Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 11

Chapter 114,312 wordsPublic domain

»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero mi madre, que era de genio menos áspero, se mostró más sentida de mi marcha. Echó algunas lágrimas y aun me metió a escondidas en la mano un ducado. Salí, pues, de Olmedo en esta conformidad, y tomé el camino de Segovia. No bien había andado doscientos pasos, cuando examiné la alforja, picándome la curiosidad de saber lo que llevaba. Encontréme un estuche hendido y abierto por todas partes, dentro del cual había dos navajas de afeitar, tan mohosas, gastadas y mugrientas que parecían haber servido a diez generaciones, con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo de jabón. Además de eso hallé una camisa nueva de cáñamo, un par de zapatos viejos de mi padre, y lo que sobre todo me alegró fueron unos veinte reales que encontré envueltos en un trapo. A esto se reducía todo mi haber. Por aquí podrá usted conocer lo mucho que fiaba mi padre en mi habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco ajuar. Sin embargo, la posesión de un ducado y veinte reales más no dejó de deslumbrar a un muchacho que en toda su vida había visto tanto dinero junto. Consideréme con un caudal inagotable, y lleno de alegría proseguí mi camino, mirando de cuando en cuando el puño de mi tizona, cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me molestaba e impedía caminar.

»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de Ataquines, con un hambre que ya no podía sufrir. Entré en el mesón y, como si me sobrase mucho para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen de cenar. El mesonero me estuvo mirando con atención algún tiempo, y conociendo lo que podía ser yo, «Sí—me dijo con mucha dulzura—, sí, caballerito mío; usted será servido como un príncipe.» Condújome a una pieza pequeña, y un cuarto de hora después me sirvió un encebollado de gato, que comí con tanto apetito como si fuera de liebre o de conejo. Acompañó este exquisito guisado con un vino que, según él decía, el rey no le bebía mejor. Y aunque conocí muy bien que ya era un vino embrión de vinagre, sin embargo, le hice tanto honor como había hecho al gato. Después era menester, para ser tratado en todo como un príncipe, que me dispusiese una cama más propia para despertar a una piedra que para dormir. Figúrese usted una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño, no podía extender las piernas sin que saliesen fuera la mitad. Fuera de eso, el colchón de pluma se reducía a una especie de jergón hético y estrujado, cubierto de una sábana doblada que, después de su última lavadura, habría servido quizá a cien pasajeros. Con todo eso, en la cama que fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de gato y de aquel precioso vino que antes describí, gracias a mis pocos años y a mi natural robustez dormí profundamente y pasé la noche sin la más leve indigestión.

»Al día siguiente, luego que hube almorzado y pagado bien la comida que me habían servido, me planté de una tirada en Segovia. Así que llegué tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda, dándome sólo de comer y vestir; pero no paré allí más que seis meses, porque otro mancebo barbero con quien había trabado amistad y quería ir a Madrid me levantó de cascos, y me marché con él a esta villa. Acomodéme luego fácilmente, sobre el mismo pie que en Segovia, en una tienda de las más concurridas, pues su vecindad al corral del Príncipe atraía a ella tanta multitud de parroquianos que el maestro, dos mancebos y yo no bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas de todas clases, y entre ellas comediantes y autores. Una vez se juntaron dos sujetos de esta clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías del tiempo, y les oí pronunciar el nombre de mi tío. Entonces me apliqué a oírlos con mayor atención. «Don Juan de Zabaleta—dijo uno—es un autor de quien me parece que el público no debe estar muy satisfecho. Es un hombre frío, sin fuego y sin inventiva. La última comedia suya le desacreditó excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara—dijo el otro—, ¿no acaba de regalarnos con una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más miserable?» Nombraron no sé a cuántos otros poetas cuyos nombres no tengo presentes; pero me acuerdo bien de que hablaron de ellos muy mal. De mi tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí—dijo uno de ellos—, don Pedro de la Fuente es un gran autor; sus escritos están llenos de una gracia y de una erudición que al mismo tiempo instruyen y deleitan por su delicada sal. No me admiro de que sea estimado de la corte y del pueblo ni de que muchos señores le hayan señalado pensiones. Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el duque de Medinaceli le da casa y mesa, por lo que nada gasta, y así, es preciso que esté muy bien y tenga dinero.»

