Part 9
¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas, para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en todas partes; le ha hecho roedor para que devore a pedazos lo que no puede llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para que conozca los peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras burle vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee infinitos recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos de diversos ramos, de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante, y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan, y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen; es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado, ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí donde jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye rutinarias vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de que posee mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales, cuando se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos, reúne y organiza poderosos ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si no halla medio de salir del paso, estos ejércitos se arman unos contra otros, embistiéndose con tanto coraje como táctica, hasta que al fin el vencedor vive a costa del vencido.
Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada: en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la localidad, es decir, que se traga los libros.
Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos, aquellos amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres no vacilaban en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia ante aquella chusma de los bodegones que, procedente de distintos puntos de la ciudad, por caminos solo sabidos de ella sola, se había reunido en tal sitio. Así es que, reponiéndome al cabo de algún tiempo de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, groseros y desvergonzados de la lengua española.
Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y solo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me ofrecían blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero, comencé a adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación del que gana terreno; y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a fuerza de trabajo y constancia pude adquirir el convencimiento de que no sería devorado.
Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle este nombre), me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra.
--Si me atacan otra vez --dije para mí--, acabarán conmigo.
XVII
Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el campo todos los combatientes; no: allí enfrente de mí, arrastrando por el suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más fuerte, ¿por qué no decirlo? el más hermoso de todos, fijando en mí el chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la resbaladiza cola, escamosa y parduzca.
--¡Ah, eres tú, Napoleón! --exclamé en voz alta como si el terrible animal entendiese mis palabras--. Ya te reconozco. Eres el mayor y el más fuerte de todos; eres el que iba delante cuando bajabais por la escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por tu propio provecho, reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo. Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees qué temo a una vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina, que de todo se vale, que se alimenta con los más nobles, ¿temblará ante un indigno roedor como tú?
Corrí hacia él; pero desapareció agachándose para esconderse entre unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar, y corrían de un lado a otro. No me queda duda de que eran algunos miles. A cada instante me parecía mayor su número.
En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie, tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y entonces vi que la boca del tonel estaba de frente. Pero lo que me causó sorpresa no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo, y después dos. En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y cavernosa, como toda voz de niño que sale por el agujero de un tonel, llegó a mis oídos diciendo:
--Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer?
--No: ya puedes salir. No tengas miedo --le respondí.
--Están ahí todavía. Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no había tantos; pero Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé cuántos miles más. Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego en un manojo de yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y verás cómo echan a correr.
Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada.
--Se han ido --dije--. Ya puedes salir.
Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet.
--Si tú no vienes --dijo--, ¿qué hubiera sido de mí?
--¡Bonito sombrero! --exclamé riendo.
--Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza... ya ves.
--¿Y Badoret?
--Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la del canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en ella; pero no pudimos dormir, porque al poco rato sentimos un runrún de dientes y uñas... Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos levantamos, Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos cacharros y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues creerás que no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros, se fueron en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y nosotros siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret: «Yo me voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la entrada de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando, les vas descargando palos, y alguno ha de caer.» Así lo hicimos. Yo bajé aquí, y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá van!» ¿Querrás creer que estando yo en esa puerta entraron todos en batallón con tanta fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté encendí luz y todos se marcharon; pero luego volvieron y entre todos casi me comen. ¡Ay, Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro por allá, y yo empecé a llorar, porque ya creía no volver a ver más a Siseta, a Gasparó, a ti ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo que hice para escapar: le recé a San Narciso y a la Virgen unos ocho Padrenuestros lo menos, y cátate aquí que no había acabado de decir _mas líbranos de mal, amén_, cuando, chico, suenan unos truenos, unos cañonazos, unos estampidos tan terribles que aquello parecía la fin del mundo. ¿Qué crees que era? Pues nada más sino que un gigante empezó a dar patadas en la casa, encimita de aquí, y desde esta misma bodega sentí caer las paredes. Allí habías de ver cómo corrían estos bichos, llenos de miedo por los golpes que dio el gigante mandado por la Virgen y San Narciso para salvarme. Me parece que aún le estoy oyendo.
--Pues qué, ¿habló también?
--Sí, hombre. ¡Pues no había de hablar! Después de dar muchas patadas, dijo con un vocerrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!» Pues verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta. Me volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé a San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda vez no me valió rezar diez y ocho o diez y nueve Padrenuestros. Lo que hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto miedo que me metí en el tonel donde me encontraste, y lo tapé con la baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí un par de años, San Narcisito de mi alma?» Y me acordaba de Siseta y de Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo!
--Pues vámonos fuera --le dije tomándole por la mano--, y busquemos a Badoret para salir de esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes, que os habéis dejado acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado algo al mercado?
--¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos un par de docenas, y si tú nos ayudas... Andresillo, Napoleón vale lo menos nueve reales. Si le cogiéramos...
Salimos fuera, y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados en la casa por la explosión del proyectil.
--Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte, Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano.
--En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir --dijo--. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por querer meter mucho ruido, la destrozó toda.
Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía. Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de los últimos aposentos del desván. Despertámosle, y nos llevó a la biblioteca, donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había encontrado en la casa.
