Part 14
—Un hijo que se llama _Jesús_—añadió Daniel con sarcasmo parecido al de aquellos que decían: _Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz_.
—¡Un hijo!—gritó madama Spinoza.—¡De esa mujer!...
—¿Concibes tú que le abandone? ¿Concibes tú que deje en manos de los católicos á ese infelíz niño, reproducción de mí mismo? El ha encendido en mi corazón los sentimientos más delicados y más puros. Me ha bastado saber que existía para reconocerme otro, creyéndome capáz de los mayores sacrificios. Veo en él al heredero de mi nombre, de mis creencias, de mi persona toda; y la idea de que no ha de vivir al lado mío, de que recibirá de persona extraña el pan de la instrucción, me aterra, madre querida. Supón que cuando yo era niño me hubieran arrancado los papistas de tu seno, cual otro niño Mortara, criándome en el odio de nuestra raza y enseñándome á maldecir tu nombre.
—No digas eso; cállate.
—¿No hace fuerza en tu mente esta razón?
—Alguna—repuso Esther con perplejidad;—pero nada justifica el engaño.
—Dios ve mi conciencia. ¿Qué importa engañar al Nazareno? ¿Acaso él, que se llamó Dios sin serlo, merece la verdad?... Mi conciencia está tranquila. Ha penetrado en mí, dulce y elocuente como cosa del cielo, el convencimiento de que obro bien y de que agrado á mi Dios en esto. El me dice: «Realiza tu engaño; pero me has de traer al reino de la verdad á la madre y al hijo.»
—¡Fanático! ¡fanático incorregible!—exclamó con agitación Esther, clavando los ojos compasivamente en su hijo.—Quieres dar un tinte religioso á tu acción, cuando lo que te mueve es el egoísmo del amor mundano. Es común en todas las religiones que los enamorados se vuelvan místicos ó por astucia ó por candidéz, y que sean arrastrados por su pasión á las mayores locuras, suponiendo que les inspira una idea religiosa. Hacen de la religión un madrigal, engañando á todos y á sí mismos.
—Por tu vida, ¿me crees de esos?
—Sí, porque siempre tuviste demasiado entusiasmo por la Escritura, y has pasado parte de tu vida comentándola y ahondando en ella, buscándole sus más impenetrables misterios, es decir, echándola á perder. Ultimamente, cuando volviste á casa después de tu naufragio, te engolfaste de tal modo en la teología rabínica, que tuvimos que tapiar tu biblioteca, como la del gran caballero español. Vivías exaltado y melancólico... ¡Pobre hijo mío! ¡Cuán cierto fué mi presagio de que tu mente se desquiciaba!... En todo lo que hoy meditas y proyectas noto los extravíos del visionario y los delirios más absurdos. No puedo decir que no haya cierta grandeza en tus concepciones; pero lo que sí aseguro es que no hay en ellas sentido común.
—Yo creí—dijo Morton con desaliento,—que tu superior inteligencia las comprendería y las estimaría.
—A nosotros nos han educado en lo práctico, hijo querido. Esta costumbre de vivir y pensar en lo práctico me hace ver muchos inconvenientes en tu proyecto. El principal es que no podrás quebrantar la firme fe de la que llamas tu esposa. Desengáñate, ningún católico se convierte á nuestra pobre ley, olvidada y sin prestigio, ni tampoco á ese deísmo vago y sin culto, grande si quieres, pero que todo lo dice á la razón y es mudo para la fantasía, para el corazón y para los sentidos. Aun considerando en esa joven el amor más ardiente hacia tí, no concibo que reniegue de la religión de sus padres, de esa religión viva y que salta á la vista, y se oye y se habla. La nuestra y tu deísmo son como el idioma hebreo, una lengua sublime, pero que nadie entiende. ¡Infelíz hijo mío, infelíz mozo, extraviado por los delirios de la mente! No supongas en ese Dios grande, como dices, en ese Dios frío y sencillo como las ideas, una atracción que no tiene. ¡Esperas desencantar á una cristiana, á una mujer que ha nacido enamorada ya del hombre clavado en la cruz! Antes saldrá el sol por Occidente.
—Madre, tú no tienes entusiasmo. Tus ideas religiosas son rutinarias. La rutina no hará maravillas en el orden moral.
