Part 13
Otras cosas santas y bellas dijo el cardenal; mas no son del caso. D. Buenaventura corrió á casa del hebreo á quien no encontró, ni tampoco á su madre, que había ido con la señorita de compañía á visitar ¡cosa inaudita! al señor de Amarillo y su esposa. El único de la raza que estaba allí era Sansón, preparándose, por más señas, con ayunos y mortificaciones, como muy devoto que era, para la celebración de la Pascua rabínica. A ratos leía el Salterio en alta voz con gestos que hacían reir á todos los de la casa, y como esto gastaba sus poderosas fuerzas, se confortaba al punto con cuatro ó seis chuletas como ruedas de carro y botellas de cerveza.
Después de buscar á Daniel por todo el pueblo, D. Buenaventura le halló en casa de Caifás, circunstancia que no dejó de causarle extrañeza. Informóle del plan de D. Angel, teniendo el gusto de que el hebreo lo creyese acertado por todos conceptos. De nuevo hizo protestas de la firmeza de su propósito, asegurando que la intervención y los halagos de su madre no le harían vacilar.
Con todas estas cosas hallábase el generoso Lantigua muy satisfecho. Pero enturbiaba ligeramente su gozo la idea de la mala salud de Gloria, cuya naturaleza en los últimos días padecía frecuentes accesos febriles, en los cuales alternaba con el agotamiento de las fuerzas una actividad abrasadora y una como acumulación de vida, que se salía á borbotones por los ojos, mirando, y por la boca, hablando. D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga, á quien encontró aquella tarde, le hizo una pintura hipotética, no muy lisonjera, del estado en que á su parecer debían de hallarse el corazón y el cerebro de Gloria. Era el tal hombre excelente y muy sabio, soldado viejo de las batallas contra la muerte, y vivía en pueblo tan obscuro por amor á la soledad y porque se había cansado de ganar dinero en las grandes poblaciones. Tenía vivísimo afecto á los Lantiguas, y era decidor algo extravagante. Pasaba por librepensador, aunque iba á misa, y se le veía en perenne paseo por aquellos campos, ya contemplando la Naturaleza, ya de cabaña en cabaña, sin más compañía que la de dos séres para él muy queridos, un perro negro y un paraguas azul.
Este hombre benéfico se alegró mucho cuando D. Buenaventura le dijo que las cosas iban á buen andar por el camino del casorio, y expresó en breves palabras su pensamiento, asegurando que la dilatación moral salvaría á la enferma; pero que la contracción la mataría. Condenó el misticismo como la más perniciosa congestión espiritual que podía sobrevenir á la enferma, y el descargo de un enorme peso del alma le pareció excelente antiflogístico. La paz, el contento y el amor humano, en su esplendente y natural desarrollo, armonizado con el divino, le parecieron admirables emolientes.
Tranquilizado con este dictamen el buen tío, se dirigió á su casa, no sin prestar antes frívola atención á los rumores que en toda aquella tarde ocuparon á Ficóbriga, robándole hasta la devoción propia de tan luctuoso día... ¡Sí; madama Esther había visitado á D. Juan Amarillo y á su esposa! ¡Y ella y él la habían recibido, á pesar de ser Viernes Santo! ¡Y estaban en la casa las sobrinas de Teresita y la _Gobernadora_ y otras muchas damas de lo más principal y florido de Ficóbriga!... ¡Y la casa parecía un ascua de oro!... ¡Y madama Esther se había mostrado muy amable, muy cariñosa con D. Juan y con Teresita!... ¡Y se decía que madama Esther, quitándose del dedo un anillo con brillante de gran tamaño lo había ofrecido á la señora de Amarillo, que después de rehusarlo cortésmente, se dignó tomarlo!
XXVI
Madama Esther.
