Gloria (segunda parte)

Part 11

Chapter 113,940 wordsPublic domain

Estaba preparando el almuerzo de su sobrina y se caía de debilidad á causa de los repetidos ayunos; pero el piadoso esfuerzo de su voluntad vencía al cuerpo, infundiéndole una resistencia poderosa, y gracias al absoluto desprecio de la carne, aparecía triunfante siempre el espíritu y dispuesto á todas las empresas cristianas que exigieran abnegación. ¡Lástima grande que aquella santidad no fuese más humana!

Cuando Gloria almorzó, vino el médico y le ordenó el mayor reposo y que huyera de toda emoción viva. Serafinita rogó á la joven que diese un paseo por la habitación, lo que ella hizo de muy buen grado, admirando desde el balcón la hermosura de la mañana.

—¡Qué bello día!—exclamó.—Parece que en días así no puede menos de pasar algo grande.

—El día, querida sobrina—dijo la señora,—está lleno de la sagrada memoria que hoy celebra la Iglesia. ¿No ves en la Naturaleza una especie de atención solemne, un recogimiento grave y placentero? Hoy celebramos la muerte y la vida, la muerte corporal del que expiró por darnos la vida... Yo leeré.

Serafinita se colocó junto al altar, y poniéndose las antiparras que su fatigada vista exigía, empezó la hermosa lectura, mientras Gloria tomaba asiento en un sofá junto al balcón. Empezando por los Maitines y Nocturnos, que son los oficios llamados _Lamentaciones_, y que la Iglesia canta en la tarde del día anterior, leyó el Salmo: «Sálvame ¡oh Dios! porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar, mi garganta ha enronquecido. Han desfallecido mis ojos esperando á mi Dios... Dios, tú sabes mi locura y mis delitos no te son ocultos.»

Ambas mujeres tenían su alma absorta en tan sublimes conceptos. Doña Serafina recitó con entera voz la Lamentación: «¿Cómo está sentada sola la ciudad antes populosa? La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda... Amargamente llora en la noche. No tiene quien la consuele de todos sus amadores...»

Y así siguió la lectura con edificación de entrambas. Como Serafinita se fatigase, Gloria le rogó que le diese el libro, y con la emoción más viva leyó el Miserere: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme á tu misericordia grande, y conforme á la multitud de tus piedades, borra mis iniquidades... Porque conozco mi iniquidad y mi pecado está siempre delante de mí.»

La misa, la epístola de San Pablo á los Corintios, la _Sequentia_ del Evangelio tocaron á Serafinita, que á su vez reclamó el libro. Después de leer todo lo concerniente á la cena, dijo á su sobrina:

—Hemos llegado al punto más interesante, más patético, más solemne de nuestra doctrina, la institución de la Eucaristía. Si tú, hija mía de mi alma, meditando mucho en esto, lograras penetrarte bien de la idea de sacrificio tan sublime, si consiguieras asimilártela y hacerla tuya, ¡cuán grande facilidad hallarías para dar al problema de tu vida la solución que te propongo! ¿Pero no te dice nada tu corazón, no se enternece contemplando el inmenso amor de la sacratísima víctima del Calvario? Lo que á gritos dicen tu situación social y los acontecimientos, ¿no lo ha de decir tu corazón? Yo veo tan claro esto, niña mía, que no comprendo cómo puedes dudar.

Gloria, los ojos bajos, inclinada la cabeza sobre el pecho, callaba, trenzando los hilos de lana del pañuelo que cubría sus hombros.

—Dada tu situación no veo otro camino—añadió Serafinita.—Mucho habían de cambiar los sucesos, para que la lógica de tu porvenir cambiase. Sería preciso que ese infiel empedernido abriese sus ojos á la luz cristiana, sería preciso que se verificase una de esas conversiones ruidosas que hacen época en el mundo... y esto es difícil, aunque no imposible. Díme, ¿lo crees tú posible? ¿Das crédito á los rumores que han corrido?

—No—repuso lacónicamente Gloria.

