Ganarás el pan...

Part 9

Chapter 94,213 wordsPublic domain

—Acepto —dijo por fin—, pero con dos condiciones: primera, que estos cincuenta duros son un préstamo que me haces tú, exclusivamente tú y que, por lo tanto, a ti es a quien debo devolverlos; segunda, que no me los das ahora, sino que los guardas hasta que yo te los pida.

—¡Toma! ¿Y cuándo me los vas a pedir?

—Cuando me decida a mudarme.

—¿Ahora salimos con esas?

Luis, entonces, le explicó detalladamente su situación con Boncamí.

—Estos días he estado yo viviendo a costa suya; no me parece digno ni correcto abandonarle ahora que yo dispongo de dinero y él no tiene un cuarto.

Pedrosa estuvo conforme. Solo se le ocurrió una objeción.

—Y eso, ¿será cuestión de muchos días?

—Oh, no; quince, a lo sumo; en cuanto termine un retrato que está haciendo.

—Bueno, no hay que hablar más. Vamos con otra cuestión. ¿Has visto a Castro?

—No.

—Pues procura verle; el periódico sale el día primero. Se titulará _El Combate_. Lo dirigirá definitivamente Sánchez Cortina. Castro se queda de redactor-jefe, y yo me encargo de la información política. Sería conveniente que fueras esta misma tarde a ver a Perico; le encontrarás en la redacción, Príncipe, diez o doce, no estoy seguro; pero, en fin, no tiene pérdida, al lado de una tienda de ultramarinos.

—¿Vas a ir tú?

—Ahora mismo.

—Pues, entonces, espérame; marcharemos juntos.

Sánchez Cortina le recibió muy amable.

—Desde luego contábamos con usted —le dijo—; Castro le propuso desde el primer día, y yo accedí gustoso, no solo por tratarse de un recomendado suyo, sino porque me han asegurado que es usted hombre que vale. Esta es la redacción y, por lo tanto, su casa; puede usted venir a ella cuando guste; estamos, como ve, ultimando los postreros detalles; el periódico saldrá el día primero.

Luis estaba satisfechísimo; realmente no era posible que las cosas salieran mejor, pedir más, hubiera sido gollería.

Boncamí también estaba muy contento. Rose d’Ivern iba todas las mañanas al estudio, precisamente a la hora en que Luis se marchaba a la redacción; algunos días, al volver, la encontraba todavía. Sin embargo, el retrato adelantaba muy poco.

—Esta mujer es imposible —decía Boncamí—; no le gusta nada. Me paso el día haciendo y borrando.

Pedrosa en tanto no dejaba parar a Luis. ¿Cuándo te voy a dar ese dinero? ¿Cuándo piensas mudarte?

Un suceso inesperado acabó de decidirle. Trabajando una mañana detrás del biombo, en la continuación de su comedia, le entró sueño y se quedó dormido. Cuando despertó, oyó a Boncamí que hablaba en voz baja con Rose. Suponiendo que estarían trabajando, no quiso interrumpirlos y continuó acostado en el sofá.

De pronto oyó decir a la francesa, con tono zalamero:

—Yo t’ quiego mucho, mucho, Visente; de vegdá que yo t’ quiego.

—¡Toma, toma! —pensó Luis—; ahora me explico por qué no se acababa nunca ese retrato.

XV

No era una maravilla, pero tampoco era un adefesio; una casita muy mona, sin pretensiones, con su gran alcoba recién estucada y su sala con balcón a la calle. Estaba en la del Tinte, frente al solar del antiguo Hospital de San Juan de Dios, de manera que las luces no podían ser mejores, y además tenía la ventaja de que podía vestirse y desnudarse con las maderas abiertas, sin temor de que le vieran los vecinos. Los muebles no resultaban tampoco magníficos, ni muchísimo menos; pero como eran los mismos que venía usando y les había tomado afecto, se alegró muchísimo de poder conservarlos.

