Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 27
Mal haya la riqueza, pues que muchas veces por ella pierden muchas personas nobles muy buenas ocasiones por no ser ricos, como ahora tenemos ejemplo en Gazul que le desecharon, porque decían que no era tan rico como Zaide, según parece por el romance; pero a mi parecer no se puede creer que Zaida olvidase a Gazul por ser pobre, al cabo de seis años de amores, en el cual tiempo no podría ignorar Zaida su necesidad; y no podía ser perfecto amor, si fuera fundado en interés, porque por eso pintan a Cupido desnudo, que se entiende que los amantes han de estar desnudos de todo punto de materia de interés, porque si allí, como entre verdaderos amantes, de dos voluntades y de dos almas hacen una por la obediencia que el uno al otro se tienen, es fuerza que en lo menos, que es la hacienda, haya de haber la misma conformidad; y así digo, que no es posible sino que por causa de sus padres o deudos dejó Zaida a Gazul; y así parece por aquel romance que trata del juego de cañas de Gelves, donde ella confesó a su criada querer a Gazul; por donde se colige que la casaron contra su voluntad.
Este romance dicho, y su principio va fuera del blanco de la historia, y ahora, salvo paz de su autor, va enmendado, declarando fielmente la historia; porque verdaderamente fueron los amores de Gazul en tiempo de los reyes Católicos, y Sevilla y Jerez ya eran de cristianos; Sevilla ganada por el rey D. Fernando el III, y Jerez por el rey D. Alonso XI; y así no faltó otro poeta que compusiese otro romance por el mismo tema, y no tan intrincado como el pasado, el cual dice así:
No de tal braveza lleno Rodamonte el africano, que llamaron rey de Argel, y de Zarza intitulado, Salió por su Doralice contra el fuerte Mandricardo, como salió el buen Gazul de Sidonia aderezado Para emprender un hecho, tal, que nunca se ha intentado; y para aquesto se adorna de jacerina y de jaco, Y al lado puesto un estoque que de Fez le fue enviado, muy fino y de duro temple, que le forjara un cristiano Que allá estaba en Fez cautivo, porque del rey era esclavo: más le estimaba Gazul que a Granada y su reinado. Sobre las armas se pone un alquicel leonado: lanza no quiere llevar por ir más disimulado. Pártese para Jerez, do lleva puesto el cuidado; toda la Vega atropella, corriendo con su caballo. Vadeando pasó el río, que Guadalete es llamado, el que da famoso nombre al Puerto antiguo nombrado, Que dicen Santa María de este nuestro mar hispano. Así como pasó el río, más aprieta a su caballo Para llegar a Jerez, ni muy tarde ni temprano; porque se casa su Zaida con un moro sevillano, Por ser rico y poderoso, y en Sevilla emparentado; y biznieto de un alcaide que fue en Sevilla nombrado Del Alcázar y la Torre; moro valiente, esforzado. Pues de casarla con este a su Zaida habían tratado; Mas aqueste casamiento caro al moro le ha costado, porque el valiente Gazul a Jerez había llegado. A dos horas de la noche, que así lo tiene acordado, junto a la casa de Zaida se puso disimulado. Pensando está qué haría en un caso tan pesado; determina entrar adentro por matar al desposado. Ya que a esto estaba resuelto, vido salir muy despacio mucha caterva de gente con mil hachas alumbrando. Su Zaida venía en medio con su esposo de la mano, que los llevan los padrinos a desposar a otro cabo. El buen Gazul que los vido, con ánimo alborotado, como si fuera un león se había encolerizado. Mas refrenando la ira se acercó con su caballo, por acertar en su intento, y en nada salir errado; Y aguarda llegue la gente donde él estaba parado; y como llegaron junto, a su estoque puso mano, Y en alta voz que le oyeran, de esta manera ha hablado: «No pienses gozar de Zaida, moro bajo, vil, villano: No me tengas por traidor, pues que te aviso y te hablo; pon mano a tu cimitarra, si presumes de esforzado.» Estas palabras diciendo, un golpe le había tirado de una estocada cruel, que le pasó al otro lado. Muerto cayó el triste moro de aquel golpe desastrado: todos dicen: _muera, muera_ _hombre que ha hecho tal daño._ El buen Gazul se defiende, nadie se llega a enojarlo; de esta manera Gazul se escapa con su caballo.