—¿Crees tú que abrace nuestra santa fe?... ¡Oh! si así sucediera, yo, viendo en esto los designios de Dios, sería la primera que te diría: «Cásate; tu deber es casarte. El Señor lo manda.» Tu amor quedaría legitimado por el glorioso hecho de traer al rebaño una oveja, que no por venir tan tarde sería mal recibida... En tal caso, no podrías aspirar á la perfección cristiana, que consiste en la negación de todos los afectos humanos, pero podrías acercarte mucho á ella por otros caminos... No hay que pensar en este medio, hija mía. Tú misma has dicho que no tienes esperanza.

—Es verdad—murmuró la joven.—Ninguna tengo.

—Pues debes tenerla.

Gloria alzó vivamente los ojos, fijándolos en su tía con gran curiosidad.

—Debes tenerla—repitió la señora con aplomo.

—¿De qué?

—No de casarte, no—dijo Serafinita sintiendo en su alma la inspiración apostólica más viva que nunca,—no de casarte, sino de traer á ese infiel á nuestra santa fe.

—¿Cómo?

—Por medio de la oración, unida al sacrificio.

—No entiendo bien, tía—repuso Gloria poniendo sumo interés en aquel asunto.

—Por medio de la oración—repitió la dama con entusiasmo,—y mejor aún por medio del sacrificio. ¿Acaso esto necesita explicarse?

—Me parece que lo voy entendiendo.

—Si haces á Dios el inmenso, el doloroso sacrificio que te he propuesto como el mejor camino para salvar tu alma; si haces el sacrificio de consagrarle por entero toda, absolutamente toda tu vida, arrancándote del mundo y de los mundanos afectos; si haces esto, amor mío, y pides á Dios que te conceda la redención de un alma, ciega hasta ahora á la verdadera luz, ¿cómo es posible que Dios te lo niegue?

—¡Oh, Jesús mío!... ¡si eso fuera verdad...!—exclamó Gloria deshaciéndose en lágrimas.—Y parece que ha de ser verdad, que ha de poder suceder como usted lo dice...

En el semblante de Serafinita brillaba un destello de alegría infinita, el júbilo del triunfo evangélico.

—¡Ay—exclamó oprimiendo su pecho,—yo tengo una convicción profunda...! Mi corazón se abre como un abismo lleno de voces, y á gritos clama que ese hombre será salvo por tu mediación.

—¡Señora—dijo Gloria exaltándose como su tía,—yo he orado tanto, tanto, que tal vez...!

—No, desgraciada, no basta la oración. Es necesario el sacrificio, es necesario que llegues, y ante esos piés taladrados por el clavo pongas tu corazón dolorido, tu vida, tu voluntad, tus acciones, tu porvenir, tu universo mundo, tu carne y tu espíritu, diciendo: «Señor, tómalo todo, toma todo lo que recibí de tí. No quiero ya nada que no seas tú, tú solo, ni más amor que el tuyo por entero. Abrásame en tu fuego y hazme temblar noche y día con las dulces ansias de amarte incesantemente, contemplándote, oyéndote en mi interior, magnificándome con tu gloria, padeciendo con tu pasión. Este resto de existencia que conservo mientras no me lleves á tu lado, sólo será para tener voz con que nombrarte á todas horas, labios con que besar tu santa imagen, y si das á mi cuerpo el santo tormento de que me duelan tus heridas, mayor gozo tendrá mi alma. Perezcan los ojos de mi cuerpo, que de nada me sirven, y así te verán mejor los del alma. Perezca mi belleza, que no por ella te he de agradar, sino por la pureza y la violencia de mi amor. Soy toda tuya, Señor, y aun así no creo ofrecer bastante al que murió por redimirme del pecado.»

Doña Serafina se había levantado, y con su majestuoso ademán daba más energía y realce á su admirable elocuencia.

—Lo que usted dice—manifestó Gloria,—resuena en mi corazón como un eco del cielo.

—Dios aceptará tu sacrificio y lo premiará—añadió la mística.—La inagotable bondad del Amado se te revelará bien pronto. Oirás su voz en tu interior; le verás allá en lo profundo y en lo más negro de tu mirar, cuando cierres los ojos en la dulce oración. ¿Cómo no ha de concederte lo que le pides, si le pides un nuevo triunfo para su Iglesia? ¿Qué premio más digno puede ambicionar un alma consagrada á Dios? «Señor, le dirás, trae á tu seno á un sér que me fué querido y que tiene la desgracia de carecer de la verdadera luz.»