»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi tío aquellos poetas. Ya sabíamos en la familia que hacía mucho ruido en Madrid con motivo de sus obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos habían informado de lo bien admitido que estaba; pero como nunca nos había escrito y parecía haberse extrañado mucho de nosotros, oíamos todas aquellas noticias con la mayor indiferencia. No obstante, como la buena sangre no puede mentir, luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me informé de las señas de su casa, tuve tentación de ir a verle y darme a conocer con él. Sólo me detenía el haber oído a los cómicos llamarle don Pedro. Aquel _don_ me hacía titubear, recelando fuese otro del mismo nombre y apellido de mi tío. Con todo eso, vencí al cabo este temor, pareciéndome que así como había sabido hacerse sabio podía también haber sabido hacerse noble y caballero; y así, resolví presentarme a él. Para esto, al día siguiente, con licencia de mi maestro, me vestí lo más decentemente que pude y salí a la calle, no poco vanaglorioso y cuellierguido de verme sobrino de un hombre cuyo ingenio metía en la corte tanta bulla. Sabido es que los barberos no son la gente del mundo menos sujeta a la vanidad. Comencé, pues, a tenerme en gran opinión, y caminando con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del duque de Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando en ella, supliqué al portero me dijese cuál era el cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba usted por aquella escalerilla—me dijo, mostrándome una que estaba al fin de un patio—y llame a la primera puerta que encuentre a mano derecha.» Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir un mocito, a quien pregunté si vivía allí el señor don Pedro de la Fuente. «Sí, señor—me respondió—, pero ahora no se le puede entrar recado.» «Lo siento mucho—repliqué—, pues verdaderamente le quisiera hablar, porque le traigo noticias de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en este momento, pues está actualmente componiendo, y mientras trabaja no quiere que ninguno entre a interrumpirle y distraerle. De nadie se deja ver hasta mediodía; y así, puede usted ir a dar una vuelta y volver entonces.»

»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda la mañana, pensando siempre en el modo con que mi tío me recibiría. «Sin duda—decía yo para mí—que tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme», porque medía su corazón por el mío; así, contaba con que sería muy tierno el acto de vernos y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia a la hora señalada. «Viene usted muy a tiempo—me dijo el paje—; presto saldrá mi amo. Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro de un instante y me hizo entrar donde estaba mi tío, cuya vista me llenó de gozo, porque luego observé en su cara el aire de nuestra familia. Era tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido por él mismo a no haberle visto en aquel traje y en aquel estado. Saludéle con profundo respeto y le dije que era hijo de maese Nicolás de la Fuente, el barbero de Olmedo y hermano de su señoría y que hacía tres semanas que estaba en Madrid, siguiendo el mismo oficio de mi padre, en calidad de mancebo, con ánimo de andar la España para perfeccionarme en la Facultad. Mientras le estaba hablando, advertí que mi tío estaba distraído y pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería o no por sobrino o discurriendo algún arbitrio para eximirse de mí con arte y con destreza. Tomó este segundo partido, y afectando cierto aire jovial y risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de salud tu padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan las cosas de la familia?» Comencé a informarle de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno por uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo en la relación hasta los nombres de sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se interesaba demasiado en tan menuda explicación, y queriendo conseguir su intención, «Ahora bien, querido Diego—me dijo—: apruebo mucho el que pienses correr mundo para perfeccionarte en tu oficio y te aconsejo no te detengas mucho tiempo en Madrid. Este es un lugar muy pernicioso para la juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás en recorrer otras ciudades del reino donde no están tan estragadas las costumbres. Vete, pues, y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que te daré un doblón para ayuda del viaje.» Diciendo esto, me fué llevando poco a poco hacia la puerta de la sala y me despidió con buenas palabras.

