Hamlet: Drama en cinco actos

Part 6

Chapter 63,895 wordsPublic domain

¡Oh, mi culpa es atroz! Su hedor sube al cielo, llevando consigo la maldición más terrible; la muerte de un hermano. No puedo recogerme á orar, por más que eficazmente lo procuro; que es más fuerte que mi voluntad el delito que la destruye. Como el hombre á quien dos obligaciones llaman, me detengo á considerar por cuál empezaré primero, y no cumplo ninguna... Pero si este brazo execrable estuviese aún más teñido en la sangre fraterna, ¿faltará en los cielos piadosos suficiente lluvia para volverle cándido como la nieve misma? ¿De qué sirve la misericordia, si se niega a ver el rostro del pecado? ¿Qué hay en la oración sino aquella duplicada fuerza, capaz de sostenernos al ir á caer, ó de adquirirnos el perdón habiendo caído? Sí, alzaré mis ojos al cielo, y quedará borrada mi culpa... Pero ¿qué género de oración habré de usar? Olvida, Señor, olvida el horrible homicidio que cometí... ¡Ah! que será imposible, mientras vivo poseyendo los objetos que me determinaron á la maldad: mi ambición, mi corona, mi esposa... ¿Podrá merecerse el perdón cuando la ofensa existe? En este mundo estragado sucede con frecuencia que la mano delincuente, derramando el oro, aleja la justicia y corrompe con dádivas la integridad de las leyes; no así en el cielo, que allí no hay engaños, allí comparecen las acciones humanas como ellas son, y nos vemos compelidos á manifestar nuestras faltas todas sin excusa, sin rebozo alguno... En fin, ¿qué debo hacer?... Probemos lo que puede el arrepentimiento... ¿y qué no podrá?... Pero ¿qué ha de poder con quien no puede arrepentirse? ¡Oh situación infeliz! ¡Oh conciencia, ennegrecida con sombras de muerte! ¡Oh alma mía aprisionada! que cuanto más te esfuerzas para ser libre, más quedas oprimida. ¡Angeles, asistidme! Probad en mí vuestro poder. Dóblense mis rodillas tenaces; y tú, corazón mío de aceradas fibras, hazte blando como los nervios del niño que acaba de nacer. Todo, todo puede enmendarse.

(_Se arrodilla y apoya los brazos y la cabeza en un sillón_).

ESCENA XXIII

CLAUDIO, HAMLET

HAMLET.--Esta es la ocasión propicia. Ahora está rezando, ahora le mato... (_Saca la espada, da algunos pasos en ademán de herirle; se detiene, y se retira otra vez hacia la puerta_). Y así se irá al cielo... ¿Y es esta mi venganza? No, reflexionemos. Un malvado asesina á mi padre, y yo, su hijo único, aseguro al malhechor la gloria; ¿no es esto, en vez de castigo, premio y recompensa? El sorprendió á mi padre acabados los desórdenes del banquete, cubierto de más culpas que mayo tiene flores... ¿Quién sabe, sino Dios, la estrecha cuenta que hubo de dar? Pero, según nuestra razón concibe, terrible ha sido su sentencia. ¿Y quedaré vengado dándole á éste la muerte, precisamente cuando purifica su alma, cuando se dispone para la partida? No, espada mía, vuelve á tu lugar, y espera ocasión de ejecutar más tremendo golpe. Cuando esté ocupado en el juego, cuando blasfeme colérico, ó duerma con la embriaguez, ó se abandone á los placeres incestuosos del lecho, ó cometa acciones contrarias á su salvación, hiérele entonces; caiga precipitado al profundo, y su alma quede negra y maldita, como el infierno que ha de recibirle. (_Envaina la espada_). Mi madre me espera. Malvado, esta medicina, que te dilata la dolencia, no evitará tu muerte.

ESCENA XXIV

CLAUDIO

Mis palabras suben al cielo, mis afectos quedan en la tierra. (_Se levanta, con agitación_). Palabras sin afectos nunca llegan á los oídos de Dios.

ESCENA XXV

Cuarto de la reina

GERTRUDIS, POLONIO, HAMLET

POLONIO.--Va á venir al momento. Mostradle entereza; decidle que sus locuras han sido demasiado atrevidas é intolerables, que vuestra bondad le ha protegido, mediando entre él y la justa indignación que excitó. Yo entre tanto retirado aquí, guardaré silencio. Habladle con libertad, yo os lo suplico.

