Part 10
—Hija mía, no interpretes mal esto que no es imposición mía, sino simplemente exhortación y consejo—dijo Serafinita tomándole las manos y estrechándoselas con amor;—no creas que yo predico la desnaturalización, no. Pero á la altura de tu falta ha de estar tu purgatorio. Cuando necesitas cargar una cruz muy pesada para ser recibida arriba, no has de llevar una caña. Sacrificando niñerías, caprichos vanos y cosas de poco valor, no se gana la vida eterna. Es preciso arrancar del corazón la fibra más sensible, arrojar la joya de más precio, matar lo grande, lo querido y lo entrañable, meter la espada en lo más hondo, llorar mares de lágrimas, padecer, padecer mucho y siempre padecer. Esta es la clave del cristiano, amor mío. Ya sabes que en el día de hoy celebramos el augusto sacrificio de la víctima del Calvario, del divino cordero. Fija tu pensamiento en este ejemplo sublime, y considera que es necesario que nos crucifiquemos para parecernos á El y entrar en su reino.
—¡Crucificarme! ¿No lo estoy ya?—dijo Gloria extendiendo los brazos en cruz.
—Pero no basta crucificarte como mujer, sino como madre. Viviendo como vives, estás expuesta á mil peligros, y esa maternidad que tanto adoras es un lazo funesto que te une sin quererlo al autor de todas tus desdichas. Vivirás sujeta á horribles tentaciones. Ya sabes que Job lo ha dicho: «La vida del hombre sobre la tierra es una tentación.» Además, el que todo lo sabe ha dicho: «Si tu mano ó tu pié te fuere ocasión de pecar, córtalos y échalos de tí.»
—Es verdad, es verdad.
—Hija mía—añadió la señora besando con cariño á la atribulada joven,—mete la mano en tu corazón, tócalo y observa si el amor de ese niño y la llama infame á cuyo primer fuego debió la vida, no se confunden el uno con la otra.
Gloria callaba. Parecía que en efecto metía la mano en su corazón y tanteaba llamas.
—¿Callas?
—No sé qué responder—dijo la infelíz dejando caer sus brazos con desaliento.—Mi alma está acongojada, y en mi pensamiento todo es confusión, desvarío. No sé lo que pienso ni lo que siento, porque estoy llena de terrores, de angustias, de presagios, de deseos, y no puedo tomar resolución alguna, porque cada esfuerzo de mi voluntad es seguido de un desfallecimiento que me mata.
—Pues yo te ofrezco los medios para salir de ese estado, y los rechazas. Te señalo el amor exclusivo de Dios como término dulcísimo de tus ansias, ¡y dudas todavía!... Desarraiga todo amor criado, y entrará en tí la gracia como un torrente. Retira tus ojos de toda criatura y verás el rostro del Criador. Sepárate de cuanto ves y estarás unida á El eternamente. Cierra tus oídos á la música fascinadora de los afectos pasajeros, y oirás en tu interior el habla del Señor Dios. ¡Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que viene de fuera, sino la verdad que habla y enseña interiormente!... Nadie mejor que yo puede darte estos consejos, porque en mí no sospecharás egoísmo. He hecho voto de pobreza, he repartido mi fortuna entre los pobres y las hijas de mi hermano. Desengañada de las vanidades del mundo, me disponía á entrar en un santo retiro, cuando supe tu desgracia. Esto me detuvo, y sentí en mi conciencia el habla dulcísima de mi Dios que me dijo: «Ve y tráemela»...
»¡Hija de mi corazón! Corrí á tu lado, te asistí en tu enfermedad como pudiera hacerlo la madre más cariñosa; pero mi orgullo no se cifraba en librarte de la muerte física, sino de la muerte moral, que es la condenación eterna. Te exhorté, te puse mil ejemplos ante la vista, lloramos juntas, te he tratado con dulzura, con ardiente cariño y sin dureza ni altanería; que en las conquistas cristianas la humillación trae la victoria. Yo no puedo consentir que tu alma nobilísima arda en los infiernos por un extravío pasajero, y seguiré exhortándote hasta que me arrojes á golpes. Mientras tenga lengua te diré: «Ven, ven, hija mía, ven conmigo á esa morada pacífica y solitaria donde tu alma se purificará por la oración, por la humildad, por la penitencia, recibiendo, al modo de una ablución divina, la gracia que ha de regenerarla.» Allí tu corazón se limpiará de esa escoria tenebrosa por la llama del divino amor, que irá creciendo, creciendo, hasta producirte los más dulces arrobos, y la gratísima previsión del reino de los cielos, sólo concedidos á los que todo lo dejan por el Amado, y al Amado consagran cuanto en la persona humana existe de espiritual y divino...
