Guerras civiles de Granada: Tomo I
Part 2
El 9.º rey de Granada se llamó Mahomad Abenhámar, VII de este nombre: a este le mató el rey D. Pedro en Sevilla, sin culpa, habiendo ido a pedirle amistad y favor: matole el mismo rey D. Pedro por su mano con una lanza, y mandó matar a otros que iban con este rey: habiendo reinado dos años, acabó año de 1359. Fue enviada su cabeza en forma de presente a la ciudad de Granada. Tornó a reinar Mahomad Lagús en Granada, y reinó en las dos veces veinte y nueve años: la primera vez doce, y la segunda diez y siete: acabó año 1376.
El 10 rey de Granada se llamó Mahomad Ovadiz, y reinó tres años pacífico, y acabó año de 1379.
El 11 rey de Granada se llamó Iusef, II de este nombre, el cual murió con veneno que el rey de Fez le envió puesto en una aljaba o marlota de brocado: reinó tres años, y acabó año de 1382.
El 12 rey de Granada fue llamado Mahomad Abenhámar: reinó once años, acabó año de 1394. Su muerte fue de una camisa que se puso emponzoñada con veneno.
El 13 rey de Granada fue llamado Iusef, III de este nombre: reinó quince años: murió año de 1409.
El 14 rey de Granada fue llamado Mahomad Abenázar, el Izquierdo. Habiendo reinado este cuatro años, le desposeyeron del reino año de 1413.
El 15 rey de Granada fue llamado Mahomad, el Pequeño; a este le cortó la cabeza Abenázar el Izquierdo, arriba dicho, porque le tornó a quitar el reino por orden de Mahomad Catraz, caballero Abencerraje: reinó este Mahomad el Pequeño dos años, y acabó año de 1415.
Tornó a reinar Abenámar el Izquierdo, el cual fue otra vez despojado del reino por Iusef Abenalmo, su sobrino: reinó este rey tres años la última vez, y acabó año de 1418.
El 17 rey de Granada se llamó Abenocín, el Cojo. En tiempo de este sucedió aquella sangrienta batalla de los Alporchones, reinando D. Juan el II. Y pues nos viene a cuento, trataremos de esta batalla, antes de pasar adelante con la cuenta de los reyes moros de Granada.
Es a saber, que según se halla en las crónicas antiguas, así castellanas como arábigas, este rey Abenocín tenía en su corte mucha y muy honrada caballería de moros, porque en Granada había treinta y dos linajes de caballeros, como eran Gomeles, Mazas, Zegríes, Venegas y Abencerrajes; estos eran de muy claro linaje: otros Maliques Alabeces, descendientes de los reyes de Fez y Marruecos, caballeros valerosos, de quien los reyes de Granada siempre hicieron mucha cuenta; porque estos Maliques eran alcaides en el reino de Granada, por tener de ellos mucha confianza, y así servían en las fronteras y partes de mayor peligro, como eran en Vera, el alcaide Malique Alabez, bravo y valeroso caballero; en Vélez el Blanco estaba un hermano suyo, llamado Mahomad Malique Alabez; en Vélez el Rubio había otro hermano de estos alcaides muy valiente, y amigo de los cristianos; otro Alabez había alcaide de Jimena, y otro en Tirieza, frontera de Lorca, y cercana de Orce y Cuéllar, Benamaviel, Castilleja y Caniles, y en otros lugares del reino.
Estos Maliques Alabeces eran alcaides, por ser todos, como hemos dicho, caballeros de estima. Sin estos había otros caballeros en Granada muy principales, de quien los reyes de ella hacían grande cuenta, entre los cuales había un caballero llamado Abidbar, del linaje de Gomeles, caballero valeroso y capitán de la gente de guerra; y no hallándose sino en batallas contra cristianos, le dijo un día al rey:
--Señor, holgaría que tu alteza me diese licencia para entrar en tierra de cristianos, en los campos de Lorca, Murcia y Cartagena, que confianza tengo de venir con ricos despojos y cautivos.
El rey dijo:
--Conocido tengo tu valor, y te otorgo licencia como lo pides; pero temo mal suceso, porque son muy soldados los cristianos de esas tierras que quieres correr.