Esther Spinoza, mujer de Moisés Morton, opulentísimo negociante de Hamburgo, establecido últimamente en Londres, descendía, lo mismo que su esposo, de una familia hebrea española; pero si el linaje de Morton aparecía confuso por los enlaces con castas alemanas y holandesas, el de Spinoza conservábase puro, y siguiendo su clara genealogía, podían los últimos vástagos de él remontarse hasta Daniel Spinoza, judío de Córdoba, comprendido en la proscripción de 1492. Esther Spinoza era española de sangre, si no de nacimiento, española por la gravedad, por la vehemencia contenida, por la fidelidad de los deberes, por la luz y la expresión melancólica de sus ojos negros, su esbelta figura y su gracioso andar.
Era además española por la lengua, pues desde la cuna aprendió á hablar como Nebrija. Es sabido que todas las familias israelitas que proceden de las expulsiones españolas conservan su lengua, aunque adulterada por la falta de renovación, y todo el que viaje hoy por Constantinopla, Salónica, Jerusalén, Venecia, Roma, el Cairo, por todos los puntos en donde buscó refugio aquel miserable polvo humano arrojado de España, oye hablar un castellano arcáico, que produce en el ánimo dulce y melancólica sorpresa, cual si oyera un eco de la patria pasada y muerta, que aun después de cuatro siglos lanza desde el fondo de la tierra su gemido. Los judíos españoles, la mayor parte degenerados, conservan la lengua de sus mayores, y leen sus oraciones en los libros rabínicos impresos en nuestro idioma. Subsiste en ellos el amor al suelo antiguo que no han de volver á ver, y lo lloran como lloraban hace dos mil quinientos años sobre los ríos de Babilonia. En los judíos ricos no se conservó tanto esta costumbre. Los Spinozas amaban, sí, aquella triste memoria de la perdida patria madrastra; pero Esther la aborrecía de todo corazón, exceptuando tan sólo la lengua, que cultivó con esmero y enseñó á todos sus hijos.
No profesaba su religión con entusiasta fervor, pero sí con lealtad, es decir, con un sentimiento dulce y firme que era, más que devoción, respeto á los mayores, amor al nombre y á la historia de una casta desgraciada. Esta era objeto de su pasión más viva, de un fanatismo capáz de reproducir en ella, si los tiempos lo consintieran, las grandes figuras de Débora, la mujer-juez, de Jael la que con un clavo mataba al enemigo, de la trágica Judith y la dulce Esther. La moral la cautivaba; pero el rito no merecía de ella el mismo amor, y si lo practicaba con sus hijos y deudos, hacíalo por creer que convenía perpetuar aquel poderoso lazo de unión, especie de territorio ideal, donde se congregaba por la fe un desventurado pueblo sin patria. Era un modelo de las virtudes domésticas que son comunes en las clases elevadas de aquella raza, y que no deben sorprendernos ni dar motivo á comparaciones inconvenientes. Tampoco entraremos á dilucidar si el secreto de ellas, antes que en la moral intrínseca, está, como suponen muchos, en la superior cultura y educación. Buena esposa y madre amorosa, había dado lugar á que se dijese de ella que merecía ser cristiana.
Esther y su esposo poseían enormes riquezas. De ellos podía decirse que _Jehová había prosperado sus caminos_. Vivían en paz dichosa, rodeados de los esplendores de las artes. Sus palacios hacían verosímiles las fábulas de la corte de Haroum-al-Raschid. Eran estimados de todo el mundo y distinguidos por los soberanos, que les sentaban á su mesa, porque habiendo adquirido aquella gente un poder financiero, que en cierto modo suplía su falta de existencia política, sacaban de apuros á las Naciones. No tenían patria; pero las patrias más orgullosas doblaban la rodilla ante sus arcas. Títulos, honores, saludos, reverencias, consideración, respeto, adulación, todo lo que es patrimonio de los poderosos, lo tenían ellos. Eran como dioses, á quienes incensaban á porfía los Ministros de Hacienda de todos los países. Hasta el Papa, como Rey de Roma, les dió títulos, cruces, y jamás les llamó deicidas, sino _honorables señores_. Hallándose en Roma Esther Spinoza, un cardenal le sirvió de _cicerone_ para ver los museos. Otro cardenal le regalaba mosáicos, cameas y cornarinas. Otro le vendió un Cristo de marfil en mil libras, y en quinientas un Talmud español del siglo XIII, manuscrito en vitela.