—¡El convento!—murmuró Gloria dando en su lecho una angustiosa vuelta.—No me asusta el encierro... pero allí no veré á mi hijo.
—El que hizo el mundo, el que se hizo hombre por redimirnos, el que fué sacrificado por nuestro amor es el primero de todos los amores, hija mía—declaró Serafinita, derramando sin cesar lágrimas de emoción y piedad.—¿Es posible, es posible que no te convenzas todavía?
Gloria cerró los ojos, y como el que se hunde en los abismos de un letargo, contestó desde dentro con profunda voz, que apenas hacía mover sus labios:
—Todavía no.
—¡Miserable de mí, mil veces miserable—exclamó doña Serafina con patético dolor,—que no tengo fuerzas, ni elocuencia para salvar á un alma querida!
—Usted es una santa—dijo Gloria abriendo los ojos y ofreciendo sus brazos á su tía para estrecharla en ellos.
—Soy una infelíz que he aspirado á ejercer el ministerio de los apóstoles, y Dios me castiga por mi soberbia.
—Usted es una santa—repitió la joven,—pero... nunca ha sido madre.
La noble señora no contestó. Observaba la creciente desfiguración de las facciones de su sobrina.
—¿Qué tienes?
—Una cosa que sería deseo de morir—repuso Gloria con abatimiento,—si no siguiera viviendo mi hijo.
—¿Tienes sueño?
—La pereza de la muerte; pero con esto se duerme.
—Debes descansar.
—No puedo... No se separe usted de mí. Si me quedo sola pensaré cosas malas. ¿Qué hora es?
—Ya amanece. Jueves Santo, hija mía. ¡El día más hermoso para salvarse!
Gloria trató de decir algo; pero entróle una congoja penosísima; su corazón oprimido latía con fuerza, y era tal la sofocación de su pecho, que Serafinita le retiró las sábanas para que el peso de ellas no le molestase. Movióse la infelíz con febril inquietud en el lecho, y su hermosa cabeza, con los negros cabellos en desorden, echábase violentamente hacia atrás. Por último se llevó ambas manos al pecho y oprimiéndoselo, cual si quisiera detener allí alguna cosa que se le escapaba, gritó con voz ronca:
—Señor, Señor, no puedo.
Su tía procuró tranquilizarla. Al fin iba cayendo la joven en un estado semejante al sopor. Serafinita notó que sus sienes latían violentamente y que su respiración era fatigosa. Pero seguía aletargada, y como esto tranquilizara á la buena señora, arrodillóse junto á la cama y empezó á rezar con el mayor recogimiento.
XX
¿Qué haré?
Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.
El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche obscura, pues la luna, no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el rostro como novia enojada que huye de su amante observando si éste la sigue. Sansón unióse á su amo; pero éste le dijo secamente que se retirase á la casa dejándole solo.
Aparentando obedecer, Sansón le siguió desde lejos. Morton rodeó la casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce á la playa, bajó lentamente, con las manos cruzadas á la espalda, la vista fija en el suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos apagados ó por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba ensordeciendo á medida que á él se acercaba.
Cuando sus piés se hundían en la arena y avanzaba hacia el fino y húmedo suelo, que había pulido la última pleamar arrastrando sobre él sus láminas de agua, sintió una especie de simpatía inexplicable, y como un deseo de expansión y confianza semejante al que se experimenta en presencia de un buen amigo. Morton miró las olas que iban y venían con el más admirable ritmo que existe en lo creado, y mirándolas sacó del caos de su espíritu esta pregunta: «¿qué haré?»
En la playa había una piedra enorme arrancada por las olas á un acantilado cercano. Sobre aquella piedra se sentó Daniel, contemplando el mar grave y cadencioso, especie de péndulo inmenso que determina un secreto equilibrio. En aquel mar, en su voz semejante al zumbar de un cerebro donde hierven las ideas, en el resoplido de sus olas y en aquel latido de su enorme vida corriendo sin cesar del fondo á la playa y de la playa al fondo, vió Morton perfecta imagen de la perplejidad en que se hallaba su espíritu.
A poca distancia y entre las peñas de la derecha, yacían aún los restos del _Plantagenet_, herrumbroso esqueleto, que se desgastaba lentamente sin que hicieran caso de él ni los hombres ni los peces.