Respondió Abidbar:
--No tema vuestra alteza peligro, que yo llevaré conmigo tal gente y tales alcaides, que sin temor ninguno ose entrar, no digo en el campo de Lorca y Murcia, mas aun hasta Valencia me atreviera a entrar.
--Pues si ese es tu parecer, sigue tu voluntad, que mi licencia tienes.
Abidbar le besó las manos por ello, y fue a su casa y mandó tocar sus añafiles y trompetas de guerra, al cual bélico son se juntó grande copia de gente bien armada para saber de aquel rebato. Abidbar cuando vio tanta gente junta y tan bien armada, holgó mucho de ella, y les dijo:
--Sabed, buenos amigos, que hemos de entrar en el reino de Murcia, de donde, placiendo al santo Alá, vendremos ricos: por tanto cada cual con ánimo siga mis banderas.
Todos respondieron, que eran contentos; y así Abidbar salió de Granada con mucha gente de a caballo y peones; fue a Guadix, y habló al moro Almoradí, alcaide de aquella ciudad, el cual ofreció su compañía con mucha gente de a caballo y de a pie. También vino el alcaide de Almería, llamado Malique Alabez, con mucha gente muy diestra en la guerra.
De allí pasaron a Baza, donde estaba por alcaide Benariz, el cual también le ofreció su ayuda. En Baza se juntaron once alcaides de aquellos lugares a la fama de esta entrada del campo de Lorca y Murcia, y con aquella gente se fue el capitán Abidbar hasta la ciudad de Vera, donde era alcaide el bravo Alabez Malique, adonde se acabó de juntar todo el ejército de los moros y alcaides que aquí se nombrarán.
El general Abidbar; Abenáriz, capitán de Baza; su hermano Abenáriz, capitán de la Vega de Granada; el Malique Alabez, de Vera; Alabez, alcaide de Vélez el Blanco; Alabez, alcaide de Vélez el Rubio; Alabez, alcaide de Almería; Alabez, alcaide de Cuéllar; otro alcaide de Huéscar; Alabez, alcaide de Orce; Alabez, alcaide de Purchena; Alabez, alcaide de Jimena; Alabez, alcaide de Tirieza: Alabez, alcaide de Caniles.
Todos estos Alabeces Maliques eran parientes, como ya es dicho; se juntaron en Vera, cada uno llevando la gente que pudo.
También se juntaron otros tres alcaides, el de Mojácar, el de Sorbas, y el de Lubrín: todos ya juntos se hizo reseña de la gente que se había juntado, y se hallaron seiscientos de a caballo, aunque otros dicen que fueron ochocientos, y mil y quinientos peones: otros dicen, que dos mil.
Finalmente, se juntó grande poder de gente de guerra; y determinadamente a doce o catorce de mayo, año de mil cuatrocientos treinta y cinco, entraron en los términos de Lorca, y por la marina llegaron al campo de Cartagena, y lo corrieron todo hasta el rincón de S. Ginés y Pinatar, haciendo grandes daños.
Cautivaron mucha gente y ahogaron mucho ganado, y con esta presa se volvían muy ufanos; y en llegando al Puntarón de la Sierra de Aguaderas, entraron en consejo sobre si vendrían por la marina por donde habían ido, o si pasarían por la vega de Lorca.
Sobre esto hubo diferencia, y muchos afirmaban que fuesen por la marina, por ser más seguro. Otros dijeron, que sería grande cobardía, si no pasaban por la vega de Lorca a pesar de sus banderas. De este parecer fue Malique Alabez, y con él todos los alcaides que eran sus parientes.
Pues visto por los moros que aquellos valerosos capitanes estaban determinados de pasar por la vega, no contradijeron cosa alguna; y así las banderas enarboladas, y la presa en medio del escuadrón, comenzaron a marchar la vuelta de Lorca, arrimados a la sierra de Aguaderas.
Los de Lorca tenían ya noticia de la gente que había entrado en sus tierras. D. Alonso Fajardo, alcaide de Lorca, había escrito lo que pasaba a Diego de Ribera, corregidor de Murcia, que luego viniese con la más gente que pudiese. El corregidor no fue perezoso, que con brevedad salió de Murcia con setenta caballos y quinientos peones, toda gente de valeroso ánimo y esfuerzo; y juntose con la gente de Lorca, donde había doscientos caballos, y mil y quinientos peones, gente muy valerosa.