—El Señor me oirá—dijo Gloria cruzando las manos.—Tía, querida tía, mi alma se llena repentinamente de fe; en mí ha entrado una luz prodigiosa; siento como una gran lluvia... Soy otra... Suena dentro de mí una voz como el trueno... Me parece que Dios me dice: _Sí, sí, sí_.

—Sí, sí, sí—repitió la predicadora con exaltación que rayaba en delirio.—Y se salvará, abominará de su execrable secta, y entrará en el Paraíso.

La piadosa señora, que había estado tantos meses predicando á su sobrina las excelencias de la vida ascética, y había agotado todos los argumentos, todas las razones, todos los sofismas sin conseguir nada, lograba al fin su objeto: ¿cómo? tocando una fibra más sensible que todas las fibras del corazón de su sobrina, la fibra del amor humano. Al llegar allí, el espíritu rebelde gimió dolorosamente sucumbiendo; y lo que antes le pareció monstruoso é inútil, parecióle después bello, grande y sublimemente provechoso. Estremecida hasta lo más íntimo de su sér, sintió la bullidora expansión del amor, pidiendo su consecuencia natural, el sacrificio.

—Acepto, acepto...—declaró levantándose, ágil, inquieta, exaltada, cual si recibiera por milagro prodigiosas fuerzas.

Pero extendiendo después un brazo, llevándose la izquierda mano á los ojos, murmuró con súbito desaliento:

—¡Mi pobre hijo...!

—Dios, el Criador de todas las cosas—gritó Serafinita acudiendo velóz á agarrar á su víctima que se le escapaba,—miró á la tierra pervertida por el pecado, y enviando á ella á su Hijo en carne mortal, le vió padecer y morir como un hombre... ¡Y aquél era el Verbo, la razón universal, la justicia, la ley... el Hijo!... Lo que hizo Dios por redimir al género humano, que formó de barro, ¿no lo podrá hacer una miserable criatura por salvar á otra de las eternas llamas del infierno?... ¿y no sería capáz esta criatura de hacer un sacrificio tanto más aceptable cuanto más noble es el afecto sacrificado? ¡Dios infinito, inmenso, más grande que todo lo grandísimo, ve morir á su Hijo!... y tú... ¿Acaso le pierdes? ¿acaso le matan?

—Madre querida—dijo Gloria contestando á las caricias de su tía con otras no menos ardientes,—soy de usted: no vacilo más. Ya no tengo voluntad. Venga la cruz, pronto, pronto. Mi espíritu la acepta... ¡Oh, qué idea! ¡qué sublime idea!

Cayó sin aliento en la silla.

Serafinita permaneció en pié diciendo:

—Partamos esta misma tarde. No debe perderse tiempo.

Sin duda temía volubilidades y arrepentimientos.

—Esta misma tarde—repitió Gloria, pálida, sin aliento, transfigurada, como si tuviera ya marcada la hora para salir de este mundo.

—Nos prepararemos en un instante; arreglaremos todo para ir á tomar el tren en Villamojada.

—Saldremos sin que lo sepa mi tío.

—Eso no: se lo diremos. ¿A qué ese engaño indigno de nosotras?... Es preciso preparar todo—dijo la señora con febril impaciencia.—Es verdad que no necesitamos gran cosa.

—Es verdad... Yo...

Gloria no pudo seguir la frase, porque se sintieron pasos. Abrióse la puerta y apareció D. Buenaventura.

XXII

Esperanza de salvación.

—Vengo—dijo el buen caballero algo turbado,—á anunciarte una visita, y no podrás ahora negarte á recibirla, porque se trata de una cosa muy importante, muy grave, muy lisonjera. En resumidas cuentas: ahí está y va á subir á verte, porque lo mando yo... Es cuestión de vida ó muerte.