—Pasó el tiempo de las predicaciones y de las guerras por la fe. Cada cual debe arreglarse con lo que tiene, sin ir á buscar nada á casa del vecino... ¡Cómo te engaña tu fanatismo! Ya verás cómo te desprecia esa mujer cuando descubra tu taimado plan, obra no sé si de la voluptuosidad ó del misticismo.
—Tú no sabes bien cuánto me ama, ni conoces el fatal encadenamiento de su alma con la mía. La viveza de su inteligencia y de la misma elevación de su espíritu, que propende á las cosas extraordinarias, superiores al criterio del vulgo, la someterán fácilmente á mí. Además, Gloria no es católica.
—¿Que no es católica?
—No, porque no pertenece á esa religión quien no se somete ciegamente á la autoridad, quien de los dogmas escoge el que más le agrada y rechaza los demás. Sus creencias no pueden ser más endebles: lo sé yo, que he recibido los más íntimos secretos de su conciencia, la cual el amor ha transparentado ante mis ojos. Es un alma llena de dudas acerca de lo más fundamental. Me ha confiado las rebeldías de su razón, y oyéndola, ¡cuántas veces he deseado tener coyuntura de sembrar en aquel espíritu una semilla nueva! Toda su doctrina religiosa vendrá abajo de un soplo, madre mía. En ella no existe de sólido y temible más que la fascinación de Cristo, de aquel hombre extraordinario que supo presentar las verdades antiguas con forma encantadora. Tiene aquel sentimiento fervoroso que se deriva de la compasión y de la admiración, porque nada conmueve tanto como el padecimiento, nada conquista los corazones como el espectáculo de una víctima. Esa simpatía por el mártir constituye el nervio de la religión cristiana. Más prosélitos ha hecho la compasión que todos los principios y todas las ideas, porque la humanidad es así: hace muchos siglos que se ha vuelto mujer, dejándose dominar por los llorones.
—Pues yo te digo—replicó Esther con energía,—que antes te beberás todo el mar que arrancar del corazón de una mujer cristiana la fascinación del hombre clavado, la simpatía del mártir, la compasión por la víctima. ¡Ay! los que idearon esa historia ya supieron lo que hacían... conocían el corazón humano y el gran flaco de la humanidad, es decir, lo que ésta tiene de mujer.
—Yo confío en que lo arrancaré, madre—afirmó Daniel con balbuciente voz.—Todo cuanto vive en mí me dice que venceré. Esta idea, madre, es demasiado grande para ser mía. Es de Dios.
La gravedad de su acento y su emoción afligieron á Esther, quien, comprendiendo que la mente de su hijo se hallaba en estado de vivísima sobreexcitación, no quiso contrariarle.
—La revelación de tu secreto—le dijo abrazándole con ternura,—ha modificado un poco mi juicio. Quizás logres convencerme. ¿Por qué no aplazas tu determinación?
—No puede ser, madre, no puede ser—replicó Morton bruscamente levantándose con muestras de agitación.
—Un día, un solo día... Hablaremos.
—Ni un día, ni una hora. Mañana, mañana.
—Pues sea. Yo no he de contrariarte ya—dijo la madre con resignación.—Pero necesitas descanso. Temo por tu salud. ¿Por qué no duermes?
—No puedo dormir.
—¿No te acuestas?
—No... necesito estar en vela... deseo meditar...
—¿Más todavía?
Esther, llena de amargura, contempló á su hijo como se mira un bien próximo á perderse, y estrechándole en sus brazos y cubriéndole de ardientes besos, le dijo:
—Ya que te pierdo mañana, hijo de mi corazón, conságrame esta noche, no te separes de mi lado, inclina tu cabeza sobre mi regazo y descansa; reposa tu cerebro, que hierve como un volcán.
—Quiero meditar—repitió Morton cediendo á la atracción de su madre y sentándose junto á ella.
—Medita aquí sobre mi pecho lleno de amor por tí—dijo Esther obligándole á reclinarse en el sofá y á que recostara su cabeza sobre el regazo de ella.—Sea esta una noche de despedida. Hablemos de nuestra casa, de tus hermanos, de tu padre, de Altona, donde todos hemos nacido... Hijo querido, no me niegues este consuelo.
—No te lo puedo negar. Hablemos de todo eso tan caro á mi corazón. Hablemos toda la noche hasta que venga el día, hasta que llegue la hora.