La vida del periódico resultaba, como él había supuesto, bastante dura. Tenía que ir a las nueve de la mañana, salía a la una, volvía a las cuatro y salía de nuevo a las siete, cuando el periódico entraba en máquina. Lo que más le molestaba era el carácter de Sánchez Cortina. Este hombre, tan atento, tan fino, tan cortés, era en la intimidad de una grosería inaguantable. Todo le parecía mal. Por la cosa más pequeña se ponía a dar puñetazos en los pupitres y a deshacerse en maldiciones. En el fondo resultaba un infeliz. Los redactores concluyeron por tomarle la cuerda y no hacerle caso. Luis era el único que se mantenía a prudente distancia, decidido desde el primer día a no darle ni permitirle confianzas. «Es el único medio —decía— de no tener disgustos». Por lo demás, trabajaba como ninguno. Hacía todo lo que le mandaban, fuese lo que fuese; fondos, artículos, sueltos, noticias, telegramas... Un día se puso enfermo Pedrosa y le encargaron de la información política en el Salón de conferencias del Congreso. Otro le enviaron a la tribuna del Senado. Él obedecía sin rechistar, convencido de que todos los trabajos eran igualmente desagradables, por lo que tenían de trabajo, y convenientes por lo que tenían de aprendizaje. Por lo único que no pasaba era por la información del Juzgado de guardia. «No, eso no; eso de alternar y quedar diariamente agradecido a guardias de orden público y alguaciles, no entra en mi carácter».

Otro día se le ocurrió a Sánchez Cortina enviarle a Palencia de corresponsal especial, con motivo de la celebración de una Asamblea agrícola. Cuando regresó a Madrid, se encontró con que se habían reforzado los muebles de su casa con un armario de luna y una _chaise longue_. Por más preguntas que hizo a la portera no pudo averiguar nada. La portera se limitaba a decir que habían venido unos mozos de parte del señorito y que, como en el tomar no hay engaño, les había abierto ella misma la puerta con la llave que le dejara. Pedrosa juraba y perjuraba que no sabía una palabra del asunto. Como el regalo no podía venir más que de María, se decidió, después de muchas vacilaciones, a visitar a esta para suplicarle que no volviera a repetirlo. Luis esperaba un recibimiento teatral; una serie inacabable de reconvenciones y preguntas. Nada de eso. Su tía le recibió como si le hubiera visto la víspera; con tal amabilidad, con tal ternura, con tan afectuoso cariño, que Luis salió de allí más enamorado que nunca. Por lo que se refería a los muebles, ella negó que los hubiera enviado. Claro que es ella, ¿quién va a ser si no? —pensaba Luis—; pero como al fin y al cabo no podía comprobarlo, tuvo que conformarse.

Desde entonces comenzaron a ocurrir en su casa cosas muy extrañas. Cada ocho o diez días aparecía un objeto nuevo; unas veces era una silla, otras una mecedora, una lámpara para la mesa, un libro, un par de botas... La portera seguía diciendo que ella no sabía nada.

—Pero, mujer, usted es la que tiene la llave, usted es la que tiene que abrir.

—No, no; yo no. Como el señorito ha puesto ese cordelito en la puerta, se conoce que lo han averiguado y tiran de él.

En efecto; Luis, para no llevar encima la llave, una de esas llaves de Madrid que pesan medio kilo, había establecido un sistema muy conocido en las casas de huéspedes: una cuerda de guitarra atada al picaporte, pasada después por una argolla y luego por un agujero hecho en la madera, y al final de la cuerda un nudo, lo más pequeño posible para que no se viera e impidiera, sin embargo, que la cuerda corriese.

—¡Vaya! esto se acabó —dijo una noche que se encontró sobre la cama media docena de camisas—; desde hoy me llevo la llave.

Y se la llevó, en efecto, pero solo tres días. Al tercero le molestó el peso, y después de muchas combinaciones volvió otra vez al sistema del cordelito, que, después de todo, era el que le resultaba más práctico. Sin embargo, anunció a la portera que como el caso volviera a repetirse, se quejaría al casero para que la echara. Desde aquel día cesaron los regalos.

Fuera del periódico, su vida continuaba siendo la de siempre. Acudía todas las tardes a la tertulia de Fornos, que tampoco había variado. Paco el mozo y Antoñito Bedmar eran los únicos que faltaban. El primero se había retirado, según decían, para establecer un merendero en La Bombilla, y el segundo iba de tarde en tarde, el tiempo preciso para tomar café y marcharse en seguida. Ya no bebía. Su nariz empezaba a perder el rojizo color que tanto le afeaba; sus ojos parecían más abiertos y mayores, y su continente era, a no dudarlo, más apuesto y airoso. Aseguraba que trabajaba mucho; lo cierto es que su firma se prodigaba en todos los periódicos con fecundidad asombrosa.

