Part 5
--Toma, Andrés --me dijo el chico, dándome una guinda--. Ya tienes para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré después en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde había muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí: _pist, pist..._ pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, donde estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel maldito corredor; y a todas estas, _pist, pist..._ Después oí que dijeron: «Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes, que alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo: «Ven, no temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije: «Señora, perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»
--Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás.
--Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí? Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida, soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, y que los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú a ir ahora mismo al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino D. Alonso Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te daré este plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque no me lo diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba más; pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón como si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...» Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando; pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero me levanté y seguí _palante_. Entró el Gobernador, y cogiendo una gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.» Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí esta criatura... ¡Qué fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en seguida... Los franceses querían entrar, pero no les dejamos.
--¿Tú también?
--Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones, y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad. Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino que querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo nos echamos _palante_... y nos pusimos a donde estaba más apurada la gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron. El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada; se lo dijo a los demás.
--¿Y la carta?
--Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando todo se acabó. Dile el papel, y me dio un recado para la señora monja. Luego, acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, pero no le encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!» pero el niño no parecía. Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos de la rueda y con cada lagrimón... Echémele a cuestas y corrí a las Capuchinas. Pero aquí viene lo bueno, y fue que como yo venía pensando en batallas, y con la cabeza llena de todo aquello que había visto, se me olvidó el recado que me dio el Sr. Carrillo para la monjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que la quería engañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni el pan ofrecidos. Se puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia. Gasparó echaba sangre del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo; pero las guindas... nones. Por último, todo se arregló, porque vino el mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan, y eché a correr fuera del convento.
--Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana --dije reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie.
--Después --me contestó--. He guardado algunas guindas para Siseta.
--Muchachos --gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y volvía a la carrera--, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos allá.
Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara la muralla de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y las señoras nos repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares de detestable sabor y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugar con ello, sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no enojar a D. Mariano.
Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontró a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios heridos arrojados por el suelo.
--Andrés --me dijo--, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo? Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad.
--¿Ha curado usted muchos heridos?
--Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija?
--Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera cura de estos heridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero que me den licencia por una hora.
IX
Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D. Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos, atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser oídas, procuraba tranquilizarla.
--Gracias a Dios que viene alguien de la casa --me dijo Siseta--. ¡Qué día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres hermanos?
Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella prosiguió:
--La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos, se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy lejano. Tan pronto lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en Gerona. Yo también he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada instante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que se nos metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A eso de las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y luego dieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo lo que había de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La señorita se quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos apuntaban con los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron daño alguno más que el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en la cocina y en la despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que el Sr. D. Pablo había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué que dejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, diciendo que la tropa tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho que estas despensas estaban bien provistas.
No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.
--¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! --exclamó con consternación--. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés; sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se muera de hambre.
--Nada se encuentra en Gerona --respondí--, y menos a estas horas.
--¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? --dijo en la mayor confusión, mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido--. ¡Ay! cómo me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches. Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún alimento.
Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría claramente, abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos exclamó:
--¡Sangre!
--¿Qué hablas de sangre, hija mía? --dijo el padre desconcertado--. Que estoy manchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza?
La muchacha no entendía.
«Que fui de caza --escribió en el pliego de papel D. Pablo--. Un compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y zas, al campo... He matado tres conejos.»
La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó:
--¡Guerra en Gerona!
--¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. ¿Has comido hoy bien?
--No ha tomado nada --dijo Siseta--. Ya sabrá su merced por Andrés que unos bergantes saquearon la casa.
Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la vivienda, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba a todos lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala, dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas. Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.
No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas adornados.
D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico entusiasmo.
--Granujas, largo de aquí al instante --les dijo--. ¿Qué desvergüenza es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!
Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre, y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos con implacable furor.
--Dejarles --dijo Nomdedeu--. Mi hija demuestra que está muy complacida viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.
Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara, qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir que se extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos delirios de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado rumor.
--¿Dónde has estado todo el día? --preguntó Siseta echando mano a Badoret, y deteniéndole--. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la camisa?
--En la calle de las Ballesterías estaban curando unos heridos y no tenían trapos. Me quité la camisa y la di.
--¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?
--Son nuestros amigos, hermana --repuso Badoret--. Hemos estado en el Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno te traigo cinco guindas.
--Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en el pie, que tienes sangre?
--Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues no creas... ningún francés se metió con él.
--Te voy a desollar vivo --le dijo Siseta--. Espera, espera a que bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.
--No, que se aguarden un poco --indicó D. Pablo--. Son unos jovenzuelos muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad. Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?
--Yo traigo cinco guindas --dijo prontamente Badoret sacándolas del seno.
--Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos para que compréis pólvora.
--Pauet tiene cuatro guindas --dijo Manalet.
--Pues vengan acá.
--Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la monja.
--Pepet --dijo otro de mis chicos--, trae acá ese medio pepino que le cogiste al soldado muerto.
--Yo doy este pedazo de bacalao --dijo otro, entregando la ofrenda en manos de Don Pablo.
--Y yo esta cabeza de gallina cruda --añadió un tercero.
En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina; andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:
--A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.
--¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata? En casa no falta que comer.
--¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.
Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si se les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron. Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta festiva ironía D. Pablo:
--Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete.
Padre e hija dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin la enferma, con voz clara y entera, habló así:
--No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto.
--¡Qué habladora está! --dijo Nomdedeu--. Buen síntoma. En un año no le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú, Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos.
Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados al punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras escribía, lo que sigue:
«Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un ejército de doscientos mil hombres, mandado por el mismo Emperador Napoleón en persona.»
Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos, interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó así:
«Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman D. Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse, viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay! hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció el ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres _cerdos_ no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra, y pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.»
Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales maravillas.
«Yo no te lo había querido decir --continuó Nomdedeu--, por no asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya podemos marchar a Castellá cuando quieras...»
--Mañana mismo --dijo Josefina con afán.