultaros mi sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento, sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad. No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.» «Adorable Blanca--replicó el príncipe--, oblíganme tus temores y ellos justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus desconfianzas ofende mi amor y--si me atrevo a decirlo--la estimación que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor--replicó la hija de Leoncio--, luego que vuestros vasallos os vean coronado, os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué--repuso Enrique, no sin alguna alteración--, por qué te anticipas a figurarte una idea triste de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo, poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.»

»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas, sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.

»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña Blanca. «Señor--le dijo aquel ministro---, vengo a daros una noticia que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra. Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes. Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía, tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis, señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud», respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma, diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él como le aconsejare su prudencia.»

»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio--interrumpió Enrique--, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré. Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando consigo a doña Blanca.

»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique, pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.

»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia, nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo. Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey, dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo, quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.

»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando, acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado: «¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor--respondió Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que se explicase más--, ese papel es éste que presento al Consejo. En él reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad, la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!» Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban secretamente el corazón del nuevo rey.

»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño, tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos, señor, de vuestra gloria!--le respondió Sifredo con entereza--. Si no dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío, perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo, pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del testamento.