Boncamí había terminado el retrato de Rose d’Ivern y cobrado sus mil y pico de pesetas. Sin embargo, como hombre práctico y precavido que sabe lo que vale el dinero, las conservaba lo mejor que podía, sin gastar un céntimo en cosas superfluas. Cumpliendo punto por punto su programa, se mudó de estudio y empezó a pintar su gran cuadro, aquel gran cuadro que iba a dejar a todo el mundo chiquitito.

—Me han asegurado que al fin hay este año Exposición; como no ha podido celebrarse en primavera, se verificará en otoño, cuando la Corte regrese de San Sebastián. Y entonces, ¡ah, entonces...!

Y se quedaba mirando al techo con el arrobamiento del enamorado que contempla en sueños la imagen de la mujer querida.

XVI

Una noche, ya tarde, a la salida de los Jardines, se dio con ella de manos a boca. Iba sola, encantadora como siempre, como siempre elegante y lindísima.

—No puedes figurarte, chiquilla, qué alegría más grande me da verte.

—Y a mí también; de veras.

—¿En qué dirás tú que iba pensando ahora?

—¡Qué sé yo!

—Pues verás, iba pensando: si me encontrara a mi Isabelilla, me la llevaba a los Viveros.

—¡Mentira!

—¿Mentira? Allí viene un coche. ¿Le llamo?

—Más vivo.

—Bendita seas. Para, cochero: sube. La una menos cuarto. Arrea a La Bombilla. ¿Ves tú? Así se hacen las cosas. Dentro de media hora en los Viveros.

—¿De modo que estás en fondos?

—Veinte pesetas que me han dado por un artículo, que las destinaba al zapatero, y que nos las vamos a gastar en manzanilla.

—Castizo eres.

—¿Quién no lo es contigo, la más castiza de todas las mujeres?

—Di que sí, chiquillo, y prueba de ello es que esos cuatro duros te los vas a guardar ahora mismito, porque esta noche soy yo la que te va a convidar a ti.

—¿Estás loca?

—Calla, tonto. Si tengo ahora la mar de dinero. Se ha chiflado por mí un tío millonario que me entrega todo lo que necesito. Y más. ¡Qué derroche, chico! Pajaritos del cielo que pida, pajaritos del cielo que me da. ¿Ves este traje? Treinta y siete duros; pues es de los peores que me ha comprado.

—Me alegro, hija; lo que hace falta es que dure.

—Oh, sí; ahora va de veras. Me he vuelto muy formal.

—Ya lo veo.

—¿Porque me voy contigo? ¡Tonto! En primer lugar, él no está en Madrid; se ha marchado a Bilbao a comprar unas minas y no viene hasta dentro de una semana. Y luego, contigo no hay caso. Contigo..., contigo me voy yo al fin del mundo.

—¡Embustera!

—Ya sabes tú que sí. Tú eres el que no quiere nada conmigo. En tres meses no has sido para decir un día: voy a ver a mi Isabelilla. Sabiendo que Isabelilla te lo hubiera agradecido con toíta su alma.

—Pero, so pendón; si la última vez que estuve en tu casa, no me quisiste recibir.

—Porque estaba achará aquel día. Me dijeron que te habían visto cenando con unas mujeres.

—No es verdad; pero aunque lo fuera, ¿a ti qué?

—Que no me da la gana, ¡ea!

—¡Qué gracioso! Como si tuviera yo que ver algo contigo.

—Porque tú no quieres.

—¡Isabelilla, Isabelilla!..., no me des coba.

—No es coba, es que te quiero.

—¡Mentira!

—Por la gloria de mi padre, que te quiero. ¡Ay, nene de mis ojos! En cuanto lleguemos a la estación del Norte, ¡qué beso te voy a dar en la cara! Y no te le doy ahora porque no quiero que se mueran de envidia esas niñas góticas de los balcones.

En efecto, en un balcón, reclinadas sobre la barandilla, había un grupo de muchachas que al pasar el coche se quedaron mirando con gran curiosidad el vestido azul demasiado vaporoso, el sombrero demasiado exagerado y la cara demasiado satisfecha de Isabelilla.

—Es envidia, envidia pura —decía ella alegremente—, no te quepa duda; todas esas señoritingas con sus ojos lánguidos y sus caritas de virtudes, darían esta noche la mitad de su vida por ir sentadas dos horas a tu vera. Pero se fastidian, que eres para mí, para mí, para mí.