Admirados quedaron todos los que iban acompañando a los desposados de lo que Gazul hizo, y algunos heridos, porque pretendieron vengar la muerte del desposado; y visto que no podían ofender a Gazul por ir a caballo, y por ser valiente, alzaron el cuerpo del moro ya difunto, y le volvieron a casa de Zaida haciendo grandes llantos sus parientes y ella; la cual toda aquella noche no cesó de llorar a su amado esposo, y no le quedó de sus llantos otro consuelo, sino que sería posible que el enamorado Gazul tornaría a servirla como solía, y que se casaría con ella; lo cual sucedió muy diferentemente.
La mañana venidera fue enterrado el difunto con mucha pompa, no sin faltar llanto de una parte y de otra. Los parientes del muerto se conjuraron de seguir a Gazul hasta la muerte por vía de justicia, porque de otra suerte no tenían remedio.
Pues volviendo a Gazul, así como vio cumplido el fin de su deseo y juramento, como desesperado se fue a Granada donde tenía su hacienda y parientes; mas a pocos días llegado, le fue puesta acusación criminal delante del rey sobre la muerte del sevillano moro, que también se llamaba Zaide.
Mucho le pesó al rey de la acusación, porque amaba mucho a Gazul por su valor; mas vista y entendida la causa, no pudo menos de dar contento a los acusadores. Finalmente el mismo rey puso la mano en este caso, y con él otros caballeros de los más principales de Granada; y tanto hicieron en ello, que condenaron a Gazul en dos mil doblas para las partes, y así fue libre de este negocio.
En este tiempo Gazul puso los ojos en Lindaraja, y se dio a servirla, como ya hemos dicho, y ella le quiso bien; y acerca de ella Gazul y Reduán tuvieron aquella batalla que se ha contado.
Finalmente, por respeto de Muza Reduán se apartó de sus amores con Lindaraja, y quedó por Gazul, el cual la sirvió hasta que sucedió la muerte de los Abencerrajes, donde fue muerto el padre de Lindaraja; y por esto ella se salió de Granada como desterrada, y se fue a Sanlúcar, y con ella Gazul y otros amigos suyos.
Estando en Sanlúcar estos dos amantes, se hablaban y visitaban con gran contento.
Después como el rey D. Fernando cercó a Granada, fue Gazul llamado de sus parientes para que se hallase con ellos en el trato que se había de hacer con el rey de Granada para que al rey cristiano se le entregase la ciudad.
Gazul se partió a Granada, y no faltó quien dijo a Lindaraja los amores de Gazul y Zaida, y la muerte que le dio a su esposo; y aun la dijeron que Gazul estaba en aquella sazón en Jerez, y no en Granada, de lo cual Lindaraja recibió mucha pena y mortales celos en su ánima; y fue la causa principal que Lindaraja se mostró cruel a Gazul cuando volvió de Granada a Sanlúcar.
Pues como vio tanta mudanza en Lindaraja, estaba muy confuso, por no saber la causa de aquellos desdenes, y pretendió hablarla para satisfacerla; pero ella no quiso escucharle, mostrándose cruel.
A esta sazón se ordenaba en Gelves aquel juego de cañas: fue enviado a él Gazul, para lo cual se puso tan galán, como habemos dicho. Antes de ir a Gelves quiso verla y hablarla; hablándola pasó lo atrás referido, y como dijimos fueron a Granada.
Zaida se halló burlada, porque siempre entendió que Gazul volvería a pretenderla; y cuando supo que se había casado, le aborrecía; y dicen que se casó Zaida con un primo hermano de Gazul, que era muy rico y estimado, y vivía en Granada, y mediante esto cesó el rencor.
Pues dejándolo a un lado, y volviendo a nuestra historia, que todavía hay que decir, a pocos días se rebelaron los lugares de la Alpujarra; por lo cual convino que el rey D. Fernando mandase juntar a todos sus capitanes, y estando juntos les dijo:
--Bien sabéis como Dios nuestro Señor ha sido servido de ponernos en posesión de Granada y su reino, con tanta costa y trabajo nuestro. Ahora parece que no temiendo nuestro castigo se han rebelado los lugares de la Sierra, y es menester irlos a conquistar de nuevo. Por tanto, ¿cuál se determina a ir a emprender esta hazaña, y poner mis reales pendones encima de las Alpujarras, que yo lo tendré a gran servicio, y aumentará la honra?
Con esto dio fin a sus razones el rey, aguardando respuesta de algunos de los capitanes: todos los cuales se miraban unos a otros, sin aceptar ninguno la oferta del rey, porque era una conquista muy dificultosa.