Gloria no contestó una sola palabra; tan confundida y absorta estaba. Doña Serafina iba á decir algo, pero no pudo porque su hermano se retiró con presteza. No tuvieron tiempo de hacer comentarios sobre aquella visita y el misterioso anuncio, porque al poco rato regresó D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton, vestido completamente de negro, la faz hermosa y tétrica. Parecía recién salido de una enfermedad grave, ó que en una noche había vivido diez años. Gloria, al verle, sintió profundo desconcierto en todo su sér y se quedó como muerta. Turbóse de tal modo su espíritu, que creía soñar ó ser presa de un delirio, cuando oyó á su tío pronunciar estas palabras:

—Querida Gloria, querida hermana, tengo el más vivo placer al anunciar á entrambas que nuestra santa religión ha hecho hoy una gran conquista. El Sr. Morton, que está presente, abraza el catolicismo.

El efecto de estas palabras fué tremendo, como la voz de Jehová en las alturas. Gloria y su tía eran dos estátuas.

—Lo que mi ilustre amigo dice—manifestó Daniel,—es verdad. Al tomar esta resolución he creído deber anunciarlo á quien puede vanagloriarse de ser el ángel de mi conversión.

Nada hay más glorioso ni más digno de regocijo para el cristiano que la entrada de un infiel en el reino de Cristo; y sin embargo de esto, Serafinita, que era, como hemos visto, una especie de candidato á la perfección cristiana, experimentó en el primer momento, después de oída la plausible nueva, una contrariedad vivísima. Esta contrariedad, justo es decirlo, pasó como un relámpago, porque la rectitud, que moraba en el espíritu de la buena señora ocupando todo el lugar que le permitía la exaltación mística, estableció el dominio del Verbo, de la razón universal, ó sea de la _luz verdadera que alumbra á todo hombre que viene á este mundo_, según el Evangelista. Pero aun rindiendo culto á la razón externa, siempre quedó en el espíritu de la señora algo que no era el júbilo de la Iglesia triunfante. Podremos expresar, aunque pálidamente, el estado de su alma, diciendo que se _resignó á alegrarse_ por la salvación del judío. Este sentimiento extraño tomaba la forma de _lástima de su sobrina_, por la desviación que iba á sufrir una preciosa vida llamada ya á las deliciosas esferas de la perfección.

—Querida hija—dijo D. Buenaventura, acariciando á Gloria;—al fin Dios ha oído tus oraciones y vas á recobrar tu dicha, tu paz, tu dignidad, por el procedimiento más plausible que puede imaginarse. Estás de enhorabuena y tu familia también.

—No quiero—dijo Morton dirigiéndose á Gloria,—que nadie se envanezca de esta resolución mía, sino tú sola.

—Yo más querría—repuso ella animándose,—que tan hermosa acción se debiera antes á la santidad de la doctrina de Jesucristo que á mí.

Serafinita se apresuró á tomar la palabra, diciendo:

—Nosotros no dudamos que esa frase sublime _Soy cristiano_, haya sido dicha con lealtad; no creemos que puedan los labios pronunciar el dulce nombre de Cristo mientras lo niega el corazón; pero este caballero no extrañará que exijamos alguna garantía. Para entrar en nuestra Iglesia es preciso recibir la instrucción cristiana y el agua del bautismo.

—Sé lo que me corresponde hacer—dijo Morton gravemente,—y á todo estoy dispuesto.

—Tan grande, tan inesperado, tan sorprendente es este suceso—dijo Gloria con emoción,—que necesito esforzarme mucho para creerlo... ¡Tú adorar á Jesucristo!... Vuelve los ojos á esa cruz y júrame por la imagen crucificada que es verdad lo que me dices, que lo haces con el firme propósito de ser cristiano y no por móviles que no son religiosos, que persistirás en tu designio, y que crees firmemente que la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo es no sólo la mejor sino la única verdadera.

Blanco como el marfil de aquella hermosa imagen que tanto en el rostro se le parecía, estaba Daniel, cuando extendió la mano hacia la cruz, y con los ojos bajos habló así:

—Lo que dije, dicho está. Por ese... te juro que es verdadero el propósito que he formado.

Más parecía reo convicto á quien el delito se le sale de la conciencia á los labios, que entusiasta neófito proclamando un Dios nuevo.

En el mismo instante de pronunciar su juramento, oyóse un sonido áspero, estridente, desagradable, que de los aires venía. No era tañido de campana, ni rumor de ruedas, ni rechinar de goznes, sino un horrible choque de tablas con piedras, retumbando en hueco. Parecía que andaba por el cielo una legión de séres extraños calzados de almadreñas y bailando sobre guijarros.