También se halló con ellos Alonso de Lisón, caballero del hábito de Santiago, que era a la sazón castellano en el castillo y fuerza de Aledo. Llevó consigo nueve caballos y catorce peones, que del castillo no se pudieron sacar más.
En este tiempo los moros caminaron a gran priesa, y llegando enfrente de Lorca, cautivaron un caballero llamado Quiñonero, que había salido a requerir el campo; y como ya la gente de Lorca y Murcia venían a priesa y los moros los vieron, se maravillaron viendo junta tanta caballería, y no podían creer que en solo Lorca hubiese tanta lucida gente.
Y Malique Alabez, capitán y alcaide de Vera, le preguntó a Quiñonero, habiéndole quitado el caballo y armas, esta pregunta:
_Alabez._
Anda, cristiano cautivo, tu fortuna no te asombre, y dinos luego tu nombre sin temor de daño esquivo; Que aunque seas prisionero, con el rescate, y dinero, si nos dices la verdad, tendrás luego libertad.
_Quiñonero._
Es mi nombre Quiñonero: soy de Lorca natural, caballero principal; y aunque me sigue fortuna, no tengo pena ninguna, ni se me hace de mal: Que la guerra es condición, que hoy soy tuyo, y ya confío mañana podrás ser mío, y sujeto a mi prisión. Por tanto pregunta, y pide, porque en toda tu pregunta satisfaré sin repunta, pues el temor no me impide.
_Alabez._
Trompetas se oyen sonar, y descubrimos pendones, y caballos, y peones junto de aquel olivar: Y quería, Quiñonero, saber de ti por entero, qué pendones, y qué gente es la que aquí está presente, con ánimo bravo y fiero.
_Quiñonero._
Aquel pendón colorado, con las seis coronas de oro, muy bien muestra su decoro ser de Lorca, y es nombrado; Y el otro que tiene un rey armado por gran blasón, es de Murcia, y es pendón que le conoce su rey. Traen gente belicosa, con gana de pelear; si quieres más preguntar, no siento de esto otra cosa. Apercíbete al combate, porque vienen a gran priesa para quitarte la presa, y dar fin en tu remate.
_Alabez._
Pues por priesa que se den, ya querrá nuestro Alcorán, la Rambla no pasarán, porque no les irá bien; Y si con valor extraño la Rambla pueden romper, muy bien se puede entender, que ha de ser por nuestro daño. Pues al arma, que ellos vienen, y en nada no se detienen: tóquese el son y la zambra, porque lleguen a la Alhambra nuestras famas, y resuenen.
CAPÍTULO II.
_En que se trata de la sangrienta batalla de los Alporchones, y la gente que en ella se halló de moros y cristianos._
Apenas el capitán Malique Alabez acabó de decir estas palabras, cuando el escuadrón de los cristianos acometió con tanta braveza y pujanza que a los primeros encuentros, a pesar de los moros que lo defendían, pasaron la Rambla. No por eso los moros mostraron punto de cobardía, antes tuvieron más ánimo peleando.
Quiñonero, como vio la batalla revuelta, llamó a un cristiano, que cortase la cuerda con que estaba atado; y siendo libre, al punto tomó una lanza de un moro muerto, un caballo y una adarga, y con valor muy crecido, como era valiente caballero, hacía maravillas.
A esta sazón los valerosos capitanes moros, en especial los Maliques Alabeces, se mostraron con tanta fortaleza, que los cristianos estuvieron a punto de pasar la Rambla contra su voluntad; lo cual visto por Alonso Fajardo, y Alonso de Lisón, y Diego de Ribera, y los principales caballeros de Murcia y Lorca, pelearon tan valerosamente, que los moros fueron rompidos, y los cristianos hicieron muy notable daño en ellos.
Los valientes Alabez, y Almoradí, capitán de Guadix, tornaron a juntar gente, y con grande ánimo volvieron sobre los cristianos con bravo ímpetu y fortaleza.
¡Quién viera las maravillas de los capitanes cristianos! Era cosa de ver la braveza con que mataban y herían en los moros.
