Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)
Part 18
»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado, y dos horas después me envió a decir que me esperaba en cierto sitio retirado. Acudí allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía unos cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza ni valor, pudiéndose decir con verdad que era igual el partido. «Venid, don Pompeyo—me dijo—, y terminemos de una vez nuestras contiendas. Uno y otro debemos estar airados; vos, por el modo con que os traté, y yo por haberos pedido perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente mano a la espada, y tanto, que no me dió tiempo para responderle. Tiróme dos o tres estocadas con la mayor presteza, pero tuve la fortuna de parar los golpes. Acometíle después y conocí que reñía con un hombre tan diestro en defenderse como en acometer; y no sé lo que hubiera sido de mí a no haber tropezado él y caído de espaldas cuando se defendía retirándose. Detúveme así que le vi en tierra y le dije se levantase. «¿Por qué razón me perdonáis?—me preguntó—. Me ofende mucho esa piadosa generosidad.» «También quedaría muy obscurecida mi gloria—le respondí yo—si quisiera aprovecharme de vuestra desgracia. Levantaos, vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No, don Pompeyo!—me dijo mientras se iba levantando—. ¡A vista de un rasgo tan noble, no me permite mi honor empuñar la espada contra vos! ¿Qué diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad de pasaros el pecho? ¡Tendríame por un ruin cobarde si quitaba la vida a quien pudo darme la muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra vida; antes bien, mi gratitud ha convertido en dulces y amorosos afectos los furiosos movimientos que agitaban mi corazón. Don Pompeyo—continuó—, cesemos ya de aborrecernos. ¡Poco dije! ¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor—exclamó yo—, y con qué placer acepto una propuesta tan gustosa! Desde este instante os juro una sincerísima amistad, y para daros desde luego la prueba más positiva de ella, os prometo no poner más los pies en casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.» «No admito la promesa—dijo él—; antes bien, quiero cederos esta señora. Es más razón que yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es natural en ella.» «¡No, no!—le interrumpí—. Vos la amáis, y los favores que me hiciese podrían inquietaros; y así, quiero sacrificarla a vuestra paz y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de nobleza y generosidad!—exclamó arrebatado el duque—. Me encanta vuestro modo de pensar. ¡Oh, y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué dolor y con cuánta vergüenza se me presenta a la memoria el ultraje que os hice! Paréceme ahora muy ligera la satisfacción que os di en el gabinete del rey. Quiero repararla de un modo más público, y para borrar enteramente la infamia, os ofrezco una sobrina mía, de cuya mano puedo disponer; es una heredera rica, que aun no ha cumplido quince años, y todavía más hermosa que joven.»
»Di al duque todas aquellas gracias que me podía inspirar el honor de enlazarme con su familia, y pocos días después me casé con su sobrina. Toda la Corte se congratuló con aquel personaje por haber labrado la fortuna de un caballero a quien había cubierto de ignominia. Desde entonces acá, señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa. Mi esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada día nuevas pruebas de amistad y puedo preciarme de que merezco un buen concepto al rey; y prueba de su estimación es la importancia del negocio que de su orden me ha traído a Madrid.»
CAPÍTULO VIII
Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar nuevo acomodo.
Esta fué la historia que contó don Pompeyo y que oímos el criado de don Alejo y yo, aunque nos mandaron que nos retirásemos antes que la principiase. Hicímoslo así, pero nos quedamos a la puerta de la sala, que de propósito dejamos entornada, y pudimos oír todo lo que dijo, sin perder una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo aquellos señores y se separaron antes del día, porque como don Pompeyo había de hablar por la mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo de reposar algún tanto. El marqués de Zenete y mi amo se despidieron de aquel caballero, abrazándole y dejándole con su pariente.
Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer, y al día siguiente mi amo me honró dándome otro nuevo empleo. «Gil Blas—me dijo—, toma papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas que quiero dictarte, pues te hago mi secretario.» «¡Bravo!—dije entre mí—. ¡Esto se llama acrecentamiento de encargos! ¡Lacayo para ir detrás de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para ayudarle a vestir y secretario para escribirle las cartas, dictándome su señoría! ¡El Cielo sea loado por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes—prosiguió mi amo—qué fin llevo en escribir estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado, porque te va la vida en ello. A cada paso tropiezo con gentes que me apestan alabándose de sus felices galanteos, y yo quiero sobrepujar a su vanidad, para lo que he pensado llevar siempre en el bolsillo varios billetes fingidos de diferentes damas y leérselos cuando ellos hagan necio alarde de sus triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más dichoso que todos mis compañeros, porque ellos solicitan esas fortunas sólo por tener el gusto de publicarlas, y yo tendré el gusto de referirlas sin los malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero tú—añadió—procura desfigurar tu letra, mudando la forma de manera que los papeles no parezcan escritos de una misma mano.»
Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer a don Matías, quien me dictó un billete en los términos siguientes: «Anoche faltaste a tu palabra y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah don Matías, no sé qué podrás decir para disculparte! Grande ha sido mi error, pero bien has castigado mi vanidad y la ligereza con que creía yo que todas las diversiones, y aun todos los negocios del mundo, debían ceder al gusto de ver a _Doña Clara de Mendoza_.» Después de este billete me hizo escribir otro como de una dama que posponía a un gran señor por amor a su persona; y otro, en fin, en el cual otra dama le decía que, si estuviera segura de su discreción, harían juntos el viaje de Citerea. No contentándose con hacerme escribir unos billetes tan bellos, me obligaba a que los firmase con el nombre de varias señoras muy distinguidas. No pude menos de decirle que la cosa me parecía demasiadamente delicada, pero me respondió secamente que nunca me metiese en darle consejos mientras no me los pidiera. Vime precisado a callar y obedecerle. Acabóse de vestir, ayudándole yo; metió los billetes en el bolsillo y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de don Juan de Moncada, que tenía convidados aquel día a cinco o seis caballeros amigos suyos.
Hubo una gran comida y reinó en toda ella la alegría, que es la salsa mejor de los banquetes. Todos los convidados contribuyeron a mantener divertida la conversación, unos con chistes y otros contando aventuras que ellos decían haberles sucedido. No malogró mi amo tan favorable ocasión de hacer lucir los papeles amorosos que me había hecho escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan natural, que, a excepción de su secretario, todos los demás pudieron tenerlos por muy verdaderos. Entre los caballeros que se hallaban presentes a tan descarada lectura había uno que se llamaba don Lope de Velasco, hombre grave y de juicio, el cual, en vez de celebrar como los demás las imaginarias fortunas, preguntó fríamente a mi amo si le había costado mucho hacerse dueño de la voluntad de doña Clara. «Menos que nada—le respondió don Matías—, pues ella fué la que dió los primeros pasos. Vióme en el paseo, prendóse de mí, mandó que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme y citóme para su casa a la una de la noche, cuando todos estaban durmiendo. Fuí allá, introdujéronme en su cuarto... Lo demás no permite mi prudencia que lo diga.»
Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica relación, se turbó tanto que todos se lo conocieron, y no era dificultoso adivinar lo mucho que se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos esos billetes—dijo a mi amo mirándole con semblante airado—son enteramente falsos, en particular el de doña Clara de Mendoza, de que tanta ostentación hacéis. No hay en España señorita más recatada y honesta que ella. Dos años ha que la obsequia un caballero que no os cede en nacimiento ni en prendas personales y apenas ha podido conseguir de ella los más inocentes favores, siendo así que se puede lisonjear de que, si fuera capaz de conceder alguno, a ningún otro sino a él se los dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?—replicó mi amo en un tono burlón—. Yo no me aparto de que es una señorita muy honesta. Yo también soy muy honesto caballerito. Conque debéis creer que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh, eso ya pasa de raya!—interrumpió don Lope—. Dejémonos de chanzas. Vos sois un impostor y jamás doña Clara os dió cita para de noche. No puedo tolerar que manchéis su reputación. Tampoco a mí me permite ahora la prudencia deciros lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con arrogancia a los concurrentes y se retiró con un aire que anunciaba las malas consecuencias que podría tener aquel negocio. Mi amo, que tenía bastante valor para un señor de su carácter, hizo poco caso de las amenazas de don Lope. «¡Gran tonto!—exclamó dando una carcajada—. ¡Los caballeros andantes sólo defendían la _sin par hermosura_ de sus damas; pero éste quiere defender la _sin par honestidad_ de la suya, lo que me parece empeño todavía más extravagante!»