Largo rato se oyeron las voces de la madre y el hijo en sereno coloquio. Por último, ya muy tarde, se fueron extinguiendo; la voz de Daniel dejó de oirse. Suspiraba la madre y él dormía.
¡Oh, cuánto deploró Isidorita que todos los humanos no hablasen un mismo idioma! ¡Con cuánta rabia vituperó los pecados de los hombres que trajeron la pícara multiplicación de las lenguas!... Porque si Esther y Daniel no hubieran hablado en alemán, inglés, ó lo que fuera, ella, Isidorita la del Rebenque, se habría enterado de todo para contarlo á sus amigas.
XXIX
El catecúmeno.
El Sábado Santo ofició Su Eminencia en la Abadía, celebrando las hermosas ceremonias de la bendición del agua y el fuego. Fué luégo á su casa rodeado de inmenso gentío, y comió con toda la familia y con el cura, á quien no cesaba de felicitar por su sermón de la Soledad, predicado en la tarde del día anterior. El buen Romero, empleando las figuras más patéticas, dando realce á las ideas por medio de la expresión, del dramático gesto, de las inflexiones vocales, había hecho llorar á todo el auditorio. Cuando dirigió la palabra á la propia imagen de la Soledad, diciéndole: «Señora, ¿dónde está vuestro amado Hijo?» un estremecimiento de compasión corría por toda la Iglesia de alma en alma, y aquel mar se alborotaba con olas de congojas y vientecillo de suspiros.
Después de la comida, pasó algún tiempo dedicado á conversación grata sobre diferentes asuntos, y D. Silvestre ponderó el buen estado de los campos y la probabilidad de una buena cosecha. Dijo que él había esparcido ya las toperas en sus prados y que los estaba abonando con ceniza y estiércol; que debía anticiparse unos días la siembra del maíz, por estar bien enjugada y rastrada la tierra, y que él (D. Silvestre) no aguardaba para echar el grano sino á que estuvieran arreglados los setos, destruídos por las _derrotas_. Aseguró que los semilleros que estaba preparando en cama caliente le darían las ensaladas más ricas que había visto hasta entonces la provincia, y que por haber sido Marzo y Abril poco ventosos estaban los frutales que parecían árboles del cielo. Los ingertos de aquel año daban envidia.
Don Angel mandó á su sobrina que se vistiera de ceremonia, y aunque Gloria quiso hacer alguna objeción, no fué oída, y repitióse la orden. También Serafinita se decoró un poco, sin salir de su ordinaria modestia.
Pasó algún tiempo en estas cosas; que aun las monjas, como mujeres que son, no se ponen una toca en cinco minutos. D. Angel dió un paseo por el jardín, quejándose del descuido en que estaba y de la ofensa que su sobrina hacía á Dios, matando de sed á las pobres plantas. Después llamó á Gloria y encerróse con ella en la capilla de la casa, siendo la conferencia de dos horas largas. Al salir de la capilla, la joven tenía los ojos encendidos; pero su apariencia era la de un alma tranquila y confiada. Oraron con Su Eminencia en la capilla durante otro rato no pequeño, Gloria y Serafinita, mientras D. Silvestre y D. Buenaventura, charlando en el jardín, chupaban magníficos puros, concupiscencia que no está literalmente comprendida en las abstinencias propias de la semana de vigilias.
El día no podía ser más placentero. No corría aire, ni la más delicada mata de los árboles se movía: no se oía el ruído del mar. Todo era silencio y quietud, cual si en la Naturaleza hubiera solemne pausa de espectativa, ó el asombro precursor de un gran suceso. Su Eminencia marchó al fin á la sala seguido de las dos mujeres, á punto que del despacho bajaba el doctor Sedeño, después de escribir varias cartas por orden del prelado. Ninguno hablaba, y en la familia toda notábase una actitud de meditación y solemnidad, señal evidente de que para todos los miembros de ella aquel día no era como los demás.
Entró D. Angel en la sala y tomó asiento en el sofá, que era en tal sitio lo que el altar en la Iglesia, y á su sobrina le señaló el asiento de la izquierda, después que su hermana depositó su carne mortal en el de la derecha. Más lejos tomaron asiento el cura y el secretario. D. Buenaventura había salido para volver pronto.