Y visto por el capitán D. Alonso de Aguilar que todos estaban suspensos y nadie respondía, se levantó haciendo la reverencia debida, y dijo:
--Esa empresa, Católica majestad, confirmada está para mí, porque la reina me la tiene prometida.
Admirados quedaron todos los demás caballeros de la aceptación de D. Alonso, con la cual el rey también se holgó mucho.
Luego a otro día mandó que se le diesen a D. Alonso mil infantes, todos escogidos, y quinientos hombres de a caballo. Entendió el rey y los de su consejo, que con aquella gente habría harto para tornar a apaciguar aquellos pueblos levantados y rebeldes.
D. Alonso de Aguilar acompañado de muchos caballeros, deudos y amigos suyos que en aquella jornada le quisieron acompañar, se partió de Granada y comenzó a subir la sierra.
Los moros así que supieron la venida de los cristianos, con presteza se apercibieron para defenderse, y tomaron todos los pasos más estrechos y angostos del camino, para impedir a los cristianos la subida: después marchando D. Alonso con su escuadrón y metidos por los caminos más estrechos, los moros con grandes alaridos acometieron a los cristianos, arrojando gran muchedumbre de peñascos las cuestas abajo, con lo que hacían muy notable daño en la cristiana gente, y tanto, que mataban a muchos.
La gente de a caballo fue desbaratada de todo punto, y se hubo de retirar atrás por no poder hacer ningún efecto; y allí murieron muchos de ellos.
Visto por D. Alonso el poco provecho de sus caballos, y la destrucción total de los infantes, a grandes voces animaba su gente subiendo todavía; pero ningún provecho se les seguía de esto, porque sin pelear los moros mataban muchos soldados con las peñas que arrojaban.
Fue tal la matanza, que cuando D. Alonso llegó a lo alto no tenía quien le ayudase, porque los que subieron con él eran pocos y mal heridos; y en la cumbre de la sierra, en un llano que había, determinó de pelear con los moros, y cargaron tantos, que en breve tiempo mataron a los cansados cristianos; y el último fue D. Alonso, habiendo mostrado el valor de su animoso corazón, pues cuando él murió había muerto más de treinta moros.
Algunos se escaparon y dieron la nueva al rey D. Fernando de la pérdida de D. Alonso de Aguilar y su gente; lo cual fue muy sentido en toda la corte, y por este suceso se hizo el siguiente
ROMANCE.
Estando el rey D. Fernando en conquista de Granada, donde están duques y condes, y otros señores de salva, Con valientes capitanes de la nobleza de España; después de haberla ganado a sus capitanes llama. De que los tuviera juntos desta manera les habla: «¿Cuál de vosotros, amigos, irá a la sierra mañana a poner el mi pendón encima del Alpujarra?» Míranse unos a otros, y el sí ninguno le daba, que la ida es peligrosa, y dudosa la tornada: Y con el temor que tienen a todos tiembla la barba, si no fuera a D. Alonso que de Aguilar se llamaba. Levantose en pie ante el rey, desta manera le habla: «Aquesta empresa, señor, para mí estaba guardada; Que mi señora la reina ya me la tiene mandada.» Alegrose mucho el rey por la oferta que le daba. Aún no era amanecido D. Alonso ya cabalga con quinientos de a caballo y mil infantes llevaba. Comenzó a subir la sierra que llamaban la Nevada: los moros cuando los vieron ordenaron gran batalla, Y entre ramblas y mil cuestas se pusieron en parada. La batalla se comienza muy cruel y ensangrentada, Porque los moros son muchos, tienen la cuesta ganada; aquí la caballería no podía pelear nada; Y así con grandes peñascos fue en un punto destrozada; los que escaparon de aquí vuelven huyendo a Granada. D. Alonso y sus infantes subieron una llanada, aunque quedan muchos muertos en una rambla y cañada. Tantos cargan de los moros, que a los cristianos mataban; solo queda D. Alonso, su compaña es acabada. Pelea como un león, pero no le aprovechaba, porque los moros son muchos, y ningún vagar le daban. En mil partes está herido, no puede mover la espada; por la sangre que ha perdido D. Alonso se desmaya: al fin cayó muerto en tierra, a Dios rindiendo su alma. No se tiene por buen moro el que no le da lanzada; lo llevaron a un lugar que es Oxijerán nombrada. Allí lo vienen a ver como a cosa señalada: míranle moros y moras, y de su muerte se holgaban. Llorábale una cautiva, una cautiva cristiana, que de chiquito en la cuna a sus pechos le criara. A las palabras que dice cualquiera moro lloraba: «D. Alonso, D. Alonso, Dios perdone la tu alma, pues te mataron los moros, los moros del Alpujarra.»