La retirada de Velasco, a la que en vano quiso oponerse Moncada, no descompuso la fiesta. Los caballeros, sin parar la atención en ello, prosiguieron alegrándose y no se separaron hasta el amanecer. Mi amo y yo nos acostamos a las cinco de la mañana. El sueño ya me rendía y había hecho ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el que una hora después me vino a despertar y a decirme que estaba a la puerta de la calle un mozo que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!—dije bostezando, entre enfadado y dormido—. ¿No consideras que sólo ha una hora que me acosté? Di a ese hombre que estoy durmiendo y que vuelva más tarde.» «Dice—respondió el portero—que tiene precisión de hablarte luego luego, porque es cosa urgente.» Levantéme a estas palabras, poniéndome solamente los calzones y una almilla, y echando mil pestes fuí a ver lo que me quería el mozo que me buscaba. «Amigo—le dije—, ¿qué negocio tan urgente es el que me proporciona la honra de verte tan de mañana?» «Una carta—respondió—que tengo que entregar en mano propia al señor don Matías y es preciso la lea cuanto antes. Su contenido es de la mayor importancia, y así, te ruego que me lleves a su cuarto.» Persuadido de que debía de ser alguna cosa de grande consecuencia, me tomé la licencia de ir a despertar a mi amo. «Perdone vuestra señoría—le dije—si le vengo a interrumpir el sueño; pero la importancia...» «¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado. «Señor—dijo entonces el mozo que me acompañaba—, es una carta de don Lope de Velasco que debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías, tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego al criado de don Lope: «Hijo, yo nunca me levanto hasta mediodía aunque me conviden para la mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré a las seis de la mañana para ir a reñir! Díle a tu amo que, como me espere hasta las doce y media en el sitio que me dice, seguramente nos veremos en él; dale esta respuesta.» Y diciendo esto volvióse a echar y tardó muy poco en quedarse de nuevo dormido.
A las once y media se levantó y vistió con grandísima pachorra. Salió de casa, diciéndome que por aquella vez me dispensaba de seguirle; pero yo no pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba aquel negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta el prado de San Jerónimo, donde vi a lo lejos a don Lope de Velasco, que le estaba esperando. Escondíme donde sin ser visto pudiese observar a los dos, y vi que se juntaron y que un momento después comenzaron a reñir. Duró mucho la pendencia, peleando uno y otro con mucha destreza y con igual valor; pero al fin se declaró la victoria por don Lope, quien de una estocada pasó de parte a parte a mi amo, dejándole tendido en tierra y huyendo muy satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a don Matías; halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo que me enterneció tanto, que no pude menos de echar a llorar por ver una muerte para la cual, sin pensarlo, había yo servido de instrumento. En medio de esto y de mi justo sentimiento no dejé de pensar en hacer lo que me importaba. Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a nadie. Hice mi hatillo, en el que, por inadvertencia, metí también algunas cosillas de mi amo, y luego que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado el vestido que usaba en mis aventuras, esparcí la voz de la desgracia que había sucedido, siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la quiso oír, pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez. Este, menos afligido que solícito en tomar las providencias oportunas, juntó a todos los criados de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos todos al lugar de la pelea. Levantamos a don Matías, que aun respiraba; llevámosle a casa, y al cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del señor don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente gusto de leer papeles amorosos fingidos por él.
CAPÍTULO IX
Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la muerte de don Matías de Silva.
Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados unos días, pagados y despedidos todos sus criados. Yo establecí mi morada en casa del barberillo, con quien empezaba a contraer estrechísima amistad. Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad que en casa de Meléndez. Como me hallaba con algún dinerillo, no me di prisa a buscar nueva conveniencia; por otra parte, me había hecho muy delicado sobre este particular. Ya no gustaba de servir a gente común y plebeya, y aun entre la noble quería examinar bien antes el empleo que me querían dar. Aun el mejor no me parecía sobrado para mí, persuadido de que todo era poco para quien había servido a un caballero rico, mozo y elegante.
