Hamlet: Drama en cinco actos

Part 7

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FORTIMBRÁS.--Id, capitán, saludad en mi nombre al monarca danés; decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión. Si algo quiere S. M. comunicarme, hacedle saber que estoy pronto á ir en persona á darle pruebas de mi respeto.

CAPITÁN.--Así lo haré, señor.

FORTIMBRÁS.--Y vosotros caminad con paso vagaroso.

ESCENA IX

Un capitán, HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, soldados

HAMLET.--Caballero, ¿de dónde son estas tropas?

CAPITÁN.--De Noruega, señor.

HAMLET.--Y decidme, ¿adónde se encaminan?

CAPITÁN.--Contra una parte de Polonia.

HAMLET.--¿Quién las acaudilla?

CAPITÁN.--Fortimbrás, sobrino del anciano rey de Noruega.

HAMLET.--¿Se dirigen contra toda Polonia, ó sólo á alguna parte de sus fronteras?

CAPITÁN.--Para deciros sin rodeos la verdad, vamos á adquirir una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al polaco, aunque á pública subasta la vendan.

HAMLET.--¿Sin duda el polaco no tratará de resistir?

CAPITÁN.--Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.

HAMLET.--De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil ducados no decidirán la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia que revienta en lo interior, sin que exteriormente se vea la razón por que el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.

CAPITÁN.--Dios os guarde.

(_Vanse el capitán y los soldados_).

RICARDO.--¿Queréis proseguir el camino?

HAMLET.--Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.

ESCENA X

HAMLET

Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando á la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo sólo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No: aquel que nos formó dotados de tan extenso conocimiento, que con él podemos ver lo pasado y lo futuro, no nos dió ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve á penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes hallo ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército conducido por un príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal á los golpes de la fortuna, á la muerte, á los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como á sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aun no es suficiente sepultura á tantos cadáveres... ¡Oh! de hoy más, ó no existirá en mi fantasía idea ninguna, ó cuantas forme serán sangrientas.

ESCENA XI

Galería de palacio

GERTRUDIS, HORACIO

GERTRUDIS.--No, no quiero hablarla.

HORACIO.--Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.

GERTRUDIS.--¿Y qué pretende? ¿Qué dice?

HORACIO.--Habla mucho de su padre: dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto tal pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve á los que las oyen á retenerlas, examinando el fin con que las dice, y dando á sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan á creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto sino que se halla en el estado más infeliz.

GERTRUDIS.--Será bien hablarla, antes que mi repulsa esparza conjeturas fatales en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. (_Vase Horacio_). El más frívolo acaso parece á mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra.

ESCENA XII

GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

OFELIA.--¿En dónde está la hermosa reina de Dinamarca?

GERTRUDIS.--¿Cómo va, Ofelia?

OFELIA.--(_Estos versos, y todos los que siguen en el presente acto, los canta Ofelia_).

¿Cómo va al amante que fiel te sirva, de otro cualquiera distinguiría? Por las veneras de su esclavina, bordón, sombrero con plumas rizas, y su calzado que adornan cintas.

GERTRUDIS.--¡Oh querida mía! ¿y á qué propósito viene esa canción?

OFELIA.--¿Eso decís?... Atended a ésta:

Muerto es ya, señora, muerto, y no está aquí. Una tosca piedra á sus plantas vi, y al césped del prado su frente cubrir.

¡Ah! ¡ah! ¡ah! (_Dando risotadas_).

GERTRUDIS.--Sí; pero, Ofelia...

OFELIA.--Oíd, oíd.

Blancos pañales le vestían...

ESCENA XIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

GERTRUDIS.--¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?

OFELIA.--Blancos pañales le vestían como la nieve del monte, y al sepulcro le conducen cubierto de bellas flores, que en tierno llanto de amor se humedecieron entonces.

CLAUDIO.--¿Cómo estás, graciosa niña?

OFELIA.--Buena: Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fué antes una doncella, hija de un panadero... ¡Ah!... Sabemos lo que somos ahora. Pero no lo que podemos ser... Dios vendrá á visitarnos.

CLAUDIO.--Alusión á su padre.