»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba pretextos para alejarme de sí. Volví a la tienda y di cuenta a mi amo de la visita que acababa de hacer. El buen hombre, que no penetró más que yo la verdadera intención del señor don Pedro, me dijo: «Yo no soy del parecer de tu tío. En lugar de exhortarte a correr mundo, me parece debía aconsejarte que permanecieses en Madrid. El trata con tantas personas de distinción que fácilmente puede colocarte en una casa grande, donde en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado de estas palabras, que excitaron en mi imaginación grandiosas esperanzas, dentro de dos días volví a casa de mi señor tío y le propuse que podía emplear su valimiento para acomodarme con algún personaje de la corte. Disgustóle mucho la proposición. A un hombre vano, que entraba francamente en casa de los grandes y se sentaba con ellos a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino suyo comiese con los criados mientras él estuviese comiendo con los amos, pues en tal caso el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro. Este, pues, se irritó furiosamente, y, lleno de cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo! ¿Quieres abandonar tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en manos de los que te dan malos consejos! ¡Sal de mi cuarto, repito, y no vuelvas a poner los pies en él si no quieres que te haga castigar como mereces!» Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho más me espantó la bronca y destemplada voz con que las pronunció. Retiréme llorando y muy apesadumbrado de la aspereza con que me había tratado mi tío. Con todo eso, como siempre he sido de natural vivo y altivo, presto se me enjugó el llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente sin el cual había vivido hasta allí y esperaba vivir sin necesitarle para nada.

»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento y en aplicarme al trabajo. Afeitaba todo el día, y por la noche, para recrear un poco el ánimo, aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un hombre de edad a quien yo afeitaba. Llamábase Marcos de Obregón, y me enseñaba la música, que sabía perfectamente, porque había sido cantor en una iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad como experiencia, y me quería como si fuera hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de un médico que vivía a treinta pasos de nuestra casa. Ibale yo a ver todos los días al anochecer, cuando no había que hacer en la tienda, y sentados los dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas sonatas que no desagradaban a la vecindad. Nuestras voces no eran muy gratas; pero dando a la guitarra y cantando cada uno metódicamente la parte que le tocaba, gustábamos a las gentes que nos oían. Divertíase particularmente con nuestra música doña Marcelina, que así se llamaba la mujer del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al portal y nos hacía repetir las tonadillas que más le agradaban. Su marido no le impedía esta diversión, pues, aunque español y viejo, no era celoso. Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo el día, y cuando se retiraba a casa por la noche iba tan cansado de visitar enfermos que se acostaba muy temprano, y ninguna aprensión le causaba el gusto que su mujer tenía de oír nuestras músicas, quizá por juzgar que no eran capaces de excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se añadía que, aunque su mujer era a la verdad joven y linda, no le daba motivo alguno para el más mínimo recelo, siendo de una virtud tan adusta que no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera la mirasen; y así, no llevaba a mal que tuviese aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos dejaba cantar todo cuanto queríamos.