--Sí, Sr. D. Andrés --dijo sacando gravemente una llave del bolsillo de sus andrajosos calzones--. Aquí tengo una buena cosa.
Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil y madreperla. Lo primero que vi fue un gran número de antiguas monedas de cobre y plata, todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar de las colecciones del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado varios objetos, y descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que tan bien han hecho siempre las monjas.
--Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo --dije tomándolo--. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es lícito comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas monedas.
Al niño Jesús le faltaba una pierna, devorada por Badoret, y no pude evitar que Manalet se comiese la otra.
--¿Tienes algo más? --pregunté.
--Sí --repuso Badoret--. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo puedo servir.
Por el suelo yacían, arrojados en desorden y medio roídos por los ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero de tres picos.
--Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla para ver qué dicen de él los franceses --dijo el mismo, señalando una partesana del Renacimiento, cuyo rico damasquinado causaría admiración al menos entendido--. Por ese agujero que está en el rincón, salieron varios generales que venían de la otra casa, y para cortarles la retirada lo tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está debajo del sillón.
En efecto: una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los benedictinos de la Edad Media.
--Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr. Ferragut --dije con enfado--. En cambio de tanta pérdida, nada habéis podido llevar hoy al mercado.
--Ya llevaremos, amigo Andrés --me contestó Badoret--. ¿Cómo está mi hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino aquí, y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo encima, carga con ella.
En el suelo yacía hecho astillas el Stradivarius del buen Ferragut; pero Manalet le recogió, con intento, según dijo, de hacer un barco con él.
--Andrés --dijo Badoret--. Napoleón es malo y traidor. No se deja coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente, él se pone delante y les echa cada arenga... Si encuentran algo, él se lo come y da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos, cacharros, estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas y cuanto hay aquí, no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú crees que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el Demonio, el Demonio mismo. O si no, escucha. Anoche, después que bajó Manalet, me tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo! Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado animal se me subió encima del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto como la torre de San Félix: ya me iba aplastando, aplastando, y no podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel... Aunque me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro los ojos o no los abro?» A veces decía: «los abro», y a veces decía: «pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi. ¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros, y con las patas delanteras tiesas. Me miraba, y los ojos no eran sino como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como de aquí... como de aquí, ¿hasta dónde diré? hasta el campanario de las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y se relamía con una lenguaza de fuego encarnado tan grande como toda la calle de Cort-Real, desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías. Yo quería saltar, pero no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a llorar llamando a Siseta, pero tampoco pude. Así estuve hasta que me ocurrió decir: «Huye, perro maldito, al infierno.» Amigo, el animal saltó bufando. Corrí tras él de un aposento a otro, y grité: «Por la señal de la Santa Cruz.» Del dormitorio corrió a la biblioteca, de la biblioteca al dormitorio, hasta que al fin... ¿qué pensarás que hizo? ¡Bendita sea mi boca! Pues reventó, quiero decir, saltó contra las paredes y el techo, y paredes y techo todo se vino abajo. La escalera que está pegada al dormitorio se cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido! Las paredes iban retumbando así: bum, bum... la cama, los muebles, todo se hizo pedazos, todo se cayó al fondo, y luego, chico, el patio subió arriba: yo vi el brocal del pozo volando por los aires, y el tejado se fue al patio y media casa se hizo polvo. Yo me acurruqué detrás de ese armario, y allí, con las manos en cruz, recé hasta que se me secó la lengua. Un sudor se me iba y otro se me venía. En fin, Andresillo, hasta que no llegó el día, no salí del rincón, ni se me quitó el miedo. Luego subí al desván; estuve rondando por las buhardillas que no se habían hecho pedazos, y allí me encontré otra vez con el señor Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les hostigué: se retiraron por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me respondió, me metí en el cuarto del canónigo, registrando todo, y en el arca encontré el niño Jesús de alfeñique, y después, sin saber cómo ni cuándo, quedeme dormido en la cama donde me encontraste.
--Pues ahora a casa. Vuestra hermana está con cuidado por ausencia tan larga.
--Despacio, amigo Andrés --me contestó el mayor--. Mira lo que tengo aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo, levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan; plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la escalera con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean. Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España; empiezan a roer, diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos.
XVIII
Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta; no faltaba más que la invasión francesa.
Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato, diciendo:
--Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece verse.
Entramos, y, en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces ejércitos, que embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de sus agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta explosión de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos poderosos, y las masas parduzcas indicaban empujes colectivos dirigidos por el instinto militar que algunas especies zoológicas poseen en alto grado.
--Los que están bajo el tonel --dijo Badoret--, son los del lado de allá del Oñar, que han venido nadando. Con ellos están todos los de la parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón.
--Pues esos que han venido nadando --dije yo-- no son otros que los ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles.
Sus gruñidos formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del terreno permitían a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa estrategia. Subían unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos hábilmente por la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición. Las masas pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto desbarataba la extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y en desorden, reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los cadáveres exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera. Los más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción, miraron, jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacia el fondo de la bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro lado del Oñar.