OFELIA.--Pero no, no hablemos más en esto; y si os preguntan lo que significa, decid:

De san Valentino la fiesta es mañana: yo, niña amorosa, al toque del alba iré á que me veas desde tu ventana, para que la suerte dichosa me caiga. Despierta el mancebo, se viste de gala.

Y él responde entonces:

Por el sol te juro que no lo olvidara, si tú no te hubieras venido á mi cama.

CLAUDIO.--¡Graciosa Ofelia!

OFELIA.--Sí, voy á acabar: sin jurarlo, os prometo que la voy á concluir.

¡Ay, mísera! ¡Cielos! ¡Torpeza, villana! ¿Qué galán desprecia ventura tan alta? Pues todos son falsos, le dice indignada: antes que en tus brazos me mirase incauta, de hacerme tu esposa me diste palabra. Y abriendo las puertas entró la muchacha, que viniendo virgen volvió desflorada.

CLAUDIO.--¿Cuánto ha que está así?

OFELIA.--Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... (_Se entristece y llora_). Pero yo no puedo menos de llorar considerando que le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... preciso... Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... (_Con mucha viveza y alegría_). Vamos, la carroza. Buenas noches, señoras, buenas noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches, buenas noches.

CLAUDIO (_á Horacio_).--Acompáñala á su cuarto, y haz que la asista suficiente guardia. Yo te lo ruego.

ESCENA XIV

CLAUDIO, GERTRUDIS

CLAUDIO.--¡Oh! todo es efecto de un profundo dolor; todo nace de la muerte de su padre; y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males vienen, no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente habiendo dado él mismo justo motivo á su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y murmuraciones sobre la muerte del buen Polonio, cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte; la desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros, ó comparables sólo á los brutos, y por último (y esto no es menos esencial que todo lo restante), su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales discursos, á falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan muchas muertes á un tiempo.

(_Suena á lo lejos un rumor confuso, que se irá aumentando durante la escena siguiente_).

GERTRUDIS.--¡Ay Dios! ¿Qué estruendo es éste?

ESCENA XV

CLAUDIO, GERTRUDIS, un caballero

CLAUDIO.--¿En dónde está mi guardia?... Acudid... defended las puertas... ¿Qué es esto?

CABALLERO.--Huíd, señor. El Océano, sobrepujando sus términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso, que el que manifiesta el joven Laertes ciego de furor, venciendo la resistencia que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida señor; y como si ahora comenzase á existir el mundo, la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes: «Nosotros elegimos por rey a Laertes.» Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le aplauden, llegando á las nubes la voz general que repite: «Laertes será nuestro rey. ¡Viva Laertes!»

GERTRUDIS.--¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa traílla pérfida el rastro mal seguro en que va á perderse!

CLAUDIO.--Ya han roto las puertas.

ESCENA XVI

LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo

LAERTES.--¿En dónde está el rey? (_Volviéndose hacia la puerta por donde ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se retiren_). Vosotros quedaos todos afuera.

VOCES.--No, entremos.

LAERTES.--Yo os pido que me dejéis.

VOCES.--Bien, bien está.

LAERTES.--Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno príncipe, dame á mi padre.

GERTRUDIS.--Menos, menos ardor, querido Laertes.

LAERTES.--Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la nota infame de prostituta.

CLAUDIO.--Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?... Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale, Gertrudis... Habla tú.

LAERTES.--¿En dónde está mi padre?

CLAUDIO.--Murió.

GERTRUDIS.--Pero no le ha muerto el rey.

CLAUDIO.--Déjale preguntar cuanto quiera.

LAERTES.--¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á dar completa venganza á mi difunto padre.

CLAUDIO.--¿Y quién te lo puede estorbar?

LAERTES.--Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.

CLAUDIO.--Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?

LAERTES.--No, sólo á mis enemigos.

CLAUDIO.--¿Querrás, sin duda, conocerlos?

LAERTES.--¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con mi sangre misma.

CLAUDIO.--Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos la luz del día.

VOCES.--Dejadla entrar.

(_Ruido y voces dentro_).

LAERTES.--¿Qué novedad... qué ruido es éste?

ESCENA XVII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento. Ofelia sale vestida de blanco, el cabello suelto, y una guirnalda en la cabeza, hecha de paja y flores silvestres, trayendo, en el faldellín muchas flores y hierbas.