Sentado en la piedra, el codo en la rodilla y la barba sostenida en los dedos; fijo y quieto como una esfinge; centinela en la puerta de lo infinito; mirando siempre hacia adelante, y mirado por el mar cuyas olas son una fisonomía, porque hablan, saludan, escarnecen, injurian, escupen, sonríen, desprecian, se adormecen y braman de coraje; atento al espectáculo de una gran perplejidad, que según él, llenaba el universo todo, Daniel Morton decía:
—Lo que yo sospechaba es cierto. Morirá por mi causa y morirá de pena. No se ha resignado aún á aceptar la solución que su familia la propone, porque espera... pero al perder la esperanza, caerá, caerá en ese horrible lazo, y exaltada por el espíritu de una religión que ordena el padecer, doblará al fin la cabeza ante el ascetismo y arrastrará miserable vida en un convento cristiano... Con buena intención, porque su celo religioso y el entusiasmo por su falsa doctrina son sinceros, esa noble señora y D. Angel, el discípulo del Nazareno, han negado á su corazón el más dulce consuelo, ¡le han prohibido á su hijo!... Esto da horror, y al pensarlo no hay en mi corazón una sola fibra que clamando no proteste...
»¡Y pensar que con una sola palabra podré sacarla de ese infierno, y devolverle su salud, su paz, su felicidad, la estimación del mundo, y que con esta palabra volverá á sus brazos el pobre ángel espúreo, que vive rechazado de todo el mundo, y escondido como la vergüenza ó como un tesoro robado!... ¡Pensar que con una palabra puedo causar tan grandes bienes y que esta palabra no se puede decir!... Pues se dirá. Tengo por corazón una piedra; no soy hombre si no pronuncio esa palabra. Soy un miserable, merezco ser perseguido eternamente por mi conciencia y no tener un solo día de paz si consiento tan gran desdicha: la pobre madre atormentada, el niño encubierto y confiado á manos mercenarias...
Detúvose un instante. Su pensamiento, dando una vuelta, le mostró otro hemisferio, y dijo entonces:
—¿Pero qué es lo que debo hacer? ¿qué debo decir? Una palabra que es la apostasía infame de mi religión, el desprecio de Dios en cuya santa idea crecí y crecieron antes mis honrados padres, y antes mis abuelos, y del mismo modo las generaciones remotas, hasta llegar á los que fueron elegidos para recibir la Ley directamente del mismo Dios y enseñarla á todo el mundo. ¿Puede caber en mi cabeza la idea de negar á Dios y negarle para abrazar otra fe?... ¡y qué fe!... ¡la de un falso profeta, la del Nazareno, en cuyo nombre hemos sido dispersados, perseguidos, quemados é injuriados por espacio de dieciocho siglos!... Y yo he de llegar al Nazareno y decirle: «aquí me tienes á tus piés, aquí está el que se vanagloriaba de no pertenecerte jamás, el que ha tratado de enaltecer á los suyos para apartarles de caer en tí, aquí está el más soberbio de tus enemigos»... Y yo he de decir á mi Jehová: «Ya no te pertenezco. Soy como el siervo á quien su amo ha distinguido poniendo en él toda su confianza; y hé aquí que este ingrato siervo huye de la casa de su Señor, robándole, y después va á casa del enemigo y pide salario y escarnece á su antiguo Señor»... Y todo ¿por qué? por una mujer... por un amor poderoso, irresistible, pero que es cosa terrenal, y por un hijo que adoro, pero que es un pobre gusano, indigno de atención desde el momento en que aparece á su lado la presencia aterradora y sublime del que hizo los cielos y la tierra...
Al llegar aquí, su pensamiento, sin pausa ni intermedio alguno, le puso delante el primer hemisferio.
—Pero es que al considerar la desgracia de la amada de mi corazón, he de recordar que yo soy autor de ella. Yo, yo sólo he causado desdicha tan lastimosa. Ella era pura y felíz, yo turbé la paz de su corazón, arrastrándola á la ignominia; yo la arranqué de aquel cielo hermosísimo en que vivía su alma y la precipité en las tinieblas; ahuyenté de su lado á los ángeles que velaban con misteriosa atención su persona, y llené su corazón de culebras. Era como una flor y la pisoteé. Había nacido para que su sola mirada derramase felicidad, para que hasta su sombra hiciera nacer bienes por todas partes, y yo de aquel claro astro he hecho una noche lóbrega, una obscuridad llena de dolores que hace llorar á cuantos se le acercan... Yo tengo la culpa de todo, yo causé su mal y lo causé con villanía, porque oculté mi religión, que era un estorbo, y siendo enemigo me presenté como amigo. Yo soy el autor de su desgracia. Y no hay remedio, no hay sofisma que valga; esa desgracia debe ser reparada por mí. Si así no es, no tengo idea de la justicia, no tengo noción del deber ni del honor, y siendo extraño á la idea de justicia, no puedo ni aun saber lo que es Dios... Mi deber es reparar esa desgracia y sacar á la pobre mártir del potro en que está. No son sus tíos los que la tuestan viva; soy yo, yo solo. Por consiguiente mi deber es salvarla. Me lo ordena la justicia, que es Dios; el deber, que es Dios; la verdad, que es Dios; la compasión, que es Dios. Me lo ordena también la sociedad, y esta ley de recíproco respeto de la cual no podemos prescindir... Sí... es preciso, es indispensable, fatal, inevitable; y si así no lo hiciera, no habría nombre bastante vil en ninguna lengua para vituperarme. Merezco morir y ser devorado por los perros, sin que jamás mi cuerpo disfrute el descanso del sepulcro... Nadie arrancará de mí esta convicción profunda que mete su raíz hasta lo más hondo de mi pecho. Esto es la evidencia, la verdad pura...