—Ya tocan la carraca—dijo D. Buenaventura.—Sale la procesión... En cuanto á los trámites que ha de seguir este acontecimiento, mi hermano Angel los decidirá. ¿No crees tú lo mismo, Serafina? Ayer recibí una carta de Angel en que me decía que si hubiera conversión, él arreglaría todo de modo que en tres días quedase el bautismo celebrado y mi sobrina casada en paz y gracia de Dios. La extrañeza del caso es motivo para abreviar ciertas prácticas, y cuando mi hermano lo cree así, es porque la Iglesia lo permite. Por ahora—añadió dirigiéndose á Gloria,—creo que debemos fiar en su palabra.

—Fiaremos, sí—repuso Gloria mirando al extranjero con amor;—pero es tanto lo que esta idea me cautiva, es tanto el júbilo que siento, no por mi reparación sino por tu conversión, que quiero oirte decir: «Creo en Dios uno y trino, creo en Jesucristo.» Es este un gozo que me hace llorar. Es la compensación de todo lo que he padecido, la prueba visible é innegable de que mi Dios no me ha abandonado, y la promesa del Paraíso... Adora esa cruz, besa esa imagen, representación del que tus ascendientes injuriaron, escupieron, abofetearon y crucificaron, y con una palabra, una voz sola, breve si quieres, pero salida del corazón, pruébame que en tu alma generosa, á la cual no faltaba más que la luz, ha entrado ya esa luz; pruébame, no que abrazas el cristianismo, sino que te sientes cristiano.

Brillaba en los hermosos ojos de Gloria la inspiración divina. Sus palabras, como salidas de un corazón lleno de verdad, no podían oirse sin entusiasmo y devoción. El que ya no debemos llamar hebreo se levantó de su asiento. Estaba su rostro cadavérico, y sus manos temblablan como las del enfermo calenturiento.

—Creo en tu Dios, en el único Dios—exclamó con voz de delincuente,—en...

No pudo decir más. Su brazo cayó como si perdiera la vida, é inclinando la cabeza exhaló un suspiro semejante á aquel inmortal suspiro del Cristo, tan bien expresado en el momento de la agonía por el artístico marfil que estaba sobre la mesa.

—Perdóname, amor y salvación mía—balbució Morton,—perdónenme todos; pero no estoy suficientemente instruído aún en los dogmas cristianos, y temo decir algo que sea resabio del culto que abandono.

Gloria rogó al catecúmeno que se sentase. Le causaba terror su palidéz, su consternación y sobresalto; pero esto tenía explicación satisfactoria por la singularidad de aquel acto, y el trastorno que la presencia de la mujer amada debía producir en el alma del extranjero.

Venía de la plaza de Lantigua un rumor de gente y de religiosos cánticos. Pasaba la procesión de Jueves Santo, y Serafinita corriendo al balcón se arrodilló. Todos la imitaron. Gloria y Daniel estaban juntos á la derecha de la señora, D. Buenaventura á la izquierda.

Tras cuatro guardias civiles que iban despejando, pasó el negro pendón enarbolado por un hombre, pasó la cruz negra, acompañada de los dos ciriales, siguió el primero de los pasos que era la _Oración en el Huerto_; y los que conducían cruz, pendón, cirios é imagen, se quedaron mirando al balcón de Lantigua, donde había una cosa extraordinaria, inaudita, el judío de rodillas, mirando la procesión.

A la derecha se veía el alambre telegráfico lleno de pájaros en fila, con tanto comedimiento y gravedad atentos á la comitiva, que parecían tocados de la más pura devoción.

Oíanse allá lejos los acordes de fúnebre marcha, tañida por los implacables trombones y cornetines de la banda del pueblo, y la larga masa de gente avanzaba despacio por la calle principal. De las descubiertas cabezas sobresalían los ramos de oliva del primer paso, el flotante vestido de terciopelo bordado de oro, los feroces judíos azotadores, y más atrás una señora vestida de negro, y un palio negro también.