Esperando a que la fortuna me ofreciese una casa cual yo me imaginaba merecer, juzgué no podía emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto desde el día en que nos desengañamos los dos tan graciosamente. No me pasó por el pensamiento volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería una grande extravagancia disfrazarme ya con aquel traje, y más cuando mi propio vestido era bastante decente, pudiendo pasar por un término medio entre don César y Gil Blas, sobre todo hallándome bien calzado, peinado y afeitado con ayuda de mi amigo el barbero. En este estado fuí a casa de Arsenia, y encontré a Laura sola en la misma sala donde en otra ocasión le había hablado. Exclamó luego que me vió: «¿Qué milagro es éste? ¿Eres tú? ¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que te habías perdido! Hace siete u ocho días que te dije podías venir a verme; mas, a lo que veo, no abusas de la libertad que te conceden las damas.»
Disculpéme con la muerte de mi amo y con las ocupaciones a que dió lugar, añadiendo muy cortesanamente que aun en medio de ellas tenía siempre muy presente en el corazón y en la memoria a mi amada Laura. «Siendo así—me dijo ella—, se acabaron ya las quejas, y te confesaré que también te he tenido yo muy presente. Luego que supe la desgracia de don Matías, me ocurrió un pensamiento, que acaso no te desagradará. Días ha que oí decir a mi ama que se alegraría de encontrar un mozo que supiese de cuentas y gobierno de una casa, para ser su mayordomo y llevase razón del dinero que se le entregara para el gasto de ésta. Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome que serías el más a propósito para este empleo.» «También me parece a mí—respondí yo—que le desempeñaría a las mil maravillas. He leído las _Economías de Aristóteles_, y, por lo que toca a llevar una cuenta, ése ha sido siempre mi fuerte. Pero, hija mía—añadí—, una sola dificultad me impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?», replicó Laura. «He jurado—repuse—no servir jamás a gente común, y lo peor es que lo juré por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se atrevió a violar este juramento, mira tú cuánto deberá respetarle un pobre criado.» «¿A quién llamas tú gente común?—replicó Laura con mucho despego—. ¿Por quiénes tienes tú a las comediantas? ¿Parécete que son por ahí algunas abogadillas o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que las comediantas son nobles y archinobles por los enlaces que contraen con los primeros personajes de la Corte!» «Siendo así—le dije—, cuenta conmigo, hija mía, para ese empleo que me destinas; pero con tal que no me degrade ni me haga valer menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo de eso!—repuso Laura—. Pasar de la casa de un elegante a la de una heroína de teatro es hacer el mismo papel en el gran mundo. Nosotras estamos en una misma línea con las personas de la primera distinción; el mismo aparato de cuarto, la misma mesa, y, en realidad, es menester que se nos confunda con ellos en la vida civil. Con efecto—añadió—, si se consideran bien un marqués y un comediante, en el discurso de un día vienen casi a ser una misma cosa. Si el marqués, en las tres cuartas partes del día, es superior al comediante, el comediante, en la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués, porque representa el papel de emperador o de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas de la Corte.» «Así es, por cierto—respondí—; sin duda que estáis a nivel unos con otros. Los comediantes no son ya gentuza, como pensaba yo hasta aquí, y me has metido en gana de servir a un gremio tan distinguido y tan honrado.» «Me alegro—repuso ella—, y no tienes mas que volver de aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando a mi ama a fin de que te reciba. Le hablaré en tu favor; puedo algo con ella y me persuado que lograré que entres en casa.»
Di las gracias a Laura por su buena voluntad, asegurándole quedaba sumamente reconocido a sus finezas, con expresiones tales que no podía dudar de mi agradecimiento. Siguió después una larga conversación entre los dos, la que interrumpió un lacayo que vino a decir a mi princesa que Arsenia la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo a pedir de boca. No dejé de volver al plazo señalado. «Ya te estaba esperando—me dijo Laura—, para darte la alegre noticia de que eres de los nuestros. Ven conmigo, que quiero presentarte a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a una habitación compuesta de cinco o seis piezas a cual más rica y más soberbiamente alhajada.
¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que entraba en casa de alguna virreina, o, por mejor decir, creí estar viendo todas las riquezas del mundo juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella lo más rico de todas las naciones; tanto, que se podía definir a aquella habitación, con mucha propiedad, «el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía todo caminante lo más raro y precioso de su país». Vi a la deidad majestuosamente sentada en un almohadón de brocado carmesí con franjas de oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado con el humo de los sacrificios. Estaba en un gracioso desaliño y ocupaba sus lindas manos en componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo aquella noche en el teatro. «Señora—le dijo la criada—, éste es el mayordomo de que tengo hablado, y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar otro que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia con particular atención y tuve la dicha de gustarle. «¿Cómo así, Laura?—exclamó ella—. ¿Quién te dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo que me irá muy bien con él!» Y volviéndose a mí: «Querido—me dijo—, tú eres el que yo buscaba y el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo que decirte una palabra: estarás contento conmigo si me sirves bien.» Respondíle que haría cuanto estuviese de mi parte para agradarla en todo. Viendo que estábamos acordes, me despedí prontamente para ir a buscar mi hatillo y volver a tomar posesión de la nueva casa.
CAPÍTULO X
Entra Gil Blas a servir de mayordomo en casa de Arsenia; informes que le da Laura de los comediantes.
Era poco más o menos la hora de la comedia cuando mi nueva ama me dijo la siguiese al teatro en compañía de Laura. Entramos en el vestuario, y allí, quitándose el vestido que llevaba, se puso otro magnífico para presentarse en la escena. Así que empezó la representación, me llevó Laura a un sitio desde donde podíamos oír y ver perfectamente. Desagradóme la mayor parte de los representantes, sin duda porque ya estaba predispuesto contra ellos en virtud de lo que le había oído a don Pompeyo. Con todo eso, fueron muy aplaudidos, aunque algunos me hicieron acordar de la fábula del lechoncillo.
Tenía Laura gran cuidado de irme diciendo el nombre de los comediantes y comediantas conforme iban saliendo al teatro; y no contenta con nombrarlos, hacía un retrato satírico de cada uno. «Este—decía—es un atolondrado; aquél, un insolente; aquella melindrosa que ves, cuyo aire es más descarado que gracioso, se llama Rosarda y fué muy mala adquisición para la compañía. ¡Más valdría que se marchara con la que se está formando de orden del virrey de Nueva España y va a salir inmediatamente para América! Mira bien aquel astro luminoso que acaba de presentarse, aquel bello sol que va caminando a su ocaso: llámase Casilda, y si cada uno de los amantes que ha tenido la hubiera contribuído con una piedra labrada para fabricar una pirámide, como dicen que en otro tiempo lo hizo cierta reina de Egipto, podría haber erigido una que llegase al tercer cielo.» En fin, a cada cual fué pegando Laura su parchecito. ¡Qué mala lengua! ¡Ni aun a su misma ama perdonó!
Sin embargo de esto—confieso mi flaqueza—, estaba yo apasionado de ella, aunque su carácter, moralmente hablando, nada tenía de bueno. De todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba hasta su misma malignidad. En los intermedios se levantaba para ir a ver si Arsenia necesitaba algo, y en vez de volver prontamente, se entretenía tras del teatro a recoger los requiebros y lisonjas que le decían los hombres. Una vez la seguí para observarla y vi que tenía muchos conocidos. Noté que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron para hablarle, y observé que gastaban demasiada familiaridad. No me agradó esto mucho, y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar lo que eran los celos. Volvíme a mi sitio tan pensativo y melancólico que Laura lo echó de ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?—me preguntó admirada—. ¿Qué negro humor se apoderó de ti desde que te dejé? Muestras un semblante triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.» «Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón—le respondí—. Me parece que andas algo suelta, y esto me da que pensar a mí más que a ti mi sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre y divertida con los comediantes...» Al oír esto, dijo ella, soltando una grandísima carcajada: «¡Vamos claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre! Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es una friolera! Y si estás algún tiempo con nosotros verás otras mil lindezas. Es menester, hijo mío, que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre nosotros no se gastan hazañerías ni mucho menos se usan celos. En la nación cómica, los celosos se llaman ridículos, y así, apenas se encuentra uno. Padres, maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la gente más bien avenida del mundo, y muchas veces ellos mismos son los que establecen sus familias.»