No reinaban en ninguna parte y reinaban en todas, porque el imperio de Baal es grande, y á él puede decirse que pertenecen la Tierra, _el mundo y su plenitud, el Aquilón y el Austro_. A la digna familia que nos ocupa nadie osó preguntarle jamás si había dicho: _Crucifica á éste y suéltanos á Barrabás_.
A pesar de aproximarse á los cincuenta años, Esther conservaba su admirable belleza, fenómeno del cual tenemos aquí no pocos ejemplos, y que se explica por el privilegiado temple de ciertas naturalezas, unido al bienestar social y á las incomparables ventajas de una vida sin agitaciones, sin trabajo físico ni más penas que las indispensables para que no sea realidad el mito de la dicha completa. Usaba pocos artificios de tocador, y éstos, más que para quitarse años, empleábalos para que tuvieran buen ver los suyos, como si le inspirara orgullo aquella maduréz tan primorosa, tan lozana, tan interesante, verdadero homenaje de la juventud á la vejéz. Viéndola se comprendía la larguísima primavera de aquellas mujeres bíblicas, que vivían ciento veinte y ciento treinta años como quien no dice nada.
XXVII
La madre y el hijo.
En la noche del Viernes Santo la madre y el hijo hallábanse juntos y solos en la habitación de éste. Sobre la mesa, en la cual apoyaba su codo Daniel, había una lámpara. Esther, sentada en un sofá junto á la pared, miraba á su hijo en silencio. Por la disposición de la pantalla, el rostro de Daniel estaba inundado de luz, el de su madre en la sombra.
—Si tu terquedad—dijo Esther en alemán con serena voz,—no cede, como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu decoro y la fidelidad que debemos á nuestra Ley no significan nada en tu espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida, porque mi querido hijo primogénito habrá muerto.
—No, madre, esto no es morir—dijo Morton lúgubremente.—Quiero resucitar á esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después de meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún afecto podrán detener.
—Pues yo he venido á impedir ese propósito. Cuando huiste de nuestra casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos nada, comprendí que venías á este horrible pueblo. Al punto tuvimos el presentimiento de que ibas á consumar una gran locura. Tu padre quiso venir... Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de aquí... Yo volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin tí á nuestra casa; en este caso le diré á tu padre: «Nuestro hijo ha muerto.» No tendré valor para decirle: «Nuestro hijo es cristiano.»
—Ese valor que á tí te falta lo he tenido yo—repuso Daniel mostrando en su semblante desencajado una serenidad heróica.—Hago esto por convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado á mis acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo entiendes, lo entiendes, madre?
Esther miró estupefacta á su hijo, como si deseara hallar en el semblante de él la aclaración de tenacidad tan abrumadora.
—Bien—dijo al fin, conociendo que su hijo no cedería atacado de frente;—haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el amor de tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa de Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación; despréciate á tí mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de dolor por la pérdida del que fué nuestro amado hijo, te lloraremos muerto, no te lloraremos apóstata, porque apóstata no te podemos llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber sido nuestro hijo.
—Siempre lo soy y lo seré. No cambiaréis las leyes de Naturaleza—dijo Morton sobreponiéndose á su amargura.—Aunque no lo queráis, vosotros me amaréis siempre, como yo os amo.
—¡Daniel, Daniel—exclamó Esther con solemne acento, levantándose,—ya no tienes madre! Si la tienes, si la quieres tener, yo no lo soy. Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te dí á luz, y de aquella triste hora debe decirse: «Aféanla las tinieblas y sombra de muerte.»