LAERTES.--¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.

OFELIA.--Lleváronle en su ataúd con el rostro descubierto. Ay no ni, ay ay ay no ni. Y sobre su sepultura muchas lágrimas llovieron. Ay no ni, ay ay ay no ni.

Adiós, querido mío. Adiós.

LAERTES.--Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras conmoverme tanto.

OFELIA.--Debéis cantar aquello de:

Abajito está: llámele, señor, que abajito está.

¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué el que robó á la señorita.

LAERTES.--Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más concertado discurso.

OFELIA.--Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (_A Laertes_). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.

LAERTES.--Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos que la agitan y á sus memorias tristes.

OFELIA (_á Gertrudis_).--Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción que os parezca... (_A Claudio_). Esta es una margarita... Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.

Un solitario de plumas vario me da placer.

LAERTES.--Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.

OFELIA.--Nos deja, se va, y no ha de volver. No, que ya murió, no vendrá otra vez... Su barba era nieve, su pelo también. Se fué ¡dolorosa partida! se fué. En vano exhalamos suspiros por él. Los cielos piadosos descanso le den.

A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores, adiós.

ESCENA XVIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES

LAERTES.--¡Veis esto, Dios mío!

CLAUDIO.--Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.

LAERTES.--Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la tierra por un examen el más riguroso.

CLAUDIO.--Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.

ESCENA XIX

Sala en casa de Horacio

HORACIO, un criado

HORACIO.--¿Quiénes son los que me quieren hablar?

CRIADO.--Unos marineros que, según dicen, os traen cartas.

HORACIO.--Hazlos entrar. (_Vase el criado_). Yo no sé de qué parte del mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.

ESCENA XX

HORACIO, dos marineros

MARINERO 1.º--Dios os guarde.

HORACIO.--Y á vosotros también.

MARINERO 1.º--Así lo hará, si es su voluntad. Estas cartas del embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas á vos, si os llamáis Horacio como nos han dicho.

HORACIO. (_Lee la carta._)--«Horacio: luego que hayas leído esta, dirigirás esos hombres al rey, para el cual les he dado una carta. Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó á darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados á apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el rey reciba las cartas que le envío, y tú ven á verme con tanta diligencia como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído, que te dejarán atónito, bien que todas ellas no serán suficientes á expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino á Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre.--HAMLET.»

Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, á fin de que me llevéis después adonde queda el que os las entregó.

ESCENA XXI

Gabinete del rey

CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO.--Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.

LAERTES.--Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á reprimirlos?

CLAUDIO.--Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.

LAERTES.--Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito (si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.

CLAUDIO.--Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás. Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?

ESCENA XXII

CLAUDIO, LAERTES, un guardia

GUARDIA.--Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y ésta, para la reina.

(_Da unas cartas á Claudio_).

CLAUDIO.--¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!

GUARDIA.--Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.

CLAUDIO.--Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.

ESCENA XXIII

CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO. (_Lee una carta._)--«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la causa de mi extraña y repentina vuelta.--HAMLET.»

¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay alguna equivocación, ó acaso todo es falso?

LAERTES.--¿Conocéis la letra?

CLAUDIO (_examinando con atención la carta_).--Sí, es de Hamlet... _Desnudo_... y en una enmienda que hay aquí, dice: _solo_... ¿Qué puede ser esto?

LAERTES.--Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.

CLAUDIO.--Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?

LAERTES.--Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.

CLAUDIO.--A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el hecho juzgándole casual.

LAERTES.--Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que le ejecute.

CLAUDIO.--Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi opinión ocupa el último lugar.

LAERTES.--¿Y qué habilidad es, señor?

CLAUDIO.--No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron á lo que él hizo.

LAERTES.--¿Decís que era normando?

CLAUDIO.--Sí, normando.

LAERTES.--Ese es Lamond, sin duda.

CLAUDIO.--El mismo.

LAERTES.--Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.

CLAUDIO.--Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso para batallar contigo. Fuera de esto...

LAERTES.--¿Y qué hay además de eso, señor?

CLAUDIO.--Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta un corazón?

LAERTES.--¿Por qué lo preguntáis?