Y le oprimía el brazo y se apretaba contra él con zalameros rozamientos de gata.

El coche se deslizaba por el asfalto de la calle del Arenal al blando movimiento de sus llantas de goma. En la estrechez de la calle, la Puerta del Sol quedaba a lo lejos reducida al Ministerio de la Gobernación con su feísima torre de ladrillo y la amarillenta esfera de su enorme reloj, más amarillenta aún ante el blanquísimo resplandor de los focos eléctricos, que en la espesa neblina de polvo parecían globos de chico flotando en el aire. El pasadizo de San Ginés quedaba a la izquierda lóbrego y oscuro, cortado en el fondo como callejón sin salida, mientras que allá enfrente, al final de la calle, los árboles de la plaza de Isabel II, recortando sus copas oscuras en la fachada trasera del Real, daban la impresión de la entrada de un túnel, el ojo gigantesco de un gran puente de piedra. Un automóvil con sus faros encendidos, resplandecientes como ígneas pupilas de fabuloso monstruo, pasó instantáneo dejando tras sí desagradable olor de gasolina.

—¡Qué ganas tengo de tener un auto!

—¿Para qué quieres tú eso?

—Para correr, para volar, para no estar quieta diez minutos en el mismo sitio. Pasar por las casas sin verlas, pasar por los pueblos sin mirarlos, por las carreteras sin apenas tocarlas, corriendo siempre, siempre corriendo sin saber adónde ni conocer a nadie, ni hablar con ninguno, sin más pensamiento que el de volar ni más idea que la de correr, siempre de prisa, taf..., taf..., taf..., adelante, adelante, adelante...

—Hasta que te rompieses las narices.

—¡Bah, qué más da morirse de una manera que de otra si al fin y al cabo tiene una que morirse! Casi es mejor así; no te enteras. Porque a mí que no me digan: un tío que va a esa velocidad ni ve, ni oye, ni entiende. Es como si estuviese borracho. Digo lo que Antoñito Bedmar: la mejor muerte del mundo es una borrachera. Y borrachera por borrachera, me quedo con esta.

—Y yo con la otra.

—¿Con cuál?

—Con la del cariño. Porque tú sí que me emborrachas a mí; tú sí que me mareas más que cuatro botellas de montilla. Contigo pierdo la noción de dónde estoy, de dónde me encuentro, de lo que hago, para no pensar más que en mi Isabelilla de mi alma, que me enloquece cuando me mira con sus ojos azules y me trastorna con las palabritas de sus labios.

—¿Mis labios? ¡Si tú no los quieres!

—Poco. Como un pastel un chiquillo goloso.

—¡Goloso! ¿Los quieres? Tómalos.

Y alargando la cabeza se los ofreció gustosa y sonriente. Y sonriente y gustoso los aceptó él, besándolos y mordisqueándolos como fruta sabrosa.

Impávido el cochero, cogió la tralla y fustigó al caballo, que al sentir la caricia despertó de su letargo y salió al trote carretera arriba con extraordinaria rapidez, dejando tras sí en breves momentos la estación del Norte y el Asilo de Lavanderas, reposando en la sombra con sus trenes quietos y sus niños dormidos. Los hilos de plata de la luna se filtraban entre las hojas tejiendo en el polvo primoroso encaje. Frescas ráfagas de aire daban en los rostros de la pareja, y sus cuerpos se mecían con el traqueteo del coche, blandamente amortiguado por las llantas de goma. Por la blanca línea de la carretera, humillada la cerviz y tardo el paso, avanzaba una cuadrilla de segadores. Venían mustios, cansados, encorvados los cuerpos, arrastrándose penosamente sobre sus grandes zuecos de madera. Los había viejos, con grandes mechones de canas que asomaban bajo los enormes sombreros; los había niños, que se quedaban rezagados. Y todos caminaban con sus hoces a cuestas, tristes y mohínos, sucios y desharrapados, como desfallecida falange del ejército de los hambrientos.

—¡Pobrecillos! ¿De dónde vendrán? —preguntó Isabelilla apenada.

El cochero volvió la cabeza, y dando un gran suspiro, contestó:

—De Galicia, señorita, de la tierra de todos los pobres.