—Cruel, engañas á tu corazón con palabras estudiadas—afirmó el joven con brío.—No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes que hubiera religiones, hubo Naturaleza...
—No puedo tener serenidad—dijo Esther con grandiosa ira;—no puedo. ¿Por qué te deshonras, por qué te haces cristiano?
—Tú lo sabes bien. Hay aquí una víctima inocente, una mujer dotada de las más altas y bellas cualidades, y adornada con los atributos de los ángeles. Está en mi mano levantar á esa alma superior del lodazal en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El universo entero, el Dios de todos los hombres me ordena que lo haga. Esto es como la luz, madre. Si no lo comprendes, dí que estás ciega; pero no niegues la luz.
Esther, sentándose en su asiento é inclinando la frente, cayó en meditación profunda.
—¿Callas, madre, callas?—dijo Morton después de una pausa.—Te he convencido.
—Mas para abrazar una religión es preciso creer en ella—objetó Esther.—Esto no puede depender de un capricho amoroso. ¿Crees en Jesucristo?
Daniel repuso lúgubremente:
—Debo y quiero ser cristiano.
—Te avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir _creo en Jesucristo_, porque tu conciencia te grita más alto que tu flaca razón, clamando contra esta apostasía deshonrosa. Daniel, Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus padres, qué de la santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de tus venerables antepasados, en cuyo nombre estuvieron vinculados el amor y el prestigio que restan á la raza judía? ¿Qué has hecho de esto, loco? Hemos conservado hasta ahora, al través de tantos siglos, la dignidad de nuestra desgracia, hemos dado á todos los hebreos del mundo un ejemplo de constancia, de firmeza, de rectitud, en medio de las mil desgracias de nuestro pueblo; y ahora, tú, el que parecía nacido para enaltecer más y más todavía nuestro nombre; tú, mi hijo, el amado entre los amados, el predilecto de Dios y de los hombres, todo lo desprecias, todo lo pisoteas, nombre y familia, tu pobre raza sin patria, la Ley santa, tan antigua como el mundo, esa Ley y esa tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus ojos á la luz acabada de hacer... No, no te conozco, no eres tú mi hijo. Un hijo mío moriría cien veces antes que arrodillarse delante de un sacerdote cristiano, y español por añadidura, y proclamar al Cristo en la misma tierra que impíamente nos echó de sí, como á séres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco á este país! El país que á mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como de patria perdida, á mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en él abjuras y nos abandonas!... ¡Inícua traición! Si cuando te tenía en mis entrañas, me hubieran dicho lo que ibas á hacer, en ellas te hubiera ahogado.
Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado. Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre la madre, y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en la pared cercana. Las sombras de los dos iracundos brazos, movidos sin cesar, corrían á veces por el techo como grandes aves, á veces se deslizaban por el zócalo entre los muebles, como cuadrúpedos que buscan un rincón. Daniel había quedado en la obscuridad. Desde ella, cual de un abismo á donde se acaba de caer lanzado por el enemigo vencedor, envió estas débiles palabras:
—Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia; en fin, me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado, menos del fuego eterno.
—¡También, también!—gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y apoyando en un cojín su frente abrasada.—Te he dicho lo primero que ha brotado de mi corazón de madre, de este corazón antes abrasado en amor por tí, y que yo con mis propias manos apretaré y estrujaré para ahogar la llama... porque no... no puede ser, no puedo amarte ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido. Adiós, vete; no existes ya para mí.
Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia ella, y poniéndose de rodillas la besó, tratando de levantar su cabeza.
—Madre, madre—murmuró.—Ni de tus labios, incapaces de mentir, puedo creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, á quien siempre he creído.