HAMLET (_gritando desde adentro_).--¡Madre! ¡madre!

GERTRUDIS.--Así te lo prometo; nada temo. Ya le siento llegar. Retírate.

(_Polonio se oculta detrás de unos tapices_).

ESCENA XXVI

GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO

HAMLET.--¿Qué me mandáis, señora?

GERTRUDIS.--Hamlet, muy ofendido tienes á tu padre.

HAMLET.--Madre, muy ofendido tenéis al mío.

GERTRUDIS.--Ven, ven aquí; tú me respondes con lengua demasiado libre.

HAMLET.--Voy, voy allá... y vos me preguntáis con lengua bien perversa.

GERTRUDIS.--¿Qué es esto, Hamlet?

HAMLET.--¿Y qué es eso, madre?

GERTRUDIS.--¿Te olvidas de quien soy?

HAMLET.--No, por la cruz bendita que no me olvido. Sois la reina, casada con el hermano de vuestro primer esposo, y... ¡ojalá no fuera así!... ¡Eh! sois mi madre.

GERTRUDIS.--Bien está. Yo te pondré delante de quien te haga hablar con más acuerdo.

HAMLET.--Venid (_Hamlet, asiendo de un brazo á Gertrudis, la hace sentar_), sentaos, y no saldréis de aquí, no os moveréis, sin que os ponga un espejo delante, en que veáis lo más oculto de vuestra conciencia.

GERTRUDIS.--¿Qué intentas hacer? ¿Quieres matarme?... ¿Quién me socorre? ¡Cielos!

(Al ver Gertrudis la extraordinaria agitación que Hamlet manifiesta en su semblante y acciones, teme que va á matarla, y grita despavorida pidiendo socorro. Polonio quiere salir de donde está oculto, y después se detiene. Hamlet advierte que los tapices se mueven, sospecha que Claudio está escondido detrás de ellos, saca la espada, da dos ó tres estocadas sobre el bulto que halla, y prosigue hablando con su madre.)

POLONIO.--Socorro pide... ¡oh!...

HAMLET.--¿Qué es esto?... Un ratón... Murió... Un ducado á que ya está muerto.

POLONIO.--¡Ay de mí!

GERTRUDIS.--¿Qué has hecho?

HAMLET.--Nada... ¿Qué sé yo?... ¿Si sería el rey?

GERTRUDIS.--¡Qué acción tan precipitada y sangrienta!

HAMLET.--Es verdad, madre mía, acción sangrienta, y cuasi tan horrible como la de matar á un rey, y casarse después con su hermano.

GERTRUDIS.--¿Matar á un rey?

HAMLET.--Sí, señora, eso he dicho. (_Alza el tapiz, y aparece Polonio muerto en el suelo_). Y tú, miserable, temerario, entrometido, loco... Adiós. Yo te tomé por otra persona de más consideración. Mira el premio que has adquirido; ve ahí el riesgo que tiene la demasiada curiosidad... (_Volviendo á hablar con Gertrudis, á quien hace sentar de nuevo_). No, no os torzáis las manos... Sentaos aquí, y dejad que yo os tuerza el corazón. Así he de hacerlo, si no le tenéis formado de impenetrable pasta, si las costumbres malditas no le han convertido en un muro de bronce opuesto á toda sensibilidad.

GERTRUDIS.--¿Qué hice yo, Hamlet, para que con tal aspereza me insultes?

HAMLET.--Una acción que mancha la tez purpúrea de la modestia, y da nombre de hipocresía á la virtud; arrebata las flores de la frente hermosa de un inocente amor, colocando un vejigatorio en ella; que hace más pérfidos los votos conyugales que las promesas del tahur; una acción que destruye la buena fe, alma de los contratos, y convierte la inefable religión en una complicación frívola de palabras; una acción, en fin, capaz de inflamar en ira la faz del cielo, y trastornar con desorden horrible esta sólida y artificiosa máquina del mundo, como si se aproximara su fin temido.

GERTRUDIS.--¡Ay de mí! ¿Y qué acción es esa, que así exclamas al anunciarla con espantosa voz de trueno?

