Part 15
Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que solo a mí se refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar a España. Éramos seis, y solo tres volvimos. Los demás, cogidos _infraganti_, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou. ¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de Madrid! Con la relación de mis padecimientos en la frontera, de las diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdá hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia atrás, como parecen exigírmelo mis raros oyentes, deseosos de saber qué fue de Siseta, así como de sus hermanos Badoret y Manalet.
No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos ve toda su familia, y el único consuelo de sus tristes días. La hija del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un convento; mas Siseta procura arrancarle sus melancolías, y la induce a que aspire al matrimonio en la seguridad de encontrar buen esposo. No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo, y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de la Religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre espíritu huérfano y solitario.
Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos docenas de cepas, y un número no menor de frondosos olivos, y por mi parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme.
Con lo que Siseta ha heredado y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos, a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia, y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser general.
Otros anhelan gobernar el mundo, sojuzgar pueblos y vivir entre el bullicio de los ejércitos; pero yo, contento con la soledad silenciosa, no quiero más ejército que los hijos que espero ha de darme Siseta.
* * * * *
Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda fidelidad en su parte esencial, valiéndome como de poderoso auxiliar del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación afectan solo a la superficie de la misma, y la forma de expresión es enteramente mía. Tal vez haya perdido mucho la leyenda de Andrés al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma.
Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras; y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de distinto modo.
--Dícese que le envenenaron --afirmó uno-- en cuanto llegó al castillo.
--Yo creo que Álvarez fue ahorcado --opinó otro--, pues el rostro cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su Excelencia, indica que murió por estrangulación.
--Pues a mí me han dicho --añadió un tercero--, que le arrojaron a la cisterna del castillo.
--Hay quien afirma que le mataron a palos.
--Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue encerrado en un calabozo, donde le tuvieron tres días sin alimento alguno.
--Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería a hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo del grande hombre.
Discutimos largo rato, sin poder poner en claro la clase de muerte que había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos, por último, en que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al ejército español, huérfano de tan insigne jefe. Y si verdaderamente fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie, bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes de la guerra en lo que tienen de humano. Que murió violentamente parece indudable, y mil indicios corroboran una opinión que los historiadores franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero un poder que, si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino. Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según su criterio tan solo de las menudencias de la vida. Por esta causa se atreven tranquilamente, y sin que su empedernido corazón palpite con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a mil fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas razones de Estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces, si se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que solo quieren el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la pelota.
Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes, se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es pequeño, y aplaude y admira un delito tan solo porque es perpetrado en la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la observación lo mismo que el achicamiento, que hace perder el objeto en las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque, a mi juicio, Napoleón I y su imperio efímero, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba policía, tan solo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho, y sostenerse en constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama _robo_, para expresar la tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar los _grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos por otros..._, etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar. Pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a sus dueños los objetos perdidos y restableciendo el imperio moral, que nunca está por tierra largo tiempo.
Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor, encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras contempló en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810. Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse.
XXVII
Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos al ejército de Aréizaga, muchos canarios de Alburquerque, que habían llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este General debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla. Esto pasaba a principios de febrero, y en los mismos días se nos dio orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de Suazo para acá, ¡triste es decirlo! no había ni un palmo de terreno defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al corazón, de donde sale después con nuevo brío.
Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la gestación de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las entrañas de la madre España. Mis primeros años, agitados y turbulentos, fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma fecha vio condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz solo era para mí el mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad de mi infancia, llena de ternísimos recuerdos, y tan soberbiamente bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las grandezas del comercio. Se multiplicaban en aquellos meses su poesía, grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en plena efervescencia, los cuales, expulsados del gran territorio, se refugiaban allí, dejando la patria vacía.
A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La historia, al llegar a esta isla y a esta peña, es tan fecunda, que ni ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo con una aventura mía, en que nada tiene que ver la rebuscona historia, pues hasta hoy no he tenido empeño en comunicarla a nadie, ni aunque la comunicara, se inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente:
Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga, donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas verdes celosías dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo. Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con la dificultad de hablarlas crecía su deseo de poner fin gloriosamente a una aventura, que hasta entonces había tenido pocos lances. Una tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes, ni a señas, ni a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó, cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que hallándose en gran compromiso por causa de un suceso doméstico que no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán, juntamente con la de su amigo.
Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos a tener una sabrosa aventura o a ser víctimas de una broma, acudimos por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos abriose esta, y una voz de mujer, cuyo acento, aunque dulce, no me pareció revelar persona de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras:
--Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que solicita. Mi esposo, el señor Duque de los Umbrosos Montes, duerme a estas horas; mas no puedo dejarle pisar a usted el recinto de este _arcásar_, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi hermosura, en cárcel de mi libertad, y en muerte de mi vida. El más leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor y carcelero mío. Pues _verasté_: mi honra depende de que al punto una persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a llevar un recado urgentísimo, sin lo cual mi situación es tal, que no esperaré a que venga la rosada aurora para _arrancalme_ la vida con un veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta botellita.
Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran pedirle, y entonces la misma que antes hablaba, añadió:
--¡Oh! gracias, _invito_ militar; así lo esperaba yo de su galantería y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban las voces de la fama que han traído a mis orejas sus _hasañas_. Bueno, pues _verasté_. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella que a mi lado ve usted, se llama Soraida; irá a Cádiz en un frágil esquife que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está ahí oyéndonos como un marmolejo.
Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación:
--¡Oh! Gracias, _insine amigo del valiente Otelo_. Ya lo esperaba yo de su _malanimidad_. Pues _oigasté_, señor militar. Mientras este fiel amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho.
No había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta de la casa y apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto negro, la cual, llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que rápidamente la siguiese, diciéndome:
--Señor oficial, vamos, que es tarde.
No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que fuera, no me permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre:
--Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!... No mire usted atrás ni se detenga, que estoy de prisa.
Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa por las calles del Puerto, hablando de esta manera:
--Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?
--¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?
--Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama.
--Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted ánimo, iré sola.
--Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos Montes...
La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las nebulosas dudas.
--Adelante --dijo al ver que me detenía--. Ya estamos en el muelle. El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece tranquilo.
Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.
--¡Oh, señora Condesa! --exclamé besándole tiernamente las manos--. ¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...
--Gabriel --me contestó--, ha sido realmente una felicidad que me hayas encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio.
--Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me halle.
--Criado, no: ya esos tiempos pasaron. ¿En dónde has estado?
--En Zaragoza.
--¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza. Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?... Ya no nos quieres.
--Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí? Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se digna usía servirse de mí.
--No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo; no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés?
--Señora --dije anonadado--, no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha cambiado más que yo.
--Tal vez.
--¿Inés vive?
--Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo que la verás, la verás.
Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las gracias.
--¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel! Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche, sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer compañero ni custodio más a propósito.
--Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están cerradas a estas horas?
--Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico, bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho... Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la tierra.