Al llegar aquí, subía la marea y una ola extendió su lengua bordada de espuma sobre la arena, mojando los piés del pensativo. Retiróse entonces, subió al acantilado, y arrojado sobre las peñas, dijo así:
—No, no es posible que Dios y la justicia estén en desacuerdo. No es posible que para ser fiel á un compromiso del corazón necesite ser apóstata. Aquí hay algo que mi inteligencia limitada no puede descubrir; hay sin duda un resorte misterioso, y es preciso que yo lo busque y lo toque, porque esto ha de tener solución, porque lo absurdo no puede prevalecer. ¡Oh! Dios mío, dame luz, díme dónde está la salida de este horrible laberinto; muéstrame un resquicio, pues salida ó hendidura ha de haber. Si no la hubiere, ¡oh, soberano Dios! todo, empezando por tí, debería ser negado, y esto no puede ser...
»¿Pero cuál es en realidad mi pensamiento en religión? ¿Qué pienso, qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tienes más oculto, tu voz más recóndita; lo que es aún menos que voz, un susurro que apenas oigo yo mismo... ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las verdades eternas? No, felizmente sé remontar mi espíritu por encima de todos los cultos, y puedo ver á mi Dios, el Dios único, el grande, el terrible, el amoroso, el legislador, extendiéndose sobre todas las almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el centro de toda substancia. Entonces, miserable, ¿qué te detiene? ¿No hallas en el cristianismo las verdades eternas? Existen, sí; pero desfiguradas y adulteradas... No, no puedo inclinarme á contemporizar con una juxtaposición inútil, con la destrucción de la sencilléz, con una fe que poco ó nada ha enseñado al mundo. Aborrezco esa idea con todas las fuerzas de mi alma; y todo el odio venenoso que esa secta alienta contra mí, se lo devuelvo centuplicado. No lo puedo remediar; lo he mamado con la leche; lo traigo encendido en mis entrañas desde el vientre de mi madre, y mi espíritu lo trajo también desde la nada. Si cuando mi espíritu se eleva á la contemplación de la esencia primera soy tolerante, expansivo, ámplio y generoso, al considerar la idea cristiana, nuestro verdugo y nuestro cadalso, soy fanático y brutal como los inquisidores católicos... y para mi tormento, el sér que idolatro sale del tumulto aborrecido de esa secta, y se me presenta lleno de gracia y luz, único sér á quien puedo absolver de la responsabilidad cristiana, único sér á quien perdono los agravios hechos á mi raza... ¡Oh, Dios, Dios!... ¿qué misterio es este, qué enigma es este terrible y espantoso? Mi cabeza estalla como un volcán... no sé qué pensar. Aquí hay algo, algo que mi limitada razón no comprende. Dios mío, Dios de las inteligencias, ¿por qué has hecho estas contradicciones horrorosas, y estos absurdos que hacen dudar de la bondad de la creación y de la lógica del mundo?
El cielo comenzó á aclararse, la superficie del mar brillaba junto al horizonte, tiñendo de amarillo sus ondas lejanas. Toda la tierra empezó á inundarse de luz. Amanecía; pero Morton no advirtió nada, porque en su mente continuaba la noche y un caos perpétuo.
—Más vale—dijo,—que continúe todo como ahora está, que siga su deshonra, su vergüenza, la bárbara separación de la madre y el hijo, mi soledad, el remordimiento implacable que me tritura las entrañas. Quizás el tiempo nos consuele á todos... Ella entrará en ese aborrecido convento, más triste que la sepultura, porque en él se vive... No la veré más, no veré tampoco á mi hijo, porque será escondido de mí, como se esconde del ladrón la joya. Crecerá y le veré algún día sin conocerle... Le enseñarán á maldecir mi nombre y mi sangre... ¿Y cómo se evita esto, cómo? ¡Si pudiera evitarse dando la vida!... No; no se evitará con cien vidas, sino con una palabra breve, como las que á todas horas pronuncian nuestros labios; pero que encierra una idea, todas las ideas y el universo y la vida futura.