HAMLET.--Veis aquí presentes en esta y esta pintura (_señalando á dos retratos que habrá en la pared, uno del rey Hamlet, y otro de Claudio_) los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuánta gracia residía en aquel semblante! Los cabellos del sol, la frente como la del mismo Júpiter, su vista imperiosa y amenazadora como la de Marte, su gentileza semejante á la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega á los cielos. ¡Hermosa combinación de formas, donde cada uno de los dioses imprimió su carácter, para que el mundo admirase tantas perfecciones en un hombre solo. Este fué vuestro esposo. Ved ahora el que sigue. Este es vuestro esposo, que como la espiga con tizón destruye la santidad de su hermano. ¿Lo veis bien?... Ni podéis llamarlo amor, porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y obedientes á la prudencia; ¿y qué prudencia descendería desde aquél a éste? Sentidos tenéis, que a no ser así, no tuvierais afectos; pero esos sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría incurrir en tanto error; ni el frenesí tiraniza con tal exceso las sensaciones, que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos objetos cuya diferencia es tan visible... ¿Qué espíritu infernal os pudo engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los oídos, el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera bastado á impedir tal estupidez... ¡Oh modestia! ¿y no te sonrojas? ¡Rebelde infierno! si así pudiste inflamar las médulas de una matrona, permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la cera, y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se enciende, y es ya el entendimiento el que prostituye el corazón.

GERTRUDIS.--¡Oh Hamlet! no digas más... Tus razones me hacen dirigir la vista á mi conciencia, y advierto allí las más negras y groseras manchas, que acaso nunca podrán borrarse.

HAMLET.--¡Y permanecer así entre el pestilente sudor en un lecho incestuoso, envilecida en corrupción, prodigando caricias de amor en aquella sentina impura!

GERTRUDIS.--No más, no más, que esas palabras como agudos puñales hieren mis oídos... No más, querido Hamlet.

HAMLET.--Un asesino... un malvado... vil... inferior mil veces á vuestro difunto esposo... escarnio de los reyes, ratero del imperio y el mando, que robó la preciosa corona, y se la guardó en el bolsillo.

GERTRUDIS.--No más...

ESCENA XXVII

GERTRUDIS, HAMLET, la sombra del rey Hamlet

HAMLET.--Un rey de botarga... ¡Oh espíritus celestes! defendedme, cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada sombra?

GERTRUDIS.--¡Ay! que está fuera de sí.

HAMLET.--¿Vienes acaso á culpar la negligencia de tu hijo, que debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?... Habla.

LA SOMBRA.--No lo olvides. Vengo á inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. Pero ¿ves? Mira cómo has llenado de asombro á tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada, y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.

HAMLET.--¿En qué pensáis, señora?

GERTRUDIS.--¡Ay! ¿y en qué piensas tú, que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo?... Toda tu alma se ha pasado á tus ojos, que se mueven horribles; y tus cabellos, que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados á quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación la paciencia fría... ¿A quién estás mirando?

HAMLET.--A él, á él... ¿Le veis qué pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían á conmover las piedras... ¡Ay! no me mires así; no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios, y en vez de sangre se derramen lágrimas.

GERTRUDIS.--¿A quién dices eso?

HAMLET.--¿No veis nada allí?

GERTRUDIS.--Nada, y veo todo lo que hay.

HAMLET.--¿Ni oísteis nada tampoco?

GERTRUDIS.--Nada más que lo que nosotros hablamos.

HAMLET.--Mirad, allí... ¿Le veis?... Ahora se va... Mi padre... con el traje mismo que se vestía... ¿Veis por dónde va?... Ahora llega al pórtico.

ESCENA XXVIII

GERTRUDIS, HAMLET

GERTRUDIS.--Todo es efecto de la fantasía. El desorden que padece tu espíritu produce esas ilusiones vanas.

HAMLET.--¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro late con regular intervalo, y anuncia igual salud en sus compases... Nada de lo que he dicho es locura. Haced la prueba, y veréis si os repito cuantas ideas y palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah, madre mía! en merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña, creyendo que es mi locura la que habla, y no vuestro delito. Con tal medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña pestífera que interiormente la corrompe... Confesad al cielo vuestra culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro, y no extendáis el beneficio sobre las malas hierbas para que prosperen lozanas. Perdonad este desahogo á mi virtud, ya que en esta delincuente edad la virtud misma tiene que pedir perdón al vicio, y aun para hacerle bien le halaga y le ruega.