—Daniel, hijo mío—dijo la madre incorporándose,—yo no puedo soportar este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la tuya, esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la puedo resistir. Quiero morir antes que caigas, quiero morir. Dame tú mismo la muerte, te lo suplico, perdonándote. El crimen que cometas arrancándome la vida no será tan grande como el de tu apostasía.
—Estás delirando, madre querida—dijo Daniel haciendo fuerza con la cabeza en el seno de su madre.—Tú sí que me matas á mí con tus palabras, con tus fieras amenazas de no quererme.
—¡Ay, hijo de mi corazón!—exclamó Esther en un arrebato de ardiente cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable cabeza del joven.—Hemos cometido una falta al quererte á tí más que á nuestros demás hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no me puedo resignar al castigo, no me puedo resignar á perderte, no quiero; defiendo mi tesoro contra todos los Dioses extraños, contra todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor, Dios de Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida á mi hijo y á mí también, porque no puedo vivir sin él.
Daniel se sentó á los piés de Esther, apoyando sus brazos en las rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con amor, le dijo:
—Madre, madre, óyeme lo que voy á decirte.
—¿Qué?
—La exaltación que veo en tí me obliga á revelarte un secreto, mi secreto.
—¿Tu secreto?
—Hice propósito de que ningún nacido, á excepción de mi padre á quien escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun la necesidad de revelártelo.
Esther oyó con la más viva ansiedad.
—Dímelo pronto.
—Es un secreto de esos que no se dicen más que á Dios, porque sólo Dios puede juzgarlos.
—¿Y yo no?
—No: tú me juzgarás mal cuando lo sepas. No penetrarás fácilmente mis móviles... Pero te confesaré esta idea por el grande amor que te tengo, y confío en que la apoyarás.
—¿Cuál es?
—Yo no soy ni seré nunca cristiano.
XXVIII
Delirio. Fanatismo.
Durante breve pausa, la madre y el hijo se contemplaron.
—Pero ¿no me has dicho, no has resuelto...?—manifestó Esther llena de confusión.
—Usaré la palabra propia, aunque á primera vista me desfavorezca. Mi conversión es una impostura.
—Explícamelo bien, porque me vuelves loca.
—Mi conversión es una mentira... ¿no sabes lo que es una mentira?...
—Tú me lo has dicho.
—Es que determiné que este engaño no fuera de nadie conocido. Lo he revelado por escrito á mi padre. A tí te debo revelarlo también.
—¿Luego engañas á esa pobre joven, engañas á una honrada familia?—dijo Esther apartando de sí con ambas manos la cabeza de su hijo.—¡Daniel impostor! Lo que ahora me revelas es tan indigno de tí como la apostasía. Tu corazón se ha corrompido. Tú no eres tú... ¿Sabes lo que es la mentira, una mentira de esa magnitud? Daniel, vuelve en tí.
—Si no sabes aún mi secreto, mujer, ¿para qué hablas?—repuso el joven con cierto enojo.
—Tu secreto es que finges hacerte cristiano para salvar á esa joven de la tiranía de sus parientes, del ascetismo, de la deshonra. Esta conducta es más vituperable que dejarla abandonada á su suerte. Yo correré á casa de esa noble familia, y diré: «Mi hijo os engaña; no le creáis.»