Este fin lastimoso tuvo D. Alonso de Aguilar: ahora sobre su muerte hay discordia entre los poetas que sobre esta historia han escrito romances; porque uno dice que esta batalla y otra de cristianos fue en la Sierra Nevada; otro poeta que hizo el romance de río Verde, dice que fue la batalla en Sierra Bermeja.
No sé cuál elija: el lector puede hacer esta elección, pues importa poco que muriera en una parte o en otra, que todo se llama Alpujarra; aunque me parece que la batalla dicha pasó en Sierra Bermeja, y así lo declara un romance que dice así:
Río Verde, río Verde, tinto vas en sangre viva, entre ti y Sierra Bermeja murió gran caballería. Murieron duques y condes, señores de gran valía; allí muriera Urdiales, hombre de valor y estima. Huyendo va Sayavedra por una ladera arriba, tras él iba un renegado que muy bien le conocía. Con algazara muy grande de esta manera decía: «Date, date, Sayavedra, que muy bien te conocía. Bien te vide jugar cañas en la plaza de Sevilla, y bien conocí a tus padres, y a tu mujer Doña Elvira. Siete años fui tu cautivo, y me diste mala vida; ahora lo serás mío, o me ha de costar la vida.» Sayavedra que lo oyera, como un león revolvía; tirole el moro un cuadrillo, y por alto hizo la vía. Sayavedra con su espada duramente le hería; cayó muerto el renegado de aquella grande herida. Cercaron a Sayavedra más de mil moros que había; hiciéronle mil pedazos con saña que de él tenían. D. Alonso en este tiempo muy gran batalla le hacían, el caballo le habían muerto, por muralla le tenía, Y arrimado a un gran peñón con valor se defendía: muchos moros tiene muertos; mas muy poco le valía, Porque sobre él cargan muchos, y le dan grandes heridas; tantas, que allí cayó muerto entre la gente enemiga. También el conde de Ureña, mal herido en demasía, se sale de la batalla llevado por una guía, Que sabía bien la senda que de la sierra salía; muchos moros deja muertos por su grande valentía. También algunos se escapan, que al buen conde le seguían; D. Alonso quedó muerto, recobrando nueva vida con una fama inmortal de su esfuerza y valentía.
Teniendo noticia algunos poetas que la muerte de D. Alonso de Aguilar fue en Sierra Bermeja, alumbrados de los cronistas reales habiendo visto el romance pasado, no faltó un poeta que hizo otro nuevo, que dice así:
Río Verde, río Verde, cuánto cuerpo en ti se baña de cristianos y de moros, muertos por la dura espada. Y tus hondas cristalinas de roja sangre se esmaltan; entre moros y cristianos muy gran batalla se traba. Murieron duques y condes, grandes señores de salva; murió gente de valía de la nobleza de España. En ti murió D. Alonso, que de Aguilar se llamaba, el valeroso Urdiales, con D. Alonso acababa. Por una ladera arriba el buen Sayavedra marcha; natural es de Sevilla, de la gente más granada; Tras él iba un renegado, de esta manera le habla: «Date, date, Sayavedra, no huyas de la batalla: Yo te conozco muy bien, gran tiempo estuve en tu casa, y en la plaza de Sevilla bien te vide jugar cañas: Conozco a tu padre y madre, y a tu mujer Doña Clara; siete años fui tu cautivo, malamente me tratabas, Y ahora lo serás mío, si Mahoma me ayudara, y también te trataré, como tú a mí me tratabas.» Sayavedra que le oyera al moro volvió la cara; tirole el moro una flecha, pero nunca le acertaba. Hiriérale Sayavedra de una herida muy mala; muerto cayó el renegado sin poder hablar palabra. Sayavedra fue cercado de mucha mora canalla, y al cabo cayó allí muerto de una muy mala lanzada. D. Alonso en este tiempo bravamente peleaba; el caballo le habían muerto, y le tiene por muralla. Mas cargaron tantos moros, que mal le hieren y tratan; de la sangre que perdía D. Alonso se desmaya. Al fin, al fin, cayó muerto al pie de una peña alta; también el conde de Ureña mal herido se compara. Guiárale un adalid, que sabe bien las entradas; muchos salen tras el conde que le siguen las espaldas: muerto queda D. Alonso, eterna fama ganara.