Los segadores habían detenido el paso y miraban con más curiosidad que envidia a aquella señora tan hermosa y tan elegante que se paseaba tan a deshora por la carretera. Ella, al notar que la miraban, se sintió conmovida, y abriendo nerviosamente el bolso les arrojó, por detrás de la capota del coche, dos duros en plata que vibraron con argentino tono al chocar con los guijarros. Cogiolos el más joven y se los dio al más viejo, el cual los guardó en las profundidades de su faja, diciendo al mismo tiempo emocionado:

—Gracias, señorita, muchas gracias y que Dios se lo pague.

—¡Que Dios se lo pague! —contestaron los demás a coro, levantando los brazos. Después siguieron su camino hasta perderse bajo la sombra de los árboles.

Este encuentro los entristeció de tal manera que durante largo rato ninguno de los dos osó abrir la boca. El cochero había dejado la fusta en el pescante, y con la cabeza caída y las riendas flojas, dejaba marchar a su antojo al caballo, que empezó a caminar pausadamente con paso tardo de macho de transporte.

—¿Ves tú? —exclamó él al cabo de un rato, esforzándose por sonreír, tratando de ahuyentar los negros pensamientos que empezaban a amontonarse en su cabeza—, ¿ves tú? Ahí tienes la contraposición de tu automóvil; estos infelices saben siempre adónde van y de dónde vienen; vienen de donde hay hambre; van adonde hay dinero que ganar. Para andar los setenta kilómetros que tu automóvil salva en una hora, ellos necesitan tres días, pero llegan. El uno es el genio que arrostra los peligros, los otros la constancia que vence los obstáculos. Tu automóvil es la ciencia, el progreso, el adelanto; ellos la barbarie, la ignorancia, la rutina.

—Está bien tu comparación.

—¡Toma!, ya lo creo que está bien. Como que es una crónica que me valdrá mañana cuatro duros.

Habían llegado a La Bombilla.

—¿Dónde vamos? —preguntó familiarmente el cochero deteniendo el caballo.

—A los Viveros.

—No, a los Viveros no —interrumpió bruscamente Isabelilla—; está eso muy soso por las noches, no van más que personas decentes; ¡con decir que ni siquiera hay organillo!

—Ya lo sé. ¿Y para qué queremos organillo?

—¡Qué gracioso!; ¡como que me voy a pasar sin bailar contigo esta noche! Ni lo sueñes.

—Vámonos, pues, a Niza.

—No, a Niza tampoco; luego te diré por qué.

—Bueno; pues tú dirás donde vamos. Decídete, porque estamos perdiendo tiempo.

—¿Vamos a casa de Juan?

—Vamos a casa de Juan.

En casa de Juan estaban todos los comedores ocupados.

—Si quieren ustedes un cenador, hay uno disponible.

—¿Cuál?

—Ese primero de la derecha.

—No, no; está demasiado a la vista.

—¿Quiere el señorito pasar al hotel? —preguntó el mozo a Luis mostrándole un pequeño edificio independiente que se alzaba a la derecha. Luis, a su vez, repitió la pregunta a Isabelilla.

—No, no me gusta; no se oye el organillo, y además, se figuran que vas a otra cosa y te cobran la habitación por aquello de que tiene cama, y eso es una primada. Vamos al Campo del Recreo.

Contra lo que Isabelilla creía, en el Campo del Recreo había muy poca gente. La mayoría de las mesas, especialmente las de primera fila, estaban desiertas. Solo dos o tres se hallaban ocupadas por pacíficas familias burguesas que al pasar la joven pareja cogida del brazo se quedaban mirándola a hurtadillas, con cuchicheos y sonrisitas maliciosas.

—Mira, mira quién está allí —exclamó de pronto Isabelilla señalando una mesa medio oculta tras los arbustos—. Lola Guzmán y Paca Rey con dos pollos. Ya sabemos de quién eran los coches del Casino que había en la puerta. ¡Qué hipócritas! Se han marchado de los Jardines antes de acabar la función, diciéndome que estaba aquello muy húmedo y que, como ellas, gracias a Dios, no iban a los Jardines a ganar dinero... así, como humillándome, ¿sabes?

—Y tú, ¿qué les has dicho?

—¿Yo? Que tenía que esperar a mi novio, que era acomodador.

—¡Qué chulona eres!

—Claro, hombre. Figúrate tú si nos conoceremos todas. Anda, vamos a pasar por delante de ellas para que nos vean.

—¡Justo!, y me tomen por el acomodador.

—Asaúra... Ya sabes tú que te conocen todas. Digo, y poquita envidia que me van a tener viéndome contigo. Porque te advierto, Luis, que tú tienes cartel.