Abenáriz, capitán de Baza, hacía gran daño en los cristianos, y habiendo muerto a uno de una lanzada, se metió por enmedio de la batalla haciendo cosas muy señaladas; mas Alonso de Lisón, que le vio matar aquel cristiano, de cólera encendido procuró vengar su muerte, y así con grande presteza fue en seguimiento de Abenáriz, llamándole a grandes voces, que le aguardase.
El moro revolvió a mirar quien le llamaba; y visto, reconoció que aquel caballero era de valor, pues traía en su escudo aquella encomienda de Santiago, y entendiendo llevar de él buenos despojos a Baza, le acometió con gran ímpetu; pero el caballero Lisón se defendió con gran destreza, y ofendió y acosó de suerte al moro, que en poco rato le hirió en dos partes; y como se vio tan herido, se encendió en más cólera, y procuró la muerte del contrario: mas muy presto halló en él la suya, porque Lisón le cogió en descubierto de la adarga un golpe por los pechos, tan fuerte, que no aprovechando la cota le metió la lanza por el cuerpo, y al momento cayó el moro muerto del caballo.
El caballo de Lisón quedó mal herido; por lo cual le convino tomar el caballo del alcaide de Baza, que en extremo era bueno, y se entró en el mayor peligro de la batalla, diciendo a voces: _Santiago, y a ellos_.
El famoso Alonso Fajardo andaba entre los moros, y el corregidor de Murcia asimismo, que era cosa de maravilla, y tanto pelearon los de Murcia y Lorca, que los moros fueron segunda vez rompidos; mas el valor de los caballeros granadinos era grande, y pelearon fuertemente; y como tenían tan fuertes caudillos, asistían a la batalla con mucho ánimo; y era tan grande el valor y esfuerzo de Alabez, que en un punto tornó a juntar su gente, y volvió a la lid, como si no hubieran sido rotos alguna vez.
La batalla estaba tan sangrienta, que era admiración, porque había tantos cuerpos de hombres y caballos muertos, que apenas podían andar; pero no por eso dejaban de pelear con mucho esfuerzo ambos ejércitos.
El valiente Alabez hacía por su persona grandes estragos en los cristianos; lo cual visto por Alonso Fajardo, valeroso soldado, y alcaide de Lorca, se maravilló de ver la pujanza del moro, y arremetió con él con tanta braveza que el moro se espantó, y sintió bien su valor; pero como no había en él cobardía, resistió con ánimo la fortaleza de Fajardo, dándole grandes botes de lanza, que a no ir bien armado el alcaide, muriera allí, porque le sirvieron de poco las fuerzas, por ser mayores las de Alonso Fajardo; y habiendo el invencible y valiente alcaide quebrado su lanza, en un instante puso mano a su espada, y con un valor nunca visto se fue para Alabez, y con tanta velocidad y presteza, que no pudo el gallardo moro aprovecharse de la lanza y la perdió, y puso mano al alfanje para herir a Alonso Fajardo: mas el valeroso alcaide, no mirando el peligro que le seguía, cubierto con su escudo arremetió con Alabez, y le dio un golpe sobre la adarga, que le cortó gran pedazo de ella, y asiósela tan fuertemente con la mano izquierda, que casi le desencajó de la silla; y Alabez que le vio tan cerca, le tiró un golpe a la cabeza pensando acabar con él, y si Fajardo no le hurtara el cuerpo, le hiriera; y en esta ocasión cayó el caballo del moro, porque estaba desangrado, y no se podía tener. Apenas Alabez estuvo en el suelo, cuando los peones de Lorca le cercaron maltratándole.
Alonso Fajardo como vio al moro en tal estado, se apeó, y fue a él, y echole los brazos encima con tal fuerza, que Alabez no pudo ser señor de sí. Los peones entonces arremetieron con él, y le prendieron, y Alonso Fajardo mandó que le sacasen de la batalla, y así lo hicieron.
Todavía andaba muy revuelta y sangrienta la batalla, y no parecía ninguno de los capitanes moros, lo cual causó en sus soldados mucha cobardía, y ya no peleaban como antes, ni con aquel brío. La gente de Lorca peleó belicosamente este día, y no menos la de Murcia, que se vio bien su valor.