Esta fue la honrada muerte del valeroso D. Alonso de Aguilar; y como hemos dicho les pesó mucho a los reyes Católicos, los cuales como viesen la brava resistencia de los moros, por estar en tan ásperos lugares, no quisieron enviar por entonces contra ellos más gente.
Mas los moros de la Serranía viendo que no podían vivir sin tratar en Granada, los unos pasaron a África, y los otros se dieron al rey D. Fernando, el cual los recibió muy bien, lleno de clemencia y gozo.
Este fin tuvieron los bandos y guerras de Granada, a honra y gloria de Dios nuestro Señor.
FIN DEL TOMO PRIMERO.
ÍNDICE.
PRÓLOGO. III
CAPÍTULO I. En que se trata de la fundación de Granada, y los reyes que hubo en ella, con otras muchas cosas tocantes a la Historia. 1
CAPÍTULO II. En que se trata de la sangrienta batalla de los Alporchones, y la gente que en ella se halló de moros y cristianos. 13
CAPÍTULO III. En que se declaran los nombres de los nobles caballeros moros de Granada, de los treinta y dos linajes, y otras cosas que pasaron en Granada. Asimismo se nombran todos los lugares que estaban en aquel tiempo debajo de la corona de Granada. 26
CAPÍTULO IV. Que trata de la batalla que el valiente Muza tuvo con el Maestre, y de otras cosas que también pasaron. 35
CAPÍTULO V. Que trata de un sarao que se hizo en palacio entre las damas de la reina y los caballeros de la corte, sobre el cual hubo pesadas palabras entre Muza y Zulema Abencerraje, y de lo que pasó. 46
CAPÍTULO VI. Cómo se hicieron fiestas en Granada, y por ellas se encendieron más las enemistades de los Zegríes, Abencerrajes, Alabeces, y Gomeles, y lo que pasó entre Zaide y Zaida acerca de sus amores. 55
CAPÍTULO VII. Del triste llanto que hizo la hermosa Fátima por la muerte de su padre, y cómo se iba a Almería la bella Galiana, si su padre no viniera, la cual estaba muy vencida de amores de Sarracino; y de lo que entre él y Abenámar pasó una noche debajo de las ventanas del real palacio. 86
CAPÍTULO VIII. De la batalla cruel que Malique Alabez tuvo con D. Manuel Ponce de León en la Vega, y de lo que en ella sucedió. 94
CAPÍTULO IX. En que se da cuenta de unas fiestas solemnes, y juego de sortija, que se hicieron en Granada, y como se iban encendiendo los bandos de los Zegríes y Abencerrajes. 103
CAPÍTULO X. Que declara el fin que tuvo el juego de la sortija, y el desafío que hubo entre el moro Albayaldos y el maestre de Calatrava. 124
CAPÍTULO XI. De la batalla que Albayaldos tuvo con el maestre de Calatrava, y cómo el maestre le venció y dio muerte. 157
CAPÍTULO XII. En que se da cuenta de una pendencia que los Zegríes tuvieron con los Abencerrajes, y cómo estuvo Granada a punto de perderse. 184
CAPÍTULO XIII. En que se da cuenta de lo que sucedió al rey Chico y a su gente yendo a entrar en Jaén, y la gran traición que los Zegríes y Gomeles levantaron a la reina mora y a los caballeros Abencerrajes, y muerte de ellos. 228
CAPÍTULO XIV. En que se da cuenta cómo los traidores pusieron acusación a la reina y a los Abencerrajes, y cómo la reina fue presa por ellos, y dio cuatro caballeros que la defendiesen, y de lo demás que sucedió. 262
CAPÍTULO XV. En que se da cuenta de la batalla que se hizo entre los cuatro caballeros cristianos y los cuatro moros sobre la libertad de la reina, y cómo vencieron los cristianos y mataron a los moros, y cómo la reina fue libre; y de otras cosas más. 320
CAPÍTULO XVI. De lo que pasó en Granada, y cómo se volvieron a refrescar los bandos de ella, y la prisión del rey Mulahacén en Murcia, y la del rey Chico en Andalucía, y de otras cosas. 351
CAPÍTULO XVII. En que se da cuenta del cerco de Granada por los reyes Católicos, y de la fundación de Santa Fe. 390