Pasó la primera imagen, pasaron dos filas de individuos que componían la cofradía más numerosa de Ficóbriga, todos con vela en la mano, y ni uno solo dejó de apartar su vista y su mente de los lastimosos cuadros de la Pasión para fijarlas en la casa de Lantigua.

Antes de que acabase la larga fila de los cofrades, vino el grupo de los azotes, y hasta los feroces judíos de sañudo aspecto parecía que se quedaban mirando al balcón de Lantigua, suspendiendo sus impíos golpes. Gran número de mujeres rodeaban aquel grupo, encapotadas con negros mantos las unas, otras con humildes pañuelos, señoras y aldeanas, amas y criadas, niñas y viejas, todas con los ojos encendidos de llorar; pero al llegar á la plaza ni una sola dejó de encontrar más interesante que todos los pasos el balcón de Lantigua, y un rumor de comentarios y una oleada de cuchicheos corrió por la superficie de aquel mar de gente.

Tras el segundo paso iban los penitentes, hombres que habían venido de los pueblos inmediatos á visitar el monumento y á expiar sus culpas mediante el transporte de una grande y pesada cruz. Iban con el santo leño á cuestas, y vestían la tradicional hopa negra con capuchón calado, sin ningún resquicio por donde se violase el incógnito, ni más ventilación que los dos agujeros por donde daban luz á sus ojos. También ellos, á pesar de hallarse acongojados por la memoria de las faltas que expiaban á costa de sus fuerzas físicas, miraron por sus espantables claraboyas al balcón de Lantigua.

Venía después el Crucificado y por fin la Dolorosa, y alrededor de ella estaba lo más notable del pueblo. Los señores alcurniados llevaban las varas del palio, que iba detrás, como de respeto; seguía el clero, y por último el Ayuntamiento con la banda de música y la media compañía de carabineros. Marineros y señores, los del palio y los que cargaban la imagen, clérigos y monaguillos, Sildo con el incensario y Caifás con el piporro, cantores y alguaciles, el soplado alcalde D. Juan y el jefe de los carabineros, los chicos que agitaban en la inquieta mano las carracas, todo lo viviente en fin miraba al balcón de Lantigua. El cura dijo algunas palabras por lo bajo al padre Poquito, y Amarillo frunció el ceño, como enojado de que un gran suceso excitara la curiosidad sin su permiso.

XXIII

Los viajeros.

Y como aquel día debía ser notable en la villa de Ficóbriga por la acumulación de acontecimientos imprevistos y sorprendentes, bien pronto la atención del pueblo se fijó en otra novedad.

Y hé aquí que al salir de la plaza de Lantigua al camino real, la Guardia civil divisó un coche, al cual mandó que se detuviera. El del pendón y los conductores del primer paso miraron airados al importuno vehículo, que avanzaba entorpeciendo la vía, cuando por la portezuela izquierda de él apareció el semblante de una hermosa dama desconocida. Comenzaban los murmullos, cuando por la portezuela derecha vióse un sombrero de colores y bajo él la risueña, la seráfica, la angelical cara de D. Angel de Lantigua. El señor arzobispo de X*** gritó al cochero:

—Pare usted, pare usted... no entorpezcamos la procesión.

E incontinenti bajó Su Eminencia, acompañado del doctor Sedeño, y quitándose el sombrero saludó á las santas imágenes. Un clamor inmenso resonó en la cabeza de la procesión, clamor que fué propagándose y retumbando como los ecos del trueno hasta llegar á la cola. El clamor decía:

—¡Viva el cardenal de Lantigua! ¡Viva!

Poco faltó para que los pasos fueran abandonados en medio de la vía, y cogido en brazos y llevado en procesión el glorioso hijo de Ficóbriga, á quien sus paisanos no habían visto desde que fuera elevado al cardenalazgo. D. Angel lloraba de agradecimiento.

Pero el entusiasmo ficobrigense no impidió que todos y cada uno de los acompañantes de la procesión se fijasen en un hecho singularísimo. En el coche de Su Eminencia venían dos señoras, una de ellas muy principal y soberanamente hermosa, la otra con aspecto de subordinación, mas no tan humilde que pareciese criada. Ambas bajaron del carruaje cuando el señor cardenal lo abandonó, y contemplaban la procesión con más curiosidad que recogimiento.