»Una noche que fuí a la puerta del médico para divertirme, como acostumbraba, encontré al viejo escudero, que me estaba esperando. Tomóme por la mano y me dijo que quería nos fuésemos los dos a pasear un poco antes de principiar la música. Así que nos vimos en una calle excusada y solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció que me podía hablar con libertad, «Querido Diego—me dijo con semblante triste—, tengo que comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho, hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir de esta música que damos a la puerta de mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra y a cantar, pero si hubiera previsto la desgracia que nos amenaza, te aseguro de veras que hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.» Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero que se explicase más claro, diciéndome francamente qué era lo que podíamos temer, porque yo no era hombre que quisiese hacer frente al peligro y que todavía no había dado la vuelta por España. «Voy—me respondió—a decirte lo que debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos. Cuando un año ha entré a servir al médico, me llevó una mañana al cuarto de su mujer, y presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora es tu ama y siempre la has de acompañar a cualquier parte que vaya.» Quedé admirado al ver a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven y en extremo hermosa, gustándome sobre todo lo airoso de su talle y lo apacible de su semblante. «Señor amo—respondí al amo—, me tengo por muy dichoso en servir a una señora tan amable.» Desagradó tanto a doña Marcelina mi respuesta, que, con semblante airado, me dijo: «¡Oiga el impertinente, el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a tomarse esas libertades? ¡Sepa desde luego que no gusto de lisonjas ni aguanto requiebros!» Sorprendiéronme extrañamente unas palabras tan ásperas, pronunciadas por aquella boca tan agraciada y tan ajenas de lo que prometía su apacible rostro. No acertaba yo a conciliar aquel modo de hablar, grosero y desabrido, con todo lo demás que observaba en una mujer de presencia tan grata. El marido, acostumbrado ya a ello, lejos de enfadarse, se tenía por muy afortunado en que le hubiese tocado una mujer de aquel extraño carácter; tanto, que me dijo: «Marcos, mi mujer es un prodigio de virtud»; y viendo que se ponía el manto para ir a misa, me mandó que la fuese acompañando a la iglesia. Apenas salimos a la calle cuando encontramos dos mozalbetes que, admirados del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al paso algunas cosas muy lisonjeras; pero ella les respondió con tal despego y les dijo tantas necedades que los pobres quedaron corridos y suspensos, sin poder comprender cómo podía haber en el mundo una mujer que llevase a mal el ser alabada y aplaudida. «Señora—le dije—, haga usted que no oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos malo es callar que responder con desabrimiento.» «Eso no—replicó ella—: quiero enseñar a esos insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan el respeto.» En fin, profirió tantos desatinos que no pude menos de decirle mi sentir, aunque fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente del mejor modo que me fué posible que hacía injuria a la naturaleza echando a perder con su carácter adusto mil bellas prendas de que la había dotado; que una mujer de genio afable y de modales atentos podía hacerse amar sin el auxilio de la hermosura, cuando, por el contrario, la más hermosa, si no es afable y agasajadora, se hace un objeto de desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a la corrección de sus ásperos modales. Después de haberla aconsejado a mi satisfacción, temí me costase caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera y produciendo algún efecto que me fuese de poco gusto. Mas no sucedió así: no se enfadó de mis insinuaciones, contentándose con no seguirlas; y el mismo efecto produjeron las que tuve la tontería de hacerle los días siguientes.

»Canséme de advertirle en vano sus defectos y abandonéla a la aspereza de su genio. Pero ¡quién lo creyera! Este natural tan agreste, esta mujer tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado enteramente de condición. Hoy es atenta con todos y a todos trata con modales muy cariñosos. Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino necedades a los hombres que la elogiaban; ya oye con agrado sus lisonjas. Gusta que le digan que es hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros, y, en suma, ya es otra muy diferente mujer. Esta mudanza apenas es comprensible; pero lo que más te ha de admirar es el saber que tú mismo has obrado este gran milagro. Sí, mi querido Diego, tú has sido el autor de una transformación tan extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz en una mansísima cordera. En una palabra, tú has merecido su atención, como lo he observado más de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres o mi ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor. Esta es, hijo mío, la triste noticia que tenía que darte, y ésta es la desgraciada situación en que los dos nos hallamos.» «Yo no veo—respondí al viejo—gran motivo de afligirnos en todo lo que usted me ha dicho, ni mucho menos que sea desgracia mía el que me ame una mujer hermosa.» «¡Ah Diego!—me replicó—. ¡Bien se conoce que discurres como mozo! Sólo miras al cebo y no temes al anzuelo. Te paras sólo en el placer; pero yo, como viejo y experimentado, preveo los disgustos que causa después, porque no hay cosa que tarde o temprano no se descubra. Si prosigues en venir a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá cada día más la pasión de doña Marcelina, y olvidada tal vez de todo recato, llegará a conocerlo el doctor Oloroso, su marido, el cual se ha mostrado tan condescendiente hasta aquí porque no tiene el más leve motivo para tener celos; pero después se pondrá furioso, se vengará de su mujer y podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.» «Pues bien, señor Marcos—le repliqué—, cedo a vuestras razones y me entrego a vuestros consejos. Dígame usted qué debo hacer y cómo me he de portar para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando los dos nuestras músicas—me respondió—y no volviendo tú a parecer delante de mi señora. Una vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando la pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame en casa del maestro, que yo te iré a buscar, y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.» Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir más a la puerta del médico y estarme encerrado en mi tienda, pues que yo era un mozo que no podía ser visto sin peligro.