El capitán Abidbar, como no vio ningún alcaide, ni capitán de los suyos, se salió de la batalla, y desde un alto miró su ejército, y le vio en mal estado; y volviendo como un león a la batalla, le dijeron unos soldados suyos:
--¿Qué aguardas? Ya no ha quedado ningún alcaide ni capitán moro: Alabez de Vera está preso.
Oído esto por Abidbar, perdió la esperanza de la victoria, y así mandó tocar a recoger. Oyendo los moros la reseña se retiraron, y mirando por su general, le vieron ir huyendo por la sierra de Aguaderas, y ellos atemorizados le siguieron.
Los cristianos les iban en alcance hiriéndolos, que de todos no se escaparon trescientos. Siguiéronlos hasta la fuente del Pulpí, junto a Vera, y este día consiguieron los cristianos una singular victoria. Era día de S. Patricio, y Lorca y Murcia le celebran en memoria de la victoria.
Volviéndose los cristianos alegres a Lorca, y cargados de despojos, Alonso Fajardo se llevó a su casa al capitán Malique Alabez, y queriendo entrarle preso por un postigo de un huerto, le dijo Alabez:
--No soy hombre de baja suerte, que he de entrar por ahí, sino por la puerta real de la ciudad.
Y porfió tanto, que enojado Fajardo le hirió de muerte.
Este fue el fin de aquel capitán y alcaide de Vera. Murieron en la batalla doce alcaides Alabeces, parientes del Alabez de Vera, y dos hermanos suyos, alcaides de Vélez el Blanco, y Rubio, y murieron ochocientos moros. De los cristianos murieron cuarenta, y hubo doscientos heridos.
Quedaron los de Lorca y Murcia muy gozosos con la victoria que nuestro Señor, por la intercesión de su Santísima Madre, les concedió.
Volvamos al capitán Abidbar que fue huyendo de la lid. Como llegó a Granada, y el rey supo lo que había pasado, le mandó degollar, porque no murió como caballero en la batalla, pues él fue por caudillo.
Sucedió esta batalla, reinando en Castilla el rey D. Juan el II, y en Granada Albenocín XVII, como está dicho, el cual reinó ocho años, y fue despojado del reino año de 1473.
Por esta batalla de los Alporchones se hizo aquel romance antiguo, que se dice de esta suerte:
Allá en Granada la rica instrumentos oí tocar en calle de los Gomeles, a la puerta de Abidbar: El cual es moro valiente, y muy fuerte capitán; mandó juntar muchos moros bien diestros en pelear, Porque en el campo de Lorca se determinan de entrar. Con él salen tres alcaides, aquí los quiero nombrar: Almoradí de Guadix, ese de sangre real; Abenáriz es el otro, y de Baza natural; Y de Vera es Alabez, de esfuerzo muy singular, y en cualquier guerra su gente bien la sabe acaudillar: Todos se juntan en Vera para ver lo que harán; el campo de Cartagena acuerdan de saquear. A Alabez por ser valiente le hacen su general, otros doce alcaides moros con ellos juntado se han. Van por la fuente del Pulpí, por ser secreto lugar, y por el puerto, los peones por la orilla de la mar. En campos de Cartagena con furor fueron a entrar, cautivaron mil cristianos, que era cosa de espantar. Todo lo corren los moros, sin nada se les quedar; el rincón de S. Ginés, y con ellos el Pinar. Cuando tuvieron gran presa, hacia Vera vuelto se han, y en llegando al Puntarón consejo tomado han, Si pasarían por Lorca, o si irían por la mar. Alabez, como es valiente, por Lorca quiere pasar, Por tenerla muy en poco, y por hacerla pesar; y así con toda su gente comenzaron de marchar. Lorca y Murcia lo supieron, luego los van a buscar, y el comendador de Aledo, que Lisón suelen llamar. Junto de los Alporchones, allí los van a alcanzar, y el comendador de Aledo no dejaba de marchar. Cautivaron un cristiano, caballero principal, al cual llaman Quiñonero, que de Lorca es natural. Alabez que vio la gente, comienza de preguntar: Quiñonero, Quiñonero, dirasme tú la verdad; Pues eres buen caballero, no me la quieras negar: ¿qué pendones son aquellos