La cara angelical del señor arzobispo revelaba preocupación, pero en muy poca dosis. Estaba como el cielo cuando hay en él una sola nube. A veces sonreía, como queriendo dar á entender su deseo de ver alegres á los demás; pero Serafinita fruncía el ceño, porque las cosas graves exigían, según ella, la mayor compostura. Gloria miraba alternativamente al suelo y á su tío, como el que no tiene más que dos pensamientos, la muerte y Dios. O por llanto reciente ó por una exagerada movilidad de su corazón y de su sangre anhelantes de vida, se habían encendido con vivos colores sus mejillas, tanto tiempo pálidas. Aquel abrir de las rosas de su cara parecía anunciar una primavera tras tantas tempestades, y con ellas había renacido todo el esplendor de su hermosura. Pero ¡qué gran diferencia desde que la vimos por primera vez! La inquietud graciosa y las volubles miradas de entonces se mudaron en una actitud reflexiva y circunspecta, cual si para ella no hubiera ya más motivo de atención que ella misma. Desde entonces, hasta el momento en que ahora la vemos, habían transcurrido esa distancia inmensa y ese largo siglo que median entre el no amar y la maternidad, paso de un planeta á otro, intermedio que equivale á cien vidas, mar entre dos orillas cercanas, pero lleno de dolores, júbilo, palpitaciones, pureza y miserias, gracia, terror, esperanza, desconsuelo, devoción, risa y llanto.
—Si pudiera conservarme serena cuando venga—decía Gloria para sí,—de modo que no se conozca lo que hay en mi alma... Pero así como yo leo en la suya, leerá él en la mía.
El rostro de Gloria que estaba tan encendido, se quedó como el mármol cuando entró D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton.
—¡Qué cara!... ¡pobrecito! ¡me muero de pena viéndole!—pensó Gloria, mirando al que entraba.—Parece un reo que va al patíbulo.
Después de contestar afablemente á su saludo, D. Angel rogó á Daniel que se sentase. Hízolo éste, y el cardenal dijo:
—Ha llegado el momento de que mi familia, Sr. Morton, abra á usted los brazos, perdonándole. Ha llegado el momento de que cesen tantos males, y de que un abrazo de paz y las bendiciones de la Iglesia terminen la grandísima consternación en que todos estábamos. ¡Bendita sea la misericordia del Señor! Señores—añadió dirigiéndose á sus amigos y hermanos,—este hombre da lealmente su mano de esposo á mi sobrina en justa reparación de...
Aquí la fácil elocuencia del prelado tuvo un ligero tropiezo, mas al punto se enderezó tomando mejor rumbo.
—Entrará en nuestra familia... Yo le recibo con los brazos abiertos. Doblemente lisonjero es este suceso, porque el matrimonio que tantos bienes traerá consigo irá acompañado de un prodigioso triunfo de nuestra Fe. Señor Morton, ¿persiste usted en su idea de abrazar la religión cristiana, única verdadera?
—Sí señor—repuso Daniel con gravedad, y al mismo tiempo fijó los ojos en un retrato de D. Juan de Lantigua, que le miraba con cierta severidad.
—¡Oh, qué gran júbilo da usted á mi alma, Sr. Morton!—exclamó el obispo.—En el día de hoy, la Iglesia administra el primer Sacramento á los catecúmenos, después de bendecir el agua nueva... Durante el oficio he sentido hoy más emoción que nunca en igual día, y no he dejado de pensar en esta conquista preciosa que acabamos de hacer... Ahora, señor mío, debo decir á usted que va á recibir el Sacramento del bautismo, regenerándose por la virtud del espíritu celestial; que este acto imprimirá á usted el carácter de cristiano, le dará la gracia, y por él se redime todo pecado original y temporal. Jesucristo instituyó el bautismo de agua con el amor del Espíritu Santo, que descendió del cielo en figura de paloma. La ablución establecida por la Iglesia con las palabras sacramentales son el Símbolo bajo el cual está oculto el amor que Dios comunica al alma de la criatura, purificada por la gracia. Es el bautismo un rayo de fuego celeste emanado de la esencia divina. Para recibirlo, amigo mío, es indispensable que usted prepare su entendimiento á la penetración de los dogmas sagrados; necesita usted someterse, aunque por muy poco tiempo, en vista de la urgencia del caso, á las enseñanzas y prácticas que la Iglesia establece.