GERTRUDIS.--¡Ay, Hamlet! tú despedazas mi corazón.

HAMLET.--¿Sí? Pues apartad de vos aquella porción más dañada, y vivid con la que resta más inocente. Buenas noches... Pero no volváis al lecho de mi tío. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre, aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en lo demás es un demonio, tal vez es un ángel cuando sabe dar á las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche; este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder. Buenas noches; y cuando aspiréis de veras á la bendición del cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición... La desgracia de este hombre (_hace ademán de cargar con el cuerpo de Polonio; pero dejándole en el suelo otra vez vuelve á hablar á Gertrudis_) me aflige en extremo; pero Dios lo ha querido así: á él le ha castigado por mi mano, y á mí también precisándome á ser el instrumento de su enojo. Yo le conduciré adonde convenga, y sabré justificar la muerte que le dí. Basta. Buenas noches. Porque soy piadoso, debo ser cruel; ve aquí el primer daño cometido; pero aun es mayor el que después ha de ejecutarse... ¡Ah! escuchad otra cosa.

GERTRUDIS.--¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?

HAMLET.--No hacer nada de cuanto os he dicho, nada. Permitid que el rey hinchado con el vino, os conduzca otra vez al lecho, y allí os acaricie, apretando lascivo vuestras mejillas, y os tiente el pecho con sus malditas manos, y os bese con negra boca. Agradecida, entonces, declaradle cuanto hay en el caso: decidle que mi locura no es verdadera, que todo es artificio... Sí, decídselo; porque ¿cómo sería posible callárselo? Id, y á pesar de la razón y del sigilo, abrid la jaula sobre el techo de la casa y haced que los pájaros se vuelen; y semejante al mono (tan amigo de hacer experiencias), meted la cabeza en la trampa, á riesgo de perecer en ella misma.

GERTRUDIS.--No, no lo temas; que si las palabras se forman del aliento, y éste anuncia vida, no hay vida ni aliento en mí para repetir lo que me has dicho.

HAMLET.--¿Sabéis que debo ir á Inglaterra?

GERTRUDIS.--¡Ah! ya lo había olvidado. Sí, es cosa resuelta.

HAMLET.--He sabido que hay ciertas cartas selladas, y que mis dos condiscípulos (de quienes yo me fiaré como de una víbora ponzoñosa) van encargados de llevar el mensaje, facilitarme la marcha y conducirme al precipicio. Pero yo los dejaré hacer; que es mucho gusto ver volar al minador con su propio hornillo, y mal irán las cosas o yo excavaré una vara no más, debajo de sus minas, y los haré saltar hasta la luna. ¡Oh, es mucho gusto cuando un pícaro tropieza con quien se las entiende!..... Este hombre me hace ahora su ganapán... (_Quiere llevar á cuestas el cadáver, y no pudiendo hacerlo cómodamente, le ase de un pie, y se le lleva arrastrando_) le llevaré arrastrando á la pieza inmediata. Madre, buenas noches... Por cierto que el señor consejero (que fué en vida un hablador impertinente) es ahora bien reposado, bien serio y taciturno. Vamos, amigo, que es menester sacaros de aquí y acabar con ello. Buenas noches, madre.

ACTO IV

ESCENA PRIMERA

Salón de palacio

CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.--Esos suspiros, esos profundos sollozos alguna causa tienen; dime cuál es, conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?

GERTRUDIS.--Dejadnos solos un instante. (_Vanse Ricardo y Guillermo_). ¡Ah, señor, lo que he visto esta noche!

CLAUDIO.--¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?

GERTRUDIS.--Furioso está como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón; y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.

CLAUDIO.--¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza á todos: á mí, á ti misma, á todos en fin. ¡Oh!... ¿y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán, sin duda, á nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido á ese joven loco, poniéndole en paraje donde á nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la sustancia vital. ¿Y dónde ha ido?

GERTRUDIS.--A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza, aunque mezclado tal vez con metales viles.

CLAUDIO.--Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya; en tanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia para ocultar ó disculpar un hecho tan indigno.