que están en el olivar? Quiñonero le responde, tal respuesta le fue a dar: Lorca y Murcia son, señor, Lorca y Murcia son, no más; Y el comendador Aledo, de valor más singular, que de la francesa sangre es su prosapia real: Los caballos traen gordos, ganosos de pelear. Allí respondió Alabez, lleno de rabia y pesar: ¡Pues por gordos que los traigan, la Rambla no pasarán, y si ellos la Rambla pasan, Alá, y qué mala señal! Estando en estas razones ha llegado el mariscal, y el buen alcaide de Lorca con esfuerzo muy sin par. Aquel alcaide Fajardo, valeroso en pelear: la gente traen valerosa, no quieren más aguardar. A los primeros encuentros la Rambla pasado han; y aunque los moros son muchos, allí lo pasan muy mal. Mas el valiente Alabez hace gran plaza y lugar: tantos cristianos mataba, que es dolor de lo mirar. Los cristianos son valientes, nada les puede ganar; tantos matan de los moros, que era cosa de espantar. Por la sierra de Aguaderas, huyendo sale Abidbar con trescientos de a caballo, que no pudo más sacar. Fajardo prendió a Alabez con esfuerzo singular, quitó la cabalgadura, que en riqueza no hay su par: Abidbar llegó a Granada, y el rey lo mandó matar.
Este fin es el que tuvo esta sangrienta batalla de Alporchones: vamos ahora a la cuenta de los reyes moros de Granada.
Ya hemos dicho de Albenocín, que fue el 17, en tiempo del cual pasó la batalla de los Alporchones: este reinó ocho años, y fue despojado del reino año 1453.
El rey 18 de Granada fue Ismael, y este le quitó el reino a Albenocín, como está dicho. En tiempo de este Ismael murió Garcilaso de la Vega en una batalla que los moros tuvieron con los cristianos: reinó este Ismael doce años, y acabó año de 1465.
El 19 rey de Granada se llamó Muley Hazén; otros le llamaron Alborzén: este fue hijo del susodicho Ismael. En tiempo de este pasaron grandes cosas en Granada y su vega: tuvo un hijo llamado Boabdilín, y tuvo, según cuenta el Arábigo, otro hijo bastardo, llamado Muza.
Este le hubo en una cristiana cautiva: tuvo un hermano llamado Boabdilín, así como el hijo del rey. Este infante era muy querido de los caballeros de Granada, y muchos por estar mal con el rey su padre le alzaron por rey de Granada; por lo cual le llamaron el rey Chiquito.
Otros caballeros siguieron la parte del rey, de manera que en Granada había dos reyes, padre e hijo, y cada día había muy grandes bandos entre los dos reyes, por donde sucedían muchas muertes: unas veces amigos, otras enemigos. De esta suerte se gobernaba el reino, y no por eso se dejaba de continuar la guerra contra cristianos.
Este rey, padre del rey Chico, estaba siempre en el Alhambra, y el Chico en el Albaicín, y ausente el uno, mandaba y gobernaba el otro; mas el rey viejo fue el que adornó e hizo muy magníficas las cosas de Granada, e hizo grandes y soberbios edificios, por ser muy rico.
Mandó labrar de todo punto la famosa Alhambra, fábrica muy costosa: hizo la famosa Torre de Comares; y el cuarto de los Leones llamose así, porque enmedio dél, que es largo y ancho, hay una fuente de doce leones de alabastro, riquísimamente obrada. Todo el cuarto está solado de muy lucidos azulejos, labrado a lo moro.
Asimismo hizo este rey muchos estanques de agua en la misma Alhambra, y los aljibes del agua tan nombrados.
Hizo la torre de la Campana, de la cual se descubre toda la ciudad de Granada y su vega.
Hizo un maravilloso bosque junto del Alhambra, debajo de los miradores de la misma casa real, donde hoy se parecen muchos venados y conejos.
Mandó labrar los Alijares de oro azul de mazonería, a lo moro. Era tan costosa esta obra, que el artífice que la labraba, ganaba cada día cien doblas.
Mandó hacer encima del cerro de Santa Elena, que así se nombra hoy aquel cerro, una casa de placer muy rica. Hizo la casa de las gallinas a propósito de aquel menester.