—Ya lo sé—dijo Morton sombríamente.—Estoy dispuesto á todo.
—En ese caso—prosiguió Su Eminencia revelando en su semblante plácida alegría,—pregunto á usted si no tiene inconveniente en someterse por completo á mi voluntad por un plazo que no pasará de dos días, comprometiéndose antes de que se celebren juntamente bautismo y matrimonio, á recibir de mí la instrucción evangélica, á verificar las prácticas que yo le indique, á...
Don Angel se detuvo, distraído por uno de esos accidentes importunos que turban la solemnidad de las escenas capitales de la vida, como un duelo, la agonía de un moribundo, la celebración de un contrato. Suelen ser comúnmente dichos accidentes importunos un gato que entra metiendo ruído, plato que se rompe, ó sombrero que cae rodando de una silla y suena huecamente al dar en el suelo. Pero en aquel solemnísimo momento no fué nada de esto lo que hizo callar al señor cardenal, sino la aparición inesperada de un humano rostro en la puerta de la sala, suavemente abierta. Era la cara de D. Juan Amarillo.
Reinó silencio en la sala, y con el silencio un estupor profundo al ver que el señor alcalde no venía solo. Con él venía madama Esther. Al entrar la señora, levantáronse todos, incluso el señor arzobispo; pero ninguno decía nada. El primero que habló, turbadísimo, fué D. Juan Amarillo, que dijo:
—Perdóneme Su Eminencia, perdónenme todos, si he entrado... Vengo como autoridad.
—¡Como autoridad!
Serafinita contemplaba aquello con la calma de quien no da importancia á las cosas de la tierra; los demás eran estátuas.
—¡Como autoridad!—repitió D. Juan.—Esta señora...
Esther avanzó gravemente, y sin revelar turbación ni enojo, ni despecho, ni burla, dirigióse á su hijo, y poniéndole la mano en el hombro, exclamó con voz sonora:
—Ya estoy yo también aquí.
—¿Qué quieres, madre?—preguntó Daniel con terror de infierno.
Esther, fijando los ojos en el señor cardenal y abarcando después con una mirada á toda la familia, respondió:
—Quiero impedir un mal diciendo á esta noble familia lo que no sabe.
—¿Qué?... Señora, su hijo de usted nos ha hablado muy claramente—dijo el señor cardenal.—Es natural que usted se oponga... Nosotros nos atenemos al piadoso deseo de este joven, manifestado explícitamente.
—Es que yo debo declarar algo—manifestó Esther con expresión dramática.—Yo debo declarar lo que aquí no sabe nadie, y es... que mi hijo no merece pertenecer á esta familia.
—¡Señora...!
Pálido como un cadáver, Daniel parecía ahogado con su propia voz, que no podía salir del pecho. Al fin, más rugiendo que hablando, se expresó así:
—Mi madre no dice la verdad.
Esther miró á su hijo de tal modo, que con los ojos le apuñaleaba.
—Retírate—dijo Morton con imperioso acento, señalando la puerta.
—Sí, me retiraré después que te conozcan.
Y volviéndose al cardenal, añadió:
—Me es muy doloroso tener que presentarme acompañada de la autoridad. Los móviles que aquí me traen nada tienen que ver con la religión.
—Diga usted... señora... diga...—añadió Su Eminencia con gran ansiedad.
—Es demasiado vergonzoso para que lo revele una madre...—afirmó Esther con desconsuelo.—El alcalde, que sabe cumplir su deber, hablará.
—Tengo el sentimiento de manifestar—dijo D. Juan Amarillo, mostrando á Daniel su bastón,—que me veo precisado á prenderle.
—¡A mí!
—¡Prenderle!
—Sí, señores, sí... y lo siento muchísimo. Le prendo de orden del señor Gobernador de la provincia, el cual ha recibido igual mandato del señor Ministro á petición de la Embajada inglesa.
—Este hombre miente villanamente—gritó Daniel ciego de ira.
—Caballero...—vociferó D. Juan mostrando el puño del bastón con tanta energía, que parecía querer meterlo por los ojos á todos los presentes.
—Paz, paz—dijo el arzobispo corriendo á interponerse.—Sr. Morton, el primer deber del cristiano es la obediencia.