Después de breve pausa, añadió:
—Soy un miserable si no digo esa palabra, si no la digo clara, leal, sin impostura. Lo pide á gritos cuanto hay en mí de sentimiento y piedad. Soy un miserable si no digo esa palabra, si no cierro los ojos á todo, á mi historia, á mi raza, á mi culto, á mi familia, y me arrojo en brazos de la infame secta que aborrezco, de esa secta, que sin duda no es tan mala como yo creo, porque á ella pertenece la que reina en mi corazón.
Oprimióse la frente con ambas manos, como si quisiera sujetar una idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su pensar; pero no pudo sustraerse á un razonamiento que le anonadó:
—¡Mi padre!... No, desde que adopte esta resolución ya no tengo padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado... al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi madre, que es personificación sublime de la consecuencia israelita, me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle á la marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criáste si sabías que había de llegar esta hora?
Levantóse frenético, y agitando los brazos, vuelta la cara hacia al cielo, gritó desaforadamente:
—¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!
El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza, sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por el cielo con grave paso, dándose unas á otras la mano, el mar sonoro y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros á las caricias del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.
Bajando á la playa, recorrióla toda lentamente. Parecía que contaba las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba, recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad continuaba, y el péndulo seguía su atormentador movimiento. Pero al fin, ya cerca de medio día, el extranjero se levantó. Dióse un golpe en la frente, y mirando al cielo, dijo con la firmeza propia del que ha tomado una resolución:
—Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.
XXI
Jueves Santo.
Gloria abrió los ojos después de un prolongado letargo, durante el cual su fatigado espíritu logró algún reposo. Había soñado con la pasión de Cristo, con los horribles judíos que le azotaban, había visto elevar el madero con la Divina Persona clavada por piés y manos; y este cuadro lamentable que se le representaba al vivo por el poderoso fingir del sueño, llenó su alma de patética y dolorosa compunción. Al despertar vió á su tía encendiendo algunas velas delante de la efigie del Salvador, hermosa figura de marfil que le representaba en el momento de expirar, cuando, alzados los moribundos ojos al cielo, decía: «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen.»
Serafinita había dispuesto la mesa como altar, poniéndole preciosas velas de esas que tan bien labran y adornan las monjas. No puso flores en los floreros, por temor de que el olor de ellas molestase á Gloria; pero los llenó de ramas de pino y otras matas verdes y sin aroma.
—¡Qué bien está, qué bien está eso!—dijo Gloria contemplando con gozo el altar.
—Hija mía, ¿qué tal te encuentras?
—No muy bien, pero podré levantarme.
—Más vale que te quedes en la cama. Yo no pienso salir hoy ni ir á la Iglesia, á pesar del gran día en que estamos. Debo acompañarte, querida mía, y juntas rezaremos el oficio del día, que es hermoso sobre toda ponderación.
—Muy bien pensado. Lo leeremos.
—Y nos deleitaremos en su sublimidad, contemplando el amor de aquél que con ser Dios, quiso derramar su sangre por nosotros.
Después que Gloria hizo sus oraciones de la mañana, se levantó y se volvió á acostar vestida sobre el lecho. Francisca arreglaba su cuarto, mientras doña Serafina bajó á preparar algo substancioso para que la enferma se desayunase. Nada más admirable que el celo que ponía aquella noble dama en todas las cosas, lo mismo en las grandes que en las pequeñas. Todo lo hacía conforme á su conciencia, y no se perdonaba cosa alguna, ni jamás dejó de hacer nada que le pareciese justo y conveniente. Era el alma de más rectitud que podía existir, y si hubiera destruído al género humano, Dios se lo perdonaría, porque sin duda habríalo aniquilado por convicción y creyendo que realizaba un bien. En ella no se conoció jamás ni sombra de hipocresía. Todo su espíritu y sus creencias y su voluntad retratábanse claramente en sus acciones; ni existió conciencia más pura, porque en ella eran imposibles las reservas y distingos insidiosos. Y sin embargo, alma tan limpia de perversidad podía ser dañosa... Mas para juzgar á Serafinita y condenarla por esto, sería preciso que Dios recogiese su Decálogo y lo volviese á promulgar con un artículo undécimo que dijese: «No entenderás torcidamente el amor de Mí.»
Y para juzgarla los hombres y condenarla debían á su vez arrojar de los altares á muchos varones y hembras que subieron á ellos por ser como Serafinita.