Part 13
--Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, la del viajero que, habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el camino, convencido que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas, porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños: la muerte. ¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo? No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse consumido en esta lucha con la naturaleza que yo sostuve durante tanto tiempo; porque decirte, Andrés, el sinnúmero de dificultades que vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que, en pocos días, busqué, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en pocos días, transformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos y robustos sucumbieron, ella, enferma y endeble, se ha salvado. He aquí premiados dignamente mi amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta tierna niña, que es todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi vista y mi alma con el color de sus mejillas. Basta este espectáculo a consolarme de todas mis penas, y si me entristece la muerte es porque mi hija y yo nos separamos ahora. Dios lo permite así, porque ya ella no necesita de mis constantes cuidados, y la savia vital que milagrosamente ha adquirido le dará bríos para subsistir por sí sola, sin el apoyo de estas manos fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa de carne.
--Sr. D. Pablo --le dije dominando mi melancolía--, deseche usted esos tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz y en gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte que le entre en largos años.
--Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma, increpándola para que se vaya fuera de una vez.
--Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han vivido, y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el ejemplo de Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, gracias a Dios.
--¿Vive Siseta? --preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta exaltación que no pudo disimular.
--Sí, señor: tan viva está como sus dos hermanos.
--¿Estás seguro de ello?
--Segurísimo.
--¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza, ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte alguna de su estimable persona?
--No, señor: nada le falta --repuse jovialmente--, o al menos no tengo yo noticia de ello.
--¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos rapaces, están vivos y sanos?
--También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer a usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y chillando.
--¡Oh, loado sea Dios! --exclamó con cierto arrobamiento contemplativo el infortunado doctor.
Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas funciones podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y luego, reposadamente, me habló así:
--Me has proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta. Mi hija iba a morir de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos diera algo que comer, y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedía a Dios que enviase algo del cielo, y Dios tampoco quería enviarme nada. Siseta estaba allí; sus hermanos entraron haciendo ruido, y la insolente vitalidad que revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi alma un sentimiento que no te podré pintar, aunque por espacio de cien años te hable y agote todos los recursos de todas las lenguas conocidas. No: aquel sentimiento es una anomalía horrorosa en el ser humano, y solo es posible que exista durante cortísimos intervalos en días que muy rara vez contará el tiempo en su infinita marcha. Yo miraba a los chicos, yo miraba a su hermana, y sentía un insaciable y sofocante anhelo de hacerlos desaparecer de entre los seres vivientes. ¿Por qué, amigo mío? Esto sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no lo entiendo. No creas que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto de la antropofagia: no, no es nada de eso. Era un sentimiento del linaje de la envidia, Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte: era el egoísmo llevado al extremo de preferir la conservación propia a la existencia de todo el resto de la humana familia; era una aspiración brutal a aislarme en el centro del planeta devastado, arrojando a todos los demás seres al abismo, para quedarme solo con mi hija; era un vivísimo deseo de cortar todas las manos que quisieran asirse a la tabla en que los dos flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar todo lo que yo odié en aquel momento a los dos hermanos y a la pobre muchacha, sería más difícil que pintarte los horrores del infierno, abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto y los pormenores de la mansión donde el hombre impenitente expía sus culpas. Cada inhalación de su aliento al respirar, me parecía un robo; cada átomo de aire que entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al conjunto de elementos vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi hija. Los malditos se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, Andrés, amasado con todo el trigo y con toda el agua de la creación, para mi regalo. En aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el universo, con sus mil mundos, con sus inagotables recursos y prodigios, existiese para nadie más que para Josefina y para mí.
Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente ideas que le hacían más daño que el mal físico, le dije:
--Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, y yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en eso?
--Calla, Andrés, y déjame seguir --dijo reposadamente--. No son vanas imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia tenía dentro de mí. Me falta decirte que reconocí la horrible metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo sea otro?» Efectivamente, yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces rodeaban los ojos de mi espíritu, así como los de mi cuerpo!... Aquellos condenados chicos estaban comiendo, Andrés; llevaban a la boca unos pedazos de pan, y delante de mí tenían la audacia de ofrecer una parte a su hermana. ¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente quien dentro tenía, difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en las sutiles cuerdas de sus nervios, los millares de demonios que yo llevaba conmigo! Al ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos; al verles tragar con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor contra ellos y les increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir que nadie viviese delante de mí. Andrés, amigo; Andrés de mi corazón, yo tomé un cuchillo y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a estocadas; corría hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta; pero en mi salvaje insensatez no me faltaba un pensamiento humano que me detuviese en los arranques brutales de aquel desbordado apetito de matar. Los chicos, que de improviso salieron, regresaron con otros de su edad, y sus chillidos y provocativas risas me enardecieron más. Desde entonces mis ojos nublados no vieron más que sangrientos objetos; entrome un delirio salvaje, durante el cual sentía detestable complacencia en herir acaso en el vacío, descargando golpes a todos lados contra cuerpos que me rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que después de dar vueltas por la casa, salí a la calle, y mi brazo vengativo iba destruyendo en imaginarios cuerpos a toda la familia humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba con gozo a los que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a cuantos se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues de cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen el vasto mundo... No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras: «Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco.» Y al recoger esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento. Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero de sillón que hemos cocido, a ver si se repone...» Les pregunté por mi hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie. Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi casa... Caí al suelo... perdí el cuchillo... una monja me ofreció su brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, ni la señora Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de corcho frito, que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo que había pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño; pero aunque adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo el linaje de los nacidos, no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes. «Yo he matado algo,» me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima pena. Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste tú quien tal hizo?»
--Basta ya, amigo mío --dije interrumpiéndole, al advertir que los recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor--. Más adelante nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar un sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas consabidas.
--Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí --repuso--. Yo dormiré cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo la encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo mismo, después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba de verme asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y heridos que no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que yo tenía en el alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. Las penas sufridas con tanta paciencia desde mayo, me han labrado este profundo mal que ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno de Dios. Me admiro de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de cien hombres. No, uno solo es incapaz de tanto. D. Mariano Álvarez tenía para resistir el estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido ante mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo ha sido grande; la tensión, inmensa: por eso la cuerda se ha roto, y me voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante he hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo.
Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo, cuando el enfermo calló, procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche, hora en que por encargo suyo volvió el escribano acompañado de tres personas de la intimidad de D. Pablo, este nos llamó a todos diciendo que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula, sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba a Siseta y sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y sus hermanos, recomendando a aquella y a esta que viviesen juntas para perpetuar la amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto por parte de los míos durante el sitio. La fortuna del doctor era harto exigua, pues la finca de Castellá, devastada por los franceses, valía bien poco, y lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques diseminados por la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los herederos no se aventurarían a emprender viaje por saber el corcho de que eran dueños. También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias mandas, aunque la mía más era honorífica que de provecho, por consistir en el Diario de las peripecias del sitio, redactado de puño y letra por el mismo doctor. El ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que de la casa pudieron salvarse.
Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado, hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido asombro y cerrando después los ojos para entregarse a un inquieto sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos, dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la madrugada abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente, le habló así:
--¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para mí... Josefina, ven, sígueme, ponte el manto, que nos vamos. Mi hija no se apartará de mí ni un solo momento... Después de pasar juntos las grandes penas, ¿hemos de separarnos cuando todo ha concluido? No, Josefina. Vámonos juntos, o nos quedaremos aquí, en Castellá. Paseemos por nuestra huerta viendo cómo van saliendo los pepinos, y no nos cuidemos de lo que pasa en Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa cómo van tomando color esos pimientos... ¿Ves? Por ahí viene la señora Pintada pavoneándose con sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis patitos, que son los más guapos, los más salados y los más monos de todos. Llegan al estanque, y sin que la madre pueda impedirlo con cacareadas amonestaciones... ¡zas! al agua todos. Mira cómo se asusta la señora Pintada y los llama. Pero ellos... sí, que si quieres... Hija mía, los perales no pueden con más peras: algunas están maduras. ¿Pues y los melocotones? Me parece que la cabra ha mordido en las matas de estas remolachas... ¡pero quia! ¡si es Dioscórides, el burro de nostramo Mansió! Míralo, allí está haciendo de las suyas. ¡Eh, fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave y sesudo. El gran sabio de la antigüedad me perdone... ¿Has visto las palomas, Josefina? Veamos si anoche se han comido las ratas algunos huevos de los que aquellas están sacando... ¡Eh, nostramo Mansió, que Dioscórides se come la huerta! Amárrelo usted... El pobre hortelano no me oye... ¿Qué ha de oír si está limpiándole las babas a su nieta? Ven acá, Pauleta: toma la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. ¡Qué hermoso está el ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día dio una cornada a nostramo... A ver, Josefina: trae el cántaro. Mansió dice que yo no sé hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos de la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No temas, Esmeralda, no te hago daño: pisch, pisch... Esta atmósfera del establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo... Ya viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche, en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan a saludarse diciéndose: _¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos?_ ¿Oyes los grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo. ¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los techos, formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego, y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos, cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde... La oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano tratamos de lanzar la vista para distinguir el fondo. ¡Oh! quedémonos aquí, hija mía, y no nos separemos ni salgamos más de este lugar delicioso. Todo está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con grave música a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado aún de poner en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El viento cesa también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme. Ya no humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba, y su hijo, abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno materno lo que nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y Dioscórides, escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge el cerebro en profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse, los conejos se esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala la inteligente cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al corral con sus diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando en el suelo la huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija; reposemos nosotros también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro y no se ve nada. Mi espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda tranquilidad por nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni luna en el cielo, y solo el lucero nos envía una luz que viene recta hasta nosotros como un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu frente en mi hombro. Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos dormiremos apoyados el uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más que el lucero... ¿Lo ves?
Después de esto, nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu.
Algún tiempo después de espirar, nos costó gran trabajo desasir de los brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era tan lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.
XXIV
Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce libertad.
Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron, y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás, a Francia. Los castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección que nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato de fuga; cincuenta palos por hablar mal de José Botellas, cantar el _dígasme tú, Girona_, o nombrar a D. Mariano Álvarez.
--Adiós, Siseta; adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande, ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós: dad otro abrazo a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de dejar los huesos en la tierra de los _cerdos_. Ánimo: no lloréis, que el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones, y, sobre todo, no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un viaje de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad... ella sola se viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós, adiós.
Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba, faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía en aquella ocasión blasonar de hombre de hierro. Mi gravedad era ficticia, y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al despedirme de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón oprimido, como si mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo.
Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por profunda aflicción; Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, y no fueron más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la oscuridad de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la noche del 21. Delante iba, rodeado de gendarmes a caballo, el coche en que llevaban a D. Mariano Álvarez; seguían los oficiales, entre los cuales estaba mi amo; dos o tres asistentes completábamos el primer grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa, soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del Gobernador rodaba despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y tristes.
Hicimos alto en Sarriá, donde se nos agregaron los frailes que habían salido antes que nosotros con el mismo destino, y con Sus Paternidades a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese un jubileo. Daba lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes robustos y recios que resistían el rigor de la penosa jornada, no faltaban ancianos encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. La gendarmería les arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió fue que alguno de nosotros les ofreciera apoyo llevándoles del brazo. El Padre Rull sofocaba su impetuosa cólera, y marchando delante de todos con resuelto paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los legos, que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también nos ofrecían no poca parte de sus víveres.