Daniel parecía dispuesto á extrangular al señor alcalde. Cuando oyó la dulce voz del prelado, se detuvo. D. Angel le puso la mano en el hombro, diciendo:
—Se ha sometido usted á mi voluntad, para que yo dirija sus acciones conforme á la doctrina evangélica... Pues bien, yo le mando á usted que no haga resistencia á la autoridad.
—No puedo obedecer—repuso el hebreo sombríamente y con respiración fatigosa.
—Es preciso que el señor parta mañana para Inglaterra—añadió el fiero alcalde,—por cuyo gobierno es reclamado en calidad de reo, que ha cometido un crimen en su país.
—¡Yo!... ¡un crimen yo!
—Crimen horrendo contra la autoridad paterna—prosiguió D. Juan Amarillo.
Morton, cuya alma era un volcán, trató de lanzarse sobre el alcalde. D. Buenaventura y Romero le sujetaron.
—¡Oh, miserable!—gritó.—Eres una víbora; pero el veneno de tu infame picadura no me matará.
—Paz, paz—repitió afligidamente el obispo extendiendo las manos.
Serafinita había acudido á su sobrina, que, incapáz de sostenerse más tiempo en pié, dejóse caer en una silla.
—Será preciso que yo manifieste claramente toda la horrible verdad—dijo D. Juan Amarillo enarbolando el bastón y tomando el aspecto más dictatorial que le fué posible.—Pues la diré; sí, señores, la diré: el Sr. Daniel Morton y Spinoza ha sido condenado por los tribunales de Londres á tres años de prisión por un delito infame, cual es... ¡oh, señores! la lengua se niega á revelarlo... cual es haber defraudado el tesoro paterno falsificando unas letras... por valor de muchos miles de libras; después haber maltratado de palabra y obra al autor de sus días.
Un murmullo de horror resonó en la sala, Esther se había apartado y miraba al suelo hoscamente.
—¡Oh, cuánta vileza!—rugió Daniel accionando como un insensato.—Mónstruo; que se acabe el mundo en este momento si no te arranco la lengua y la vida.
Hizo movimientos desesperados para desasirse de los que le sujetaban.
—Paz, paz—volvió á decir el arzobispo que casi estaba á punto de llorar.
—¿De quién es esta infernal farsa, de quién?—murmuró con la voz de la desesperación Daniel.—¡Quién ha ideado deshonrarme, aquí en este acto solemne, delante de esta familia que respeto, delante de la mujer que adoro más que á mi vida!... Gloria, esposa mía, dejarías de ser quien eres, si creyeras las palabras de este hombre.
Gloria se dirigió lentamente hacia el grupo que los contendientes formaban en el centro de la sala.
—El señor—añadió D. Juan Amarillo con calma imperturbable,—fué condenado á prisión; pero huyó sin que le pudiera alcanzar la policía inglesa. Pero aquí estoy yo, señores...
—¡Madre, madre—dijo Morton clavando la crispada mano en su cabeza,—tú, tú oyes estas infames calumnias y no las desmientes! ¡Oyes deshonrar á tu hijo y callas!...
Todas las miradas se fijaron en Esther. Ella les miró á todos y con flemático acento pronunció lentamente estas palabras:
—¡Lo que el señor alcalde ha dicho... es verdad!
—Basta, basta—dijo el arzobispo haciendo ademán de retirarse escandalizado.
—¡Madre, madre!...—gritó Daniel con airada voz. Sus ojos saltaban del cráneo.
—Mi hijo—añadió Esther, como quien hace un esfuerzo,—tiene el hábito de la mentira y el disimulo. Me es muy doloroso decir que nada debe creérsele. Si esta familia quiere recibirle en su seno, yo no me opongo. No me importa tampoco que cambie de religión quien no tiene ninguna. Pero los tribunales lo reclaman, y la ultrajada autoridad paterna pide castigo.
—¡Madre, madre!—repitió Daniel con desesperación...—¿Pero será posible que crean lo que esta mujer dice?
—Es su madre—murmuró el arzobispo mirando á todos con aflicción.
—Esta no es mi madre, no lo es—dijo Morton.
—No podemos de ningún modo seguir adelante—declaró Su Eminencia mirándola.—Las revelaciones de esta señora...