A Luis le hizo aquella frase muchísima gracia.

—¿Conque yo tengo cartel, eh? como los toreros. Oye, ¿y de qué clase es este cartel mío?

—De matador de primera. Eso lo sabe todo el mundo, niño. Lo que no saben esas es que yo te voy a contratar por toda la temporada para que no mates en más plaza que en la mía. ¡Hola, Paca; adiós, Lolita! —exclamó con acento cariñoso, pasando de largo por delante de las dos _cocottes_.

—Adiós, mujer... ¿tú aquí?

—Venimos casi todas las noches —contestó con gran ingenuidad—; a este no le gusta cenar en casa. Toma, para que rabien —agregó oprimiendo el brazo de Luis, que a duras penas podía contener la risa.

Andando, andando, habían llegado al final del merendero. Isabelilla no acababa de decidirse por ninguna mesa. Por fin eligió una pequeñita, situada en medio de una plazoleta de árboles. Aquí estaremos perfectamente. ¿Ves qué poético está esto? Los rayos de la luna, el murmullo del río... ¡Oh, qué poético!

—¡Guasona!

—Pues, mira; fuera de chirigota; está muy bien, sobre todo, a tu lado.

—¿De veras estás muy a gusto?

—Muy a gusto. ¿Y tú?

—En la gloria.

—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero dejando caer la lista sobre la mesa.

¡Toma, toma, pues no era poco difícil la respuesta! Isabelilla cogió la lista, la leyó en voz alta, después en voz baja, la leyó nuevamente, y después de darle mil vueltas entre sus manos, se la entregó a Luis diciéndole:

—Pide tú, yo no sé qué elegir, no tengo gana.

Tampoco él la tenía; de modo que después de muchísimo pensar, la cena quedó reducida a unos langostinos a la vinagreta, una ración de pavo trufado y otra de Roquefort. Y manzanilla. Ah, y el cochero que tome lo que quiera.

Mientras el camarero iba por los platos, Isabelilla explicó a Luis por qué no había querido entrar en Niza. Es donde él me lleva, ¿sabes? Entra muy ufano conmigo, dándose mucho tono porque le conoce todo el mundo, y yo no quiero que se rían de él creyendo que le engaño. ¡Pobrecillo!

—Te has vuelto muy correcta.

—Claro, hombre; ¿qué necesidad tiene nadie de enterarse de si le soy fiel o no se lo soy, no te parece? Tanto más cuanto que no le engaño. De veras no le engaño..., más que contigo. Pero es que tú me vuelves loca, chiquillo —exclamó entornando los ojos y mirándole fijamente—. Contigo no sé lo que me pasa. Mira, de verdad; yo podré tener todas mis chulerías, te podré hacer una charranada, porque soy así, porque no lo puedo remediar, porque lo tengo en la masa de la sangre, ¿sabes tú?; pero en cuanto te veo, soy otra; siento aquí en el alma un no sé qué que me tira hacia ti y me dice: Isabelilla, ese es el único hombre que tú quieres, vete con él. Y me voy, y no hay mundo para mí y lo dejo todo y dejaría hasta a mi madre, si la tuviera, por un beso solo de tu boca.

—¡Qué monísima eres!

—Es que te quiero mucho, Luis. ¿Por qué voy a ponerme tonta? Y me alegro decírtelo ahora, antes de cenar, para que no creas luego que es el vino.

—¡Qué lástima, Isabelilla! Tú y yo podríamos ser felices.

—¿No es verdad que sí? Yo lo he pensado muchísimas veces. Créemelo. En esas horas de tristeza y aburrimiento que todos tenemos, nosotras, sobre todo, cuando me siento cansada de esta vida tan perra que lleva una, me pongo a pensar y me digo: «Si yo encontrara un hombre de mi gusto que me quisiera mucho, mucho...». Y en seguida, te lo juro, me acuerdo de ti.

La presencia del camarero que volvía con la cena hizo suspender la conversación. En cuanto se hubo marchado, ella continuó:

—Sí, de veras, me acuerdo de ti. Ya ves tú si a mí me dirán al cabo del día que me quieren; ya ves tú si tendré yo hombres que me hagan el amor de todas maneras; pues, sin embargo, ninguno de ellos me impresiona ni hago caso a ninguno. Y es que ninguno me llega al alma como me llegas tú. ¡Contigo sí que sería yo dichosa!