ESCENA II

CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.--¡Oh Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude... Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto á Polonio, y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id á buscarle; habladle con dulzura; y haced llevar el cadáver á la capilla. No os detengáis. (_Vanse Ricardo y Guillermo_). Vamos, que pienso llamar á nuestros más prudentes amigos para darles cuenta de esta imprevista desgracia, y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe, y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón á su blanco), errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh!... Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación y de terror.

ESCENA III

Cuarto de Hamlet

HAMLET, RICARDO, GUILLERMO

HAMLET.--Colocado ya en lugar seguro... Pero...

RICARDO (_desde adentro_).--¡Hamlet! ¡señor!

HAMLET.--¿Qué ruido es este? ¿Quién llama á Hamlet?... ¡Oh! ya están aquí. (_Salen Ricardo y Guillermo_).

RICARDO.--Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?

HAMLET.--Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.

RICARDO.--Decidnos dónde está, para que le hagamos llevar á la capilla.

HAMLET.--¡Ah!... no lo creáis, no.

RICARDO.--¿Qué es lo que no debemos creer?

HAMLET.--Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y además, ¿qué ha de responder el hijo de un rey a las instancias de un entrometido palaciego?

RICARDO.--¿Entrometido me llamáis?

HAMLET.--Sí, señor, entrometido; que como una esponja chupa del favor del rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes á lo último de su carrera es cuando sirven mejor al príncipe; porque éste, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró es el último que se traga. Cuando el rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.

RICARDO.--No comprendo lo que decís.

HAMLET.--Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.

RICARDO.--Señor, lo que importa es que nos digáis en dónde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros á ver al rey.

HAMLET.--El cuerpo está con el rey; pero el rey no está con el cuerpo. El rey viene á ser una cosa, como...

GUILLERMO.--¿Qué cosa, señor?

HAMLET.--Una cosa que no vale nada... Pero guarda, Pablo... Vamos á verle.

ESCENA IV

Salón de palacio

CLAUDIO

Le he enviado á llamar, y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad á este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esa repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, ó son incurables, ó se alivian con desesperados remedios.

ESCENA V

CLAUDIO, RICARDO

CLAUDIO.--¿Qué hay, qué ha sucedido?

RICARDO.--No hemos podido lograr que nos diga adonde ha llevado el cadáver.

CLAUDIO.--Pero él ¿en dónde está?

RICARDO.--Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.

CLAUDIO.--Traedle á mi presencia.

RICARDO.--Guillermo: que venga el príncipe.

ESCENA VI

CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, criados

CLAUDIO.--Y bien, Hamlet, ¿en dónde está Polonio?

HAMLET.--Ha ido á cenar.

CLAUDIO.--¿A cenar? ¿Adonde?

HAMLET.--No adonde coma, sino adonde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos á los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo que nos come después. El rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes, pero se sirven á una misma mesa. En esto para todo.

CLAUDIO.--¡Ah!

HAMLET.--Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido á un rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.

CLAUDIO.--¿Y qué quieres decir con eso?

HAMLET.--Nada más que manifestar cómo un rey puede pasar progresivamente á las tripas de un mendigo.

CLAUDIO.--¿En dónde está Polonio?

HAMLET.--En el cielo. Enviad á alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle á buscar á otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.

CLAUDIO.--Id á buscarle.

(_Vanse los criados_).

HAMLET.--No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.

CLAUDIO.--Este suceso, Hamlet, exige que atiendas á tu propia seguridad, la cual me interesa tanto como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje á Inglaterra.

HAMLET.--¿A Inglaterra?

CLAUDIO.--Sí, Hamlet.

HAMLET.--Muy bien.

CLAUDIO.--Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin á que se encaminan mis deseos.

HAMLET.--Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos á Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!

CLAUDIO.--¿Y tu padre que te ama, Hamlet?

HAMLET.--Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, con que... mi madre... ¡Eh! Vamos á Inglaterra.

ESCENA VII

CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.--Seguidle inmediatamente; instad con viveza su embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto es necesario á esta comisión, está sellado y pronto. Id, no os detengáis. (_Vanse Ricardo y Guillermo._) Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aun miras sangrientas las heridas que recibiste del acero dinamarqués, y en dócil temor me pagas tributos, no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que por cartas escritas á este fin te pide con la mayor instancia la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que descargaste el golpe, por más feliz que mi suerte sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad ni la alegría.

ESCENA VIII

Campo solitario en las fronteras de Dinamarca

FORTIMBRAS, un capitán, soldados