—Me creerán porque los hechos confirmarán mis palabras—dijo Daniel besándole las manos.—Óyeme, madre querida. Ayer por la mañana vagaba yo por la playa, interrogando á mi conciencia. ¡Ay! no puedes tener idea de aquellas terribles horas de duda. Yo tenía dos conciencias igualmente poderosas, ¿comprendes esto?... dos conciencias que daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!... ¡Abandonar á un sér querido que me debe su dolor!... Ninguna de estas dos ideas podía aniquilar á la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno de los dos dragones, con más rabia le mordía el otro... Imploré á Dios gritando en medio del estruendo del mar: «O la solución ó la muerte...» Entonces una idea iluminó de improviso mi espíritu. Sentí la alegría del que se ve rodeado de claridad celeste después de haber vivido largo tiempo en horribles tinieblas... ¡Ay! madre mía, si es cierto que el Espíritu creador y gobernador de todas las cosas habla alguna vez directamente á la razón del hombre, el Señor, Jehová, ó como quieras llamarle, deslizó su palabra dentro de mí en aquel momento. Yo le sentía, sentía su voz, un divino soplo entrando en mí y llenándome; yo le sentía penetrarme todo en la forma de una convicción consoladora; y mi fatigada conciencia admitía aquel sobrehumano aviso con la emoción grande, con la turbación piadosa que sólo pueden ser producidas por la directa voz de Dios diciendo: «estoy contigo.» La idea de conquistar mi bien perdido, mi esposa, por medio de una fingida conversión al cristianismo se clavó entonces en mi cerebro para no ser arrancada jamás.
—¿Quieres hacerme creer que Dios, que es la verdad, te sugirió esa indigna idea?—dijo Esther, incrédula.—Daniel, tu imaginación delirante es la que te habló.
—¡Ay, si yo pudiera llevar á tu espíritu la convicción que hay en el mío!... Infame es la mentira; pero la situación especial de mi esposa la disculpa. Aun este motivo no sería bastante poderoso; pero hay otro mucho más grande. No te quede duda de que el Ordenador de todas las cosas habló á mi alma. ¡Qué alborozo tan vivo inundó mi corazón! Mi pensamiento gustó las delicias del más puro bien, cuando cruzaba por él esta idea inefable: «Gloria dejará de ser cristiana.»
—¡Extraña y loca idea!
—Madre querida—exclamó Daniel con cierto desvarío,—comprende al fin la grandeza de un plan en que se conciertan el amor más ardiente y la religiosidad más valerosa. Yo traeré al reino de la verdad esa alma que ha debido estar siempre en él, esa alma cuyo único defecto es hallarse ligada al vano sentimentalismo del Crucificado, y á la engañosa filosofía del supuesto Mesías... Tú sabes cuáles son mis ideas y su admirable extensión. Ya comprenderás que mi conquista no ha de reducirse á traer un adepto al rito hebráico, que considero estrecho é insuficiente. No, yo adoro al Dios grande, al Jehová primitivo y augusto, al que dió los mandamientos y desde entonces no dijo más porque no había más que decir; al que en su grandeza nos exige ofrendas de verdad, justicia y bondad, no formas de culto idolátrico; nos exige pensamientos, amor, acciones y esa mirada interna que purifica, no palabras rezadas, ni retahilas dichas de memoria. A ese Dios pienso llevar á la que amo, porque El es digno de ella y ella digna de El. ¡Admirable triunfo y conquista preciosa! Será necesaria una superchería; ¿pero qué importa? ¿qué vale esto en comparación del bien que resulta? La salvo de su familia, del convento, del ascetismo que es la tísis del espíritu; le devuelvo la salud del cuerpo, la arranco de este horrible país, la hago mi esposa, la salvo de la idolatría del Nazareno y de ese fetichismo vacío, indigno de la elevación y pureza de su alma... ¡Sí, tengo inmensa fe, en el éxito de mi empresa! No puedo equivocarme; imposible que me equivoque. Siento el divino acento en mi oído; y el resuello á cuyo influjo existieron los mundos llega á mí y penetra como tempestad en mi corazón.
Esther le miró atentamente y con espanto, diciendo para sí con acento de vivísima amargura:—Señor, Señor, ¿has quitado la razón á mi hijo?
—¿No hallas bastante justificada mi impostura con estas razones de conciencia?
—¡Donosas razones!...
—Tu ironía me mata. ¡Quieres una razón que es de conciencia y además mundana! Estos son los argumentos que á tí te convencen. Oyela. Has de saber que yo tengo un hijo.
Esther movióse sacudida violentamente por el asombro.