Gerona

Part 3

Chapter 34,168 wordsPublic domain

--D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho temple.

--Pues no lo parece --repuso la señora Sumta--. Cuando nos mandaron acá este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por poca cosa. ¡Qué se puede esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día pasó junto a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D. Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda... Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas...

--Señora Sumta --dije riendo--, cuando los generales tengan un oficio semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que sean flacos y encanijados.

--No, Andresillo, no digo eso --repuso la matrona--. Lo que digo es que sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el batallón de Santa Bárbara?

--Yo, señora Sumta, no sirvo para eso --repuso mi futura esposa--. Tengo miedo a los tiros.

--Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden del General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que cuenten conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera del batallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener mejores murallas, y un General menos amarillo y con algunos dedos más de talla.

Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su alojamiento, y entonces nos dijo:

--Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y ahora estará escribiendo su _Diario de todos los días_, uno al modo de libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo confía que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro que si alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora estamos empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellá. Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues digo, si los _cerdos_ aprietan el cerco, como se cuenta, y escasean los víveres... Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda que escasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don Pablo de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno va. Adiós, Siseta; adiós, Andrés.

Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatitos:

--Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo va cuajando la aceituna?

Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta, con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta serenidad celeste a mi espíritu.

V

El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un parlamentario. Estaba yo en la Torre de San Narciso, junto al barranco de Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con embajadas.

Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente, obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre, y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se echaron los _cerdos_ encima, hasta que en la última dijeron «ya no más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando tranquilamente desde la Torre Gironella.

En todo el mes de julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos.

En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas, escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba.

--Mira, prenda mía --le decía yo--, se me figura que no vendrá ninguna visita. ¿A qué te rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese pino apolillado que no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas y de esos manteles, sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo asado.

Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto una secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las eminentes cualidades de la que había elegido para compañera de mi existencia. Un día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al Sr. Nomdedeu, y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que seguía leyendo el _Quijote_.

--Andrés --me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los ojos lo que expresaban las palabras--, principian a faltar víveres de un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves; pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable de capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera; pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros de un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo?

La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la expresión dolorosa en afectada alegría.

En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y como esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable.

El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente:

--¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.

Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un pellejo amarillo.

--No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso --me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en los labios--. ¡Dios mío, no me desampares!

La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas palabras:

--Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.

--¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! --exclamó el doctor, chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación--. ¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la Plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda?

--No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.

--¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?

Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo, sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:

--¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco; pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente entrada en carnes.

Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos con desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su desesperación.

--Andrés --me dijo--, es preciso que me ayudes a buscar algo que dar a mi hija. Gallinas, patos, palomas: ¿se han concluido ya las aves de corral en Gerona?

--Todo se ha concluido --afirmó la señora Sumta con oficiosidad--. Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que pronto sería preciso comer ratones.

--¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro.

Luego, volviéndose a mí, me dijo:

--Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por un General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses. ¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia, porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros, y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué malos ratos paso en el hospital! El Gobernador ha mandado que los mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales heridos, lo cual me parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen todo. Esta mañana estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué perniles, qué alones, qué pechugas había allí! Tuve intenciones de escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar un muslo de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y traérselo a mi hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que me dominaba y mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y diciendo: «Señor, perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir el contacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté la mano; pero se me representó el estado lastimoso de mi niña y volví a las andadas. Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne es excelente y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a casa con la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir Montjuich.

--Así parece, Sr. D. Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados a los seiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo ya no son hombres, pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.

--Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas; pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir, como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve baterías han levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque figúrate el sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de D. Guillermo Nash.

--No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo --repuse--, que todo eso lo tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre ella.

La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a nosotros.

--Hija mía --le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la certeza de no ser oído--, tu disposición a andar me prueba que estás mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! --añadió dirigiéndose a mí--, daría diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el camino de Salt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una postración lastimosa, y ahora su naturaleza, sintiéndose renacer, busca el movimiento y quiere sacudir la mortal somnolencia.

Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se tiñeron de levísimo carmín.

--¡Oh, qué alegría! --exclamó D. Pablo--. En todo un año no has andado tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y enérgica sale del oprimido pecho.

Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo.

--Aquí tienes, insigne Marijuán --prosiguió con júbilo--, el resultado de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en Castellá...

La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando no era comprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua, exprimiendo las ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y escasa armonía.

--Quiero vestirme --dijo agitando el guardapiés.

--¿Para qué, hija?

--¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he visto.

Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.

--Esos caballos --me dijo--, son el mío y el del vecino D. Marcos, que van al matadero.

Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a nuestro lado.

--¡Quiero salir... calle! --exclamó con vehemencia.

--Hija mía --dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra--, ya sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina y de la cocina a la sala.

Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo.

--Aquí tienes un gran compromiso --me dijo el doctor tirándose de un mechón de cabellos.

La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, exclamó:

--¡Qué precioso... el cielo!

--Es verdad --repuso el padre--. Pero... más vale que te sientes en tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos bollitos.

Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con repugnancia las golosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la cabeza a un lado y otro cerrando los ojos, y pronunciando estas palabras que caían sobre el corazón del padre como bombas en plaza sitiada:

--¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona!

Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a ella, y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.

VI

Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido. ¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así, porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y después dijo: «Basta, ya no haremos más.»

Se rindió el castillo después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano Anció, el tambor que, después de haber perdido una pierna entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando con redobles la salida de las bombas; pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a aquella gente, y yo le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos a la Plaza de San Pedro:

--Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto.

Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados. Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano, contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador, que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más débiles.

Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la noche regresaron a su casa completamente perdidos de suciedad, y con los vestidos hechos jirones.

--Aquí te traigo estos tres caballeros --dije a Siseta--, para que los repases.

Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la contuve diciendo:

--Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la zanja, de donde le sacaron con una azada.

Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las obras de fortificación.

--¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien derecha? --proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su hermana--. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras. Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano Manalet.

--¡Ay, qué chicos estos! --exclamó Siseta--. Todos desean que se acabe el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya escuela.

Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los bolsillos.

--Siseta --dije--, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, ¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el cuerpo?

--No hay nada --dijo la muchacha, suspirando tristemente--. Se ha concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?

Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no llevaba nada.

--Siseta --dije al fin--. La verdad, hoy no he traído cosa alguna. Sabes que no nos dan más que media ración, y yo había tomado adelantadas dos o tres diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana me dio un compañero un pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía tanta hambre que me lo comí.

Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos mendrugos de pan y otros restos de comida.

VII