»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia, experimentó dentro de pocos días que el medio discurrido y aconsejado por él no sirvió para templar el fuego de doña Marcelina; antes bien, produjo un efecto enteramente contrario. Esta señora, a la segunda noche que no nos oyó cantar, le preguntó por qué razón habíamos suspendido nuestra música y cuál era la causa de que yo me hubiese retirado. Respondióle que tenía tantas ocupaciones que no me dejaban un instante para divertirme. Mostróse satisfecha de esta excusa, y por tres días sufrió mi ausencia con bastante firmeza; mas al cabo de este tiempo perdió la paciencia y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas. Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y esto encierra algún misterio que quiero descubrir. Habla y no me ocultes nada, que así te lo mando.» «Señora—respondió él, pagándole con otra mentira—, ya que usted quiere saber las cosas como son, sepa que al pobre Diego le ha sucedido muchas veces volverse a su casa después de nuestras músicas y encontrarse sin cena, y ya no se atreve a exponerse a ir a la cama sin cenar.» «¿Cómo sin cenar?—exclamó ella lastimada—. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda al instante y tráemelo contigo, asegurándole que nunca volverá a su casa sin cenar, porque yo daré orden que se le guarde aquí siempre algún plato. «¡Qué es lo que oigo!—exclamó el escudero, admirado de oírla hablar de aquella suerte—. ¡Qué mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me habláis en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os habéis hecho tan compasiva y sensible?» «Desde que tú viniste a esta casa—me respondió prontamente—; o, por mejor decir, desde que reprendiste mis modales desdeñosos y te empeñaste en suavizar la aspereza de mis costumbres. Mas, ¡ay de mí—prosiguió ella enternecida—, que he pasado de un extremo a otro! De altiva e insensible que era, me he vuelto sobrado mansa y cariñosa. Amo a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su ausencia, muy lejos de templar mi amor, le inflama más y más.» «¿Es posible, señora—replicó el viejo—, que un mozo que nada tiene de hermoso ni gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente? Yo disculparía vuestra inclinación si os la hubiera inspirado algún caballero de gran mérito...» «¡Ah Marcos!—interrumpió Marcelina—. ¡O yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o tú, no obstante tu larga experiencia, todavía no las conoces bien si te persuades que el mérito es quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de juzgarlo por mí misma, nunca reflexionan para enamorarse. El amor es un desorden de la razón que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto y nos sujeta a él. Es una enfermedad que nace en nosotras y nos atormenta como la rabia a los animales. No te canses, pues, en persuadirme de que Diego no es digno de mi cariño; basta que le ame, para figurarme en él mil prendas que no descubres tú y que quizá tampoco él tendrá. En vano te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones ni su figura tienen cosa que pueda llamarme la atención; a mí me parece hechicero y más hermoso que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad que me encanta y se me figura que toca la guitarra con una gracia y primor particular.» «¡Pero, señora!—replicó Marcos—. ¿Habéis pensado bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde condición?...» «Yo no soy mejor que él—me interrumpió—; pero aun cuando fuera una mujer de distinción, nunca repararía en eso.»

»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado el viejo escudero de adelantar cosa alguna con su ama en este punto, la dejó en su capricho y se retiró, como un diestro piloto cede a la tormenta que le desvía del puerto a donde se ha propuesto desembarcar. Aun hizo más: por dar gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte, y después de haberme contado todo lo sucedido entre ella y él, «Bien ves, Diego—me dijo—, que no podemos excusarnos de continuar nuestras músicas a la puerta de Marcelina. Es indispensable, amigo mío, que esta señora te vuelva a ver, porque de otra manera nos exponemos a que haga alguna locura que perjudique más que nada a su reputación.» No me hice de rogar, y respondíle que iría a su casa con mi guitarra así que anocheciese, y podía llevar a su ama esta agradable noticia. Hízolo así y dió a la apasionada amante la más alegre y gustosa nueva que podía desear, con la esperanza de verme y oírme aquella noche.